Vinter
Vampiro buceador de lagos
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I. Vuelta a casa
Caer Calydirr no había cambiado apenas nada en ese año y medio que Eothain se había ausentado. Seguía siendo el mismo puerto próspero, gobernado por el Alto Rey y su fuerzas tras las murallas, donde se juntaban gentes de todas partes de la Costa de la Espada, incluyendo razas tan insólitas como los elfos oscuros, o incluso algún que otro tiefling que campaba a sus anchas por ahí haciendo de las suyas, aunque por norma general éstos solían mantenerse en el buen ojo de los guardias haciendo sus papeles de mercader honrado.
El viaje a las Islas había sido relativamente sencillo. Habían conseguido un barco, en el que Zilvra pudo aprovechar sus ganas de aprender para aprender a gobernarlo, y de paso él mismo había tomado algunas lecciones para aprender a hacer nudos. Tenía bastante buena maña, y algo de experiencia previa, aunque no hubiera sido un marino al uso, sí que había salido unas cuantas veces a pescar con sus amigos cuando era más crío. Esos recuerdos le ayudaron al retomar esas lecciones, y a ayudar en el navío junto a su amada drow.
Las noches en el navío eran lo más próximo a la paz que ambos podían experimentar, aun teniendo que compartir camarote con otros, al menos la proximidad del uno y del otro les aportaba un poco de paz y armonía antes de que tuvieran que volver durante el día a la cubierta a navegar y gobernar el barco. No es que a Eothain le entusiasmara, pero ver a Zilvra genuinamente feliz le henchía el corazón de orgullo y felicidad a él, así que era lo mínimo que podía hacer. Además, le había hecho una promesa a la elfa oscura.
Cuando desembarcaron, la ciudad los recibió con sus grandes torres de guardia bordeando la costa, y los atracos del puerto repletos de barcos mercantes, o de la propia armada del Alto Rey. Habían llegado nada más había terminado el verano, y aunque el tiempo se estaba haciendo notablemente más fresco que unas semanas atrás, el sol aun no había sido opacado por las nubes grises, ni la lluvia constante que caracterizaba las duras islas de las Moonshaes, tan alabadas y amadas, pero peligrosas a partes iguales.
Cuando desembarcaron, los guardias les pidieron identificaciones, pero al ver el amuleto de clan de Eothain, rápidamente les dejaron pasar. No todos los días un kinsman volvía de un viaje, y aunque él no era noble, sí era guerrero. Eso ya era algo de respetar, y los guardianes de la ciudadela lo sabían. Aunque miraron de reojo a Zilvra durante un instante, se dieron cuenta de que ella misma llevaba uno de los collares del clan de los Blaydd – lo cual hablaba bien de ella, o quizás de la inconsciencia del muchacho. Quién sabe.
No obstante, no era el lugar de los guardias el opinar con quién compartía él cama.
Partieron de la ciudadela a caballo, dejando atrás la seguridad de los muros tras una noche de confort en una de las posadas de la ciudad, una en concreto que Eothain escogió por algún motivo en particular… La recomendación de una amiga a quien él tenía en gran estima. Y entonces, habiendo comido como caciques, alquilaron caballos y se dirigieron al norte.
Eothain se sabía el camino de memoria, pero aun así mientras cabalgaban, el joven guerrero se recordaba a sí mismo las indicaciones del camino en voz baja, mientras se afanaba en buscar los indicadores: Mojones, postes rotos, rocas que él recordaba para girar. Eran pequeños indicadores que durante las patrullas todos conocían y colocaban como indicativos a otros guerreros para que no se perdieran por los pantanos, pues quienes ponían un pie en la ciénaga, normalmente aparecía ahogado, o peor.
Los parajes de las Moonshaes eran abruptos. Tan pronto eran grandes planicies, hermosas y llenas de granjas y verdor, como de pronto cambiaban a repentinos humedales llenos de putrefacción y bestias peligrosas. No obstante, gracias a la pericia de Eothain, lograron llegar a la aldea del clan Blaydd, a un día de distancia de Caer Calydirr.
La aldea estaba a unas pocas millas al norte de la ciudadela, en una gran planicie perfecta para el cuidado de la tierra y el ganado. No obstante, era una tierra fría, y muy próxima a las montañas. De hecho, desde el centro de la aldea, se podía apreciar al norte el paso del Rojo, donde muchas veces los incursores de las tribus Ruathym del norte lanzaban sus ataques de saqueo. Afortunadamente para todos, esas guerras habían quedado ya en el pasado… Y ahora era posible ver a los fieros guerreros del norte comerciando con los Ffolk. Era una estampa a la que Eothain nunca se acostumbraría, no después de haber luchado contra ellos y derramado su sangre, o que ellos hubieran matado a gente de su familia, o sus amigos – pero era una convivencia que él debía, por el bien de todos, aceptar.
El joven guerrero fue recibido junto a la drow con jolgorio y alegría por parte de todo el clan. Todos, contentos de ver a un Hijo de la Tierra volver a casa, sano y salvo, y con alguien más que cuando partió, incluso teniendo en cuenta la naturaleza de los elfos oscuros. A nadie pareció importarle, pues el hecho de que viniera con el hijo de una druida, y con un collar en su haber, hablaban suficiente del corazón y la valía de Zilvra. Su madre mismo, lejos de hacer ninguna clase de escándalo, recibió a la pareja con los brazos abiertos y lágrimas de alegría y toda la dulzura que una madre podría desprender por su hijo y su pareja. Eran lágrimas de alegría y alivio, mezcladas con la amargura de haberle dejado marchar hacía tanto tiempo, conjunto con la inseguridad de si él volvería de una pieza o no. Y cuál fue, al final, el alivio mayúsculo que sintió Ingrid cuando vio al joven Eothain volver.
Las semanas pasaron, y Eothain se reincorporó a las actividades de los guerreros del clan, con sus nuevas habilidades de por medio, enseñando a algunos jóvenes del estilo de los Blaydd, incluso con esas extrañas armas que él se había agenciado, una espada de dos hojas que bien la usaba como una lanza, pero a la vez la usaba con una sorprendente elegancia con ambas manos. Era un arma sorprendentemente versátil, para lo complejo que era su uso. Cuando habían patrullas, Zilvra y él salían en conjunto, sobre todo supervisando a los reclutas más jóvenes, que no hicieran ninguna estupidez, como irse corriendo junto a un fuego fatuo.
Y cuando volvían, la madre de Eothain hacía lo que cualquier druida, suegra, madre y en general, chaunteita haría. Una mujer grande, de cabellos castaños, que si bien no era tan alta como el rubio, bien podría haber sacado de ella sus casi dos metros de altura, puesto que la mayoría de los hombres Ffolk no pasaban el metro ochenta, y aun pese a ser druida, lucía un aspecto cuidado y claramente medido para aportar paz a quienes la rodeaban. Muchos hubieran dicho que una mujer en sus cuarenta y largos hubiera perdido parte de su jovialidad, pero Ingrid no. Tenía un vigor y una vitalidad envidiables, conjunto a las bendiciones de la naturaleza, la hacían parecer mucho más joven de lo que realmente era.
Y por supuesto, como no podía ser de otra manera…
Se dedicaba a cebar a la pobre Zilvra.
— ¡Ay, Zilvra, hija mia! Tienes que comer mejor. ¡Que estás en los huesos! ¡Mírate! Todo nervio y músculo. ¿Cómo vas a dar a luz a un semielfo así, a ver? - Por supuesto, Ingrid no tenía cosa mejor que hacer cuando terminaba con sus quehaceres druídicos, que ensoñarse con las promesas de tener semielfitos de piel oscura correteando por el poblado.
— Estoy bien, de verdad, no hace falta que… -Y entonces, un muslo de pollo del tamaño de su cabeza caía en el plato. Seguido de una mirada penetrante que no admitía réplica. Era su mirada de madre.
Si alguna vez alguien se preguntaba por qué Eothain comía tanto como comía, y con las ganas que comía casi cualquier cosa que estuviera bien cocinada, lo cierto es que con ver a su madre se respondían casi todas esas preguntas. Porque efectivamente, si ella cebaba a la elfa oscura, su hijo no era menos. Con la diferencia de que él sí que tragaba. Y tragaba. Y tragaba. Y seguía tragando. Eothain era un pozo sin fondo para la comida, y bien era capaz de comerse un guiso entero él solo, incluyendo un segundo desayuno previo, que aun así el rubio no hacía si no, no engordar, si no que lo gastaba todo en sus rigurosos entrenamientos de combate, o trabajando los campos.
La gente de las Moonshaes era gente sencilla y humilde, abnegada, amaban la vida, y las cosas que crecen. Eso incluía el trabajo en el campo, del cual siempre estaban hasta arriba gracias a la intervención de Ingrid, que con sus rituales se aseguraba que los campos florecieran y hubieran las mejores cosechas posibles.
Era una vida humilde, y una vida de trabajo duro, pero era una vida feliz para la mayoría, incluso con las idas y venidas de la vida, y las dificultades de los años previos luchando contra los Ruathym, o los umberlitas hundiendo barcos, los licántropos ocasionalmente causando problemas, o las fatas a veces haciendo desaparecer a gente… Era un hogar, con sus problemas, pero era, a fin de cuentas, un hogar.
Y uno en el que tanto el Ffolk como la elfa oscura fueron felices durante su estancia allí.
Claro que… Esto no es un cuento de hadas.
O quizás sí. Pero no de esos que tienen un final pulcro. Qué es, a fin de cuentas, una historia sin su conflicto, sin su héroe, sus villanos, o aquellos que requieren de ayuda. Qué es, a fin de cuentas, la historia de tantos años fuera de Amn, que han llevado a un guerrero otrora abnegado a la disciplina y el militarismo, a caminar la senda de la protección de aquello que vive.
Qué es, a fin de cuentas, un juramento, sin algo que proteger.
Caer Calydirr no había cambiado apenas nada en ese año y medio que Eothain se había ausentado. Seguía siendo el mismo puerto próspero, gobernado por el Alto Rey y su fuerzas tras las murallas, donde se juntaban gentes de todas partes de la Costa de la Espada, incluyendo razas tan insólitas como los elfos oscuros, o incluso algún que otro tiefling que campaba a sus anchas por ahí haciendo de las suyas, aunque por norma general éstos solían mantenerse en el buen ojo de los guardias haciendo sus papeles de mercader honrado.
El viaje a las Islas había sido relativamente sencillo. Habían conseguido un barco, en el que Zilvra pudo aprovechar sus ganas de aprender para aprender a gobernarlo, y de paso él mismo había tomado algunas lecciones para aprender a hacer nudos. Tenía bastante buena maña, y algo de experiencia previa, aunque no hubiera sido un marino al uso, sí que había salido unas cuantas veces a pescar con sus amigos cuando era más crío. Esos recuerdos le ayudaron al retomar esas lecciones, y a ayudar en el navío junto a su amada drow.
Las noches en el navío eran lo más próximo a la paz que ambos podían experimentar, aun teniendo que compartir camarote con otros, al menos la proximidad del uno y del otro les aportaba un poco de paz y armonía antes de que tuvieran que volver durante el día a la cubierta a navegar y gobernar el barco. No es que a Eothain le entusiasmara, pero ver a Zilvra genuinamente feliz le henchía el corazón de orgullo y felicidad a él, así que era lo mínimo que podía hacer. Además, le había hecho una promesa a la elfa oscura.
Cuando desembarcaron, la ciudad los recibió con sus grandes torres de guardia bordeando la costa, y los atracos del puerto repletos de barcos mercantes, o de la propia armada del Alto Rey. Habían llegado nada más había terminado el verano, y aunque el tiempo se estaba haciendo notablemente más fresco que unas semanas atrás, el sol aun no había sido opacado por las nubes grises, ni la lluvia constante que caracterizaba las duras islas de las Moonshaes, tan alabadas y amadas, pero peligrosas a partes iguales.
Cuando desembarcaron, los guardias les pidieron identificaciones, pero al ver el amuleto de clan de Eothain, rápidamente les dejaron pasar. No todos los días un kinsman volvía de un viaje, y aunque él no era noble, sí era guerrero. Eso ya era algo de respetar, y los guardianes de la ciudadela lo sabían. Aunque miraron de reojo a Zilvra durante un instante, se dieron cuenta de que ella misma llevaba uno de los collares del clan de los Blaydd – lo cual hablaba bien de ella, o quizás de la inconsciencia del muchacho. Quién sabe.
No obstante, no era el lugar de los guardias el opinar con quién compartía él cama.
Partieron de la ciudadela a caballo, dejando atrás la seguridad de los muros tras una noche de confort en una de las posadas de la ciudad, una en concreto que Eothain escogió por algún motivo en particular… La recomendación de una amiga a quien él tenía en gran estima. Y entonces, habiendo comido como caciques, alquilaron caballos y se dirigieron al norte.
Eothain se sabía el camino de memoria, pero aun así mientras cabalgaban, el joven guerrero se recordaba a sí mismo las indicaciones del camino en voz baja, mientras se afanaba en buscar los indicadores: Mojones, postes rotos, rocas que él recordaba para girar. Eran pequeños indicadores que durante las patrullas todos conocían y colocaban como indicativos a otros guerreros para que no se perdieran por los pantanos, pues quienes ponían un pie en la ciénaga, normalmente aparecía ahogado, o peor.
Los parajes de las Moonshaes eran abruptos. Tan pronto eran grandes planicies, hermosas y llenas de granjas y verdor, como de pronto cambiaban a repentinos humedales llenos de putrefacción y bestias peligrosas. No obstante, gracias a la pericia de Eothain, lograron llegar a la aldea del clan Blaydd, a un día de distancia de Caer Calydirr.
La aldea estaba a unas pocas millas al norte de la ciudadela, en una gran planicie perfecta para el cuidado de la tierra y el ganado. No obstante, era una tierra fría, y muy próxima a las montañas. De hecho, desde el centro de la aldea, se podía apreciar al norte el paso del Rojo, donde muchas veces los incursores de las tribus Ruathym del norte lanzaban sus ataques de saqueo. Afortunadamente para todos, esas guerras habían quedado ya en el pasado… Y ahora era posible ver a los fieros guerreros del norte comerciando con los Ffolk. Era una estampa a la que Eothain nunca se acostumbraría, no después de haber luchado contra ellos y derramado su sangre, o que ellos hubieran matado a gente de su familia, o sus amigos – pero era una convivencia que él debía, por el bien de todos, aceptar.
El joven guerrero fue recibido junto a la drow con jolgorio y alegría por parte de todo el clan. Todos, contentos de ver a un Hijo de la Tierra volver a casa, sano y salvo, y con alguien más que cuando partió, incluso teniendo en cuenta la naturaleza de los elfos oscuros. A nadie pareció importarle, pues el hecho de que viniera con el hijo de una druida, y con un collar en su haber, hablaban suficiente del corazón y la valía de Zilvra. Su madre mismo, lejos de hacer ninguna clase de escándalo, recibió a la pareja con los brazos abiertos y lágrimas de alegría y toda la dulzura que una madre podría desprender por su hijo y su pareja. Eran lágrimas de alegría y alivio, mezcladas con la amargura de haberle dejado marchar hacía tanto tiempo, conjunto con la inseguridad de si él volvería de una pieza o no. Y cuál fue, al final, el alivio mayúsculo que sintió Ingrid cuando vio al joven Eothain volver.
Las semanas pasaron, y Eothain se reincorporó a las actividades de los guerreros del clan, con sus nuevas habilidades de por medio, enseñando a algunos jóvenes del estilo de los Blaydd, incluso con esas extrañas armas que él se había agenciado, una espada de dos hojas que bien la usaba como una lanza, pero a la vez la usaba con una sorprendente elegancia con ambas manos. Era un arma sorprendentemente versátil, para lo complejo que era su uso. Cuando habían patrullas, Zilvra y él salían en conjunto, sobre todo supervisando a los reclutas más jóvenes, que no hicieran ninguna estupidez, como irse corriendo junto a un fuego fatuo.
Y cuando volvían, la madre de Eothain hacía lo que cualquier druida, suegra, madre y en general, chaunteita haría. Una mujer grande, de cabellos castaños, que si bien no era tan alta como el rubio, bien podría haber sacado de ella sus casi dos metros de altura, puesto que la mayoría de los hombres Ffolk no pasaban el metro ochenta, y aun pese a ser druida, lucía un aspecto cuidado y claramente medido para aportar paz a quienes la rodeaban. Muchos hubieran dicho que una mujer en sus cuarenta y largos hubiera perdido parte de su jovialidad, pero Ingrid no. Tenía un vigor y una vitalidad envidiables, conjunto a las bendiciones de la naturaleza, la hacían parecer mucho más joven de lo que realmente era.
Y por supuesto, como no podía ser de otra manera…
Se dedicaba a cebar a la pobre Zilvra.
— ¡Ay, Zilvra, hija mia! Tienes que comer mejor. ¡Que estás en los huesos! ¡Mírate! Todo nervio y músculo. ¿Cómo vas a dar a luz a un semielfo así, a ver? - Por supuesto, Ingrid no tenía cosa mejor que hacer cuando terminaba con sus quehaceres druídicos, que ensoñarse con las promesas de tener semielfitos de piel oscura correteando por el poblado.
— Estoy bien, de verdad, no hace falta que… -Y entonces, un muslo de pollo del tamaño de su cabeza caía en el plato. Seguido de una mirada penetrante que no admitía réplica. Era su mirada de madre.
Si alguna vez alguien se preguntaba por qué Eothain comía tanto como comía, y con las ganas que comía casi cualquier cosa que estuviera bien cocinada, lo cierto es que con ver a su madre se respondían casi todas esas preguntas. Porque efectivamente, si ella cebaba a la elfa oscura, su hijo no era menos. Con la diferencia de que él sí que tragaba. Y tragaba. Y tragaba. Y seguía tragando. Eothain era un pozo sin fondo para la comida, y bien era capaz de comerse un guiso entero él solo, incluyendo un segundo desayuno previo, que aun así el rubio no hacía si no, no engordar, si no que lo gastaba todo en sus rigurosos entrenamientos de combate, o trabajando los campos.
La gente de las Moonshaes era gente sencilla y humilde, abnegada, amaban la vida, y las cosas que crecen. Eso incluía el trabajo en el campo, del cual siempre estaban hasta arriba gracias a la intervención de Ingrid, que con sus rituales se aseguraba que los campos florecieran y hubieran las mejores cosechas posibles.
Era una vida humilde, y una vida de trabajo duro, pero era una vida feliz para la mayoría, incluso con las idas y venidas de la vida, y las dificultades de los años previos luchando contra los Ruathym, o los umberlitas hundiendo barcos, los licántropos ocasionalmente causando problemas, o las fatas a veces haciendo desaparecer a gente… Era un hogar, con sus problemas, pero era, a fin de cuentas, un hogar.
Y uno en el que tanto el Ffolk como la elfa oscura fueron felices durante su estancia allí.
Claro que… Esto no es un cuento de hadas.
O quizás sí. Pero no de esos que tienen un final pulcro. Qué es, a fin de cuentas, una historia sin su conflicto, sin su héroe, sus villanos, o aquellos que requieren de ayuda. Qué es, a fin de cuentas, la historia de tantos años fuera de Amn, que han llevado a un guerrero otrora abnegado a la disciplina y el militarismo, a caminar la senda de la protección de aquello que vive.
Qué es, a fin de cuentas, un juramento, sin algo que proteger.