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Los recuerdos de Orador

Orador

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El exilio​

En el reino de Bodhi, un lugar donde lo arcano se entrelazaba con lo mundano, gobernaba una reina de extraordinario poder y sabiduría. A su lado se encontraba Orador, un vampiro joven y maestro de armas del reino, cuya destreza en combate y talento para entrenar guerreros eran inigualables, pese a su corta vida como inmortal.

El Duque Calligos, un hombre cuya ambición no conocía límites, sabía que para consolidar su poder necesitaba algo más que un ejército convencional. Buscando transformar a sus tropas en una fuerza temida y respetada, decidió emprender un arduo viaje hasta Bodhi para solicitar la ayuda de la reina.

Al llegar a la corte, Calligos fue recibido en una cámara magnifica. Ante la reina, expuso su petición de manera clara, consciente de que cualquier favor concedido por ella tendría un precio elevado. La reina, tras meditarlo, ofreció una solución única.

—Te concederé a Orador, mi maestro de armas —dijo la reina—. Aunque joven, su habilidad para moldear guerreros es inigualable. Bajo su tutela, tus soldados se convertirán en algo más que humanos. Pero debes recordar que Orador es leal a mí. Cuando lo reclame, volverá a mi corte sin dudarlo.

Orador llegó al ducado de Calligos poco después, decidido a cumplir con su misión. Pese a su juventud, su presencia y habilidades pronto disiparon cualquier duda que los soldados pudieran tener. Desde el primer día, impuso una disciplina feroz, enseñándoles a luchar no solo con fuerza, sino con astucia, aprovechando la oscuridad y el miedo como armas. Bajo su entrenamiento, los soldados de Calligos se transformaron en cazadores letales, convirtiendo el campo de batalla en un escenario donde ellos siempre tenían la ventaja.

El Duque Calligos observaba la transformación de su ejército con creciente satisfacción. Sabía que ahora poseía una fuerza que ningún enemigo podría igualar. Sin embargo, también era consciente de que Orador, aunque leal mientras estuviera bajo su mando, seguía siendo un siervo de la reina de Bodhi. El poder que había obtenido estaba, en última instancia, vinculado a la voluntad de la reina.

Después de cumplir su tarea, Orador convirtió a los soldados del duque en una fuerza legendaria. Pero justo cuando Calligos comenzaba a saborear la victoria sobre sus enemigos, llegó una nueva orden desde Bodhi: la reina reclamaba el regreso de Orador a su corte.

Sin dudarlo, y fiel a su lealtad, Orador se despidió del duque y de su ejército, dejando atrás un legado de disciplina y ferocidad que seguiría marcando la historia de esas tierras. Calligos, aunque renuente a dejarlo ir, sabía que no podía desafiar la voluntad de la reina. El poder que había obtenido gracias a Orador era incalculable, pero ahora, más que nunca, comprendía que la influencia de Bodhi seguía presente en su dominio, y que el precio del favor concedido era la lealtad eterna del vampiro a su verdadera señora.​
 

Orador

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El regreso​

Mi llegada a la Corte de Bodhi, después de haber convertido a las tropas del duque Calligos en una fuerza digna de temer, no fue más que un trámite, un paso necesario en un juego del que ya conocía las reglas. No esperaba nada, y lo que encontré fue aún menos.

Sabía bien lo que era la Corte de Bodhi antes de poner un pie en ella: un nido de vampiros disfrazados de nobles, seres cuya única lealtad era hacia su propio apetito de poder y sangre. Así que cuando crucé sus puertas, me moví como un espectro entre ellos, sin esperar aplausos ni miradas de reconocimiento. Mi éxito en las tierras del duque había sido notable, sí, pero en Bodhi, donde la ambición es el único dios, sabía que no significaba nada.

El viaje hasta aquí había sido largo, pero no incómodo. A solas con mis pensamientos, me había preparado para lo que sabía que vendría: la indiferencia, la desconfianza, el olvido. Al fin y al cabo, estos vampiros no se alimentan de éxitos pasados, sino de lo que uno puede ofrecerles aquí y ahora. Y mi regreso, tras años de ausencia, solo era un recordatorio de que en la Corte de Bodhi, nadie es verdaderamente necesario.

No hubo ceremonias ni saludos cuando llegué. Los guardias me dejaron pasar sin una sola palabra, como si ya hubieran olvidado mi nombre. Me abrí paso por los corredores oscuros, cruzándome con rostros pálidos y ojos que brillaban con hambre oculta. Ninguno de esos ojos me miró con curiosidad o interés. Sabían que no traía nada que pudieran beber.

Al entrar en la sala del trono, mi mirada se cruzó brevemente con la de la reina, unas pocas palabras con Fauces y nada mas. No hubo reconocimiento en los ojos de ninguno, solo el cálculo frío de un depredador. Sabía que para ambas yo no era más que un peón en el tablero, uno que quizás ya estaba condenado antes de hacer su primer movimiento. Me presenté sin floreos, consciente de que las palabras eran inútiles aquí. Fauces apenas levantó una ceja, y con un gesto perezoso me indicó que me retirara.

El silencio fue mi única compañía mientras recorría los interminables pasillos. La corte seguía su vida, una existencia hecha de susurros y traiciones, de sombras que se deslizaban entre sombras. Nadie me dio una misión, ni se molestaron en decirme cuál sería mi función. No importaba. En el fondo, sabía que mi presencia aquí era una prueba, un juego del que podría no salir con vida, pero que estaba decidido a jugar con la misma calma que había mantenido en los campos de batalla.

En esos primeros días, me mantuve al margen, observando, midiendo a los demás. No necesitaba su aprobación, y ellos no necesitaban nada de mí. La Corte de Bodhi era un laberinto de intrigas, pero yo había recorrido caminos peores. Sabía que la paciencia era mi mejor arma, y mientras ellos se devoraban entre sí, yo aprendería sus debilidades, sus miedos.

Los vampiros que me rodeaban pensaban que mi espíritu estaba roto por su indiferencia, pero no entendían que yo no buscaba su aprobación. Mi vida había sido de guerra y disciplina, y si algo había aprendido, era a no necesitar a nadie. La Corte de Bodhi podía ser un nido de serpientes, pero para mí, no era más que otro campo de batalla, uno donde la estrategia se mediría en tiempo, en susurros, en movimientos que nadie vería venir hasta que fuera demasiado tarde.

Y así, en silencio, empecé a trazar mi propio camino entre los muertos vivientes que creían dominar este lugar. Sabía que, en el juego de Bodhi, no bastaba con sobrevivir. Había que ganar. Y yo, Orador, no estaba acostumbrado a perder.​
 

Orador

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El reencuentro​

Cuando la vi después de tantos años, Keera estaba allí, en medio de la sala, como un fantasma que había esperado demasiado tiempo para su venganza. Su presencia lo llenaba todo, y aunque la recordaba como la mujer que había amado, ahora no era más que una figura esbelta y terrible, envuelta en la penumbra. Su piel, pálida como la luna, reflejaba la frialdad de su naturaleza, y sus ojos, dos pozos oscuros, me miraban con una mezcla de desprecio y algo aún más doloroso: la herida de mi traición.

Cuando di un paso hacia ella, un aire helado me golpeó, pero no era solo el frío del lugar; era ella, Keera, la vampiresa temible que había aprendido a canalizar toda la oscuridad que la Corte de Bodhi podía ofrecerle. Con un gesto lento y deliberado, levantó una mano, indicándome que me detuviera. Su voz, cuando habló, resonó en la sala con una resonancia que parecía absorber la luz misma.

“¡Cinco metros, Orador! No te acerques más. ¡No te atrevas traidor!” exclamó, su voz cargada de un dramatismo que hizo eco en cada rincón. Su mano temblaba ligeramente, pero no por debilidad, sino por la intensidad de las emociones que contenía. “¿Crees que puedes presentarte aquí, después de todo este tiempo, y esperar que me arroje a tus brazos como si nada hubiera pasado?”

Quise explicarme, decirle que no había sido decisión propia… solo órdenes, pero las palabras murieron en mi garganta al ver el brillo peligroso en sus ojos. Keera se llevó una mano al pecho, como si quisiera contener el dolor que la rasgaba desde dentro, y dio un paso atrás, dramatizando la distancia que ahora nos separaba.

“¡Me dejaste aquí, Orador! ¡Sola! Y te fuiste… te fuiste con la cornuda esa, sin saber si alguna vez volverías. ¡Y ahora mírame!” Extendió los brazos, mostrando con teatralidad la figura en la que se había convertido. “¡Esto es lo que soy! ¡Una criatura de la noche, una de ellos! Mientras tú estabas lejos, luchando tus guerras, yo estaba aquí, aprendiendo a sobrevivir en esta corte, en este nido de serpientes y sombras. ¿Y tú…? Tú estabas dónde, ¿Orador? ¿Lejos de mí, lejos de todo lo que alguna vez fuimos?”

Sus palabras eran cuchillos afilados, y con cada una de ellas, cortaba el vínculo que alguna vez nos había unido. Quise acercarme, explicarme, pero su mirada y ese estoque me lo impidieron. Sabía que, en ese momento, cualquier intento de acercamiento solo desataría su furia. Keera, siempre apasionada, siempre tan intensa, ahora era una fuerza de la naturaleza, alguien que había sufrido tanto que cualquier intento de reconciliación se sentiría como una burla.

“¡No te atrevas a hablarme de nosotros!” Su voz se rompió en una risa amarga que hizo que la temperatura de la sala descendiera aún más. “No hay nosotros, Orador. ¡No después de lo que me hiciste!. Aquí no hay lugar para ti, no en mi corazón, ni siquiera en mi odio. ¡Te quiero lejos, Orador, lejos de mi vista, lejos de mi vida!”

La última palabra quedó suspendida en el aire, tan afilada y fría como un cuchillo. Keera se giró con un movimiento dramático, sus ropas flotando a su alrededor como un manto de sombras, y se apartó de mí, como si incluso mirarme fuera demasiado doloroso.

Me quedé allí, paralizado, sintiendo que esos cinco metros eran un abismo insalvable. Había esperado reproches, sí, pero no la intensidad con la que me los arrojó. La Keera que conocía estaba enterrada bajo capas de dolor, de soledad, de oscuridad, y ahora era una vampiresa temible, una figura trágica y poderosa que no tenía espacio para mi amor, ni siquiera para mi presencia.

Mientras ella se desvanecía en las sombras, sentí que la verdadera batalla aún no había comenzado. No era la lucha de espadas o estrategias lo que me preocupaba, sino cómo enfrentaría a la mujer que amaba, transformada en un ser que, aunque dolorosamente familiar, era ahora un misterio que quizás nunca podría desentrañar.

Y así, con su orden resonando aún en mis oídos, me di la vuelta, sabiendo que esos cinco metros serían la distancia que marcaría nuestras vidas, al menos por ahora. Keera Snow, la vampiresa, la mujer que alguna vez había sido mi todo, se había convertido en un enigma tan oscuro como la misma Corte de Bodhi.​
 

Orador

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El Retiro​

La luna llena se alzaba sobre las montañas oscuras, bañando el monasterio abandonado en una luz pálida y fantasmal. El aire estaba cargado de un silencio inquietante, interrumpido solo por el susurro de la brisa que parecía arrastrar murmullos de almas olvidadas. Allí, bajo la mirada vigilante de la noche, tres figuras avanzaban hacia el corazón del templo, ocultos en las sombras de la diosa Shar, señora de la oscuridad.

Orador lideraba la marcha. Su figura alta y esbelta se movía con una gracia inquietante, y aunque su rostro parecía humano, sus ojos rojos y centelleantes delataban su naturaleza depredadora. Sus labios finos se torcían en una mueca que podría haber sido una sonrisa, o tal vez una advertencia. Este retiro espiritual no era un escape de la violencia o el poder, sino un viaje más profundo hacia el abrazo eterno de la oscuridad.

A su lado, caminaba la Duquesa Naradia Colmillo Sombrío, la eminente líder de su clan. Su vestido negro, adornado con bordados plateados que asemejaban constelaciones caóticas, susurraba al moverse, como si las sombras mismas la adoraran. Su belleza era tan inmortal como inquietante, y sus labios carmesí pronunciaban los himnos olvidados a Shar con devoción. Los ojos de la duquesa, fríos y calculadores, no se apartaban del sendero. En su interior, la desesperada necesidad de complacer a su diosa brillaba como un fuego en la oscuridad, impulsándola más allá de la simple sed de sangre.

Detrás de ellos, caminaba silenciosamente Gota Negra, el fiel sirviente de la Duquesa. Una criatura de apariencia grotesca y retorcida, su piel grisácea era casi translúcida bajo la luz de la luna, revelando las venas negras que serpenteaban bajo su carne. Gota Negra no hablaba, pues había renunciado a la voz como un tributo a la Dama Oscura. Sus pasos eran pesados, pero su lealtad era indiscutible, y en su interior vibraba una fervorosa reverencia hacia Shar. Sus ojos sin pupilas brillaban con un fanatismo incuestionable.

El monasterio de Kalhizar, abandonado por siglos, había sido construido en honor a dioses olvidados, pero esta noche pertenecía a ellos, los hijos de Shar. El aire estaba impregnado de magia oscura, y las paredes parecían absorber la luz, devorando la esperanza y el calor. Frente al altar derrumbado, Orador se detuvo, levantando la mano pálida y señalando el inicio del ritual.

—Este es el momento —dijo Orador con una voz que resonaba como un eco distante—. Aquí, donde los mortales desafiaron a los dioses, nosotros nos sumergiremos en la oscuridad que todo lo consume.

La Duquesa asintió, sus ojos brillando con devoción. Extendió las manos, y Gota Negra, obediente, depositó una daga de obsidiana en sus palmas. La hoja resplandecía con un brillo oscuro, una bendición de Shar. Naradia la elevó hacia el cielo, como si ofreciera su alma a la diosa, y comenzó a recitar una antigua plegaria, sus palabras eran un susurro que parecía provenir de lo más profundo de la tierra.

Orador cerró los ojos y se dejó arrastrar por el flujo del cántico. El silencio se rompió cuando el sonido de la carne siendo cortada se unió a la voz de la Duquesa. La sangre fluía, espesa y oscura, y Gota Negra recogió las gotas en una copa de piedra. Un cáliz consagrado en las profundidades del abismo.

—La sangre es la vida —susurró Orador, sus labios retorciéndose en una sonrisa mientras observaba a Naradia ofrecer la copa a los cielos—. La sangre es el lazo que nos une a Shar. Hoy, nuestros cuerpos serán sus instrumentos.

Gota Negra, con movimientos meticulosos y reverentes, colocó la copa frente al altar, y Orador se adelantó. Sus ojos brillaban con una intensidad sobrenatural cuando elevó la copa y bebió. Un estremecimiento recorrió su cuerpo, pero no era debilidad lo que sentía, sino una conexión profunda con la diosa. El poder de Shar fluía por sus venas, más intenso que la simple inmortalidad que su sangre vampírica le había otorgado.

—Ahora, estamos listos para lo que viene —murmuró la Duquesa, su voz firme y suave a la vez, como la caricia de la muerte—. El mundo se verá envuelto en sombras, y nosotros seremos los primeros en ofrecer nuestras almas al vacío.

Orador miró a sus compañeros con una oscura satisfacción. Su retiro espiritual no era uno de paz, sino de preparación. No buscaban la redención, sino la consumación de su propósito. Los sirvientes de Shar no rezaban para salvarse; rezaban para destruir lo que quedaba de luz.

Y así, en ese monasterio olvidado, los hijos de la sombra sellaron su pacto con la oscuridad, preparándose para el día en que la luna se tornara roja y la noche gobernara para siempre.​
 
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