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Mathias Sindelar

paniba

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Mathias Sindelar nació de un amorío de 3 años de un elfo lunar (un amor pasajero, para él) y de la humana Martha Sindelar, una joven campesina y mesera de vida alegre y senos firmes. El embarazo dió por finalizada la relación, al precipitar la huida de Ashrail, quien no quería atar su vida a la de ningún humano o mestizo (menos de un chiquillo berreante).
Desde entonces Martha crió sola al pequeño, con sus usos y costumbres, llevando al niño a los huertos y a la taberna de Verdosísima, la ciudad cercana donde ella trabajaba de noche.
Mathias creció como cualquier futuro campesino. Con tareas de granja, como recoger hortalizas, cuidar de gansos y gallinas, escarpar la tierra. También pasaba el tiempo nadando por algún riacho cercano, contemplando el amanecer cada mañana o quizás escaparse a los bosques del norte o del oeste. Esto es lo que más le animaba desde pequeño. Se sentía muy a gusto en los bosques, rodeado de animales (los amistosos, claro), escuchar al viento hablar con los árboles, sentir la lluvia caer sobre su rostro.

En la ciudad todo era más duro. El pequeño Mathias escuchaba las palabras de los vecinos y clientes de la taberna. Palabras de desprecio a “ese elfo mentecato y debilucho que abandonó a tan bella dama”. Esto marcó también la vida del pequeño, que era rechazado por algunos niños y adultos de la ciudad. Cuando su madre trabajaba en la taberna, Mathias solía escaparse para refugiarse en una capilla cercana, con altares de Chauntea y Lazhánder, donde escuchaba sermones e historias de los portadores del Alba. Sentía en su ser cada palabra de los sacerdotes, y que no sólo debía ayudar y preocuparse por la prosperidad de los suyos, sino que todos en Faerun deberían hacerlo de ese modo para vivir en un lugar mejor y de bienestar pleno. En especial adoraba las historias de guerreros de la luz derrotando a seres malignos y no muertos, lo llenaban de energía y vitalidad.

Los años pasaban de ese modo, y pese a todo, Martha seguía enamorada de Ashrail, aún cuando fue abandonada del modo más degradante. Siempre hablaba maravillas de Ashrail, de su inteligencia y su clase; y del gran pueblo elfo, casi como si hubiese vivido con ellos. Mathias suponía que esa idealización era fruto de todo el tiempo que pasó Martha con un elfo que siempre se encargó de marcar las enormes diferencias entre elfos y humanos.

Llegando a los 12 años de edad, Mathias se decidió. Basta de ser un bastardo o un niño sin historia. Le dijo a su madre que se iría a conocer a su padre adonde fuera. Y luego de varias semanas de insistencia la respuesta de su madre fue: Ashrail, Evereska.


Tardó mucho en llegar. Años . . .

Joven e inexperto, con poco oro y pocas habilidades más que conocer animales y aves, y algunas hortalizas, se le hizo muy difícil. Juntaba monedas limpiando establos o desplumando gallinas en el mercado. Viajaba junto a comerciantes por protección o esperaba alguna caravana que se moviera hacia el norte, hacia el valle entre las Shaeradim.
Su tenacidad y terquedad humana lo premió. Al llegar a las afueras de la cordillera lo recogió una patrulla elfa, que custodiaban a la golpeada fortaleza de bandidos y saqueadores.
Ashrail vivía allí y era uno de los soldados de Evereska. Un elfo de buen porte, cabellos oscuros, largos y perfectos, y actitud arrogante. No recibió con agrado a Mathias, casi ni se inmutó cuando el joven le dijo que era su hijo, y siempre lo trató distante y frío. Sólo lo ingresó a la academia militar de la fortaleza para que aprendiera algo de las artes de combate de los elfos, y se encargaba de procurarle comida. Cuando Mathias lo perseguía para hablar de padre a hijo, el elfo lo evadía con un “luego hablaremos” o con un “no tengo tiempo”.
Los maestros de la academia tampoco lo trataban mejor. Lo regañaban frecuentemente por su torpeza, y por no tener la paciencia para comprender los movimientos de la “danza de la cimitarra”.
Sus compañeros elfos de aprendizaje tampoco eran agradables con él. La mayoría lo esquivaban en los cuarteles, se limitaban a intercambiaban algunas breves frases en élfico, o se mofaban en las clases de destreza. Sólo algunos pocos compañeros elfos lo acompañaban a esperar el amanecer, cuando Mathias rezaba al dios del alba o aprendía y tocaba con ellos algún instrumento de cuerdas.

Y en la fortaleza Hogar Mathias creció.
Se hizo fuerte y hábil con el arco y las armas. Aprendió a hablar élfico (con un acento horrible), a usar las cuerdas casi como ellos y a caminar por los bosques tan sigilosamente que pasaba desapercibido hasta para las aves. Tocaba los instrumentos de cuerda con destreza y cantaba sin desafinar.
Pero nunca aprendió a pensar como elfo, ni a adquirir su legendaria paciencia. Nunca era tenido en cuenta para patrullar los exteriores de la fortaleza (siempre le decían que no estaba listo) y casi siempre estuvo relegado a algunas guardias diurnas sobre las murallas. Las salidas al exterior eran para pasear y conocer los secretos de la naturaleza más que para perseguir criaturas peligrosas o enemigos. Su padre seguía haciendo esfuerzos para ignorarlo y le decía que iba a estar listo “en unos 100 o 200 años”.

Casi 10 años después de llegar a Evereska, Mathias sintió que era el momento de marchar, y buscar lugares en donde ayudar e iluminar la oscuridad con sus actos. Aprovechó un viaje de su padre a otra región para ahorrarle una fingida despedida sentimental.

Partió por caminos conocidos, rumbo a verdosísima, a ver a su madre. Y quizás luego seguiría hacia el sur, a Amn.


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