SyrinxFlute
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Capítulo I
Las huellas de las cumbres: Una huida hacia la libertad
Las huellas de las cumbres: Una huida hacia la libertad
Hundía la trémula albura de sus pies descalzos en la nieve algente, tan fría como fuego ardiendo. Con cada paso, pesado y extenuante, sentía el gélido aliento de los páramos respirando dentro de todo su ser, recordándole la implacable naturaleza de su desafío. No sabía si lo lograría, pues sentía el crudo bufido de la cellisca penetrando hasta su alma mientras presenciaba la inmensidad del lienzo blanco que se extendía ante ella. Aun así, sus labios, yertos y encogidos, se desvivían por encorvarse hasta disimular una desafiante sonrisa, enfrentando la borrasca y un destino ineludible.
No había nada: ni pájaros, ni bestias, ni personas. Sólo el rugido feral de las cumbres que, inclemente, invocaba la brutalidad hacia aquellos que osaran morar en sus dominios. Pero nada fue en balde, pensó. Alcanzar aquel lugar, transitar el desierto glacial, era el regalo que el destino le brindaba, pues, al fin y al cabo, era el precio a saldar por haber huido del cautiverio al que siempre había sido sometida. Por fin, podía sentirse viva por primera vez en su vida. Y ansiaba exprimir cada momento, y lo hacía avanzando, sin mirar atrás, sin darse cuenta de que sus huellas se perdían y su existencia se desvanecía.
Pero su conciencia, mermada y rendida, no pudo batir el letargo hasta que el agotamiento imperó, postrándola en un peñasco colosal… Quedaba, en un último suspiro de esperanza, por descubrir qué auguraba el lejano horizonte; mas no halló consuelo en su inconmovible presencia, yerma y silenciosa, anunciando la nada.
Si moría, al menos, lo había hecho siendo libre…
No había nada: ni pájaros, ni bestias, ni personas. Sólo el rugido feral de las cumbres que, inclemente, invocaba la brutalidad hacia aquellos que osaran morar en sus dominios. Pero nada fue en balde, pensó. Alcanzar aquel lugar, transitar el desierto glacial, era el regalo que el destino le brindaba, pues, al fin y al cabo, era el precio a saldar por haber huido del cautiverio al que siempre había sido sometida. Por fin, podía sentirse viva por primera vez en su vida. Y ansiaba exprimir cada momento, y lo hacía avanzando, sin mirar atrás, sin darse cuenta de que sus huellas se perdían y su existencia se desvanecía.
Pero su conciencia, mermada y rendida, no pudo batir el letargo hasta que el agotamiento imperó, postrándola en un peñasco colosal… Quedaba, en un último suspiro de esperanza, por descubrir qué auguraba el lejano horizonte; mas no halló consuelo en su inconmovible presencia, yerma y silenciosa, anunciando la nada.
Si moría, al menos, lo había hecho siendo libre…
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