pazuzu_
Corona de la reina de Aitana
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Esta historia comienza con habladurías de taberna y promesas de tesoros. Un mediano y su insaciable curiosidad fueron en dulce compañía hasta los picos de las nubes, buscando a la poderosa sierpe blanca, el tirano de la montaña, soberano de las nieves y otros muchos nombres igual de rimbombantes, posiblemente inventados por la propia sierpe. La ascensión no fué sencilla para un pequeño aventurero de 1,20 metros que apenas podía con su macuto lleno de estrambóticos y peligrosos artefactos mágicos.
A duras penas y entre gigantes de la montaña malhumorados, se pudo hacer un hueco el mediano. Un mordisco a traición le ponía irónicamente sobre la pista, un pequeño dragoncito, estirpe de la sierpe de los rumores sin duda. Tras atravesarlo limpiamente contra el suelo vía lanza, siguió la pista de pequeños seres alados hasta la madriguera del dragón. El descenso era escarpado y la cuerda se rompió en la caída, como para darle ánimos.
Una gigantesca cueva se abría ante él, el frío era tal que incluso tuvo que conjurar para que no se le agarrotara todo el cuerpo. Apenas se veía a más de 4 metros, algunas estatuas de hielo... con aventurero dentro. Su posición hacía pensar que este había intentado una estratégica retirdada fallida. Los dragones blancos suelen congelar su cena antes de comérsela o eso cantaban los bardos a cambio de la voluntad de los viandantes. Dada su experiencia con la minería, puedo localizar unas vetas de un valioso mineral según avanzaba pegado a las paredes rocosas, pero no era eso lo que buscaba. Mientras examinaba lo que parecía ser algún tipo de huella gargantuesca escuchó un sonido a su espalda.
Se volvió y vió una de las criaturas más majestuosas e imponentes que alguien se puede encontrar. La sierpe le miraba altanero desde su posición, avanzando a paso lento pero seguro. Med retrocedió varios pasos y cuando iba a conjurar algo, la sierpe abrió sus fauces y su aliento helado lo alcanzó, dando fin a su conjuro protector. El dragón cargó furioso hacia él, quien a su vez conjuró un acelerar apresurado y corrió lo que sus cortas patitas le dejaron, haciendo al dragón girar sobre sí mismo, cosa que lo enfurecía aun más. Ahí estaba, el tesoro, amontonado y apenas visible en una profunda oquedad en la pared de la cueva. Ese despiste casi le cuesta la vida y es que la cabeza de la sierpe volaba hacia él a una velocidad insana y apenas pudo saltar a tiempo para esquivarla, golpeándose el dragón contra la pared de piedra. Si se había quedado aturdido o no nunca lo pudo saber el mediano, porque corrió hacia la única salida que vió y saltó esperando no caer hacia un precipicio. Tras recuperarse de la caída, pudo teleportase y ponerse a salvo, pero la tentación del tesoro seguía estando ahí.
Días despues, meditó seriamente volver a por esa pequeña fortuna que había visto, que seguro solo sería una parte del total. Mientras preparaba la mochila, convencido a volver, encontró casualmente a Ionwe. Mentor lo llamaba, si bien hay que decir que Med no siempre le podía prestar la atención merecida y aún tenía mucho que aprender sobre el don. Sea como fuere, sabía que podía contar con él para tan suicida empresa y con las poderosas criaturas que conseguía atraer de otros planos. Trazaron un plan con la poca información con la que contaban y acudieron a un conocido de Esmeltarán a solicitar una inusual ayuda.
Al día siguiente, solo quedaba un cabo suelto. Necesitaban a alguien fuerte, que aguantara las inclemencias de la escalada y que fuese tan temerario como acompañarles. Venido bien del cielo o de Crimmor, apareció Dainan con su espadón a la espalda y con una sonrisa. Una mirada malévola se cruzó entre Ionwe y Med. Dainan no se hizo de rogar cuando escuchó la promesa de peligros y tesoros, abriendo la marcha con un inusitado optimismo. Nagath, elfo dorado e hijo bastardo del afamado Kalganath "el sinverguenza" se ofreció a seguirlos sin saber de que iba la cosa, pero incluso Med tenía sentimientos y lo dejó en los llanos, pues estaba destinado a morir a causa de vicios varios y no de aventura suicida.
El ascenso con Dainan fue mucho más sencillo. A diferencia de Med, sabía lo que se hacía con su arma y casi parecía que para él no pesaba, sino que la usaba como quien usa las piernas para andar. Entre la nieve, a desnivel o incluso en el aire agarrado al cuello de un dragón jóven, despejó el camino dejando un sangriento rastro de batalla. Tras una parada en una gruta cercana para poner el equipo a punto y meditar para tener la mente despejada y la vejiga relajada, terminaron el ascenso. Despachado el último obstáculo (en varios trozos) fue el primero en localizar la cueva y descender antes de preguntar o preparar algo. A los hechiceros no les quedó otra que lanzarse detrás de él y empezar a conjurar, poniendo nervioso a Dainan con sus extraños poderes y los fenómenos que se desataban a su alrededor. Libros volando, pergaminos de los que obtenían nuevos y terroríficos poderes, la concentración y determinación con la que ejecutaban cada conjuro de forma casi hipnótica y el desasosiego que todo ello le producía. Por suerte, estaba acostumbrado y pudo soportar todas aquellas cosas que escapaban a la lógica, no por ello suprimiendo la sorpresa que le producía cada nuevo prodigio.
Aquellos tres aventureros, rebosantes de magia, avanzaron con su séquito de criaturas convocadas con paso firme entre la neblina. Todo estaba sumido en un inquietante silencio, quizás el dragón había salido de caza y podrían llevarse el tesoro sin combatir. Ya casi estaban seguros de que se llevarían el tesoro, cuando la enorme mole salió de su escondrijo y se lanzó a por ellos furibunda. Aquello les pilló de improviso y si no fuera por las criaturas convocadas hubieran caído en ese preciso momento por tener la guardia baja, Med se dió la vuelta y aun a pesar de la conmoción pudo bramar aparentando confianza.
-¡Esta ahí, a él!
Las criaturas se lanzaron en pelotón seguidas de cerca por Dainan, que aun estaba demasiado impresionado como para cargar. Esferas mágicas, rayos y extrañas fuerzas pasaban por encima suyo y le indicaban que la batalla había empezado. El dragón jugaba con ventaja, conocía su cueva a la perfección y cargaba contra los arcanos en cuento se convertían en una molestia, lanzaba su cola con ira cuando tenía que dar media vuelta y dejaba congelados los libros animados. El guerrero aprovechaba los erráticos embites del dragón para castigar su mandíbula o si era posible sus ojos, haciendo un esfuerzo por sobrevivir a cada ataque de la bestia, que usaba cada parte del cuerpo como una nueva arma.
Detrás, la cosa tampoco pintaba bien. Las fuerzas de ambos arcanos mermaban sin control y el dragón parecía no inmutarse por la mayoría de sus conjuros, si bien algunos ni siquiera llegaban a afectarle. Ambos rotaban todo el rato para no convertirse en blanco fácil y lanzaban conjuros a una velocidad de espanto, forzando cuerpo y mente más allá de lo recomendable. Un desprendimiento azaroso, el aliento del dragón, una zanja... podían morir en cualquier momento. Med consiguió ver que uno de sus ayudantes estaba a punto de caer y fintó hasta llegar a él y curarlo. Algo hizo atras Ionwe, algo muy extraño y muy poderoso, cuando en una fracción de segundo sintió cerca de media docena de pulsos poderosos en la urdimbre y el dragón retrocedía aturdido y casi temeroso. A esos segundos le sintió el caos, el hechicero mediano frente al dragón reponiendo las defensas como podía, barridos y rugidos espeluznantes, desprendimientos... ni rastro de Dainan, en ese momento el dragón se lanzó en un último intento desesperado a por Ionwe y sintió un dolor agudo por todo su ser.
Aleteó moribundo. El dragón hizo un vuelo errático, tropezando con las afiladas paredes de la cueva, con la vista fija en la salida. Un conjuro más y podría darse por muerto, se le nublaba la vista y temía escuchar las últimas palabras arcanas de su existencia. Milagrosamente para él, consiguió escapar.
Abajo se hallaba la explicación. Realmente ninguno de los innatos hubiera podido hacer algo, se hallaban encogidos en un patético ovillo por el sobreesfuerzo, tan poderosos antaño ahora se hallaban tan indefensos como un bebé en la cuna. Apenas una vocecita pudo decir algo.
- Y... ¿Y Dainan?
-No lo sé -tos débil- ¿y el dragón?
-¡Hijo de la grandísima puta!
Escucharon una voz queda y una mano enguantada intentando salir de la nieve precedió a un cabeza con cabellera rubia y posteriormente al resto de su cuerpo maltrecho, saliendo de debajo de una huella impresa en la nieve. Dainan salía de la que podía haber sido su tumba y se acercó a los innatos. Cuando se dió cuenta de que el dragón había escapado, vitoreó con las fuerzas que se quedaban y se acercó cojeando a por su espadón. Poco a poco se repusieron y buscaron el tesoro del dragón mientras Dainan narraba su experiencia de primera línea
-... y yo no sé de que estaba hecho, pero le daba ¡Zas, zas, zas! en todo el morro y volvía a cobrar más, como si fuera un recaudador. [...] y entonces fue cuando le corté ese trozo de ala ¿Lo vísteis? [...] ¿Quien carajo fue el que tiró esa piedra candente? Un poco más y me da a mí, cojones, que no tenéis cuidado.
Las historias se acabaron cuando vieron la inmensa fortuna que tenían enfrente. Ni en broma podrían llevarse todo aquello, al menos no antes de que el dragón volviera a recuperarla. Cargaron con cuantas riquezas pudieron (casi todas las llevaba Dainan, que para algo tenía esa fuerza temible. De camino al campamento de la legión para hacer el reparto, se encontraron con un nutrido grupo de aventureros, alguno de ellos conocido por Med y pararon un momento a saludar.
-Tened cuidado ahí arriba -dijo mirando a Aikanasar más que nada- algo malo va a ocurrir esta noche por ahí arriba.
-Venga, vamos -dijo Ionwe- que ya bastante jodido fue tumbar al dragón
-¿Dragón? -dijo una de las aventureras, extendiendose un murmullo confuso entre el grupo.
Mientras bajaban, Ionwe sonrió por su "despiste" y Dainan maldecía aquel escudo pavés no tenía cojones de meter en una bolsa de contención. Al llegar al campamento, repartieron aquel sustancioso botín alegremente entre risas y anécdotas. Kurt, protector del bosque, se acercó atraído por el jolgorio y las risas. Saludó y echó un vistazo discreto al llamativo botín, aunque no parecía atraído por las riquezas o eso dejó ver. Viendo que solo tenían boca para hablar de oro, se alejó dando por terminado su descanso de sus labores para con el bosque. Dainan se hizo con el mejor equipo, Ionwe se llevo las reliquias más curiosas y posiblemente más caras y Med eligió quedarse casi con la totalidad de objetos mágicos, hasta el punto de que necesito varios estuches para meter los pergaminos.
En los siguientes días fue habitual el rumor como tema de conversación entre los asiduos de la taberna, aunque no tardó en ser sustituido por una emocionante historia de un héroe que sobrevivió a una fogosa noche con una vampira usando una colonia para hombre llamada "eau de macho" de dudosa veracidad.