AssasinPenguin
Pipa perdida de Duzdin
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Acta, Non Verba.
Melech Andrakir desde pequeño supo lo que era la arrogancia y el desprecio. su linaje es evidente desde su nacimiento, es traído al mundo en un campamento de guerra. Su madre, una mercenaria curtida en incontables batallas, da a luz durante una campaña lejana en tierras sin ley. El recién nacido llega al mundo en una noche oscura, bajo una luna velada por nubes, augurio para muchos de la mala fortuna que acarrearía. Melech desde pequeño fue instruido en el uso de la espada, pero nunca se sintió parte de la compañía, ni parte de una familia. El sentimiento era mutuo y a la temprana edad de los 10 años fue abandonado en la ciudad de Calimport, en Calimshan.
Abandonado a su suerte, Melech había aprendido pronto las crueles lecciones de la vida en las calles. Apenas un niño, había buscado auxilio entre los comerciantes y las tabernas, pero raramente encontraba una mano dispuesta a tenderle ayuda. Su existencia se sostenía, precariamente, sobre el arte del mendigo, solicitando limosnas a aquellos que pocas veces estaban dispuestos a darlas. Cuando la caridad no alcanzaba, Melech se veía obligado a robar comida o víveres esenciales para su subsistencia. Sin embargo, esta osadía lo había llevado a conocer el filo de la dureza de la gente; con frecuencia era atrapado, y las palizas que recibía eran implacables. Cada golpe no solo dejaba su marca en su cuerpo, sino que también alimentaba en su alma un resentimiento profundo, una desconfianza insondable hacia los demás.
Melech había cerrado su corazón al mundo. No deseaba compartir su dolor ni sus pensamientos, ni mucho menos hablar con quienes lo rodeaban. Los días se deslizaban ante sus ojos sin más propósito que el de sobrevivir al siguiente. La necesidad lo consumía, envolviéndolo en una espiral de desesperación. Caminaba por las calles con la cabeza baja, esquivando miradas y evitando cualquier contacto innecesario. El bullicio de la ciudad, que para muchos era señal de vida y oportunidad, para él era solo una cacofonía insoportable, un recordatorio de su aislamiento.
Un día, exhausto por el calor y la lucha cotidiana, Melech encontró un rincón en la costa del puerto y se tumbó sobre la arena áspera, buscando en el sueño un breve respiro de la miseria. La brisa marina, fresca y salada, lo acarició mientras dormitaba. Sin embargo, no fue el descanso profundo que esperaba; la inquietud habitual de su ser lo despertó. Aburrido y sin otro destino que sus propios pensamientos sombríos, decidió dirigirse hacia una de las muchas tabernas que se apilaban alrededor del puerto. Al entrar en la taberna, se vio inmediatamente invadido por el bullicio y la alegría de los presentes. Las risas resonaban en el aire, y el lugar estaba lleno de vida. El ambiente festivo le resultaba incómodo, pero había algo diferente en aquella noche. A pesar de la habitual algarabía, algo, o más bien alguien, atrapó su atención desde el momento en que cruzó el umbral.
Sentada en un rincón, sobre una tarima improvisada, una mujer de porte enigmático tocaba una música tan cautivadora como melancólica. Vestía con ropajes sencillos, grises y marrones, que no desentonaban con la atmósfera de la taberna, pero el collar de plata que adornaba su cuello brillaba bajo la luz tenue de las lámparas, otorgándole un aura casi mística. Sus dedos danzaban sobre un laúd, y de su boca emergía una canción que, aunque suave, resonaba en el alma de quienes la escuchaban. Melech sintió una extraña atracción hacia aquella melodía, como si, de alguna manera, hablara directamente a su soledad. La música envolvente lo cautivaba, invitándolo a acercarse. A pesar de que su instinto natural era mantenerse alejado de la multitud, algo en esa mujer y en su canción rompía sus barreras. Los sonidos parecían elevarse por encima del ruido ensordecedor de la taberna, y cada nota parecía un susurro dirigido a él.
Inquieto y un tanto desconcertado por lo que experimentaba, Melech avanzó entre las mesas abarrotadas, esquivando los cuerpos ebrios y los murmullos despreocupados de los parroquianos. La alegría de los demás lo hacía sentir aún más ajeno, un intruso en una escena de júbilo, pero siguió adelante, impulsado por una fuerza que no podía explicar. Se acercó a la tarima, sus ojos clavados en la mujer, quien parecía ignorar la multitud a su alrededor, concentrada solo en su instrumento y en la melodía que tejía en el aire. Y así, en medio del bullicio de la taberna, mientras la música continuaba resonando a su alrededor, Melech sintió por primera vez en mucho tiempo una chispa de algo diferente a la desesperación. Aunque no podía ponerle nombre, algo en esa música lo llamaba, lo movía a abrirse, si no al mundo, al menos a la posibilidad de que hubiera algo más allá de la simple supervivencia.
Aquella mujer, envuelta en el misterio y en la serenidad de su canto, no era una mera trovadora errante. Resultaba ser una devota de Selûne, la diosa de la luna, y una aventurera que surcaba los mares bajo su estandarte. Bardo y marinera, había atracado en el puerto tras meses en altamar. Su apariencia sencilla, casi austera, contrastaba con la intensidad de su mirada y la profundidad de su música, que aún resonaba en los oídos de Melech, incluso cuando el último acorde se desvanecía en el aire cargado de la taberna.
Quizá fue compasión lo que la movió, o tal vez un reflejo de la piedad que Selûne otorgaba a los marginados y perdidos, pero aquella mujer, tras terminar su actuación, se dirigió a Melech. Con una calma que desarmaba cualquier defensa, le habló de la Doncella Lunar, de su gracia y misericordia, de su protección hacia aquellos que, como él, habían sido excluidos y maltratados por la vida. En ese momento, sus palabras eran como la continuación de la música: envolventes, suaves, y cargadas de una promesa de algo más allá de la mera supervivencia.
Además de su consejo, le ofreció algo que Melech no esperaba: comida y algunas monedas. Un gesto simple, pero para alguien que vivía entre las sombras de la miseria, era un acto de generosidad que no podía comprender del todo. No sabía si fue la música la que había ablandado su corazón, o si había algo en la mirada compasiva de aquella mujer que lo conmovía profundamente. Por primera vez, se sentía visto, no como una carga o una amenaza, sino como un ser humano digno de consideración. Aquella noche, algo cambió en él. Pasó largas horas conversando con la bardo, escuchando historias de aventuras, de las tierras lejanas que había visitado, y sobre todo, de Selûne. La diosa de la luna, a quien la mujer servía, no solo representaba la luz en la oscuridad, sino también la esperanza para los que habían perdido todo. Melech, absorto en la conversación, no se dio cuenta del paso del tiempo hasta que la mujer se levantó para marcharse, como una sombra que se desvanecía bajo el manto de la noche.
Los años volvieron a deslizarse, pero esta vez fueron diferentes para Melech. Lo que antes había sido una existencia marcada por la desesperación y la soledad se transformó en un camino de autodescubrimiento. Se aseguró de instruirse en la fe de Selûne, buscando en sus enseñanzas una forma de redimir su alma y de encontrar un propósito en un mundo que hasta entonces solo le había ofrecido crueldad. La música de la luna, como había aprendido a llamarla, lo guió hacia una comprensión más profunda de su propio destino. Selûne le enseñó que incluso los más caídos, aquellos que habían sido rechazados y olvidados, podían alzarse si encontraban la luz en la oscuridad.
Melech descubrió que todos, en algún momento, necesitan ayuda, incluso aquellos que aparentan ser fuertes. Y él, quien había experimentado el lado más cruel de la vida, decidió que sería quien ofrecería su mano a los demás. Quería ser el cambio en un mundo tan despiadado con los excluidos y marginados. No buscaba redención solo para sí mismo, sino para todos aquellos que, como él, habían sido despojados de la dignidad por el destino. Bajo la atenta mirada de la luna, Melech volvió a la costa donde, años atrás, había conocido a aquella mujer bardo. Allí, con el suave murmullo de las olas y el resplandor plateado de Selûne iluminando su rostro, tomó sus juramentos. No eran juramentos comunes; eran los votos de un paladín consagrado a la gloria y la justicia: Los actos valen más que las palabras, No flaquees ante la adversidad, Disciplina tu alma. Esas promesas, grabadas en su corazón, serían la brújula que guiaría sus pasos en adelante.
Y así, con un nuevo propósito, decidió partir de Puerto Calim. No había ya nada que lo retuviera allí, más que los recuerdos de una vida que había dejado atrás. Abordó un barco mercante que se dirigía a Amn, con la firme convicción de que, en esas tierras, encontraría la oportunidad de poner en práctica sus principios. Sabía que la lucha sería dura, que el camino estaría plagado de desafíos, pero esta vez estaba listo. Bajo la bendición de la diosa de la luna, Melech, el paladín tiefling, se lanzaría a combatir la injusticia y a proteger a aquellos que, como él, habían sido despreciados por el mundo.
Su viaje hacia Amn no solo era una travesía física, sino también espiritual. Iba en busca de un mundo que necesitaba cambiar, y con cada paso, se acercaba más al destino que Selûne había trazado para él: ser una luz en la oscuridad para los más oprimidos.
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