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Hueso roído de Loreliel
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[dropshadow=blue]Una noche de tormenta[/dropshadow]
En una noche de tormenta, mi padre, el capitán de la ola espumosa, salió a navegar como tantas otras veces. Yo, por aquel entonces, era solo un crio de once años y jugaba en su camarote, mientras escuchaba el rugir de las olas contra la madera, el tintineo de la campana de emergencia, moverse con el viento, el sonido de los truenos, así como el de los hombres trabajando.
De pronto se escuchó el intercambio de cañonazos con otro barco. Yo sabía que cuando eso sucedía, debía quedarme ahí, sin moverme, pero esta vez no pude hacerlo y salí a ver.
El palo mayor y el bauprés habían caído por los cañonazos, no podíamos movernos y entraba mucha agua, por lo que mi padre ordenó tirar toda la mercancía al agua. Cuando los orcos de Murann consiguieron abordar el barco, la mayor parte de lo que trasportábamos ya se hundía en el fondo del mar.
La lucha que aconteció en ese momento fue tremenda, casi todos los hombres murieron, incluido mi padre. Al resto, nos llevaron a su navío y nos encerraron. Desde la húmeda celda en la que me encontraba, pude volver a escuchar el rugir de los cañones, esta vez, para terminar de hundir a la ola espumosa.
[dropshadow=red]Mejor la muerte[/dropshadow]
Cuando llegamos a Murann nos encerraron, y si pensaba que la celda del barco era húmeda y asquerosa, la de la prisión donde nos metieron era mucho peor. Llena de moho, una combinación de olor a mierda, sangre, vomito y vete a saber que más, si te descuidabas, las ratas te comían vivo.
De vez en cuando, nos sacaban y nos exponían para vendernos, pero nadie pujaba por mi, seguramente por el deplorable estado en el que me encontraba, la gente pensaría que moriría pronto y por eso no lo hacían.
El caso es que fui aguantando, o mejor dicho, sobreviviendo durante años, viendo como entraba gente en las celdas y se iban, eso sin contar que más de la mitad, moría ahí dentro.
[dropshadow=yellow]Renacer en el agua[/dropshadow]
Llevaba casi media vida encerrado, siendo golpeado y humillado, pisoteado y apaleado, siempre esperando la hora de mi muerte. Pero los dioses me guardaban otro destino. En una noche de tormenta, igual al día que me cogieron, tanto a mi, como al resto de prisioneros, nos metieron en un barco, sin saber cual sería nuestro destino.
El barco se agitaba a un lado y al otro, yo rezaba a Umberlee para que terminase y me llevase con ella al fondo del mar, donde me reuniría con mi padre. Y podría decir que mis rezos se cumplieron en parte, pues una gran ola tumbó el barco, haciendo que este se partiese en dos, saliendo despedido fuera del barco, logre agarrarme a un trozo de madera que flotaba junto a mi.
Encaramado al trozo de madera, vi como el barco se hundía, mientras me parecía escuchar una risa malévola, posiblemente el viento o el agitar de las olas. A los pocos minutos de hundirse el barco, la tormenta cesó, y la corriente me llevo de vuelta a casa, estaba en Brinnley.
[dropshadow=green]La furcia no espera[/dropshadow]
No se como explicarlo, pero había vuelto a casa, tras siete años, me fui siendo un niño y volvía siendo un hombre. No me encontraba en mi mejor momento, más bien parecía un mendigo, pero no podía imaginar que no me reconociera ni mi madre.
Llegue a casa y al abrir la puerta me encontré a mi madre embarazada, besando a un hombre, pensé... padre, ha sobrevivido, pero no. Al girarse al escucharme entrar en casa, ese hombre vino hacía mi y me golpeó con tal violencia que perdí el sentido.
Al despertarme, estaba fuera, junto a la basura. Me quedé por la isla un tiempo, mientras me enteraba que había pasado. Al final descubrí que mi madre se había vuelto a casar, con un marinero de tres al cuarto, por lo que si ella no me reconoció y había pasado página, yo también lo haría.
[dropshadow=purple]El principio de la senda[/dropshadow]
Durante mi estancia en la isla, pude ver un barco que me llamó la atención, sobretodo su tripulación, pero en las condiciones que me encontraba, no podía pedirles trabajo, pues terminaría de nuevo en venta o muerto.
En la playa, me encontré con un tipo de elegantes ropajes. El muy idiota se deshizo de ellos y se metió en el agua, momento que aproveche, para quitárselos y largarme. Por suerte para mi, el tío tenía casi mil piezas encima, con lo que aproveche para pagarme un billete de barco a la ciudad de la moneda y comprar víveres.
Pero el dinero se agotaba con facilidad y entonces lo vi. Eran los marineros que me habían llamado la atención, discutiendo con un hombre. El sacerdote le izo que escupiera agua sin apenas tocarlo por la boca, mientras realizaba una especia de suplica a la diosa.
Al final, solo quedó en una advertencia y se fueron, momento que aproveché para seguirlos, cosa que no les gustó mucho, pero continué hablando mientras ellos parecían ignorarme y continuaban caminando, diciéndoles lo que yo podría aportar si me dejaban unirme. Y al final, no se si para que me callase o que, pero me aceptaron.
[dropshadow=orange]Grumete Mard[/dropshadow]
Ya llevo varios días con ellos, pese ir de duros, son buena gente. Hoy el sacerdote me ha traído unas ropas para que vista como ellos, supongo que por haberle hecho ganar la apuesta, ya que algunos decían que no duraría ni un día y el dijo que si.
Poco a poco me voy integrando en el grupo y me aceptan, pese sea un charlatán, supongo que por eso uno de los miembros me partió la boca el otro día, aunque lo hizo con cariño, después entrenamos juntos y incluso me felicitó por algún que otro movimiento.
He regresado a Brinnley, aunque no he pasado por casa, esta vez ha sido para realizar una ceremonia un tanto extraña para Helea, a la que a partir de ahora tendremos que llamarle Bruja. Al final ha sido una pasada, con cánticos, ron y la gente bailando y riendo.
En fin, me toca recogerlo todo... No hay nada peor que ser el nuevo.
//Modificado, gracias suplicame