Skotos
El cansino de los Siervos de Hueso
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I
El tañir de unas campanas distantes rompe el plácido silencio que envuelve el bullicio de los Templos. El distrito, tan habitualmente visitado por los habitantes más pudientes de Athkatla, brilla con su habitual opulencia y esplendor, en un ejercicio de autocomplacencia que define muy bien el espíritu amniano.
Sin embargo, otros si acuden allí en búsqueda de un retiro espiritual. Sentada en un banco, observando a una bandada de pájaros comer de unas migajas, echadas por una mano distante con una cadencia ritual, una muchacha permanece absorta en sus pensamientos. Luce un vestido violáceo y una falda larga, que cubre por completo sus piernas hasta el punto de casi rozar el suelo. El sombrero pintoresco oculta con su ala doblada un rostro pálido y orbes dorados que no con poca apatía recorren el paisaje. En fin, una visión bella, aunque extraña, de una damisela coqueta que se aposta en una calle más, pero que al mismo tiempo se siente perdida; desubicada.
Es un sentimiento que por siempre perdura en su corazón. Desde que llegara, caminara y se hiciera cargo de sí misma, había luchado por valerse y sobrevivir, con la misma dignidad e insistencia que un perro pulgoso demasiadas veces apaleado. Y sin embargo allí estaba ella, pulcra y comedida, en un papel de frivolidad más absoluto. Sus ropas costaron más que lo que podría haberse llevado a la boca en meses, hará algunos años; y aún así no encuentra el goce que quizás pensara que podría obtener. No, su mente se encuentra perdida en otra parte, en un recuerdo. ¿Es esto lo que verdaderamente quiero?, piensa. ¿He hecho bien en quedarme, en sobrevivir y en cambiar?
Una pregunta difícil, ¿no creen? Todos temen a los cambios y nuestra joven no es para menos. El cambio significa en parte renuncia y por otro lado, metamorfosis. Es pérdida del estado antiguo y renovación. Y más que cualquier otra cosa: es imprecisión. Los cambios, por la mera naturaleza de serlo, son impredecibles, y aquello que no se puede controlar es por veces, si no siempre, temido y rechazado. No como esas campanas, ni las palomas, ni los anquilosados edificios que sirven como tributo a los Poderes: tales no necesitan cambios. Son libres de preocupaciones porque no tienen inquietudes. Inquietos, despiertos… La muchacha levanta la mirada y la fija en el cielo, tan vasto y azul. Pocas veces se paraba a pensar en la belleza de tal fenómeno. Sí, era eso. El no tener media ciudad sobre la cabeza de uno restaba la sensación de encarcelamiento. Como si la Jaula fuese quebrada. Y ahora que lo piensa, quizás fuese el cielo del primario una de sus preferencias que habían instado a que se quedara.
¿Era ella libre, sin embargo? Se había enfrentado ya a los prejuicios de muchos. Y en parte conquistado algunos, pese a su insistencia en alejarlos con insultos e injurias. Pero allí estaban, tan demagógicos y perseverantes, como si esperaran sacar algo bueno de ella. Primero Muriel, la nigromante. Luego el chico-gomina, Alexander. ¡Y leches, incluso tenía un githzerai detrás de ella, como una especie de sentido común endosable, más plasta que la apología de un modrón por el orden! Pero claro, también estaba aquella chica que se convirtiera en monstruo, al mestizo protector, al Profesor Enmascarado, y… Arjen.
Ese estúpido Sensible. Sí, era irónico: por culpa de un Sensible se había marchado y por culpa de otro no deseaba otra cosa que quedarse. Un mago petulante, irritante, cargante con la más empalagosa y aburrida moralidad que haría palidecer a una deva caritativa. Y sin embargo, su sonrisa es extraña, agradable, y su mirada serena desarma por completo cualquier pretensión o rencor que se pueda tener contra él. Siempre sabe lo que decir, y eso tanto la irrita, como la reconforta.
Al fin había abandonado la máscara que con tantos años se había convertido en parte de ella y adoptado otra. Era un cambio adecuado para su nueva condición; ahora era una practicante del Arte, y por tanto, su metamorfosis debe de ser cuanto menos, infusa. Gracias a Muriel logró descubrir el Don, que pese a que intentó domar en un principio con fórmulas y métodos, pronto se manifestó en ella como un ente propio, antes adormilado y retenido tras férreos barrotes, en una jaula de oro macizo. Ahora se siente como un cascabel, una gema en bruto. Tan sólo tendría que pulirse para que su lugar llegara con el tiempo.
Sí… Tenía motivos de sobra por los que quedarse. Shella tendría que esperar.
El tañir de unas campanas distantes rompe el plácido silencio que envuelve el bullicio de los Templos. El distrito, tan habitualmente visitado por los habitantes más pudientes de Athkatla, brilla con su habitual opulencia y esplendor, en un ejercicio de autocomplacencia que define muy bien el espíritu amniano.
Sin embargo, otros si acuden allí en búsqueda de un retiro espiritual. Sentada en un banco, observando a una bandada de pájaros comer de unas migajas, echadas por una mano distante con una cadencia ritual, una muchacha permanece absorta en sus pensamientos. Luce un vestido violáceo y una falda larga, que cubre por completo sus piernas hasta el punto de casi rozar el suelo. El sombrero pintoresco oculta con su ala doblada un rostro pálido y orbes dorados que no con poca apatía recorren el paisaje. En fin, una visión bella, aunque extraña, de una damisela coqueta que se aposta en una calle más, pero que al mismo tiempo se siente perdida; desubicada.
Es un sentimiento que por siempre perdura en su corazón. Desde que llegara, caminara y se hiciera cargo de sí misma, había luchado por valerse y sobrevivir, con la misma dignidad e insistencia que un perro pulgoso demasiadas veces apaleado. Y sin embargo allí estaba ella, pulcra y comedida, en un papel de frivolidad más absoluto. Sus ropas costaron más que lo que podría haberse llevado a la boca en meses, hará algunos años; y aún así no encuentra el goce que quizás pensara que podría obtener. No, su mente se encuentra perdida en otra parte, en un recuerdo. ¿Es esto lo que verdaderamente quiero?, piensa. ¿He hecho bien en quedarme, en sobrevivir y en cambiar?
Una pregunta difícil, ¿no creen? Todos temen a los cambios y nuestra joven no es para menos. El cambio significa en parte renuncia y por otro lado, metamorfosis. Es pérdida del estado antiguo y renovación. Y más que cualquier otra cosa: es imprecisión. Los cambios, por la mera naturaleza de serlo, son impredecibles, y aquello que no se puede controlar es por veces, si no siempre, temido y rechazado. No como esas campanas, ni las palomas, ni los anquilosados edificios que sirven como tributo a los Poderes: tales no necesitan cambios. Son libres de preocupaciones porque no tienen inquietudes. Inquietos, despiertos… La muchacha levanta la mirada y la fija en el cielo, tan vasto y azul. Pocas veces se paraba a pensar en la belleza de tal fenómeno. Sí, era eso. El no tener media ciudad sobre la cabeza de uno restaba la sensación de encarcelamiento. Como si la Jaula fuese quebrada. Y ahora que lo piensa, quizás fuese el cielo del primario una de sus preferencias que habían instado a que se quedara.
¿Era ella libre, sin embargo? Se había enfrentado ya a los prejuicios de muchos. Y en parte conquistado algunos, pese a su insistencia en alejarlos con insultos e injurias. Pero allí estaban, tan demagógicos y perseverantes, como si esperaran sacar algo bueno de ella. Primero Muriel, la nigromante. Luego el chico-gomina, Alexander. ¡Y leches, incluso tenía un githzerai detrás de ella, como una especie de sentido común endosable, más plasta que la apología de un modrón por el orden! Pero claro, también estaba aquella chica que se convirtiera en monstruo, al mestizo protector, al Profesor Enmascarado, y… Arjen.
Ese estúpido Sensible. Sí, era irónico: por culpa de un Sensible se había marchado y por culpa de otro no deseaba otra cosa que quedarse. Un mago petulante, irritante, cargante con la más empalagosa y aburrida moralidad que haría palidecer a una deva caritativa. Y sin embargo, su sonrisa es extraña, agradable, y su mirada serena desarma por completo cualquier pretensión o rencor que se pueda tener contra él. Siempre sabe lo que decir, y eso tanto la irrita, como la reconforta.
Al fin había abandonado la máscara que con tantos años se había convertido en parte de ella y adoptado otra. Era un cambio adecuado para su nueva condición; ahora era una practicante del Arte, y por tanto, su metamorfosis debe de ser cuanto menos, infusa. Gracias a Muriel logró descubrir el Don, que pese a que intentó domar en un principio con fórmulas y métodos, pronto se manifestó en ella como un ente propio, antes adormilado y retenido tras férreos barrotes, en una jaula de oro macizo. Ahora se siente como un cascabel, una gema en bruto. Tan sólo tendría que pulirse para que su lugar llegara con el tiempo.
Sí… Tenía motivos de sobra por los que quedarse. Shella tendría que esperar.