Skotos
Copia defectuosa de Kronobot
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Las nubes de lluvia bañaban con un fino sudario las inmediaciones de aquel recóndito santuario oculto en las profundidades del Bosque de Alandor, conocido como el Claro de las Hadas. Era un lugar donde se respiraba una paz mágica, en el que el tiempo pasaba como el cauce de un río maduro: plácido, imperturbable, vasto en su profundidad e inmensidad. El olor a gardenias frescas y a hierba mojada impregnaba el ambiente. La luz de la luna se filtraba tímidamente entre las nubes, dejando entrever la mirada siempre atenta, siempre amable, de Selûne.
Un grupo se había congregado formando un círculo, sentados en torno a una misteriosa construcción de piedra. Curiosos algunos; devotas, otras. Guiados por Sariel a petición de la Oráculo, el lugar guardaba un hueco especial en el corazón de esta última. Era un símbolo, un vínculo que sentía hacia una parte de su naturaleza que no estaba del todo definida. Mercurial y trascendente. Aquella que ansiaba, por encima de todo, ser libre y escuchada.
Un empuje que le hacía querer sentir. Comprender. Sentir la hierba bajo sus pies, la frescura del aire, los latidos del bosque.
- Quizás os preguntéis por qué os he traído aquí. Ni yo misma sé, a veces, por qué este lugar me atrae tanto.
Los asistentes escucharon. Algunos, con más interés con otros.
- Quisiera hablaros de algo que está presente en nuestras vidas. Algo a lo que quizás, no le hayáis dedicado momentos de vuestro pensamiento. Pero no por ello deja de ser un milagro.
La mirada inquisitiva de Maeve se posó sobre la Oráculo. Gwenaëlle cerró los ojos y extendió sus manos hacia el cielo.
- El mundo que veis a vuestro alrededor, no siempre existió como tal. Todos conocemos la leyenda. Antes del albor de los tiempos, cuando no existía Principio ni Fin, surgió del éter dos esencias. Dos mitades. Frío y Calidez; Luz y Sombra.
Estas pugnaron por supremacía. Cada una, queriendo imponer a un universo, que no era más que un mero pensamiento, su impronta.
Una de ellas deseaba continuidad. Que el mundo siguiese frío.
Otra ansiaba sentir la chispa de la vida brotar de la roca inerte.
Este conflicto, que aún se libra en nuestros días, es conocido como la Guerra de la Luz y la Oscuridad. Pero no deseo hablar del mismo en sí; es una fábula más que conocida. Si no... de lo que implica. Del regalo que aquel sacrificio proporcionó al universo.
¿Podéis intuirlo?
Algunos se miraron entre sí. Otros, un tanto abrumados por el contenido de la charla, empezaban a quedarse dormidos.
Sariel, su querida Sariel, miró a la semielfo con atención y contestó. Su voz tranquila, rebosando calidez.
- Mystra - dijo únicamente, asintiendo.
- Muchos saben que Selûne intentó, desobedeciendo la voluntad de su hermana, insuflar vida al mundo. Pero quizás desconozcan que de este acto de rebeldía, de este enfrentamiento atroz, brotó el mayor regalo que impregnó alma a toda la Creación. Mystryl, y con ella, el Telar que impregna la realidad que conocemos, brotó del cuerpo herido de la Pérfida, golpeado por la esencia mística de Nuestra Señora de Plata.
Este regalo que nos hizo no es una mera prebenda que nos permite obrar milagros. Es un testimonio de la infinita misericordia y piedad mostrada por Selûne a los mortales. La diosa Luna, imbuyendo parte de su chispa y derramándola sobre la infinidad del cosmos, creó las estrellas y este don para que pudiésemos ejercer nuestro libre albedrío.
La magia es el camino más puro hacia la divinidad. Es el primer misterio que todos debemos conocer para alcanzar un nuevo estado de entendimiento. El flujo del Tapiz recorre todas las grietas y confines de la Creación, y alimenta con su energía primigenia fuerzas desconocidas que tienen una influencia absoluta sobre nuestras vidas.
La Oráculo extendió sus manos, tomando las de Teris y de Maeve, y cerró los ojos. Varios la imitaron y cerraron así el círculo. Otros, sencillamente, siguieron escuchando.
- Os pido que tratéis de sentirlo. Está presente en el ulular del viento. En las piedras inertes que nos rodean. En el respirar de los árboles; en el canto del río.
En cada uno de vuestros latidos.
Pues el milagro de la vida no es indistinto al de la propia magia. Esta recorre vuestras venas. Estar vivos es, en sí mismo, una prueba de que lo divino yace en todos nosotros. Y por ello hemos de cuidarla, de atesorarla, de abrazarla.
Estar vivos y agradecidos por ello es la mayor honra que podemos hacer a Selûne.
Conocer esta verdad y aceptarla os acerca al entendimiento del Primer Misterio. El Misterio de la Urdimbre.
Un grupo se había congregado formando un círculo, sentados en torno a una misteriosa construcción de piedra. Curiosos algunos; devotas, otras. Guiados por Sariel a petición de la Oráculo, el lugar guardaba un hueco especial en el corazón de esta última. Era un símbolo, un vínculo que sentía hacia una parte de su naturaleza que no estaba del todo definida. Mercurial y trascendente. Aquella que ansiaba, por encima de todo, ser libre y escuchada.
Un empuje que le hacía querer sentir. Comprender. Sentir la hierba bajo sus pies, la frescura del aire, los latidos del bosque.
- Quizás os preguntéis por qué os he traído aquí. Ni yo misma sé, a veces, por qué este lugar me atrae tanto.
Los asistentes escucharon. Algunos, con más interés con otros.
- Quisiera hablaros de algo que está presente en nuestras vidas. Algo a lo que quizás, no le hayáis dedicado momentos de vuestro pensamiento. Pero no por ello deja de ser un milagro.
La mirada inquisitiva de Maeve se posó sobre la Oráculo. Gwenaëlle cerró los ojos y extendió sus manos hacia el cielo.
- El mundo que veis a vuestro alrededor, no siempre existió como tal. Todos conocemos la leyenda. Antes del albor de los tiempos, cuando no existía Principio ni Fin, surgió del éter dos esencias. Dos mitades. Frío y Calidez; Luz y Sombra.
Estas pugnaron por supremacía. Cada una, queriendo imponer a un universo, que no era más que un mero pensamiento, su impronta.
Una de ellas deseaba continuidad. Que el mundo siguiese frío.
Otra ansiaba sentir la chispa de la vida brotar de la roca inerte.
Este conflicto, que aún se libra en nuestros días, es conocido como la Guerra de la Luz y la Oscuridad. Pero no deseo hablar del mismo en sí; es una fábula más que conocida. Si no... de lo que implica. Del regalo que aquel sacrificio proporcionó al universo.
¿Podéis intuirlo?
Algunos se miraron entre sí. Otros, un tanto abrumados por el contenido de la charla, empezaban a quedarse dormidos.
Sariel, su querida Sariel, miró a la semielfo con atención y contestó. Su voz tranquila, rebosando calidez.
- Mystra - dijo únicamente, asintiendo.
- Muchos saben que Selûne intentó, desobedeciendo la voluntad de su hermana, insuflar vida al mundo. Pero quizás desconozcan que de este acto de rebeldía, de este enfrentamiento atroz, brotó el mayor regalo que impregnó alma a toda la Creación. Mystryl, y con ella, el Telar que impregna la realidad que conocemos, brotó del cuerpo herido de la Pérfida, golpeado por la esencia mística de Nuestra Señora de Plata.
Este regalo que nos hizo no es una mera prebenda que nos permite obrar milagros. Es un testimonio de la infinita misericordia y piedad mostrada por Selûne a los mortales. La diosa Luna, imbuyendo parte de su chispa y derramándola sobre la infinidad del cosmos, creó las estrellas y este don para que pudiésemos ejercer nuestro libre albedrío.
La magia es el camino más puro hacia la divinidad. Es el primer misterio que todos debemos conocer para alcanzar un nuevo estado de entendimiento. El flujo del Tapiz recorre todas las grietas y confines de la Creación, y alimenta con su energía primigenia fuerzas desconocidas que tienen una influencia absoluta sobre nuestras vidas.
La Oráculo extendió sus manos, tomando las de Teris y de Maeve, y cerró los ojos. Varios la imitaron y cerraron así el círculo. Otros, sencillamente, siguieron escuchando.
- Os pido que tratéis de sentirlo. Está presente en el ulular del viento. En las piedras inertes que nos rodean. En el respirar de los árboles; en el canto del río.
En cada uno de vuestros latidos.
Pues el milagro de la vida no es indistinto al de la propia magia. Esta recorre vuestras venas. Estar vivos es, en sí mismo, una prueba de que lo divino yace en todos nosotros. Y por ello hemos de cuidarla, de atesorarla, de abrazarla.
Estar vivos y agradecidos por ello es la mayor honra que podemos hacer a Selûne.
Conocer esta verdad y aceptarla os acerca al entendimiento del Primer Misterio. El Misterio de la Urdimbre.