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Los Registros de San Venganza

Ladrondelasombras

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El Registro de San Venganza
“Para los males que no tienen nombre, ni jaula.”

Athkatla. Distrito de la Tumba.

(La tinta aún huele a hierro.)

No fue una emboscada. Eso habría sido sencillo y más honesto.

El silencio de las criptas estaba atento. Como un animal agazapado, conteniendo el aliento. Todo indicaba que nos estaban esperando. Al fin y al cabo, esta incursión había sido pregonada de norte a sur y de este a oeste. Demasiadas bocas hablando. Demasiados nombres susurrados en lugares donde nada ni nadie debería oír.

Nos observaban no para atacarnos. Para vernos avanzar.

Criaturas impías que prefieren observar antes de morder. Que desgastan la mente antes de romper la carne. El terror psicológico como aperitivo, como ritual previo al festín.
Y aquel ser ,fuera quien fuera, conocía bien ese juego. Demasiado bien. Un artista de la teatralidad a mi juicio.

Las trampas eran torpes a propósito. Un hilo mal oculto. Una losa que cedía antes de tiempo.

Errores fingidos. Avisos deliberados. Pequeñas grietas en la concentración, sembradas para que la duda hiciera el trabajo sucio.

Como si alguien murmurase desde la oscuridad sé dónde pisas y sé cuándo fallarás.

Había notas. Papel viejo. Tinta reciente. No las copio aquí. No merecen memoria.
Algunos mensajes no se escriben para ser recordados, sino para probar cuánto miedo puede soportar alguien antes de romperse.

No vimos a los vástagos. Pero estaban allí.

Lo supe del mismo modo que se sabe cuando alguien te apunta por la espalda. No por los ojos, sino por la piel. Ese frío que sube desde la base de la columna hasta la nuca, lento e inevitable.

Mientras el grupo avanzaba, me detuve en una galería lateral. Me quité el guantelete. Abrí la mano. La cerré. Dejé que la sangre fluyera tras un corte limpio.

Cayó espesa y oscura.

La usé para escribir sobre el alabastro frío, despacio, como se escriben las verdades que no buscan respuesta.

"La sangre os llama.
La deuda se cobra.
El infierno siempre se cobra lo que se le debe."

No era una amenaza. Era un recordatorio.
Salimos sin verlos. Pero estoy seguro de algo, quien o que dejó las notas, dejó de reír.


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Sobre San Venganza y el nombre que cargo.

(La tinta es oscura. La caligrafía firme, contenida. No hay adornos.)

San Venganza no fue un título. Fue un hombre. No un santo, ni tampoco un mártir, pese al nombre. No lo conocí rezando ni predicando. Lo conocí cansado. Cruzándose nuestra pesada labor.

Lo encontré lejos de estas tierras, en un camino donde los nombres importan menos que las consecuencias. Al igual que yo, cazaba lo que otros no podían nombrar sin perder el sueño. Bestias, criminales, horrores que se escondían tras pactos, leyes o supersticiones convenientes. No lo hacía por fe. Tampoco por oro. Decía que alguien tenía que hacerlo, y que ese “alguien” no iba a ser recordado con gratitud.

Llevaba un cuaderno. Un grimorio sin hechizos. Solo relatos. Qué se cazó, por qué, y qué precio se pagó. Nunca escribió “victoria”. Solo “hecho”.

San Venganza murió como vivió. Sin testigos, sin absolución y sin tumba digna. Lo enterré yo mismo. El cuaderno quedó conmigo.

No adopté su nombre por reverencia. Lo adopté por continuidad.

Porque entendí que mientras existan horrores que no encajan en los relatos limpios, alguien tendrá que mancharse las manos para que otros puedan seguir creyendo en ellos. Y porque cargar con el peso es más fácil cuando sabes que no eres el primero ni serás el último.

Desde entonces, algunos me llaman el Diablo de San Venganza.
No porque adore su memoria, sino porque continúo su labor.
Porque hago lo que él hacía, y acepto lo que eso implica.

El término diablo nunca me molestó. Es una palabra útil. Sirve para señalar al que cruza líneas que otros prefieren no cruzar, pero necesitan que alguien lo haga.

Más tarde, en estas tierras, en mi regreso a Amn, Samira de Vaelmonte me llamó por otro nombre:

Diablo de la Guarda.

No me lo dijo con burla. Tampoco como elogio.

Lo dijo tras ver qué hago cuando nadie mira. Tras entender que no vigilo para castigar, sino para que ciertos males no vuelvan a levantarse cuando creen que ya no hay nadie observando.
Acepté ese nombre también. Porque incluso los diablos pueden guardar algo. Y porque alguien tiene que permanecer despierto cuando el resto decide mirar a otro lado.

Estos registros no buscan justificar nada. No absuelven. No piden comprensión.

Son memoria. Para que, cuando yo caiga, otro sepa dónde empezar a leer.

El Diablo de San Venganza.

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