Barron
Escritor de muchotexto
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I. Kennan Hawker
— Y… ¿De dónde has sacado esto?
El paladín estaba observando las vestiduras extrañas que el monje había traído para la ocasión.
— ¡De mi dojo!
Con su habitual energía, el monje estaba calentando para la acometida que debían realizar en este día, un entrenamiento demente para muchos, pero un reto para otros.
El día comenzó antes de que el sol terminara de asomar por el horizonte. Kastan y Kennan ya se encontraban en las afueras de la ciudad, frente a una enorme pared de roca que se alzaba sobre ellos. No habían llevado armaduras, ni armas, ni ningún tipo de equipo que pudiera facilitarles el entrenamiento. Aquel día, el paladín había decidido hacer las cosas de la manera más sencilla y brutal posible: sus cuerpos contra el terreno. Ninguna mejora mágica ni herramienta a usar.
Sin perder tiempo, comenzaron a escalar. Sus manos se clavaban en las grietas de la piedra mientras buscaban cualquier saliente que pudiera sostener su peso. Cada metro ganado suponía más esfuerzo. El sol fue subiendo lentamente mientras sus brazos comenzaban a temblar y sus dedos se llenaban de polvo y pequeñas heridas. Ambos escalaban sin mirar hacia el suelo, solamente con la idea de avanzar hacia la cima.
Por suerte y después de horas de escalada, llegaron a un claro en los picos. Pero no era el fin de su entrenamiento heroico.
Sobre la zona relativamente llana, ambos se enfrentaron sin armas. Puños, codos, rodillas, fuerza bruta y dominio. El monje, mucho más avanzado en las artes marciales que Kastan tuvo la ventaja en todo el enfrentamiento, por suerte, el paladín podía mantener un mínimo ritmo por su resistencia mas que su destreza.
Y no pararon.
Tras el combate continuaron ascendiendo por las verdes praderas de la montaña. Esta vez decidieron desplazarse de una manera todavía más absurda usando solos sus manos como metodo. Kastan se colocó en posición y comenzó a avanzar mientras el monje lunar hacía lo mismo a su lado. Cada paso exigía controlar el equilibrio, mantener el cuerpo firme y soportar todo el peso sobre los brazos. Al principio avanzaban con facilidad, incluso riéndose de la situación. Dos horas después, sus hombros ardían, pero continuaban avanzado hasta su objetivo.
— Selûne, esta cosa ha ido difícil…*comento el paladín mientras se incorporaba, respirando con dificultad.*
Kennan elevo el pulgar de forma cómica, su rostro todavía enterrado en la hierba del lugar.
El resto del día se convirtió en una locura de entrenamiento. Escalaron, corrieron por las pendientes, arrastraron sus propios cuerpos por terrenos difíciles, combatieron hasta quedar exhaustos y volvieron a utilizar las manos para desplazarse cuando sus piernas ya apenas respondían. No había espectadores, ni recompensas, solo la gloria esperando al final del camino.
Solo dos caballeros sirvientes de la luna empeñados en descubrir dónde estaba el límite de sus cuerpos. Forjando su voluntad en sangre derramada y cansancio acumulado. Cuando finalmente cayó la noche, ambos terminaron sentados sobre la roca, cubiertos de polvo, sudor y pequeños cortes. El paladín miró sus manos, completamente magulladas, y después observó al monje descansar en la roca.
Durante unos segundos ninguno dijo nada. Al menos hasta que ambos soltaron una sonora carcajada
— ¡La próxima, entrenamiento marítimo!
Kennan apenas consiguió contener la risa mientras lo decía.
— Me vale…pero no sin desayunar antes. Estoy famélico…
Kastan negó con la cabeza, todavía sonriendo mientras se levantaba, solo para caer en el roció de la hierba que rodeaba el lago.
— Y… ¿De dónde has sacado esto?
El paladín estaba observando las vestiduras extrañas que el monje había traído para la ocasión.
— ¡De mi dojo!
Con su habitual energía, el monje estaba calentando para la acometida que debían realizar en este día, un entrenamiento demente para muchos, pero un reto para otros.
El día comenzó antes de que el sol terminara de asomar por el horizonte. Kastan y Kennan ya se encontraban en las afueras de la ciudad, frente a una enorme pared de roca que se alzaba sobre ellos. No habían llevado armaduras, ni armas, ni ningún tipo de equipo que pudiera facilitarles el entrenamiento. Aquel día, el paladín había decidido hacer las cosas de la manera más sencilla y brutal posible: sus cuerpos contra el terreno. Ninguna mejora mágica ni herramienta a usar.
Sin perder tiempo, comenzaron a escalar. Sus manos se clavaban en las grietas de la piedra mientras buscaban cualquier saliente que pudiera sostener su peso. Cada metro ganado suponía más esfuerzo. El sol fue subiendo lentamente mientras sus brazos comenzaban a temblar y sus dedos se llenaban de polvo y pequeñas heridas. Ambos escalaban sin mirar hacia el suelo, solamente con la idea de avanzar hacia la cima.
Por suerte y después de horas de escalada, llegaron a un claro en los picos. Pero no era el fin de su entrenamiento heroico.
Sobre la zona relativamente llana, ambos se enfrentaron sin armas. Puños, codos, rodillas, fuerza bruta y dominio. El monje, mucho más avanzado en las artes marciales que Kastan tuvo la ventaja en todo el enfrentamiento, por suerte, el paladín podía mantener un mínimo ritmo por su resistencia mas que su destreza.
Y no pararon.
Tras el combate continuaron ascendiendo por las verdes praderas de la montaña. Esta vez decidieron desplazarse de una manera todavía más absurda usando solos sus manos como metodo. Kastan se colocó en posición y comenzó a avanzar mientras el monje lunar hacía lo mismo a su lado. Cada paso exigía controlar el equilibrio, mantener el cuerpo firme y soportar todo el peso sobre los brazos. Al principio avanzaban con facilidad, incluso riéndose de la situación. Dos horas después, sus hombros ardían, pero continuaban avanzado hasta su objetivo.
— Selûne, esta cosa ha ido difícil…*comento el paladín mientras se incorporaba, respirando con dificultad.*
Kennan elevo el pulgar de forma cómica, su rostro todavía enterrado en la hierba del lugar.
El resto del día se convirtió en una locura de entrenamiento. Escalaron, corrieron por las pendientes, arrastraron sus propios cuerpos por terrenos difíciles, combatieron hasta quedar exhaustos y volvieron a utilizar las manos para desplazarse cuando sus piernas ya apenas respondían. No había espectadores, ni recompensas, solo la gloria esperando al final del camino.
Solo dos caballeros sirvientes de la luna empeñados en descubrir dónde estaba el límite de sus cuerpos. Forjando su voluntad en sangre derramada y cansancio acumulado. Cuando finalmente cayó la noche, ambos terminaron sentados sobre la roca, cubiertos de polvo, sudor y pequeños cortes. El paladín miró sus manos, completamente magulladas, y después observó al monje descansar en la roca.
Durante unos segundos ninguno dijo nada. Al menos hasta que ambos soltaron una sonora carcajada
— ¡La próxima, entrenamiento marítimo!
Kennan apenas consiguió contener la risa mientras lo decía.
— Me vale…pero no sin desayunar antes. Estoy famélico…
Kastan negó con la cabeza, todavía sonriendo mientras se levantaba, solo para caer en el roció de la hierba que rodeaba el lago.
Offtopic :
En relación por varios roles de entrenamiento entre Kennan y Kastan, gracias por el cachondeo en el asunto MotiSJL
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