Un nuevo escrito aparece en el diario, aunque parece haber sido elaborado con cierta distancia de los anteriores, y con una serenidad impropia respecto a lo cual relata. Probablemente hecho a consciencia en un momento de mayor paz para su autora.
Lamahstu
No solo moran el Campo Santo los no-muertos. Una noche salíamos yo y mi buen amigo Titanicus de la cueva situada en el Sur, guarida de un Templo a Malar en sus profundidades. Fatídico aquel día, al salir nosotros la luz ya había desaparecido, y ahí encontré a una mujer, de aspecto algo extraño, considerarle extranjera de Amn era fácil. Pero no guardo rencores ni miedos a lo que desconozco, la diferencia agita odios entre la humanidad e intento alejarme de tales prejuicios. Así pues, escuché lo que la mujer deseaba decir.
"¿No desea escuchar mi propuesta? Venga conmigo." Dijo la misteriosa dama; Ahí sí cometí mi error, la extrañeza del suceso debió alertarme más de lo que lo hizo. Titanicus, que se adelantó un poco volvió en mi busca, encontrandome en plena charla con la mujer. Debido a su mente abierta y curiosidad insaciable, decidió seguirla a la cueva, y aquí he de ser humilde y confesar mi propia debilidad frente al saber, también es mi naturaleza curiosa. Pero además, si algo raro se cocía, acompañarle era prácticamente mi deber. ¿Hubiera salido todo mejor si me hubiera retirado? ¿O mucho peor? Jamás lo sabré pues el Destino así lo quiso.
La mujer nos dijo su nombre sin ninguna reticencia, añadiendo un título que ofendió a mi persona: "Lamahstu, Señora de la Vida, Muerte y Resurrección" se otorgaba a sí misma. Nada más lejos de la realidad, solo se trataba de un no-muerto con sus delirios de grandeza, deseando ser algo más de lo que son, pecadores que se arrastran y sujetan al mundo terrenal sin aceptar el flujo que la vida ha de tener.
Preguntó sobre nuestra fé, y aunque durante unos segundos fui capaz de verlo en sus ojos: la ira y sed de venganza brillaron sobre sus ojos al pronunciar el nombre de Kélemvor. Parece que es la única emoción que queda en sus inexpresivos cuerpos, el odio sin fín. Peor aún, creen que nosotros, kelemvoritas, sentimos un odio similar contra ellos. No pueden estar más alejados de la realidad, si los míos, entre lo que me incluyo (Pese a mi falta de valor y capacidad), somos "Cazadores de la No Muerte" no es por un desdén a ellos, sino por la compasión a ellos y a quienes atormentan; Ellos no encontrarán la Paz aferrandose a la No Vida, y únicamente traen la tragedia a los que han de proseguir con su existencia, pues la Muerte llega a su debido tiempo.
En ese momento, de forma tardía y torpe por mi parte, mi sospecha se acrecentó lo suficiente para intentar determinar con qué exactamente estaba tratando, y alcé a un espejo de plata que guardado tenía para comprobar si aquel ser era un vampiro. A lo que yo me dediqué a ello, la mujer realizó unos exóticos movimientos acercándose a mi compañero, alabando su fuerza y ser. Hipnóticos eran sus movimientos, y la mirada de Titanicus se perdió en aquel ser, que en ese momento descubrí que efectivamente se trataba de lo que más temía. El miedo se apoderó de mí, y me congelé.
Muy tarde, y lo sigo lametando, ya no podía hacer nada. Agarró del mentón el monstruo a mi buen amigo y le susurró viles ideas, conectando ambos su mirada. "Ella no es tu amiga", "¿Acaso no te odian por lo que eres y representas?" y "Únicamente quieren usarte por tu poder y fuerza, no confies en ello", todas esas pérfidas ideas para vovler en mi contra. Y funcionó. Titanicus alzó sus armas, contra mí (El trazo empeora un poco, y por alguna razón parte de la tinta está corrida)incapaz de escucharme o razonar. Fue terrible de vivir, para mí y para él. "Mátala" dictó sin ningún remordimiento aquella bestia de lo noche, cuando seguro ella el mismo monstruo podría haberme despedazado sin mayor dificultad. Se entretenía, pues su Alma es incapaz de alimentarse de más que el dolor y el miedo.
Saqué mí escudo sin tiempo prácticamente para detener el impacto de Titanicus, que golpeó con una fuerza que yo jamás podría detener, mi brazo izquierdo quedó entumecido del mismo impacto, pero lo peor fue el golpe que dio en mi propio hombro izquierdo, mi hombrera se me clavó y mis piernas cedieron. Apenas pude soportar aquello y muy poco fue el margen que tuve para actuar en consecuencia. Jamás podría derrotar a Titanicus, y ni siquiera era mi objetivo. Pero no podía perecer allí, pues no era mi momento, o eso quiero pensar. Además, si Titanicus hubiera acabado con mi vida, sé que jamás se lo perdonaría a sí mismo. Debía salir de allí, era lo único que podía hacer.
Dí un paso atrás, apreté los dientes para soportar el dolor de la herida y dirigí la mirada a mi compañero, fuera de sí mismo. Clamé por Kélemvor, Orando por su intervención para detener esta locura y mis plegarias debieron llegar a él, pues fuí capaz de canalizar el Milagro de Inmobilizar sobre el enfurecido Titanicus. Sali corriendo del lugar, tratando mi herida lo mejor que pude en la misma huida. Ayuda era lo que necesitaba, aunque haya quien me pueda recriminar abandonar a mi amigo la situación estaba fuera de mis manos.
Admito mi falta de autocontrol, pues tras abandonar el lugar corrí gritando y clamando por ayuda a todo aquel que encontraba. Dan y Aldien fueron los primeros que encontré, junto al Hospicio, que se dirigieron a la cueva. Sentí luego que los mandé a la muerte, pero por quehaceres del destino no les ocurrió nada. Luego, en la posada de llanos encontré a Johanne y Adellian, que fueron a ayudar. Sé que más fueron los que se dirigieron, pero apenas puedo recordarlos.
Al poco tiempo volvieron todos los que fueron, Titanicus había sido mordido y tenían que examinarle. Sólo le succionó sangre, por suerte. Me interrogaron, como no podía ser de otra forma, respecto a todo lo ocurrido. Sé que alguno dudaba de mis palabras, pero dado lo que ocurrió a Titanicus, ¿Cómo podrían cuestionarme?
La noche acabó de forma muy tensa, y los ánimos estaban muy caldeados, Aldien entre otros parecía estar muy enfadado. Sé que son muchos los detalles que se me escapan, pero dado la traumática situación que viví poco puedo hacer al respecto.
Mucho me da a pensar este suceso, sobre el gran problema que suponen especialmente los vampiros. Titanicus no es un hombre débil, ni de cuerpo ni de mente, pero aún así tampoco pudo oponerse en gran medida al monstruo. Algo se ha de poder hacer... Yo debería ser capaz de apoyar en lo posible.
Oh, Kélemvor, guíame para ser capaz de salvar sus Almas y permitir que los Vivos continuemos con las nuestra.