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Lo que una vez fue.

Alpha

Admirador del brazo de Sune
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6/8/19
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Ese día había una suave brisa, un día de verano como cualquier otro en la granja. Púrskul se mantenía tranquila y la granja de los Cremond se encontraba a un lado de los caminos exteriores de la encrucijada. Un pequeño semiorco de piel verde, con una gran barriga y un rostro que causaba repulsión a la mayoría de los vecinos. Perseguía lo que parecían ser unas mariposas, riendo en tonos graves mientras tropezaba torpemente con las piedras.

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Sentado en las escaleras de madera que llevaban a la puerta principal de la choza, se encontraba un niño humano que no tendría más de catorce inviernos. De pelo oscuro rozando la negrura y mirada de pocos amigos, vigilaba a los mirones que observaban a su hermano mestizo, el cual era considerablemente más alto y grande que él. Cuchillo de tallador en su mano derecha y la figura de madera a medio completar de lo que parecía ser un guerrero con un escudo.

Los días eran pacíficos, aunque las noches no lo fuesen tanto. Nos encontrábamos en una época en la que por las noches acechaban criaturas inmortales y los héroes de Amn peleaban contra todo tipo de monstruos, pero, gracias al esfuerzo de aquellos que combatían el mal, lugares como Púrskul podían gozar de una tranquilidad envidiable. Dentro del hogar se encontraba la madre, que estaba preparando lo que seguramente sería el almuerzo, los cuales últimamente no eran tan abundantes debido a la falta de cosecha. La familia se veía en una situación un poco justa en cuanto a suministros y oro, y el joven llevaba tiempo pensando qué podía hacer para remediarlo.

Desde luego la idea se le venía grande, casi tan grande como el escudo de hierro que tuvo que sacar a rastras de la habitación de su padre hasta el exterior, donde ahora su hermano mestizo se acercaba a ver qué hacía.

¡Aryan! ¡¿Qué jugar?! ¡Athomosh querer!

El joven humano apenas era capaz de mantener el escudo en pie, peleando por mantenerlo al menos recto.

Esta será la solución al problema del dinero, Athomosh ¡Si levanto esto, podré pelear como lo hacía Padre, me volveré un aventurero y traeré oro a casa!

El semiorco de inteligencia justa, miró a su hermano con una clara confusión, pues parecía que todo lo que no tuviese que ver con la comida y la diversión, cruzaba su mente y desaparecía como una nube. Pero pronto esbozó una sonrisa, como si hubiese entendido algo.

—Athomosh querer jugar también.

Fue entonces cuando, por detrás del joven Aryan, un hombre adulto extendió la mano hacia el escudo que el chico mantenía a duras penas. Con casi ninguna dificultad, el hombre, cuyo aspecto y cicatrices le hacían parecer algún tipo de veterano de guerra, tomó el escudo y lo subió a una altura considerable. Ambos niños lo miraron con asombro, pues, para ellos, era una hazaña legendaria, propia de héroes y, para un niño, no había mayor héroe que su padre.

—¿Comprendes para qué sirve un escudo, Aryan? —habló el padre, observando desde arriba a su hijo, desde una altura que para el joven parecía ser titánica. Sin siquiera tener tiempo para responder, su padre habló nuevamente —No es solo para defenderte a ti. Si llevas un escudo, es porque debes defender a otros, debes ser una muralla, debes ser el que evitará que alguien salga herido.

Athomosh, cuyo rango de atención era limitado, estaba ya marchando hacia la casa con su habitual torpeza, quizá en busca de su madre para pedir algo de comer. Por otro lado, Aryan se fijó en el escudo que sostenía su padre, lleno de marcas y rasguños. Un escudo viejo, pero que había soportado incontables batallas.

—¿Salvaste a muchas personas? —preguntó el pequeño humano.

A los míos. Con el tiempo aprendes que es imposible salvar a todos... Pero defendí con mi vida a mis compañeros, a tu madre, a aquellos que sí podía proteger. Con la mano libre, el hombre despeinó al pequeño Aryan, sonriente. —Y pronto te tocará a ti. Cuando seas lo suficientemente mayor para llevar este escudo, entonces será tu turno. ¿Podré confiarte esa tarea, proteger a los tuyos?

El pequeño asintió un par de veces, con la mirada llena de ilusión. Se imaginó en un futuro donde sería un defensor, un baluarte, un escudo para que sus aliados, su familia, se pusiesen detrás.

Su padre asintió con orgullo, para después marchar al interior de la casa con el escudo. Aryan se detuvo en el exterior, pensando en las palabras de su padre y lo que estaba por llegar.

Entonces un extraño sabor a hierro llegó a su boca, junto a un olor de madera quemada.


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Púrskul ardía a lo lejos, cadáveres por los caminos, los campos manchados de sangre, mientras los muertos y las bestias destrozaban las puertas de las casas y asesinaban a sus habitantes. Frente al joven Aryan se encontraba su futuro: una figura imponente, cubierta de placas doradas y telas rojas, con una sonrisa que demostraba malicia mezclada con locura.

Quién diría que a esa pobre criatura le deparaba un destino tan triste.
 

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