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Los pasos de un Caminante

Vinter

Vampiro buceador de lagos
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I. Vuelta a casa

Caer Calydirr no había cambiado apenas nada en ese año y medio que Eothain se había ausentado. Seguía siendo el mismo puerto próspero, gobernado por el Alto Rey y su fuerzas tras las murallas, donde se juntaban gentes de todas partes de la Costa de la Espada, incluyendo razas tan insólitas como los elfos oscuros, o incluso algún que otro tiefling que campaba a sus anchas por ahí haciendo de las suyas, aunque por norma general éstos solían mantenerse en el buen ojo de los guardias haciendo sus papeles de mercader honrado.

El viaje a las Islas había sido relativamente sencillo. Habían conseguido un barco, en el que Zilvra pudo aprovechar sus ganas de aprender para aprender a gobernarlo, y de paso él mismo había tomado algunas lecciones para aprender a hacer nudos. Tenía bastante buena maña, y algo de experiencia previa, aunque no hubiera sido un marino al uso, sí que había salido unas cuantas veces a pescar con sus amigos cuando era más crío. Esos recuerdos le ayudaron al retomar esas lecciones, y a ayudar en el navío junto a su amada drow.

Las noches en el navío eran lo más próximo a la paz que ambos podían experimentar, aun teniendo que compartir camarote con otros, al menos la proximidad del uno y del otro les aportaba un poco de paz y armonía antes de que tuvieran que volver durante el día a la cubierta a navegar y gobernar el barco. No es que a Eothain le entusiasmara, pero ver a Zilvra genuinamente feliz le henchía el corazón de orgullo y felicidad a él, así que era lo mínimo que podía hacer. Además, le había hecho una promesa a la elfa oscura.

Cuando desembarcaron, la ciudad los recibió con sus grandes torres de guardia bordeando la costa, y los atracos del puerto repletos de barcos mercantes, o de la propia armada del Alto Rey. Habían llegado nada más había terminado el verano, y aunque el tiempo se estaba haciendo notablemente más fresco que unas semanas atrás, el sol aun no había sido opacado por las nubes grises, ni la lluvia constante que caracterizaba las duras islas de las Moonshaes, tan alabadas y amadas, pero peligrosas a partes iguales.

Cuando desembarcaron, los guardias les pidieron identificaciones, pero al ver el amuleto de clan de Eothain, rápidamente les dejaron pasar. No todos los días un kinsman volvía de un viaje, y aunque él no era noble, sí era guerrero. Eso ya era algo de respetar, y los guardianes de la ciudadela lo sabían. Aunque miraron de reojo a Zilvra durante un instante, se dieron cuenta de que ella misma llevaba uno de los collares del clan de los Blaydd – lo cual hablaba bien de ella, o quizás de la inconsciencia del muchacho. Quién sabe.

No obstante, no era el lugar de los guardias el opinar con quién compartía él cama.

Partieron de la ciudadela a caballo, dejando atrás la seguridad de los muros tras una noche de confort en una de las posadas de la ciudad, una en concreto que Eothain escogió por algún motivo en particular… La recomendación de una amiga a quien él tenía en gran estima. Y entonces, habiendo comido como caciques, alquilaron caballos y se dirigieron al norte.

Eothain se sabía el camino de memoria, pero aun así mientras cabalgaban, el joven guerrero se recordaba a sí mismo las indicaciones del camino en voz baja, mientras se afanaba en buscar los indicadores: Mojones, postes rotos, rocas que él recordaba para girar. Eran pequeños indicadores que durante las patrullas todos conocían y colocaban como indicativos a otros guerreros para que no se perdieran por los pantanos, pues quienes ponían un pie en la ciénaga, normalmente aparecía ahogado, o peor.

Los parajes de las Moonshaes eran abruptos. Tan pronto eran grandes planicies, hermosas y llenas de granjas y verdor, como de pronto cambiaban a repentinos humedales llenos de putrefacción y bestias peligrosas. No obstante, gracias a la pericia de Eothain, lograron llegar a la aldea del clan Blaydd, a un día de distancia de Caer Calydirr.

La aldea estaba a unas pocas millas al norte de la ciudadela, en una gran planicie perfecta para el cuidado de la tierra y el ganado. No obstante, era una tierra fría, y muy próxima a las montañas. De hecho, desde el centro de la aldea, se podía apreciar al norte el paso del Rojo, donde muchas veces los incursores de las tribus Ruathym del norte lanzaban sus ataques de saqueo. Afortunadamente para todos, esas guerras habían quedado ya en el pasado… Y ahora era posible ver a los fieros guerreros del norte comerciando con los Ffolk. Era una estampa a la que Eothain nunca se acostumbraría, no después de haber luchado contra ellos y derramado su sangre, o que ellos hubieran matado a gente de su familia, o sus amigos – pero era una convivencia que él debía, por el bien de todos, aceptar.

El joven guerrero fue recibido junto a la drow con jolgorio y alegría por parte de todo el clan. Todos, contentos de ver a un Hijo de la Tierra volver a casa, sano y salvo, y con alguien más que cuando partió, incluso teniendo en cuenta la naturaleza de los elfos oscuros. A nadie pareció importarle, pues el hecho de que viniera con el hijo de una druida, y con un collar en su haber, hablaban suficiente del corazón y la valía de Zilvra. Su madre mismo, lejos de hacer ninguna clase de escándalo, recibió a la pareja con los brazos abiertos y lágrimas de alegría y toda la dulzura que una madre podría desprender por su hijo y su pareja. Eran lágrimas de alegría y alivio, mezcladas con la amargura de haberle dejado marchar hacía tanto tiempo, conjunto con la inseguridad de si él volvería de una pieza o no. Y cuál fue, al final, el alivio mayúsculo que sintió Ingrid cuando vio al joven Eothain volver.

Las semanas pasaron, y Eothain se reincorporó a las actividades de los guerreros del clan, con sus nuevas habilidades de por medio, enseñando a algunos jóvenes del estilo de los Blaydd, incluso con esas extrañas armas que él se había agenciado, una espada de dos hojas que bien la usaba como una lanza, pero a la vez la usaba con una sorprendente elegancia con ambas manos. Era un arma sorprendentemente versátil, para lo complejo que era su uso. Cuando habían patrullas, Zilvra y él salían en conjunto, sobre todo supervisando a los reclutas más jóvenes, que no hicieran ninguna estupidez, como irse corriendo junto a un fuego fatuo.

Y cuando volvían, la madre de Eothain hacía lo que cualquier druida, suegra, madre y en general, chaunteita haría. Una mujer grande, de cabellos castaños, que si bien no era tan alta como el rubio, bien podría haber sacado de ella sus casi dos metros de altura, puesto que la mayoría de los hombres Ffolk no pasaban el metro ochenta, y aun pese a ser druida, lucía un aspecto cuidado y claramente medido para aportar paz a quienes la rodeaban. Muchos hubieran dicho que una mujer en sus cuarenta y largos hubiera perdido parte de su jovialidad, pero Ingrid no. Tenía un vigor y una vitalidad envidiables, conjunto a las bendiciones de la naturaleza, la hacían parecer mucho más joven de lo que realmente era.

Y por supuesto, como no podía ser de otra manera…

Se dedicaba a cebar a la pobre Zilvra.

— ¡Ay, Zilvra, hija mia! Tienes que comer mejor. ¡Que estás en los huesos! ¡Mírate! Todo nervio y músculo. ¿Cómo vas a dar a luz a un semielfo así, a ver? - Por supuesto, Ingrid no tenía cosa mejor que hacer cuando terminaba con sus quehaceres druídicos, que ensoñarse con las promesas de tener semielfitos de piel oscura correteando por el poblado.

— Estoy bien, de verdad, no hace falta que… -Y entonces, un muslo de pollo del tamaño de su cabeza caía en el plato. Seguido de una mirada penetrante que no admitía réplica. Era su mirada de madre.

Si alguna vez alguien se preguntaba por qué Eothain comía tanto como comía, y con las ganas que comía casi cualquier cosa que estuviera bien cocinada, lo cierto es que con ver a su madre se respondían casi todas esas preguntas. Porque efectivamente, si ella cebaba a la elfa oscura, su hijo no era menos. Con la diferencia de que él sí que tragaba. Y tragaba. Y tragaba. Y seguía tragando. Eothain era un pozo sin fondo para la comida, y bien era capaz de comerse un guiso entero él solo, incluyendo un segundo desayuno previo, que aun así el rubio no hacía si no, no engordar, si no que lo gastaba todo en sus rigurosos entrenamientos de combate, o trabajando los campos.

La gente de las Moonshaes era gente sencilla y humilde, abnegada, amaban la vida, y las cosas que crecen. Eso incluía el trabajo en el campo, del cual siempre estaban hasta arriba gracias a la intervención de Ingrid, que con sus rituales se aseguraba que los campos florecieran y hubieran las mejores cosechas posibles.

Era una vida humilde, y una vida de trabajo duro, pero era una vida feliz para la mayoría, incluso con las idas y venidas de la vida, y las dificultades de los años previos luchando contra los Ruathym, o los umberlitas hundiendo barcos, los licántropos ocasionalmente causando problemas, o las fatas a veces haciendo desaparecer a gente… Era un hogar, con sus problemas, pero era, a fin de cuentas, un hogar.

Y uno en el que tanto el Ffolk como la elfa oscura fueron felices durante su estancia allí.

Claro que… Esto no es un cuento de hadas.

O quizás sí. Pero no de esos que tienen un final pulcro. Qué es, a fin de cuentas, una historia sin su conflicto, sin su héroe, sus villanos, o aquellos que requieren de ayuda. Qué es, a fin de cuentas, la historia de tantos años fuera de Amn, que han llevado a un guerrero otrora abnegado a la disciplina y el militarismo, a caminar la senda de la protección de aquello que vive.

Qué es, a fin de cuentas, un juramento, sin algo que proteger.
 

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II. Guarda la vida, caza el depredador.

“Si algo en común tienen todos los licántropos, o caminantes de la noche, es su aversión a determinadas sustancias, tanto metales, como orgánicas. No importa su procedencia o el origen de su maldición, si son nacidos o les han impuesto la licantropía, si están enfermos o sanos; o el tipo de bestia al que responden. Todo licántropo tiene dos puntos en común, que la gente de a pie o bien no conoce, o bien no se molesta en conocer. O son inaccesibles.”

Con su brazo izquierdo en un cabestrillo, Eothain se había encerrado en una de las bibliotecas de Caer Calydirr, habiendo permiso a los sacerdotes de Selûne del templo del puerto para acceder a sus bibliotecas. No le costó poco esfuerzo precisamente; no obstante, al saber quién era, y quién era su madre, le dejaron acceder, al menos, a una parte de la biblioteca.

Buscó durante horas. Algo que rara vez había hecho en su vida, acudir a las bibliotecas y al conocimiento escritos, pero la situación lo ameritaba. Casi había perdido su brazo izquierdo, y ahora, estando lesionado, sabía que estaba enfrentándose a un enemigo que la fuerza bruta no podría derrotar, no con los recursos con los que contaba en ese momento.

“Para empezar, belladona. Esta planta, aparentemente inocua, tiene una raíz bulbosa y una flor con un fuerte olor. Es fácil de reconocer, cuando se encuentra en estado de florecimiento, pues el arbusto crece en zonas sombrías, y las flores son moradas, acampanadas. Ningún animal suele comerlas, y esto tiene un motivo.”

Tratados de alquimia y licantropía. Un tomo más gordo que la carpeta de papeleo del Colmillo, había sido extraído de una de las estanterías, cuyas baldas estaban combadas por el infame peso que sufrían por los tomos de conocimiento apostillados en las mismas. Agarrando el tomo lo mejor que pudo con el brazo sano, Eothain se lo llevó a una de las múltiples mesas dentro de la biblioteca del templo, y entonces encendió una vela. La biblioteca estaba limpia, carente de polvo. Los selûnitas eran excepcionalmente limpios, y esa biblioteca probablemente era habitualmente frecuentada por los acólitos. Dejó el tomo sobre la mesa, y se miró el brazo herido.

Habían abatido el licántropo que había atacado el poblado, efectivamente. Pero el precio a pagar fue grande. Afortunadamente para todos, Zilvra y él habían sido más rápidos que los demás, y pudieron darle fin, aunque él hubiera sido lesionado en la reyerta. Fue un combate rápido, brutal y cruel. Eothain había embestido al licántropo tan pronto como éste había intentado abalanzarse sobre una de las chicas encargadas de una de las granjas. Afortunadamente, era un licántropo joven, recién converso. No controlaba bien sus impulsos, y la chica que había sido escogida como su presa, logró escapar hasta que Zilvra y él lo interceptaron.

“Estas flores pueden ser usadas como mitridato en concocciones medicinales, pero consumidas por sí solas, pueden provocar fuertes dolores de estómago, o incluso indigestiones por envenenamiento. Pero, hábilmente aplicadas en un aceite, o en una grasa para armas, pueden servir para que un licántropo se resienta de sus heridas. No es tan eficaz como un arma de plata bendecida, en absoluto. Pero es suficiente para apostillar un efecto molesto en una criatura inherentemente peligrosa.”

Eothain había aprovechado su superioridad física para arrastrar al licántropo contra un árbol en plena embestida, apoyándose en el bastón de la espada de doble hoja para ese cometido. Confió en que la bestia de pelaje negro y ojos rojos como la sangre se vería sorprendida por la pronta intervención, y que trataría de usar sus zarpas para quitárselo de encima, o desarmarle del bastón. Pero contra sus cálculos, el licántropo arremetió con sus zarpas contra él, aun estando levantado en el aire y siendo arrastrado, y entonces el rubio notó el dolor lacerante de las poderosas zarpas de la bestia atravesando su antebrazo izquierdo. Emitió un gruñido de dolor, pero continuó con la embestida, hasta que topó con el tronco de un árbol.

El monstruo empezó a intentar morderle, mientras le clavaba las zarpas en el brazo. Una y otra vez, pero el guerrero era más fuerte, y aunque el dolor era enorme y Eothain notaba cómo la sangre salía a chorros por su carne, el guerrero era testarudo, y no le iba a dejar ir. Forcejeó con fuerza, apartando las fauces del licántropo de él. Un mordisco a su cuello podría ser fatal, o podría transmitirle la maldición. No podía permitir que eso ocurriera.

“Otra opción para su uso, es el empleo de la belladona como un extracto corporal. Untarse un extracto concentrado de belladona sobre el cuerpo o sobre la armadura, camufla el olor de quien desea pasar desapercibido a la nariz de un licántropo, pues el hedor es tal, que anula el olor natural de una persona. El sudor pasa a no ser distinto del de un animal del bosque, y se acaba camuflando entre la propia vegetación. Pero, esto es aun más importante. En combate, esto confunde los sentidos de la bestia. El hedor les desagrada y los confunde, sus reflejos se ven mermados, y sus golpes, son erráticos. Quien desee defenderse de un caminante de la noche y esté impregnado en belladona, tendrá más posibilidades de sobrevivir que un guerrero mucho más veterano.”

Zilvra corrió tras ellos. Al no contar con la potencia de la embestida de Eothain, iba por detrás, pero era tan veloz como le permitían las piernas. Su trenza de plata era una estela entre los campos de maíz medio tumbados por la acción de ambos mastodontes, y su espada centelleaba a la luz de la noche. Iba convencida de atacar al licántropo de una, habiendo visto la copiosa sangre que había manado del Ffolk.

— ¡Ya voy! – Su voz se escuchó sobre los ladridos y gañidos del hombre lobo, reflejando el inmenso apuro de la situación. Los nervios eran grandes, pues aunque los dos habían luchado ya contra rivales y criaturas temibles, era la primera vez que estaban solos ante el peligro ante un monstruo de semejante peligrosidad.

Eothain se afanó en hacer la presa aun más fuerte, forzando al hombre lobo a dejar de acuchillarle el brazo, y a intentar quitarse el bastón del cuello, que ahora le cortaba la respiración.

“La piel de los licántropos es como una armadura. Aunque muchas armas con runas pueden atravesarla, ninguna lo hará de forma tan eficiente como la plata bendita. El metal de Nuestra Señora de la Plata, nos otorga la posibilidad de lidiar con estos seres cuando su intención es maligna. Si cuentas con un arma de plata, empléala. Mejor que rompa y salve una vida. Y si este arma puede perforar, mejor. Su piel es como el cuero. Las armas que cortan tendrán más problemas para atravesarlo, y su musculatura hará que las armas contundentes prácticamente reboten en muchos lugares.

Dependerá de su anatomía claro.

Pero, si es un Lobo…”

Zilvra llegó justo a tiempo cuando Eothain salió volando por los aires por un último empellón del lobo. El monstruo estaba a punto de saltarle encima, cuando la eilistraeeita blandió su espada, agarrándola con ambas manos. Una plegaria salió de los labios de la elfa oscura.

“… Busca su cuello con una espada.”

El tajo fue certero, sin ceremonia ni preámbulo. La espada instintivamente se dirigió a la yugular de la bestia depredadora que, impulsada por su propio salto para intentar asesinar al Ffolk, buscó su propia perdición en un mar de rojo cuando la espada entró por delante, y salió por detrás.

El cuerpo de la bestia se desplomó sin elegancia, ni ceremonia, en un pesado golpe contra la tierra arada, al lado de un herido Eothain, cuyo brazo izquierdo había sido tan duramente castigado, que casi ni podía mover los dedos.

Y fue entonces, cuando escucharon más aullidos en la lontananza. Aquel licántropo no era, si no, uno de muchos, y ni siquiera uno especialmente adulto. No habían defendido nada. Solo habían apartado una mosca, con un esfuerzo desmedido.

Todo, para proteger a su gente, y la vida.

“Y recordad, que todos caminamos bajo la Luna, en armonía y cuidando de quienes van a nuestro lado. Y es que aunque los caminantes de la noche puedan hacer mucho mal, no están más allá de la redención que cualquier otra persona. Y muchos de ellos, ni siquiera han elegido el destino aciago que les ha correspondido.

Recordad que defender la vida, y a quienes viven, no es incompatible con la compasión. No es incompatible con la redención. No es incompatible con las segundas oportunidades. Pero la mano ha de ser firme, y el corazón tenaz.

Y es que como la Diosa ha dicho,

‘Dejad que todos aquellos que estén bajo su luz, se bañen en ella si así lo desean, confiad en mi luz y sabed que amo todo lo vivo bajo ella. Tornad hacia la Luna, y seré vuestra guía.’

No hay paz para los malvados, ni para quienes protegemos la vida.


—Erika de Kestrel, capitana de los Lunáticos de Caer Callidyrr.”​
 

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III. Juramento

— ¿Y después de tantos años, al fin te has hecho las preguntas adecuadas? -La voz de la druida sonó sorprendida en los alrededores de la casa en las Moonshaes. Era una mañana fría y seca de otoño, algo harto extraño para la época en las islas septentrionales del Mar de las Espadas, pero a fin de cuentas, era algo que venía con el tiempo.

—Nunca hasta ahora me había picado la curiosidad, madre. -Eothain respondió a la mujer de rubios cabellos, con el brazo aun en el cabestrillo desde la incursión de aquel hombre lobo que casi lo desmembró. Pese a la insistencia de Zilvra y de su madre en sanarle, el joven guerrero se había resignado en curar por su propia cuenta y riesgo, y conservar la cicatriz de sus errores e imprudencia. Aunque estuviera impedido durante semanas de usar el brazo izquierdo, eso no le paraba sus ansias de trabajar y ayudar por el pueblo y por casa. La gente, desde que Zilvra y él habían dado muerte a aquella criatura y salvado a la hija del molinero, trataban a la drow de forma mucho más respetuosa, e incluso los guerreros del clan la veían como una valiosa aliada, si es que no una más de ellos. Eothain en cambio, cada vez que alguien trataba de laurearle, desviaba el tema de conversación, como cada vez que ocurría cuando alguien trataba de remarcar un trabajo bien hecho suyo. No estaba contento todavía con su hacer. Era defectuoso, a fin de cuentas. —¿Por qué padre había decidido colgar sus armas y retirarse tan joven? Le he visto pelear cuando murió. Derrotó a quince hombres él solo antes de que le matasen a traición.

La mención del suceso no provocó ni una mueca en el rostro de la druida. La mujer había hecho paces con que su marido se hubiera ido con Selûne diez años atrás mucho tiempo antes, y ella estaba convencida de que era parte del ciclo de la vida. A fin de cuentas, todos acabarían enterrados en un túmulo tarde o temprano. Eothain era consciente de ello a su vez. La pérdida de su padre le había atormentado durante muchos años, pero había hecho las paces con el hecho de que él había caído. ¿Qué era lo que le perseguía entonces? Remordimiento. Desconocimiento. Su padre Harod y él siempre tuvieron muchas diferencias, y discutían más a menudo de lo que a Eothain le hubiera gustado. Sus discusiones, siempre con el tema de las armas y de combatir de por medio. Lo cual llevaba tanto a padre como a hijo por derroteros que ninguno sospechaba que llegarían. Hubo un momento de silencio entre madre e hijo, mientras el viento otoñal mecía los mechones de la druida ruathym.

—Cuando conocí a tu padre, no estábamos en esta isla originalmente. Éramos aventureros. – Dijo ella, mirándole entonces con sus ojos marrones. Los ojos verdes los había heredado de su padre, a fin de cuentas. — Su sorpresa fue mayúscula cuando supo que yo era una druida, y además era ruathym. De aquella, él seguía la senda de su padre. El Ki. Esa senda que tú has estado intentando seguir también, pero es una senda que, sin un maestro adecuado, te lleva a no avanzar más. Tu abuelo era un prodigio, pero también un privilegiado. Encontró un maestro que se lo llevó Faêrun adelante, aprendiendo los entresijos de esa energía. Tu padre, no tuvo tanta suerte, igual que tú tampoco.

—¿Quieres decir que ni padre ni yo tenemos la misma planta que el abuelo? -Preguntó él entonces, extrañado. Su abuelo siempre le había enseñado en la mejor medida que pudo, aunque no tanto como a él le hubiera gustado. A fin de cuentas, era ya muy mayor cuando Eothain pudo empuñar un arma.

—Al contrario, creo que tanto tú como tu padre, si hubierais tenido un maestro adecuado, le hubierais superado por mucho, y él lo sabía. Pero a tu abuelo enseñar se le daba fatal… Y estaba lesionado. -Comentó ella entonces, mientras ponía a secar varias lonchas largas de carne en un ahumador. —Tu padre supo eso cuando notaba que su energía se agotaba con demasiada rapidez. Y entonces, intentó cambiar de senda. Estuvimos de aventuras mucho tiempo, hasta que yo me quedé embarazada de ti, y volvimos. Fue entonces cuando él supo que su llamada era otra, y no ser un luchador.

***​

Eothain se despertó en medio de la noche en el recodo del camino que había escogido para acampar. Escuchó el viento gélido del otoño soplar a lo largo del camino, que hacía pasillo entre Crimmor y Purskul. Pero juraría que había escuchado algo más. Con lentitud, se levantó del petate y se llevó la mano a la espada. Estaba a oscuras. La hoguera se había consumido unas horas atrás ya, y la noche era cerrada. Afortunadamente para él, tenía un excelente oído, por lo que podía prescindir de su vista hasta cierto punto. Apretó entonces los dientes se mantuvo alerta. Escuchaba pasos alrededor. Sabía que había escuchado algo que le abstrajo de su somnoliencia. Aferró las manos al bastón de la espada de doble hoja, frunciendo los labios mientras miraba de un lado a otro, intentando localizar el origen de esos pasos. Eran pequeños, erráticos. ¿Un trasgo? No. Eran muy pesados para ser un trasgo, y un trasgo no se estaba tropezando. Podían ver en la oscuridad. Estos pasos eran intermitentes. A veces eran más rápidos, otras más lentos.

Y entonces fue cuando lo escuchó. Un sollozo. Una voz aguda. No era una voz adulta, ni tan siquiera de una criatura de pequeño tamaño. El sollozo se convirtió en un respirar rápido y agitado. Pero la pregunta entonces era, ¿por qué a tan altas horas de la madrugada, un niño, o niña, estaba vagando por la espesura? ¿Se habría perdido?

***​

—¿E intentó volverse herrero inmediatamente? – Preguntó Eothain, mirando a su madre.

—Algo así. Se volcó en la fe de Selûne, pero por su edad no le admitían dentro de la orden como caballero. Tu padre era un aférrimo defensor de los ideales de la diosa luna, ¿sabes? Pero no lo apreciabas porque eras muy joven. En su lugar, estábais todo el día discutiendo. Dime, Eothain, ¿cuántas veces has desenvainado tu espada ahora sin un motivo real?

Eothain se quedó pensativo, cruzado de brazos. Lo cierto es que desde una temporada hasta entonces, no había sido tan pendenciero como acostumbraba a serlo cuando era más crío.

—Pocas. Solo para entrenar. Pero admito que no estoy buscando pelea tan a menudo como hacía antes. -Dijo el rubio, mirando a su madre. Ella esbozó una sonrisilla muy característica. Era la sonrisa que él ponía cada vez que se le ocurría algúna perrería. Todo quedaba en familia, a fin de cuentas. —No me mires así, ¿qué se te ha venido a la cabeza?

—O sea, que estás haciendo caso a tu padre casi diez años más tarde. -Dijo ella, con un brillo de sabiduría en los ojos. —¿Cuál era su frase favorita cuando te aleccionaba?

—No es más afilada la espada que siempre sale de la vaina si no la que reposa hasta el momento oportuno. -Dijo él con cara de circunstancias, y un rictus de resignación. El puñetero viejo tenía razón. Su madre se echó a reír levemente.

—Tu padre tenía esperanzas de que le escucharías, y dirigirías tus energías a otro propósito más noble que luchar por el simple hecho de luchar. No es que él despreciase a los luchadores, es que quería que tú tuvieras una causa que él no tuvo cuando colgó sus armas. -Dijo ella entonces. Esas palabras le sentaron como un mazazo directo a la cara.

***​

Eothain se llevó una mano al cinturón, activando una de las varitas dentro de éste. Sus ojos entonces se adaptaron inmediatamente a la oscuridad, siendo capaz de distinguir los detalles dentro de la misma con nitidez, aunque los colores estaban un poco más apagados.

El guerrero avanzó hacia el recodo del camino, hasta que entonces escuchó el refriego de algo contra los arbustos a su derecha. Y entonces apreció la pequeña cabeza castaña de… Una niña humana. Fue entonces cuando bajó el arma, y se colgó la espada de doble hoja de vuelta a la espalda, suspirando levemente. No había pronunciado el juramento a la Diosa ni una dekhana atrás, y ya se sentía profundamente vinculado a la misma. Desde hacía años que había tornado su mirada a la luz lunar, y sin embargo, desde que había vuelto a Amn, cada vez sus pasos se aproximaban más a llevar esa luz a donde hiciera falta.

Y eso que él no era un entusiasta de los niños. Eran pesados, y ruidosos, e ilógicos, incoherentes y tenían el instinto de supervivencia en donde Shondakul había perdido las chanclas. No obstante… Eran criaturas inocentes. Y merecían todo el cuidado que él pudiera ofrecerles, aun pese a los quebraderos de cabeza que podían darle. Siempre tenía ese debate interno consigo mismo, nunca le habían despertado un especial instinto protector…

… No hasta Nashkel. Los gritos de los niños perforando el aire del templo de Auril todavía le perseguían, cuatro años más tarde. Desde entonces se había afanado en proteger a cuanto niño en problemas que se encontraba, a cualquier anciano desvalido, o en general, a quien no pudiera defenderse. Era algo superior a él. Un instinto protector que no sabía de dónde le venía, pero sentía la llamada de hacerle caso. Se enorgullecía de llamarse un guardián de la vida, pero, ¿cuál era exactamente la causa? ¿Remordimientos? ¿Culpa?

***​

—¿Una causa? -Preguntó él, parpadeando un par de veces tras salir de su estupor tras la revelación de su madre. —Yo… Siempre tuve una, ¿no? Es decir… Proseguir con el legado del abuelo, y… Servir a nuestro pueblo, a Caer Calydirr.

—Esa causa es noble, si estuvieras aquí. Pero no lo estás. No eres parte del ejército, ni has postulado a caballero. Y sin embargo, el tiempo que estuviste en las tierras de la intriga, algo te ha cambiado. No tienes ese aire de caballero que querías tener, pero tus ideales están más claros que nunca. ¿Qué ha cambiado, hijo?

Eothain la miró, mientras se afanaba en desescamar un pescado con una única mano. Entornó los ojos, y procedió a contarle todo lo ocurrido en Nashkel. Desde el momento en que se vio el espejo que le reveló todas sus debilidades, hasta el momento en que escuchó a los niños chillar pidiendo ayuda. Aunque había llegado a una conclusión, era un arrepentimiento del que nunca sanaría. Su madre le miró con lástima.

—Me apena que tuvieras que pasar por ese mal trago para llegar a esta conclusión. Pero me alegra que haya pasado, para que entendieras una llamada mayor. -Dijo ella entonces, quitándole el pescado y el cuchillo de las manos. Y se puso ella a prepararlo. —Creo que ahora lo entiendes mejor. Tu corazón te está dictando más allá de un deber para con tu familia o tu pueblo. Y deberías sentirte libre de seguirlo, Eothain.

—¿No sería eso faltar al abuelo?

—No, para nada. Le honrarías. Tu abuelo quería que tuvieras una senda, igual que tu padre. Y yo creo que la has encontrado. -Dijo ella con una suave sonrisa. —Eres igual que ellos. Deseas proteger la vida. Pero debes hacerlo a tu modo.

***​

—Venga, sal detrás de ese arbusto, sé que estás ahí. -Dijo el joven guerrero con una voz suave, aunque firme. Hubo un resuello, y un momento de duda. —No te voy a hacer nada, soy un Caballero.

Esa palabra se le quedó atragantada en la garganta un rato cuando la pronunció. Aun a día de hoy le costaba hacerse creer a sí mismo que portaba semejante título, incluso aun cuando los demás se lo recordaban con orgullo y aceptando que se lo merecía, ¿pero por qué él no era capaz de aceptarse ese prestigio? No obstante, era una palabra que a la gente solía tranquilizarla. Especialmente a los niños.

—Un caballero no acampa en el bosque. -Dijo la voz infantil de la niña, aunque lentamente empezó a salir de detrás del arbusto. Eothain la observó. Tenía un vestido de hilo un poco burdo, zapatos de suela plana, y una falda larga hasta los tobillos, de color blanco. No cabía duda, era la hija de un granjero de la zona. Probablemente algo la asustó.

—Bueno, eso es discutible. -Dijo él. —Yo soy un caballero silvestre. Ayudo a la gente que se pierde. -Dijo él, agachándose para ponerse a su altura. Fue entonces cuando sacudió la varita del cinturón de nuevo, señalando a la niña. Y entonces ella parpadeó, cuando notó que podía ver en la oscuridad. —¿Lo ves? ¿A que ahora puedes ver mejor?

Ella lo miró, con sorpresa.

—¡No pareces un caballero! -Dijo ella. —Pero puedo ver. Gracias.

—Bueno, eso es porque me dejé la armadura en casa. -Él trató de bromear. La chiquilla se rio un poco, mirándole. Parecía que, ahora que le podía ver, habíA perdido el miedo de la oscuridad que la rodeaba. —Dime, ¿cómo te llamas?

—Sarah. -Dijo ella. —Vivo, uhm. En Purskul. Estaba recogiendo manzanas cuando un jabalí empezó a perseguirme. Pasé mucho miedo, y… -Se entrecortó un poco, empezando a agobiarse. Eothain hizo una leve mueca. Esos jabalíes ferales habían sido un problema durante años, y no parecían tener fin. El joven rubio extendió su mano hacia la cabeza de la chiquilla, y dejó reposar la misma sobre su cabeza.

—No te preocupes, Sarah. Yo soy Eothain. Caballero de la Dama de Plata. -Dijo él, tratando de que el título se le hiciera más natural. Había pronunciado un juramento, lo iba a hacer cumplir, quería ayudar a la gente, quería que quienes se cruzasen en su camino se sintieran a salvo, ¿por qué le costaba tanto aceptar el título entonces? —Te llevaré a casa, ¿vale? Deja que recoja mis cosas.

Ella asintió levemente, y él la llevó a su recodo del campamento, donde se afanó en recoger todo. Una vez estaba listo, se llevó a la niña de la mano hasta Purskul. El camino fue tranquilo y sin incidencias. Cuando llegó a la zona de las granjas, se encontró con los padres de Sarah, que llevaban horas buscándola desde el anochecer. Su sorpresa y su alegría fueron mayúsculas cuando vieron a la niña de la mano del guerrero aparecer entre la oscuridad, aunque hubieron unas sospechas iniciales de las buenas intenciones del rubio, la niña se apresuró en asegurar que él lo único que había hecho fue ayudarla con toda la buena voluntad del mundo.

—¿Cómo podremos pagarle, señor? -Preguntó su padre, un hombre entrado en la treintena. —Somos gente humilde y – espere, ¿quiere algo de comer? Podemos ofrecerle techo y cena y…

—No hará falta. -Dijo él con tranquilidad. —Saber que vuestra hija está a salvo y ustedes con paz, me es suficiente. -Sonrió entonces, mirando a la familia.

—Por favor, aceptad nuestro agradecimiento aunque sea. -Dijo la madre. — Esto es Amn, ¿por qué hacer algo sin recompensa?

El ffolk esbozó una leve sonrisa y se giró, echando a caminar, no sin antes decir:

—Porque hice un juramento ante una diosa de que llevaría la Luz donde hiciera falta. – Sus palabras fueron simples y tranquilas, pero le salieron del alma. —Y eso haré. Con o sin bendición divina.
 
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