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Los Ecos del Sepulcro

Arrakis

Copia defectuosa de Kronobot
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Golpeaba ritmicamente el suelo con el tacón del pie, provocando un sonido seco que se perdía en el eco de la habitación ahora vacía. Acompañaba con su respiración, profunda y arrítmica, desordenada, en un torpe intento de mantener la calma. Sus manos, de movimientos temblorosos y húmedas por una fina capa de sudor, jugueteaban con el vial de forma premurosa, casi obsesiva. El dolor en ella se agudizaba, lacerante y profundo, una mácula en su piel que dejaba a la luz una parte de sí misma expuesta, un desgarro en el tejido mismo de su existencia. El cristal del vial, frio entre sus dedos, era una de las débiles conexiones que la mantenian plenamente consciente, centrada en su labor.

El rugido de la tormenta volvió a retumbar fuera, propagándose por los cristales con un repiquetear estridente tras el golpe. El sonido suave de la lluvia continuaba, abriéndose paso en su mente como un manto tranquilizador, un bálsamo que aliviaba en parte su malestar.

Había dejado a un lado la máscara mientras trabajaba, unas profundas ojeras marcadas en su piel. Una mácula de dolor que necesitaba ocultar y de los que la máscara, de colores inmaculados, parecia burlarse en su rictus permanente de una sonrisilla burlona.

Tenía la mezcla casi lista. Frente a ella un fino polvo de paz roja, tamizado y separado, sin adulterar, mezclada con un té para que conservara gran parte de sus efectos relajantes, pero no así el alto poder adictivo. Las pequeñas perlas rojas se hundían lentamente en el líquido, dejando tras de si un rio de hebras escarlatas que parecían sangre. Se convertiría en una adicta a la droga, por supuesto. Era algo inevitable. Pero sus efectos, su poder adictivo sería una sombra tenue en comparación a lo destructivos que podian ser aquellos que tomaban la Paz Roja adulterada o en su versión mas pura. Necesitaba, como fuera, apaciguar el dolor. No podía permitirse que esto la lastrara.

Sus manos temblaban ligeramente mientras removía con una cuchara la mezcla, agitandola suavemente hasta terminar de mezclarla, en una urgencía que contenía gracias a su conocimiento de las drogas. El dolor seguía presente, insidioso y profundo. No tenía elección, no podía permitirse que esto la debilitara.

Ante ella mantenía el resto de anotaciones de la investigación, desplegaadas como un tapiz de interrogantes y misterios, resueltos y por resolver. Venhomon, Vahen, Leandra, Terra, Tia Sisí, N. La Reina Cuervo. El propio colgante del Antifaz y el Estilete que adornaba su pecho. Todos conectados por una serie de acontecimientos que había ocurrido hacia mucho, cuando algunas sombras que aún se encontraban presentes habían tratado de dar con el asesino. Era una misión que se había dilatado en el tiempo durante casi doce años. Si lo hubieran detenido por aquel entonces, tal vez el crio no habría tenido que morir. Y sin embargo sospechaba que eso era obra del destino, un final ineludible para la criatura. ¿Pero y sin en vez de una hubiera dos?

Su mirada se desviaba constantemente en dirección a la nota de N. ¿Era solo una curiosa forma en que Venhomon firmaba cuando la Perdición tomaba su control o era más bien un o una compañera que como él habia emprendido el camino de la oscuridad? Aquel nombre o símbolo, tenía algo inquietante para ella.

Un trueno resonó de nuevo en la distancia, como si los dioses mismos quisieran recordarle que el tiempo no era un aliado ya en esta partida. Las sombras de lo pasado y lo presente tal vez quedaran para siempre sepultadas bajo un manto de misterio, de respuestas no halladas y secretos no confesados.

Habían saboreado la victoria, sin ninguna baja más allá de las heridas que ahora ella cargaba para sí misma. Y sin embargo, más alla del dolor físico que la laceraba, no podia sentirse satisfecha, las preguntas la carcomían. Algo escapaba de su control, de su comprensión. ¿Por qué Terra no había aparecido?

Y N, ¿cumpliría su promesa? Era una amenaza que se alzaba sobre ellos. ¿Que encerraban las dos recordadoras? Queria-..no,necesitaba creer que aquella que había recuperado era lo que pensaba que era. Ocho años encapsulados, arrancados de la mente de su amante, preservados en aquel puzzle. Pero, ¿Qué contenía la otra? Y lo más importante-..¿Cómo y en qué momento habían llegado alli? ¿Era un regalo de Terra o un reto para ver si estaban preparados? La idea la tentaba. Era obvio que la mujer los había estado guiando y vigilando en todo momento, desde aquel momento en que le guiñó el ojo frente a la Torre Capaconjuro. Si tan solo hubiera sabido en aquel momento a quien tenía ante sí.

Tenía demasiadas preguntas,amontonadas y pesadads en suu mente, convirtiendo sus pensamientos en un remolino caótigo agudizado por el dolor. Y por el momento, a su pesar, las respuestas habian terminado.

 

ImVermilion

</c> de Minikanyas
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*Las calles de la ciudad de Athkatla se llenan de ajetreo, la gente habla y cotillea sobre lo sucedido, mientras en la Arcanum hablan de los rumores que ciernen a miembros de la institución, a su vez, los Magos Encapuchados parecen alterados y hay movimiento más frecuente frente a la Torre Capaconjuro, pues parece que se ha visto a un grupo liderado por la Decana Numina y acompañada por de Vys, Katia, Gelvalm, Rick y Mernalyn, los cuales llevan consigo el cuerpo de un extraño hombre, corre el rumor de que se trata del llamado "Heraldo de la Muerte" que escapó de esa misma torre hace un tiempo causando el caos y el pánico, su cuerpo ahora vuelve al mismo lugar, pero acompañado de otros dos.

Los arcanos discuten y hablan largo y tendido con los encapuchados, entre ellos una maga encapuchada llamada Ophelia, la cual les recibe con sorpresa, no se sabe lo que discuten, pero parece que la amenaza del Heraldo de la Muerte ha llegado a su fin, las buenas gentes de Amn podrán descansar más tranquilas y los Arcanos y los Magos Encapuchados parecen haber redimido lo que podría haber sido una catástrofe que hubiera podido acabar con la reputación y poca confianza que les queda a los arcanos en esta nación.

La Decana Numina se pone frente a los tres cuerpos, uno el del Heraldo antiguamente llamado Vahen, a su lado el cuerpo de una mujer llamada Leandra, junto al pequeño cuerpo de un niño que yace entre ambos: "Que al menos en la muerte podáis estar juntos" dijo la hechicera de rojo antes de marcharse y dejar los cuerpos a cargo de los Magos Encapuchados, a los que pidió que dieran digna sepultura, juntos para siempre.*
 

Zio

Pornorroleador oldschool
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'La amenaza del Heraldo ha llegado a su fin.

¿Pero que hay de la Negrarma?

Son pocos los que conocen la realidad acerca de las Negrarma, de donde provienen y el hecho de que hay alguien detrás de las mismas. La Ruina de la Sombra Imperecedera, aquel arma que tantas pesadillas había hecho pasar a los habitantes de la región no se encontraba con el grupo que había traído los cuerpos del Heraldo y el de su hijo.

Las palabras se airearon y los dedos muy posiblemente señalaron en algún tipo de protesta o reproche. Era normal, pero dada las circunstancias... ¿Habría sido sensato tomar otra opción? ¿Habría tomado otro camino de haber sido la escena ligeramente diferente a como se había desarrollado todo al final?

Naturalmente, el alado asumió la parte que le correspondía y sentía que pesaba sobre sus hombros.

Lo que si hizo, fue entregar a los Encapuchados una caja de unos veinte centímetros de ancho, la cual al abrirla podía oírse la melodía de una caja de música. Solo aquellos que estaban con el Artifice y los encapuchados en ese momento sabían lo que contenía dicha caja además, compartiendo abiertamente el muchacho con Ophelia y el resto de capuchas una información que podría, si jugaban las cartas como debían, serles de mucha utilidad.

Las piezas estaban dispuestas en el tablero, los jugadores solo debían moverlas.

Lo importante es que el Heraldo y su venganza por fin había llegado a su fin. La Negrarma de momento no estaba 'olvidada', pero tampoco tenía un dueño o propósito. Quizá si se mantenía el recuerdo, 'Aquel que se sienta en el Umbral' no hiciera mas movimiento mientras el Secreto Prohibido se mantuviera preservado en la memoria.

Solo el tiempo lo dirá.'
 

Teiglin

8º Nombre extraño de Onyxia
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Offtopic :
Dejo por aquí mi hilo recopilatorio de todo lo hecho en la trama del Heraldo:

Negrarma - Conjunto de historias


Capitulo I: El Principio del Fin

En el interior del Enclave de Thay en la capital de Amn, en Athkatla se encontraron. El ritual en el que ambos archimagos estuvieron trabajando durante tanto tiempo, y aunque Misog ignoraba que la verdad tras la máscara del grimorio y sus rituales radicaba en la urdimbre sombría, tampoco hizo preguntas al ver las pruebas que el propio ritual indicaba.

Ambos arcanos se respetaban, sabían que eran referentes para otros en todo Amn, donde la Magia estaba bajo llave custodiaba por los Magos Encapuchados. Muy pocos arcanos notables gozaban de la posición de la que gozaban ambos, siendo más natural encontrarse otro tipo de artistas urdímbricos de menor envergadura, ilusionistas, brujos, mercachifles, conjuradores, de eso Amn estaba lleno, antiguos y nuevos desviacionistas. Insignificantes a los ojos del Mago Rojo.

Muchas historias se narrarán sobre lo que aconteció en Athkatla ese día, la caza del Heraldo y de sus siervos, pero nadie sabrá lo que ambos archimagos sintieron. Las energías que desataron allí, rodeados de sus aliados, siervos o amigos. Más allá de lo que se pudo ver exteriormente, sus almas chocaron, y parte de uno y el otro se mostró. El vacío eterno y sin luz del Mago Rojo se mostró ante la esencia vital de su contraparte, que era brillante, cálida. En esa emoción perdió Obara la batalla contra Misog, cuando este flaqueó, tuvo que ceder ante el ritual y ante sí mismo, y entregó parte de su alma, algo que se había prohibido antes de comenzar. Pero los misterios de la Urdimbre son insondables, y nada podía superar su anhelo en ese instante de ver más allá, habría sacrificado a todos sus siervos sólo porque aquello pudiese concluir con éxito, y así fue, lo hizo.

El ritual terminó y ambos archimagos se miraron, se vieron, como nadie allí pudo verlos. Por primera vez en mucho tiempo una sonrisa se dibujó en la mente de Obara, que negó, o lo intentó, pero no podía dejarse llevar por los sentimientos, eso lo haría débil, y en algún momento, en algún lugar, sabía que tendría que destruir a Misog Thagog, el archimago, su enemigo y aliado.

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Vinter

Elfo que no discute
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Entre las aguas del Salón de la Luna, a altas horas de la noche, el Caballero de la Luna yacía en una de las múltiples piscinas de agua bendita por las sacerdotisas durante la noche. Aguas que, si bien no tenían una propiedad curativa per se, las bendiciones de la Dama de Plata servían como un bálsamo para aquellos achaques del alma. Su cuerpo había sanado y conservaba las cicatrices de las armas de las creaciones del Heraldo, y aunque había sobrevivido gracias a las rápidas reacciones de Arianne, que se apresuró con una presteza encomiable en levantarle en cuanto una de las espadas perforó su coraza para que él pudiera seguir luchando codo con codo con Baldrak y ella cuando el resto del grupo había caído, Eothain estaba sufriendo de las consecuencias de las hojas encantadas con el Shadowfell.

La magia impía de las sombras había penetrado más allá de la carne, y las hebras de urdimbre habían tomado posesión de su alma, sumiéndola en cadenas oscuras que si bien no habían logrado afianzarse, sí habían, por tan solo un instante, provocado que el Caballero sintiera el abotargamiento de su corazón y todo aquello que le hacía enorgullecerse de sí mismo. La empatía, la comprensión, la elocuencia, la sabiduría de una vida simple pero llena de lecciones se habían esfumado ante tal abotargamiento de los sentimientos de bondad y esperanza que siempre había albergado habían palidecido dentro de él, aunque no habían sido aniquilados, y él lo sabía.

Las palabras compartidas con la gente después del arduo y peligroso ritual que habían mantenido en las entrañas del enclave thayino por un bien común – algo que trascendía más allá de la bondad, la maldad o las diferencias políticas y religiosas, seguían resonando en su mente, lejanas como el eco de un mal sueño, que poco a poco, mientras él notaba cómo las hebras sombrías se disolvían en las aguas de la diosa, se iban volviendo cada vez más reales y cercanas. Habían salido victoriosos de una situación que de ninguna otra manera hubiera sido posible, y eso ponía muchas cosas en perspectiva. Sobre todo, el hecho de que los aliados de hoy, probablemente serían rivales del mañana, aun pese a la necesidad mutua que habían manifestado tan solo unas horas atrás. Pero eso no era un pensamiento que él tuviera que plantearse en ese momento. Había otras preocupaciones más inmediatas.

Con los ojos cerrados, el guerrero sacro alzó la mirada al techo de los baños del Salón de la Luna, mientras lentamente, empezaba a notar de nuevo el latido de esas sensaciones que le eran tan familiares, aunque algo más lejanas. Era un proceso arduo, y complicado. Como despertarse después de un mal golpe en la cabeza, o recuperarse de un hombro dislocado. Había cierto componente de dolor, pero en su mayoría, había alivio… Alivio por volver a sentir la funcionalidad de su ser.

“¡Habéis matado un hombre y parecéis alegraros de ello!” Fue entonces cuando las palabras de Mernalyn acudieron a su cabeza, tal cual la cara indignada de la joven barda estuviera frente a él. Fue entonces cuando Eothain abrió sus ojos ampliamente, y se incorporó de golpe. Los baños estaban en silencio, y solamente el mover de sus brazos y su cuerpo dentro de la piscina bendita interrumpieron ese silencio. Una punzada de remordimiento acudió al rubio, sabiendo lo mal que se tomaba la bardo esa clase de desenlaces. Y tristemente, era un hecho con el que ella tendría que vivir y habituarse hasta cierta medida – pues había historias y personas que estaban mucho más allá de la redención, como podía haber sido este caso. El Heraldo hubiera seguido matando, si Numina y los demás no hubieran hecho lo que debían haber hecho. Y tristemente, esa era una de las verdades que Eothain más odiaba en el mundo. Nadie debía regodearse en la muerte de otro, jamás. No obstante, el alivio y el sentir que no habría más muertes fútiles a cuenta de aquel individuo, aquello era otra historia. Él no celebraría su muerte, tan solo su derrota. Tal cual la hubiera celebrado si se le hubiera vuelto a apresar en lugar de acabar con él.

Habiendo sentido, por fin, cómo las hebras sombrías que habían echado ataduras sobre su corazón se disipaban, el guerrero se alzó, ungido en las aguas benditas de Selûne, en plena noche. Se secó, se vistió, y entonces caminó hasta su habitación en el Salón, a pasos largos y decididos, con su habitual confianza. Entrando en la estancia en la que rara vez dormía – aunque esta ocasión era relativamente excepcional, observó su armadura cuidadosamente montada en el maniquí, así como los espadones que se habían convertido en sus eternos compañeros de batalla y de caminata. Descansando, por una vez, en una noche tranquila que sabía agridulce. Una victoria con tantos matices de gris, que casi se sentía como tomarse una taza de Kaeth calishita. Amargo, pero revigorizante.

Se dirigió entonces a la ventana, observando el paraje nocturno de Athkatla, desde el segundo piso del Salón. Podía verlo casi todo desde allí. Y finalmente, sus ojos fueron a parar a la torre de los Encapuchados, observándola brevemente, con los labios fruncidos. ¿Qué más secretos estarían ocultando aquellos magos que se decía, protegían al país? ¿Cuántos más embustes estaban dispuestos a ocultar aun quedando como ineptos? Solo los dioses lo sabrían. Y ojalá este fuera el último, pero el rubio sabía, en su simple sabiduría, que no sería tan sencillo.

Y entonces, sus ojos finalmente miraron hacia la luna, en proceso de decrecer. Cuán hermosa era, y cuántas cosas había sido testigo bajo ella. Y fue entonces cuando, ungido con las aguas benditas del templo, y tras una victoria ganada con sudor y esfuerzo, miró a las herramientas que no habían sido usadas, reposando en el escritorio completamente inertes. La vaina de hierrofrío con plata, y las bombas de hierrofrío. Su esfuerzo probablemente pudo ser en vano en ese momento. Pero la investigación y la sabiduría que habían brotado de aquella larga investigación no caerían en saco roto.


Cerró los ojos momentáneamente, y una sonrisa perspicaz se dibujó en su rostro. Puede que aquel momento no fuera como él esperaba, pero era una victoria, aun pese a todo. Y si algo le quedó claro era una cosa: Bajo la luz de la luna, no habría paz para los malvados. No mientras los justos tampoco la tuvieran. Y ahora, la mirada del caballero estaba puesta en el norte.

 

ELLOESO

Perro de Dan
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Una voz cálida y suave, rompe el caótico sonido de la noche en el distrito del Puerto.

Bajo la sombra cruel de un cielo roto florecen lirios en la oscura marea. Un pacto eterno en la noche se crea, dos almas unidas en un único voto.

El viento silba un lamento remoto. La luna observa, testigo que idea, que incluso en la negrura que flaquea, el amor desafía todo lo ignoto.

“Ven, mi estrella, luz de mi camino, juntos somos faro en la tormenta. Ni sombra ni mar quebrarán destino.”

Así cantaron su promesa atenta, pero el destino trazó cruel el sino: amor que florece... y en sangre se ausenta.

El silencio se fue extendiendo por el Regalo del Mar, mientras la voz entonaba la tonada, recuerdo de un amor y tantas promesas, una vez un canción llena de dicha, ahora el recuerdo triste de las vidas truncadas de los que tras estas estrofas enlazaron su destino.

Las miradas se tornan lúgubres, tristes, pero no olvidan, mientras alguien recuerde la suave tonada, su historia seguirá viva, lo que pude ser y nunca fue, que les acompañe en su mutuo reposo más allá de las eras de Faerun.



 

Alizandriel

El que aplaude en los discursos Zhent
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En la oscuridad de la estancia, en una de las habitaciones de El Cuervo Negro, una sombra antaño luz de esperanza, tiraría libros, apuntes y diarios a fin de avivar el fuego de la chimenea. Los arrojaría sin pasión, buscando adentrarse en una oscuridad sin fondo, que, irónicamente, estaría consiguiendo lo contrario. Ni el calor de las llamas, fueron capaces de aplacar su malestar físico y mental.

Sus investigaciones, han hecho merma de todo su ser. Desconectado de la Arcanum Schola, engañado por los Magos Rojos de Thay y vendida su alma a los Magos Encapuchados, hacen que su brújula gire sin rumbo aparente. Un sentimiento de soledad le oprime de tal manera el pecho, que apenas le deja respirar con normalidad, evitando concentrarse al intentar encontrar el sentido de euforia general.

Si había que resumir todo lo ocurrido, sería con la sensación de fracasar en sus propósitos. Buscar la manera de unir a todos contra un frente común, fracasado. Buscar con anhelo corresponder a un amor cortés, ni siquiera los primeros grados fueron conseguidos, fracasado. ¿Que ha conseguido?. Ser rechazado, ser invalidado, ser ignorado, ser tratado con condescendencia, ser utilizado... fracasado, es un sentimiento de fracasado. A pesar de todo el esfuerzo, no sólo no ha conseguido nada, si no que ha perdido el rumbo, y sólo queda volver a los caminos, a donde pertenece... a ninguna parte, como un fracasado. No pudiendo haber comprendido el principio, ni el final de nada. Se sentía un trapo, apaleado por todos. Fracasado... fracasado... fracasado...

Muchas preguntas sin respuesta, la Reina Cuervo, la Gran N, Leandra, el Heraldo, la Negrarma, los Shadar-Kai, y muchos misterios más, que no obtendrán respuestas... ¿o sí?.​
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Quizás el esfuerzo de unos pocos, a costa de sus vidas, en un ritual que quizás, no debía haber sido realizado, en un lugar, donde nadie debía pisar, habría caído en el olvido, estás serán, posiblemente, mis últimas palabras sobre el Heraldo de la Muerte y la Negrarma.

No sé durante cuanto tiempo, ni por qué medios, nos llevaron, con los ojos vendados y los oídos tapados, a un lugar donde se realizaría una especie de ritual. Si alguien sabía qué ocurría o donde estábamos, ese no era yo.

Según me iba enterando, se haría un ritual, con el Mago Rojo Obara, como catalizador, contando con el apoyo de otro mago. El resto, al parecer, teníamos que protegerles, junto con unos guardias. No sé qué iba a proteger yo, ni a lo que me enfrentaba, pero me quedé cerca de Eothain, bien para protegerme de lo que sea que fuera a ocurrir, bien para apoyarle en todo lo posible. Mi vida, literalmente estaba en sus manos.

Fue cuando vi la Máscara de Leandra, y si ya estaba falto de fuerzas, un dolor agudo me llenó el pecho, quizás los remanentes del Shadowfell estaban impregnados en la misma, o quizás fue el doloroso recuerdo de la muerte de la mujer.

En un gesto, que parecía desgarrar un telar imaginario, fue el inicio del ritual. La estancia, ya de por si oscura, comienzaba a ser engullida por una sombra mayor, según avanzaba el ritual, en aquellos lugares donde más profundo parecía, parecían surgir rubíes brillantes.

No tuve tiempo de pensar más, que intentar con mi voz, animar a mis compañeros, e incitándoles a mejorar sus habilidades. Los cuerpos de nuestros compañeros guardianes, eran absorbidos por extrañas garras surgidas del vacío. Fue una lucha por nuestras vidas, más que por concluir un ritual, que a saber cual era su verdadero efecto. Algunos fueron cayendo, hasta que llegó mi turno, mi alma, siendo absorbida de nuevo por la oscuridad, quién sabe si de vuelta al Shadowfell, o fueron unas simples pesadillas, para cuando atendieron mis heridas y me hicieron recuperar el conocimiento, entonaría una canción, el motivo por el que me trajeron al parecer.

Una canción, que tras ver la máscara de Leandra retorcerse y deformarse, hasta que desaparece entre un estallido de luz.​

Bajo la sombra cruel de un cielo roto,
florecen lirios en la oscura marea.
Un pacto eterno en la noche se crea,
dos almas unidas en un único voto.

El viento silba un lamento remoto.
La luna observa, testigo que idea,
que incluso en la negrura que flaquea,
el amor desafía todo lo ignoto.

Ven, mi estrella, luz de mi camino,
juntos somos faro en la tormenta.
Ni sombra ni mar quebrarán destino.​

Mi voz, se perdería entre las sombras de la estancia. Curiosamente, no hay eco alguno, como si la letra fuese absorbida por la oscuridad, y esta no la devolviese, atesorándola.

Tras unos momentos, una respuesta: Una melodía tarareada, que da respuesta, sin letra alguna, pero que resuena en mi cabeza con un pesar inmenso. El pesar me invadía, la alegría se evaporaba de mi ser, y sólo podía llorar, notando algo roto en mi alma. No volvería a ser el mismo. Para cuando quisiera darme cuenta, me volvieron a tapar la cabeza, impidiendo que funcionasen mis sentidos.

No me sentía ni un héroe, ni quería que nadie me agradeciera nada, sólo quería, alejarme de todo, y quizás, buscar alguna forma de paliar mi desasosiego.​

Otra historia que quemar, otra historia que las sombras engullirán.
Honraría mi pacto, para recuperar la otra mitad de mi alma. Luego... probablemente ni los propios Dioses sabrán que hacer conmigo.​
 

El Espino Blanco

Legionario del Hielo
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No estoy hecha para la guerra, no estoy hecha para luchar y menos aun para dar muerte...Hasta hace unos meses no sabia ni manejar una espada, tengo 24 años, ya he vivido dos guerras y al parecer este mundo, solo requiere de sangre, al final todo acaba con sangre.

Agradezco la preparación y el despliegue de los Thayinos, el fuerte brazo de Eothain, la cabeza dura de Baldrak, la resiliencia de Zilvra, el cantar de Alizandriel, la tenacidad de Misog y agradezco que mi diosa considerara que mi cometido merecía sus dones, pues sin ellos puede que ninguno contáramos esta historia, ni ninguna otra.

En el ritual que realizaron Obara y Misog, las cosas no fueron precisamente un paseo, pero al menos acabaron como tenían que acabar. Todos estamos bien aunque ahora sufren la desesperación que yo padecí hace semanas, no les envidio.

Aun no se como me vi arrastrada en esta vorágine de acontecimientos, pues de entre todos auguro soy la menos enterada del asunto, solo estoy aquí para cerrar el ciclo, por que ese hombre se atrevió a atacar Agujas de oro y eso es pecado suficiente para que alce mi cólera sobre el.

Ignoro, sus motivos, su historia y sinceramente no me importan, es un hombre muerto y su recuerdo se borrara antes de que mi nombre se inscriba en una lapida.



Toda trama, se acaba con sangre.

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KapilloGremlin

Adorador reciente de Talona
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Ahí estaba Mercer La Rata Coronada, su espada girando cargada de saña y alevosía, hundiéndose una vez más en el pecho del Heraldo de la Muerte.

Cada movimiento mientras hundía el filo de su espada era un recordatorio de las órdenes recibidas: acabar con él, sin importar el costo.

No había margen para dudas, y menos aún para la gloria. Mercer no buscaba reconocimiento; para él, los laureles de los héroes eran adornos vacíos. No, su lugar estaba en las sombras, donde los nombres carecían de importancia y los rostros se desdibujaban en el anonimato. Él no era más que un don nadie, un peón cuya tarea era dar fin a una vida, aunque esta vez no fuera un simple asesinato. Su propósito era más oscuro, más metódico, impulsado por la incesante y silenciosa búsqueda de la verdad.

Los Ladrones de las Sombras habían trabajado con la paciencia de los arácnidos tejiendo su red. Pista tras pista, pieza tras pieza, el rompecabezas se había ido ensamblando gracias a los esfuerzos combinados de la cofradía junto a los valerosos aventureros que se atrevieron hacerle frente: un mapa críptico, un susurro robado en una taberna mal iluminada, un verso olvidado, un pergamino enterrado en unas ruinas... Todo eso giraba ahora en aquel instante, el momento en que su espada se retorcía en el corazón del Heraldo, dejando su cuerpo frío y muerto, inerte como cualquier otro mortal.

El Heraldo yacía ante él ahora, reducido a un cadáver, despojado de su poder. Incluso los emisarios más oscuros del destino podían ser doblegados. Mercer la Rata Coronada, conocido así en la cara oculta de la moneda, se quedó un instante sobre el cuerpo aún caliente. Inspiró profundamente, dejando que el peso de la misión cumplida descendiera sobre él. Luego, en un susurro gélido pronunció las palabras que sellaron aquel acto:


-Por los Ladrones de las Sombras.

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Skotos

El cansino de los Siervos de Hueso
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Vacío.

Sumergida hasta la cintura en la bañera, Zilvra fijaba la mirada en el techo como si esperase que alguna revelación aclarase todo. El vapor llenaba la estancia con una bruma cálida, aunque incapaz de hacer que entrase en calor. Lo habría intentado por muchos medios, pero hasta ahora todo había sido inútil. Era incapaz de deshacerse de esta sensación de frío que la acompañaría durante las últimas noches.

Había cruzado límites que jamás se hubiese planteado. Los conflictos, ciertamente hacen extraños compañeros de cama. Ahora, mientras su mente revisaba una y otra vez los eventos, solo podía preguntarse si fue suficiente todo lo que hizo.

Si valió la pena.

Al menos, debería sentir algo.

Asco, miedo, remordimiento. Quizás orgullo, incluso satisfacción. Pero los sentimientos eran ahora mismo cascarones semánticos, palabras sin peso que resonaban en un vacío que parecía crecer dentro de ella. Zilvra cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás, apoyando la cabeza en el borde de piedra.

Jamás habría imaginado que, en su búsqueda del Heraldo de la Muerte, acabaría trabajando junto a los Magos Rojos de Thay.

El ritual fue una obra maestra de precisión arcana. Obara había reunido los elementos con meticulosidad: la máscara de la Encapuchada Leandra, plata bendita por Selûne, y otros componentes que solo ellos conocían. Los thayinos no eran famosos por compartir información. Lo que ocurrió durante el ritual, sin embargo, era algo que ni siquiera ellos parecían haber previsto.

El rito, el cual fue ejecutado por Obara y Misog, discurrió al principio tal y como fue previsto: ambos archimagos enhebraron un telar de energías que que se conectó a la máscara, usando la plata bendita como catalizador. Pero pronto esa conexión se transformó en un torrente imparable. La máscara, un artefacto sin duda maldito, pareció cobrar vida mientras las energías mágicas se adentraron en sus secretos. Zilvra entonces pudo sentirlo: cómo algo las propias sombras cobraron vida para oponerse a lo que allí sucedía. Sombras líquidas, vivas, hambrientas. Surgieron como una réplica corrupta a la esencia que la máscara contenía, proyectándose al mundo real con rabia. Un mundo que no las quería, y que al invocarlas, les recordaría lo que les habría sido negado.

Clavaron sus dientes en sus espíritus; cada dentellada haciendo mella y llevándose parte de su ser.

Se abalanzaron sobre Obara y Misog. Y Zilvra, junto con otros, tuvo que luchar contra ellas mientras los arcanos continuaban el ritual. Uno tras otro, los guardianes thayinos que protegían a los arcanistas cayeron, arrastrados al abismo por tentáculos de sombra que los envolvían como una trampa de seda. Pero ninguno de ellos profirió gritos de socorro.

Y aunque no sintiese lástima por ellos, lo recordaría de forma casi dolorosa.

Zilvra recordaba especialmente a uno de ellos. Un hombre de complexión robusta, con un tatuaje thayino que se extendía desde su cuello hasta el hombro. Cuando las sombras lo alcanzaron, su mirada se encontró con la de ella. Sus ojos eran fríos, pero no por falta de vida, sino por la absoluta certeza de su destino. Sabía que iba a morir. Y no luchó contra ello.

Había algo terriblemente perturbador en esa serenidad. Zilvra quiso sentir algo por él, por los demás que habían caído, pero no pudo. El vacío era un agujero que absorbía cualquier posibilidad de emoción, dejando solo un frío helado en su interior. Las sombras no solo se llevaron a los thayinos. También se llevaron algo de ella.

Se preguntó si eso mismo le habría ocurrido al Heraldo de la Muerte. ¿Había sido también él reducido a un cascarón vacío tras exponerse al poder corrosivo de la Negrarma? Capturarlo fue una victoria, pero la amenaza real, el arma, seguía desaparecida. Según lo último que supo, un grupo oportunista la había arrebatado en medio del caos. ¿Qué planeaban hacer con ella? ¿Quiénes eran? ¿Y cómo podrían detenerlos?

Zilvra suspiró, hundiéndose un poco más en el agua caliente. No podía hacer nada ahora. Arianne, siempre pragmática, le había dicho que necesitaría semanas, tal vez meses, para recuperarse de lo que ella llamó "la enfermedad del alma". Ese adormecimiento espiritual, esa insensibilidad emocional, era el precio que las sombras habían cobrado. Mientras tanto, solo podía aferrarse a la idea de que había jugado su parte en todo aquello.

Había seguido las pistas de los lírios. Había entregado la partitura al bardo Alizandriel para que la cantase en el momento oportuno. Y, al final, todo el rompecabezas se redujo a una melodía. Era irónico y, a la vez, perfectamente apropiado.

Los Lírios de Medianoche.

El agua estaba comenzando a enfriarse, pero Zilvra no se movió. En ese momento, en esa soledad cargada de silencio, se preguntó si alguna vez volvería a sentirse completa. Quizás sí. Quizás no. Pero ahora, solo podía esperar a recuperarse.

Y mientras tanto, su única compañía sería el vacío que el ritual le dejó.
 

BobM

Restos de un PJ de Aharadad
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Las sombras del Heraldo


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La mujer observó la pequeña recordadora descansando en el centro de la mesa de piedra, su superficie de metal pulido reflejando las luces parpadeantes de las velas que los rodeaban. Era un objeto sencillo, discreto en su diseño, pero de crucial importancia para la mujer. Podía sentir el nerviosismo en sus manos mientras ajustaba su túnica, buscando una estabilidad que no llegaba. A su lado, Helios permanecía en silencio, su figura inmóvil desprendiendo calma y sosiego, un estoicismo que ella rara vez había visto quebrantarse. Podía contar las ocasiones con los dedos de una mano. Y, sin embargo, sabía que, si pudiera observar su ki, también vería breves retazos de ese nerviosismo en él.

Pero no era el mismo hombre que la había acompañado estos últimos ocho años. Era una versión de él, de quien su presencia había sido arrancada de su memoria. La amaba, pese a todo. La había vuelto a aceptar a su lado, en susurros, confesiones y caricias que habían compartido tras la batalla. Su vínculo volvía a ser completo, incluso sin aquellas memorias. Ahora, con la recordadora frente a ellos, sabía que estaba a punto de enfrentarse a algo que lo cambiaría todo. ¿Y si no contenía lo que ella creía? La duda se retorcía en su interior, carcomiendo su conciencia. Podía ser una trampa. Había costado meses volver a trazar el vínculo de vuelta, y tal vez aquello contenía falsos recuerdos o una versión distorsionada de los mismos. Tanto la Reina Cuervo como el Heraldo eran, a su manera, seres taimados y de crueldad manifiesta.

—¿Estás lista? —preguntó el umbra, su voz baja pero firme, como si proviniera desde un lugar distante. No respondió de inmediato. Sus ojos se clavaron en los de él, buscando algo. ¿Era Helios, a fin de cuentas quien había cambiado tras perder esos recuerdos? No. El hombre seguía siendo igual. Pese a los intentos de desproveer de esos años, se había mantenido un hilo intangible entre ambos, una sensación en el fondo de la mente del hombre que nada había podido eliminar. La que había cambiado era ella. Conocía ahora el riesgo. La amenaza punzante de perderlo de su lado, de forma permanente.

Se había encomendado a la pérdida, dejando que fuera él quien tomara la decisión de si quería o no volver a acercarse a ella. Y ahora, podía volver a tenerlo a su lado de forma completa. Pero- ¿qué ocuriría la próxima vez?

—Sí —respondió finalmente, su voz apenas un susurro, como si temiera que el sonido pudiera romper la fragilidad del momento.

Helios tomó la recordadora con una suavidad que contrastaba con la fuerza de sus manos. El objeto pareció vibrar bajo su toque, como si reconociera al hombre que había contenido durante tanto tiempo. Jadzia se acercó, sus dedos rozando los de él mientras pronunciaba el conjuro que activaría el artefacto. La magia se alzó entorno a ellos, liberándose en un torrente de poder que envolvió la habitación.

De repente, la recordadora brilló con una luz intensa, proyectando imágenes de las memorias perdidas. Ambos sumergiéndose en un manto oscuro, dejando que las aguas del templo los engullieran por completo, mientras ambos eran arrastrados a las profundidades, con sus manos entrelazadas para no separarse.

Las lecturas en su pequeña biblioteca, donde ella, con paciencia infinita, encontraba la forma de explicarle temas complejos de la Urdimbre hasta hacerlo parecer simple. Los silencios compartidos en las noches después de una misión, cuando no se necesitaban palabras, solo la presencia del otro. Los votos que habían intercambiado, en una noche sin luna, frente a quienes, en su mayoría, no sabían realmente a quien estaban elevando sus votos. La luz se apagó lentamente, y las sombras volvieron a ocupar la estancia, envolviéndolos en un manto que los arropaba.

Dirigió la mirada al rostro de Helios, esperando su reacción a todas las imágenes que el artefacto habia transmitido a sus mentes, ocho años de vivencias compartidas; Pero había algo más que rondaba en la mente de Helios, algo que quizás ni si quiera la propia Umbra llegase a comprender del todo, pero que anidaba en la estela de su pensamiento.

Fue aquella conexión que había establecido con Vhenomon, su confesión sobre un objetivo mayor, amenazas incluso que amenazaban a la Dama Oscura, ambos eran iguales en muchos aspectos, quizás ambos no eran más que el reflejo sombrío del otro. Estando frente a frente, ninguno deseaba la muerte del otro, si no más bien la promesa de que la voluntad de las sombras se extenderá más allá de la propia Amn.

Palabras que parecían ciertas y que chocaban en parte con las revelaciones que le entregaron los Luna Oscura, a quienes deseaba servir como un hermano más. Veía en Vhenomon y Leandra el mismo camino que él y la mujer habían recorrido, al menos una parte, desprovistos de su hijo no les quedaba mucho más que tomar una medida desesperada para tomar venganza, envolviéndose sin saberlo en un propósito aún mayor, pero sin la capacidad de aceptar completamente la perdida, no poder renunciar a lo que ellos consideraban una familia.

Intentó que aquel Heraldo pudiera marchar, cumplir con la voluntad de las penumbras, un gesto de una sombra a otra. Pues cada vez eran menos quienes portaban el abrazo completo de las mismas.

Finalmente el Heraldo de la muerte pereció, era la voluntad de los Ladrones de las Sombras, no habia nada que él pudiera hacer para impedirlo, el umbra aceptó la perdida, él sabía que ambos se habían visto reflejados, por ello le entregó la oportunidad de recuperar las memorias que le habían sido sustraídas.

Había perdido a una sombra, un propósito en su camino. Podría ser que este siempre fue el precio que los monjes le advirtieron, y así lo pagó, encontrando nuevamente refugio en los brazos de la única compañía que realmente necesitaba hasta el final de su existencia.


Offtopic :
Relato conjunto de los umbritas, gracias Faker por la trama
 

Alizandriel

El que aplaude en los discursos Zhent
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Alizandriel, consumido por una sombra interior, se dirigía a su encuentro con los Magos Encapuchados como un condenado a muerte. Las calles empedradas de Athkatla resonaban con el eco de sus pasos, mientras la fría niebla envolvía la ciudad como un sudario. Esta vez, estaba decidido a romper las cadenas que lo ataban a aquella siniestra organización, a recuperar su alma y su libertad.

Al llegar al lugar de la reunión, se encontró con una figura encorvada, envuelta en una capa que arropaba su rostro. Era una Maga Encapuchada, pero a diferencia de los siniestros conjuradores que conocía, esta anciana emanaba una extraña aura de tranquilidad.

Con voz tenue y sibilante, la anciana lo condujo hacia la plaza del Concejo de los Seis, un lugar cargado de historia y secretos. Allí, sentados en la fría piedra, hablaron en voz baja, el motivo de sus palabras se perdían en la bruma. La anciana parecía reconfortarle, mirándole compasiva. Antes de despedirse mutuamente, ella le entregaría un pequeño colgante, quizás era hora de cerrar recientes heridas y de abrir otras nuevas.​
 

DMT Faker

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El Discurso de los Magos Encapuchados
En la Plaza de Ajusticiamiento, Distrito de la Guardia, Athkatla
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Un viento gélido recorrió las altas torres de Athkatla, la Ciudad de la Moneda, como si las mismas piedras de la ciudad percibieran la ocasión que se cernía sobre el horizonte. El sol, oculto tras nubes densas y níveas, parecía tomar distancia del acto que estaba a punto de comenzar, proyectando una luz espectral sobre las columnas de la Plaza de Ajusticiamiento.

La multitud se agolpaba en la plaza: un mar de rostros expectantes, algunos con la tensión propia de los que miran a los Dioses en su altar, otros con la soberbia de aquellos que esperan ser parte de la historia. Había rumores en el aire: los Magos Encapuchados, la hermética y severa Orden de Capaconjuro, finalmente se dignaban a pronunciar palabra. Los honores, siempre reservados para quienes se alinean con su ley fría e implacable, recaerían hoy sobre aquellos que desafiaron a un enemigo común en su propia morada.

La amenaza del Heraldo de la Muerte, un Filomaléfico fugitivo de las entrañas del Sanatorio de la Torre de Capaconjuro, había perturbado el delicado equilibrio de la magia en el corazón de la ciudad. Pero hoy, en este día, la incertidumbre había sido erradicada y la poderosa Orden de los Magos Encapuchados se preparaba para dar cuenta de ello.

La Plaza de Ajusticiamiento se hallaba imponente, flanqueada por las altas murallas que reflejaban la frialdad de las decisiones tomadas en su interior. Al fondo, en el podio elevado, los miembros más prominentes de la Orden se alineaban, con sus capas grises ondeando al viento como banderas en un campo de batalla olvidado.
En sus rostros, una expresión de calma, de previsibilidad se fundía con la severidad característica de los que han visto más allá de lo que los ojos mortales pueden comprender.

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La silueta de un mago se alzó en el centro de la Plaza, y el murmullo de la multitud cesó en un solo suspiro. Su túnica de oscuras telas -tejida con encantamientos que distorsionaban la luz- se desplegaba como una sombra líquida. El silencio se hizo absoluto.

Con un ademán casi imperceptible, el mago dio inicio al discurso, que se prolongó durante el tiempo justo y necesario, dando término al mismo de la siguiente manera:

La Orden de los Magos Encapuchados no es una entidad de emociones, ni de recompensas fugaces. Lo que se ofrece hoy no es una alabanza, sino un recordatorio del orden que hemos mantenido; un equilibrio que vosotros, junto a nosotros, habéis garantizado con vuestro sacrificio. Que nadie olvide que el orden no es un lujo, sino una necesidad para la supervivencia de todos. El peligro ha sido erradicado, pero el trabajo no cesa. Que estos premios sirvan como recordatorio de que los sacrificios, aunque invisibles para muchos, no son en vano, y que la Torre de Capaconjuro sea testigo y testamento de vuestra fidelidad a la causa del equilibrio.

El silencio que siguió fue profundo, casi inquietante, como si el tiempo mismo se hubiera detenido en la plaza. Las figuras de los aventureros allí presentes se vieron reconocidas por todos, aunque sus rostros permanecieron ajenos a la ovación que habría podido seguir... Pues para los Magos Encapuchados, el deber nunca pide aplausos.


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Offtopic :
Pues ahora sí que sí, aquí termina todo. No voy a montar una escena para contar mi movie con un npc, por lo que tendremos una ambientación en la que vosotros, los que habéis participado en la trama de principio a fin, podréis dar un discurso breve si así lo deseáis. (Énfasis en breve, Kapillo xP).

Y si nadie lo desea (comprensible), simplemente procederemos a la entrega de premios, de la que podéis saber más y cuándo sucederá aqui.

Agradecimientos a todos vosotros por haber sido partícipes de esta trama, por haberme apoyado cuando las cosas salían bien y sobre todo cuando salían mal (tres wipeos simultáneos en tres escenas a la vez, hehé). Pero especialmente agradecimientos por vuestro trabajo e interés, porque la historia la habéis ido forjando vosotros, y sin vuestros personajes no podría haber sido contada.

Por parte de mis compañeros, gracias por la infinita paciencia y por siempre tenderme una mano a Kronos.
A Ahriman, Ofnir, Himmel (Comúnmente conocido como el Traiciones) y el Pops por haberme ayudado a sacar la trama adelante, pues sin su ayuda sinceramente no habría sido posible en muchas ocasiones.
Y a Auvis, que siempre me resuelve todas las dudas de trasfondo y me chiva dónde están los ubicados (la quiero mucho).

Hasta que volvamos a encontrarnos. ✨
 

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