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Los Secretos de la Materia

Mullet King

Sexta identidad de ladrón cofrade
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25/7/23
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La luz de la mañana penetraba oblicuamente por los ventanales del taller de La Alquimia del Desecho, iluminando las partículas de polvo suspendidas en el aire y los recipientes de vidrio dispuestos sobre una mesa de roble. Afuera, el Distrito del Río comenzaba a despertar con la actividad propia de los barrios bajos de Athkatla: los primeros borrachos abandonaban las tabernas, los mendigos buscaban refugio entre los callejones y pequeños grupos de maleantes ocupaban las esquinas, atentos a cualquier incauto que pudiera convertirse en una oportunidad. Entre edificios desvencijados, fachadas ennegrecidas y calles malolientes, la vida transcurría al margen de las preocupaciones de los distritos más acomodados de la ciudad. En el interior, sin embargo, el tiempo parecía obedecer a otras reglas.

Mercuria llevaba toda la noche trabajando.

Sentada ante su escritorio, con el cabello cobrizo recogido para apartarlo del rostro y las mangas remangadas hasta los antebrazos, examinaba una serie de anotaciones realizadas durante los últimos días. Sus ojos verdes recorrían las columnas de cifras, las observaciones sobre la consistencia de las muestras y las variaciones registradas en cada ensayo. De vez en cuando tomaba una hoja suelta, comparaba dos resultados y añadía una nota al margen.

No trabajaba deprisa. Tampoco lo necesitaba.

La investigación alquímica exigía, ante todo, rigor. Distinguir entre aquello que se observaba y aquello que se suponía. Mercuria había aprendido que un resultado inesperado podía deberse a una propiedad desconocida de la sustancia, a una impureza en los ingredientes, a un error de procedimiento o, sencillamente, a una interpretación equivocada. Atribuirlo de inmediato a una propiedad extraordinaria no constituía un descubrimiento, sino una renuncia a comprenderlo.

Por eso documentaba incluso los ensayos fallidos.

En el centro de la mesa reposaban tres matraces de idéntica capacidad. Contenían muestras de una misma preparación, elaboradas a partir de agua destilada, sales minerales y una pequeña cantidad de un reactivo de origen mágico. La composición exacta permanecía registrada en su cuaderno, junto con el orden de incorporación de los ingredientes, la temperatura durante la mezcla y el tiempo transcurrido hasta la aparición de los primeros cambios.

Las tres muestras diferían en un único aspecto: las condiciones bajo las cuales habían sido preparadas.

Mercuria se inclinó sobre la primera y la examinó a contraluz.

El líquido conservaba su transparencia. En el fondo se distinguía un depósito tenue, apenas perceptible, que no había aparecido en las observaciones iniciales. Lo anotó sin extraer conclusiones y pasó a la segunda muestra, que presentaba una ligera turbidez.

La tercera, sin embargo, permanecía estable.

La gnoma dejó la pluma sobre el escritorio y continuó repasando los registros de la jornada anterior. El comportamiento de la segunda muestra coincidía con una variación en la temperatura, pero la relación no estaba suficientemente establecida. Para determinar si existía una conexión real, debía repetir el ensayo manteniendo constantes las demás condiciones.

Así que preparó una nueva serie.

No había nada espectacular en aquel trabajo, al menos no a priori. No se producían llamaradas, no flotaban objetos en el aire ni surgían luces arcanas de los recipientes. Había vidrio, metal, sustancias cuidadosamente pesadas y una sucesión de procedimientos que requerían atención constante.

Era precisamente en aquella labor minuciosa donde Mercuria encontraba el sentido de su oficio.
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