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Mercenario por Sorpresa

Othrondir

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Offtopic :
Relatos mediocres de Avakot, el bárbaro brujo.


La Compañía

Athkatla no parecía la solución a los problemas de Avakot. Solo lo conducía a su perdición más rápido, eso sí.

Finalmente tropezó con la taberna del Cuervo Negro, y las gentes del lugar ya comenzaban a murmurar sobre él. Un salvaje del norte con barro en las botas y un hedor a vino que nunca lo abandonaba.

El Cuervo Negro, oculto al final de una calle sinuosa, cerca del mercado, alzaba su letrero sobre la puerta: un ave negra de ojos curiosos. En su interior, el aire era denso, y el olor a vino añejo recibía a cualquiera como una bofetada al cruzar el umbral.

Perfecto para Avakot.

Después de acabar con buena parte de las existencias de cerveza del enano furibundo y de quedar anclado en su sillón, la estancia se estremeció cuando un dracónido rojo entró por la puerta, obligado a encorvar la cabeza para poder cruzar el marco del establecimiento. El gesto provocó murmullos entre algunos parroquianos habituales.

Thaldrakor no podía permitir que su cuerpo descansara en cualquier asiento de medio pelo, así que se aproximó a los sillones más generosos, junto a la chimenea. En uno de ellos, Avakot balbuceaba, como de costumbre.




*Avakot levantó su jarra con un saludo burlesco y la alzó en dirección al dracónido*

Avakot: ¡Calma, colorao! Si continúas con esas miradas, los presentes pensarán que estás a punto de asesinarnos a todos.

*Algunos parroquianos rieron*

*Thaldrakor no*

Se sentó despacio, con esa parsimonia suya de dracónido que sabe que el mundo puede esperar. La silla protestó igualmente. Sus ojos rojizos se posaron sobre el brujo, y Avakot reconoció aquella mirada; en Agujas de Oro le había parecido bastante menos entrañable.

Avakot: Empecé sin vosotros.

*Señaló con cierta solemnidad la hilera de jarras vacías sobre la mesa*

Carmila no tardó en llegar. Entró sin el yelmo, arrastró una silla hasta la mesa y se sentó sin más. Tenía un rasguño mal cerrado en el pómulo izquierdo, aunque no parecía darle mayor importancia.

Carmila: Bien. Los tres enteros, más o menos.
Avakot: Estoy perfectamente.
Carmila: Tienes la ceja partida.
Avakot: Me la partí antes del duelo con el colorao.

Carmila sacó del interior de su coraza un papel doblado en cuatro partes y lo desplegó sobre la mesa con cuidado. Era un documento breve, de letra firme, con un espacio en blanco en la parte superior.

Carmila: He puesto por escrito lo que acordamos. Propósito y reparto, pero aún queda decidir el nombre del gremio.

*Los tres miraron el espacio en blanco*

Avakot: Yo sigo pensando que Los Ángeles de Avakot tiene su gracia.
Thaldrakor: No.
Avakot: Ni siquiera lo has entendido, colorao. Piénsalo.
Thaldrakor: Lo he pensado. Y he dicho que no.

*Avakot bebió. A esas alturas, era su manera más eficaz de zanjar una discusión*

Carmila: Le he estado dando vueltas desde esta mañana.
Avakot: ¿Qué os parece Las Tres Cimitarras Afiladas?
Thaldrakor: No me gusta.
Carmila: Ninguno de los dos me convence.

*Avakot tamborileó los dedos sobre la mesa. Tenía cara de estar pensando, cosa rara en él*

Avakot: La Compañía del Filo.

Thaldrakor lo sopesó en silencio. Luego inclinó la cabeza, apenas un gesto, pero en él eso ya era mucho.

Avakot: No está mal, ¿verdad?
Thaldrakor: La Compañía de la Llama.
Avakot: Siempre barriendo para casa, colorao.
Carmila: Me gusta la Compañía de la Llama.
Avakot: Me cagoen...

Carmila le tendió el papel y la pluma. Avakot estampó su firma con el pulgar manchado de tinta. Thaldrakor trazó su marca con cuidado, con unas maneras que hicieron que hasta el enano tabernero dejara de fregar por un momento.

Cuando Carmila añadió su firma, el documento quedó completo.


La Compañía de la Llama
había dejado de ser una idea.

 
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