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¡Los juegos del Murkul! ¡Recompensa de premios y honores!

DM Kapillo

Sombrero perdido de Astrid
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Tras la caída del Murkul y con la Reina de la Oscuridad vencida por el sacrificio heroico de Nicodemus, cuando su lanza atravesó el corazón de Takhisis, el mundo quedó sumido en silencio...

Poco a poco, la vida regresaba a muchas tierras…
...pero no al Imperio de Murandim.



Con la desaparición del Murkul, nada podía contener la ambición desmedida de los Señores de la Guerra. Terminado el mal que se cernía desde el Este y con el trono de espinas vacío, sus ojos ardían de codicia.



Sus ejércitos bestias famélicas de hierro y carne esperaban solo una orden para convertir el imperio en una carnicería.

Pero aún quedaba un obstáculo: Cyrysnea, la consorte del Murkul, cuyo poder se alzaba como una tormenta final sobre el palacio, guardiana de los últimos vestigios del legado del Emperador.




Mientras los Señores de la Guerra discutían, luchando por egos y orgullos, queriendo demostrar quién era más fuerte, Cyrysnea los mantenía a raya con su discurso, su voz firme y su presencia autoritaria sin flaquear.

Mientras las huestes de tanaruks, minotauros, goblins y gnolls se apiñaban a las afueras de las murallas, sus amos avanzaban por los corredores profanados del poder. Cada paso resonaba como un presagio: Karyak el Cruel, tanarukk de mirada ígnea y cicatrices que narraban un millar de guerras; Vorpax el Destripador, minotauro de músculos pétreos y cuernos afilados como guadañas; Zharkul la Carroñera, gnoll de sonrisa macabra y ojos encendidos por la fiebre del saqueo; y La Sarna, goblin esquizofrénico, azote de decenas de clanes, cuya risa demente y amor por la pólvora hacía voluble su temperamento y peligroso su juicio.

A ellos se sumaban las tribus de los Dientecillos Orientales siguiendo a su autoproclamada reina, la Devora Dragones. Ambiciosa y despiadada, su intención era clara: sentarse en el trono al precio que fuera. Con el imperio rodeado de enemigos por todos los frentes, una mínima chispa sería suficiente para encender una guerra total.

En medio del caos, heroes y personajes reconocidos del Imperio lograron infiltrarse en el palacio. Algunos dicen que lograron sortear la guardia gracias a su habilidad y coraje; otros aseguran que uno de ellos creó la distracción perfecta. Sea como fuere, estos héroes ayudaron tanto en la sanación del Murkul como en la venganza contra quienes osaron atacar al Emperador, recordando a todos que, incluso en tiempos de oscuridad, la lealtad al imperio aún podía cambiar el destino.

Entre todos ellos, en silencio, se alzaba el Lord Brujo, regente de lo que antaño se conocía como Imnescar. No necesitaba gritar ni mostrar su temperamento: su sola presencia imponía respeto y temor. Cada flanco del palacio, cada sombra, estaba vigilada por los Sombras de Hierro, guardianes del equilibrio del imperio, llamados cuando todo lo demás ha fallado; y por la lealtad de la Guardia Imperial, que, aun tras la muerte del Murkul, velaba celosa por el legado del antiguo amo.

Era un consejo de lobos hambrientos. Cada uno ansioso por desgarrar la garganta del otro… pero todos con la mirada fija en un mismo objetivo...


...El trono de espinas...
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Y entonces, para sorpresa de todos, cuando los Señores de la Guerra estaban a punto de llegar a las armas, medio centenar de ogrillones imperiales apareció en el palacio. Armados, disciplinados y en perfecta formación, su presencia llenó la sala del trono de un aura de orden y poder.

Entre ellos desfiló el Murkul, regresado de entre los muertos… o quizás aquel que nunca murió. A su lado marchaba Shangalar el Negro, quien lo mantuvo con vida todo este tiempo y arrebató la energía negativa del cuerpo del ogro hechicero: la oscura fuerza de Chemosh Dios de la Nigromancia de Krynn, su poder imbuido en un artefacto que poseía Lohezet, el Mago de la Túnica Negra, con el cuál atacó aquel fatídico día
El silencio se apoderó del salón. Entonces, con voz grave y poderosa, el Murkul habló:





-Yo soy Sothyllis el Conquistador. Mi hoja, Cicatriz de Reyes, ha bebido la sangre de incontables campeones y soberanos. Soy favorecido por los dioses, y Vaprak el Destructor me espera en Piedraquebrada.





He soñado con humo sagrado, campos ardientes, tuétano y metal.
He soñado con la bienvenida de los dioses…
… y he despertado para contemplar a buitres y coyotes peleándose por los restos de mi sueño.

Se detuvo un instante, y con un rugido que estremeció las piedras del palacio, proclamó:

-YO, SOTHYLLIS, TERROR DEL AGUIJÓN, DECLARO QUE NO HABRÁ LUGAR EN LA TIERRA QUE ESCAPE DEL PUÑO DE MIS LEGIONES.
MI IMPERIO SERÁ INABARCABLE, Y MI REINADO SOBRE ÉL, ETERNO.
NO HABRÁ, NUNCA MÁS, OTRO MURKUL.


Todos los presentes quedaron boquiabiertos ante la visión de quien fue el Emperador… o de quien, en realidad, nunca dejó de serlo. La guerra podía estallar en cualquier instante, y ahora, con el verdadero Murkul entre ellos, las ambiciones de los Señores de la Guerra se verían eclipsadas… y sus posibilidades reducidas a cero.

Karyak el Cruel fue quien contuvo a las fuerzas de la Reina de los Dientecillos, manteniendo a raya a sus tropas mientras luchaban contra la rebeldía de las tribus y los esbirros de Lohezet. Cada movimiento suyo, cada golpe un recordatorio de que, aunque el Murkul aún no estaba presente, había quien podía enfrentarlos.

Vorpax el Destripador batallaba en la frontera, enfrentando a los Amnianos, demostrando que su fuerza y disciplina podían sostener el imperio ante cualquier amenaza. Su presencia recordaba que la ausencia del Murkul no significaba debilidad.

Por su parte, Zharkul la Carroñera y sus hienas gnolls disfrutaban del festín de muerte que se desplegaba en todos los frentes. Cada cadáver, cada grito, alimentaba su furia y su fuerza, haciéndolos más temibles y creciendo cada día más...en medio del caos y la destrucción.

Y La Sarna, el goblin, se aseguraba de que nunca faltara pólvora. Preparaba trampas, explosivos y cargas, dispuesto a hacer volar por los aires a cualquiera que se atreviera a desafiarlo. Su locura y su obsesión por la pólvora convertían cada rincón en un campo minado de caos potencial.

Pero ante la presencia del Murkul, todo cambió. Karyak el Cruel agachó la cabeza, reconociendo que incluso su fuerza no era rival para el verdadero Emperador. Vorpax el Destripador contuvo la respiración, sus músculos tensos. La Sarna, aterrado, se escondió tras un montón de calaveras, murmurando promesas de explosivos y venganza que quizás nunca podría cumplir.

La Reina de los Gigantes lo miró desafiante, con la arrogancia de quien no teme a nadie… excepto a ÉL.

Solo Zharkul la Carroñera se atrevió a hacerle frente. Su pelaje se erizó, la saliva le brilló en los colmillos y, con la voz rasgosa de quien lleva la muerte en la garganta, proclamó antes de abalanzarse:


Con tu carne me daré un festín… tus huesos crujirán bajo mis fauces.
Mis manadas de hienas nunca volverán a tener hambre. El trono de espinas será nuestro por fin.
¡Yeenoghu me ve, Yeenoghu ríe, Yeenoghu guía mi furia!

Zharkul se lanzó con un rugido salvaje, guiada por la furia de Yeenoghu… pero en un instante dejó de existir. Su ataque fue sofocado con tal brutalidad que nunca más volvería a deleitarse con la carne ni a reír con su sonrisa macabra.

Sus tropas de hienas, huérfanas de caudilla, se dispersaron en un frenesí incontenible. El hambre y la ausencia de mando convirtieron a la manada en un caos viviente: desgarrándose entre ellas, asaltando granjas, devorando rebaños y hostigando los puestos fronterizos. Lo que alguna vez fue una horda unida por la crueldad de su líder, ahora se había transformado en una plaga errática, una sombra que se extendía sobre las regiones vecinas.



Tan grande fue el estrago que la noticia llegó más allá de las murallas: incluso héroes y aventureros de renombre acudieron a enfrentarlo.


Entre ellos, el célebre explorador Minsc y su inseparable compañero, el pequeño pero feroz Bubú, quienes, enterados del caos, marcharon con entusiasmo, pues para ellos no había presa más justa que los gnolls, sus enemigos predilectos.







Zharkul había caído. Y con ella, un recordatorio quedó grabado en la memoria de todos los presentes: frente al Murkul, no había gloria en la rebeldía… solo la certeza absoluta de la aniquilación.

Karyak el Cruel regresó a su fortaleza del Hierro Negro, donde su influencia se alzaba como una muralla impenetrable. Desde allí, sus ejércitos de tanarukks y bestias continuaron expandiendo la voluntad del Murkul, aplastando rebeliones y sofocando cualquier duda sobre la supremacía del Emperador.

Vorpax el Destripador, por su parte, retornó a la Fortaleza del Cuerno Tronante. Sus tropas siguieron hostigando sin descanso a los amnianos, manteniendo viva la guerra en las fronteras. Su lealtad al Murkul se volvió aún más férrea, pues veía en él al único digno de comandar una bestia como él.

La Reina de los Dientecillos, en cambio, tuvo otro camino. No se atrevió a desafiar al Murkul y éste le ofreció un pacto: podía mantener el control de las tribus de los Dientecillos siempre que permaneciera en las cordilleras escarpadas y jurara lealtad de no ofrecer su lealtad, sería asesinada y olvidada. La reina aceptó, pero esa aceptación se convirtió en su ruina.

Muchas tribus solo la habían seguido por la certeza de acabar con los dragones en pleno vuelo, gracias al Martillo Divino caído del cielo, el Martillo de Kharas. Sin el peligro de los grandes alados, aquellas alianzas se disolvieron rápidamente. Su escolta de gigantes la abandonó, y clanes enteros desertaron, viéndola ya sin propósito ni gloria.

Al final, la Reina de los Dientecillos no reclamó el Trono de Espinas, y su nombre se desvaneció en los ecos de la historia. Poco o nada se sabe hoy de su destino: algunos dicen que murió sola, devorada por sus propias bestias; otros aseguran que aún respira en alguna lúgubre cueva, alimentando un rencor que nunca se apagará, otros que los Sombras de Hierro se aseguraron de borrar el nombre de la historia por si en un futuro volvía a alzarse contra el emperador

Los motivos por los que Shangalar el Negro mantuvo con vida al Murkul son un misterio que solo él conoce. Durante siglos, pocas veces se le había visto lejos del Conclave, pues su hambre de conocimiento era infinita. Se murmura que en lo alto de su torre conserva el artefacto de Chemosh, aquel con el que logró revertir la energía negativa que había desgarrado el cuerpo del Emperador, devolviéndole la vida. También se dice que posee el Orbe de los Dragones, y que solo unos pocos de su absoluta confianza han podido estudiarlo.

Nadie sabe con certeza cuál es su verdadero interés en mantener vivo al Murkul. Algunos creen que lo ata a un destino mayor; otros, que busca algo que trasciende la voluntad del propio Imperio. Lo único indudable es que Shangalar, con la calma gélida de la sabiduría y el peso de los siglos sobre sus hombros, dirige sus palabras con la autoridad de quien ha visto demasiado.

A los campeones oscuros, cuando el Murkul volvió a sentarse sobre su trono les dijo:



He visto civilizaciones devoradas por sus propios apetitos y gobernantes consumidos por su orgullo.
Un líder… Un verdadero líder no solo debe ser fuerte; debe sostener la fuerza con sabiduría, con paciencia, y con la fría claridad de quien comprende que cada decisión arrastra vidas.
Recordadlo, mortales

¡Gloria a Murannheim!

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La Oráculo
traicionera y mentirosa, regresó a su bosque sombrío cuando el Murkul volvió a alzarse. Nadie podía decir con certeza a dónde apuntaba su lealtad, pues había traicionado tantas veces al Imperio que su única bandera parecía ser su propia supervivencia.


Se movía entre pactos rotos y alianzas pasajeras con la misma facilidad con que un depredador cambia de presa. Su astucia y su instinto la mantenían viva; nada más.




Su fidelidad jamás estuvo con reyes ni emperadores. Solo era leal a sí misma. Hizo tratos con Lohezet, el Mago de la Túnica Negra, y después con la Reina de los Gigantes. Siempre en la intriga, siempre juntando piezas en su propio tablero, con la única intención de que otros fuesen los que enfrentaran a la Reina de la Oscuridad, a quien más temía.

De todos sus engaños, uno se volvió infame: el que cometió contra el Clero de Selûne. Enterada de que pretendían negociar con la Reina de los Dientecillos, se disfrazó con artes de polimorfía, tomando la apariencia de una aventurera perseguida por osgos. Su actuación fue impecable. Los selunitas, nobles de corazón, cayeron en la trampa como corderos, movidos por su deseo de ayudar al prójimo. Y así, la dragona descubrió sus planes, los engatusó… y al final los traicionó.

Secuestró a sus cruzados, encadenándolos en condiciones miserables, y les ofreció un precio brutal por su libertad: la muerte de Lord Soth.

Pasaron días, semanas, quizás meses. Los rehenes sufrieron hambre, enfermedad y desesperanza. Pero el destino terminó por volcarse: Lord Soth murió. Lohezet cayó. Takhisis fue derrotada. Y cuando todos esperaban la mentira final, la Oráculo sorprendió al mundo cumpliendo su palabra.

Entregó a los cruzados selunitas en un claro cercano a la costa sur, allí donde los lunáticos de la Dama Lunar mantenían sus rituales. Regresaron maltrechos, marcados por el cautiverio, pero vivos. Y su fe, lejos de quebrarse, regresó más fuerte que nunca, templada en sufrimiento. Nacieron nuevos himnos a Selûne, himnos de resiliencia y esperanza, forjados en las brasas del dolor.

Tras cumplir lo prometido, la Oráculo desapareció. Se internó en la espesura sombría, más esquiva que nunca. Nadie sabe con certeza donde está aunque se murmura que regresó al Bosque Sombrío, donde teje sus intrigas entre telarañas y sus preciadas arañas, enfrentándose en silencio a un enemigo que surge desde la infraoscuridad contempladores. Quiénes codician el bosque como suyo, disputándole el dominio de su territorio. Así, un nuevo conflicto nace lejos de las murallas del Imperio, donde la dragona verde astuta, solitaria, imposible de encadenar libra otra guerra.


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Pero nada de todo aquello habría sido posible sin los campeones oscuros, aquellos que con crueldad, sin mostrar escrúpulos y con una lealtad tan férrea como terrible, lograron estabilizar al Imperio y traer de vuelta la cura que sanó al Murkul. Fue su ambición desmedida la que cerró las heridas del trono, y por ello ahora, fortalecido y renovado, el gran Murkul alza su voz con un único designio: celebrar un nuevo tiempo de unidad y poder.

Su voluntad ha dado forma a un coliseo como jamás se ha visto. No será únicamente un círculo de combate, sino el emblema vivo de la grandeza imperial. Allí, bestias traídas desde los rincones más lejanos del mundo se medirán contra los más implacables guerreros del Imperio, enfrentándose bajo el rugido ensordecedor de las gradas.

Antes de los juegos, tres pruebas anunciarán la gloria venidera. La primera será de fuerza, donde los campeones demostrarán la dureza de sus cuerpos contra el peso del hierro y la piedra. La segunda será de rapidez, en la que la astucia y la velocidad decidirán quién merece avanzar. Y la tercera, la más esperada, será el turno del Conclave, cuyos maestros y aprendices deberán conjurar maravillas de magia jamás vistas, para asombrar a un Imperio ávido de poder.

Los rumores ya se deslizan como serpientes por los pasillos del palacio. El clan Durraugh ha recibido el encargo de forjar los emblemas de los vencedores, forjados en metal arrancado de las entrañas mismas del Underdark. El Conclave, con su conocimiento arcano, trabaja en imbuir dichos emblemas con el poder de sus dones, transformándolos en reliquias que portarán el peso de la eternidad. El Consorcio Rundeen ha desplegado sus rutas comerciales para adornar el evento con tesoros dignos de dioses y emperadores traídos de los confines del mundo. Y la Bregan D’Aerthe parte desde el Puerto en el Rompecorazones, bajo el encargo decapturar criaturas exóticas, destinadas a llenar la arena de sangre, miedo y espectáculo.



Los juegos del Gran Imperio comienzan.
Los tambores de guerra ya resuenan,
los sonidos de trompetas se alzan en las torres,
los artesanos afinan su obra,
los magos entonan sus conjuros,
los clanes afilan sus armas.
Es la hora de la entrega de premios y honores.
Es la hora de probar la fuerza del Imperio ante los ojos del mundo.

Es la hora de los juegos del Murkul.

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Offtopic :
Buenas. Explico un poco off. Antes de la entrega de premios que será en unas semanas.
Offtopic :

Se harán tres misiones máximo 8 pjs cada una y quien asista una no podrá ir a la otra, pero todas esenciales para que los juegos puedan realizarse.
1. Escoltar un Convoy del Clan Durraugh a la infra-oscuridad que no sufra peligro alguno para que puedan recopilar el mineral con el que hacer los emblemas.
2.Un viaje con el Consorcio Rundeen.
3.Un viaje en el RompeCorazones para atrapar criaturas exóticas con la Bregan D'Aerthe.
Una vez hecha estas tres misiones en las que me ayudará a realizarlas algún DM. Daremos paso a los juegos del hambre antes del Coliseo habrá una exhibición de fuerza donde los Pjs podrán demostrar quien es el más fuerte del imperio a los ojos del Murkul, luego una de destreza que será demostrar quien es el más rápido a los ojos del Murkul y luego el Conclave deberá exhibir algún conjuro o ritual desencadenar su poder para impresionar a todo el coliseo.

Luego al siguiente día se hará la lucha y finalmente la entrega de premios y honores.

En cuanto a la fecha de las tres misiones pronto tendrán noticias. No obstante la información sobre los juegos del hambre la tenéis.
 
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DM Nazgul

Dungeon Master
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*Alaister saldría de su arrecife al llegar el rumor, interesado desde hace tiempo en Jarlaxle de la Bregan Da'erthe y desde toda la vida en las 'criaturas exóticas'. Con idea quizá de ampliar su abanico de posibles formas, simplemente de divertirse o puede que de conocer más sobre el actuar de la organización mercenaria drow más famosa de la Costa de la Espada, se presentaría en el puerto frente al Rompecorazones. Adoptaría entonces la forma de un drow.*

- Alaister de la Escama Impía ayudará a la Bregan Da'erthe en su misión por el Murkulato.
 
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Alliranthe

Panfleto tirado de Shack
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Recientemente, la inmortal Miruh había asistido a una solemne ceremonia del Clan Durraugh, en la que varios aspirantes se sometieron a rigurosas pruebas hasta ser proclamados huryns. Fue allí, al concluir los ritos, donde la vampiresa accedió a ofrecer su mano en la empresa encomendada por el Emperador, relativa a los Emblemas.

- Con sumo agrado prestaré mi ayuda al Clan Durraugh en su encomienda. Confío en que Krom cumpla con el propósito que le ha sido otorgado.
 

Vel

8º Nombre extraño de Onyxia
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*Comienza con los preparativos para dicha expedición*



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archedchristian

Bug oculto de Darth
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El oni decidiría custodiar a la caravana duergar, pues uno de sus deseos era conocer el tipo de mineral que extraerían y el donde.
 

DreamCatcher

Elfo que no discute
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Aun tras el desgaste que supuso la guerra contra el Este, tanto en recursos como físicamente, Adrasteia se une a los esfuerzos y preparativos de los Rundeen con miras al inminente viaje previo a la ceremonia.

Offtopic :
Depende de la fecha final, me anoto como suplemente por si acaso.
 
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Imperii

Bolsa de la Bolsa Planar
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Krom se prepara afilando su hacha, dispuesto a solventar el agravio y la vergüenza cometida en las pruebas Hurym. Dando su vida en el proceso en caso necesario si la caravana tenía que llegar sana y salva.


Offtopic :
Yo me apunto a la caravana del clan Durraugh, los viernes no puedo por la noche.
 

Breye

Pomo de Puerta de Baldur
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Delrom escucha las nuevas sobre la celebración con cierta emoción. Tras oír las distintas labores que son necesarias de realizar antes del jolgorio, piensa en voz alta:

-Quizá Adrasteia necesite ayuda con la expedición del Consorcio Rundeen.

Tras mencionar esto al cuello de su camisa, sale a buscar a la marinera.
 

Focus

Minsorrano sin caminos
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Dientes no tardó en acompañar a Adrasteia en su trabajo, mas adelante le cobraría el favor al Consorcio.
 

Ultralodeo

Elfo que no discute
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**El liche parecía caminar detrás de Miruh, apuntandose a ayudar al Clan Durraugh**

// Si hay espacio y espero no trabajar para el día que se feche el evento, crucemos dedos
 

Javielmago

Liche táctico
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*Gob se acopla a la operación Rundeenesca, la mayor prioridad del ogroide*
 

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