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Mi vida por la tuya

Yaeko

El que aplaude en los discursos Zhent
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Diez años atrás...


Era sin duda una de las noches más frías y tormentosas que jamás hubiera conocido la lejana región en la que se hallaba situado el monasterio. En las inmediaciones de la cordillera que franqueaba el Bosque del Rey, en los dominios del soberano de Cormyr, el viento empujaba con fuerza las gotas de la intensa tormenta, arrojándolas como virotes apenas visibles contra los muros de piedra del edificio principal. Brillantes y majestuosos relámpagos surcaban el oscuro cielo con regularidad acompañados de los sonoros truenos que arrancaban el llanto de los infantes parapetados bajo las débiles chozas y cabañas de los campesinos que tenían sus tierras lindando con la fortaleza.

En la última planta del edificio, protegido bajo una austera pero soberbia cúpula de grandes dimensiones, se hallaba la desconocida biblioteca en la que los siervos del Señor de los Muertos almacenaban añejos conocimientos y registraban sin descanso cada suceso y cada ocasión en la cual había sido preceptiva la investigación o la actuación de la orden. Custodiada noche y día por los caballeros bibliotecarios, este era uno de los lugares mejor vigilados y más seguros de toda la región. Aunque pocos conocían su existencia.

Más allá de los arcos de entrada, donde montaban guardia continúa, se desplegaba un laberinto de pasillos y estanterías, que conducían desde cualquiera que fuera la entrada a un área de lectura con mesas que quedaba situada justo debajo de la cúpula. Las antorchas bailoteaban alojadas bajo esferas de vidrio con un saliente superior, que protegían eventualmente las toneladas de conocimiento que se guardaban y conservaban en las estanterías.

Era más de la medianoche y la afluencia de gente era mucho menor que durante las horas en que Kossut bañaba la fría piedra, pero aún así, aún había gente que ocupaba las antiguas mesas. Apartada en una esquina y bajo la luz de un candil, se hallaba una joven muchacha, rodeada de varios tomos, con síntomas evidentes de cansancio en su rostro, ojeando antiguos códices y pergaminos. En contraste con el resto de los escasos eruditos que allí se encontraban, destacaba su humilde hábito de novicia y su juventud.

El silencio en la sala era tan solo interrumpido por los sonoros truenos y el crepitar de algunas de las teas, hasta que de uno de los pasillos principales acudieron a los oídos de los presentes unas sonoras, pesadas y metálicas pisadas que resonaron regularmente, creciendo en volumen a medida que alcanzaban el espacio bajo la cúpula.

La figura fornida de rostro cetrino alcanzó por fin la mesa sobre la cual la joven muchacha se hallaba estudiando. Protegido todavía por una gruesa capa, húmeda por la lluvia, dejó sobre la mesa un cilindro metálico de las dimensiones de un pergamino de largo. Se despojó de su grisáceo manto, que dejó sobre una silla contigua, dejando que la tenue luz de la estancia arrancara unos breves destellos de su antigua armadura. Sobre ella se hallaban grabadas en caracteres dorado salmodias y devotas inscripciones, algo desdibujadas tras lo que parecía haber sido una larga vida de servicio. Su rostro barbudo y canoso le concedía una extraña combinación de dureza y aire estudioso. Sonrío en una breve mueca y tomo asiento sin dejar de mirar a la joven Minerva con un cierto aire paternal.

-Contaba con encontraros aquí, joven Minerva. ¿Es que acaso las novicias tienen vetado el descanso?

La muchacha alzó su vista de los montones de pergamino dedicando una amable y cariñosa mirada al anciano caballero, la cual sospechaba cautivaba a este de alguna forma que no alcanzaba a comprender y que le concedía cierto tipo de deferencia a la hora de tratar los asuntos de la biblioteca.

-¿Qué otra tarea podría estar realizando, Maestro Aprikus? Aún no había concluido los códices de la segunda época, y el sueño no me sobreviene tampoco esta noche.

Tomó el bibliotecario entre sus manos el cilindro, haciéndolo rodar pensativo mientras miraba a la novicia, sopesando su peso y el valor de lo que encerraba.

-He estado charlando con vuestro mentor acerca de vuestra petición. Parecía reacio a dejar este tipo de conocimiento en vuestras manos, si he de ser sincero. Aunque por alguna razón, parece ser que los maestres pensaban de manera contraria. ¿Estáis en verdad convencida de querer poseerlo de todas formas? No es algo habitual esta petición, y menos a vuestra edad. Supongo que habréis sopesado acerca de ello.

Dejó sus glaucos ojos sobre la joven, escrutándola más allá de lo terrenal, pues en verdad conocía la respuesta. Su prematura curiosidad y empeño por las tradiciones, historia y conocimientos de la orden le habían sido advertidas. La muchacha asintió con decisión y una breve sonrisa de satisfacción se dibujo en su rostro. Se guardó de abalanzarse sobre el recipiente del conocimiento que había solicitado hasta que Aprikus lo deslizó sobre la mesa hacia ella.

Dedicó este una última mirada evaluadora hacia Minerva que le resultó cargada de misterio y enormemente enigmática. Sin mediar palabra, asintió una única vez y palmeo con afecto el hombro de ella. Se incorporó con una agilidad impropia de su edad y desanduvo el camino que hubo realizado para llegar. Sus pasos resonaron de nuevo acompañados por los irregulares truenos de la tormentosa noche, sucumbiendo a los deseos del consejo y dejando allí a la joven novicia, sola, enfrentándose a un par de pergaminos que marcarían su sino y harían posteriormente mella en su carácter.

En la soledad de la sala, alguien contuvo la respiración tras extraer el preciado tejido sobre el cual se había escrito uno de los más antiguos y honorables ritos que habían emprendido los ordenados de aquel lugar.
 

Yaeko

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VÍNCULO DE AZOUN


Tomo I, sección quinta. "Ritos y costumbres de las ordenes de caballería Cormyanas".


Se dice de aquellos ritos realizados entre caballeros, también conocidos como "Vínculos de la sangre". Se caracterizan por haber sido realizados por varias congregaciones y ordenes de caballería Cormytas. Toma el nombre de Azoun I, rey que promovió este tipo de actos de camaradería en defensa de los continuos ataques recibidos por los Zentharim durante su reinado. Durante estos truculentos tiempos, caballeros y hombres de honor unían sus voluntades en un acto de honor para luchar con las volutnades de ambos, obteniendo una compenteración única para el combate.

En este tipo de ritos, dos almas combatientes unidas por una misma causa, fusionan partes de si mismos con este ritual, compremetiendose en un fraternal lazo, sacrificando parte de si mismos para obtener su triunfo en conjunto.

El ritual es algo complejo y requiere de una serie de elementos especiales para poder realizarlos. No se conoce caso alguno de reversión de este tipo de unión, tan solo separada por la muerte de uno de los miembros. Se dice que aunque se sufre de un dolor lacerante, el cual perdura en el caballero que queda vivo, la marca resultante no es borrada del cuerpo, y persiste aún parte de la voluntad del difunto.

Para su consecución se necesita de lo siguiente:

-La Hoja de Azoun:

Una hoja labrada en plata por manos de herreros expertos y engarzada con la gema propia de cada emperador. Para este tipo de ritos, el nombrado rey Azoun disponía de una daga con la punta curvada con un gran zafiro engarzado en su empuñadura. Según estudios de erúditos acerca del tema se dice que servía como contenedor de la esencia. Tendrá que haber una hoja por cada integrante del rito con su nombre

-Esencia de la flor divina:

Recogida con esmero por los maestros herboristas de la zona, esta planta alberga propiedades curativas y estimuladoras de las aptitudes de los hombres de fe. Es utilizada en el rito como catalizador del poder divino. Sobre este tipo de plantas existe poca información al respecto y es guardada con celo por los maestros herboristas de cada zona. Se piensa que puede crecer cerca de lugares sagrados, aunque tan solo se han podido documentar algunos de estos rumores sin poder contrastarlos.

-Agua de los Santos Lugares:

Es también necesario las redomas suficientes de el divino líquido de la vida que surge de las santificadas fuentes del gobernante de Cormyr. En los jardines del palacio del primero de los Azoun, un pequeño manantial, consagrado por las principales fes y credos de la región, vertía sin descanso pequeños regueros del santo líquido. Se dice que este mismo agua podría ser capaz de ocasionar heridas severas en aquellas criaturas traidas de nuevo a la vida por medios no naturales.

Acerca del ritual:

Para su consecución se enfrentan los dos pretendientes en las inmediaciones del centro de un círculo. Este ha de ser dibujado con esmero incluyendo los glifos sagrados adjuntos. Después se traza el círculo derramando agua bendecida en el momento por un clérigo. Es probable que la cinrcunscripción del símbolo sagrado de la deidad patrona pueda mejorar o potenciar las posibilidades de establecimiento del vínculo.

Una vez realizado, ambos participantes se concentran hasta poder expulsar los pensamientos propios. Después, ungen el filo de la hoja ritual con el extracto de la planta divina y realizan un corte en su propia mano, a su debido tiempo. Ambos recitan lo siguiente:

"Por el poder de mi sangre, y de aquellos camaradas que comparten la causa. Juro que estaremos siempre unidos en armonía con nuestros espíritus"

Después tomarán por turnos la parte descubierta del cuerpo del otro, trazando con cuidado el glifo que se ilustra en esta misma página, con la hoja impregnada de su sangre mientras recitan lo siguiente:

"Mi vida por la tuya".


Por último, y una vez acabada esta última parte, utilizaran una tea ardiente para grabar con fuego aquello que no ha de ser removido por toda la eternidad.

Grado de herejía Nulo
Bibliotecario Aprikus.
 

Yaeko

El que aplaude en los discursos Zhent
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//Esta historia transcurre a continuación del capítulo de Zentia

-Bautismo de Muerte

Dolor. Mucho dolor. Espirales crecientes de figuras oscuras de las que tan solo podía distinguir enormes colmillos. Antinaturales ojos de fulgor verdoso que la acosaban allí donde mirara. Decenas, cientos, quizás miles. Y una vez tras otra era mordida y herida sin piedad ni cuartel. Centenares de desgarrones, sus miembros cercenados, y una ardiente sustancia que le recorría las venas hasta quemarlas por dentro. A punto de estallar, suplicando por el fin de esta tortura, aparecía aquella monstruosa figura de nuevo, acercando sus terribles fauces y hundiéndola en la más absoluta oscuridad. Una lacerante sensación de hastío, la terrible consciencia de que su cabeza era separada de su cuerpo con un violento desgarrón.

Otra vez más. Y después, vuelta a empezar.

Se alzó está vez con la frente destellante por pequeñas perlas de sudor. Su rostro era más blanquecino de lo habitual y presentaba unas pequeñas bolsas sobre los cansados ojos. Gritó. Un desgarrador sonido con el cual expiaba lo sufrido en varias noches de pesadilla. Su rostro demacrado por el dolor y el terror.

Y después, el silencio.

Fue entonces cuando comenzó a tomar conciencia de si misma. Poco a poco la nebulosa sensación que embargaba sus sentidos comenzaba a difuminarse. Reconoció los muros de piedra que delimitaban el habitáculo donde se encontraba. Después, el mobiliario. Una escueta estantería, el catre espartano sobre el cual había reposado durante un tiempo indeterminado, la mesita baja que contenía un cuenco, agua, vendas y algún frasco que no reconocía.

Parpadeó varias veces antes de frotar los ojos para comprobar que había traspasado por fin el umbral de los planos oníricos, mientras jadeaba aceleradamente tratando de recuperar unas pulsaciones normales. Fue entonces cuando lo vio. Rígido e inmóvil como una estatua. Sus manos descansaban sobre los brazos de una desvencijada silla que parecía ser más antigua que el propio lugar. La mirada de su mentor caía sobre ella con gesto preocupado.

Pocas veces había podido apercibir ese tipo de expresión en él, mostrándose distante en su día a día y en las raras ocasiones en las que se hallaba sumida en profundos pesares, algo más cercano aunque fuera de manera silenciosa.

-Respira. No debes temer nada.

Hizo ademán de querer alzarse y encararse hacia el hombre, pero el agotamiento físico y psicológico que había sufrido la obligaron a recostarse otra vez. Cerró los ojos para poder concentrarse y tener conciencia propia de todo su cuerpo. Examinó uno a uno mentalmente todos sus músculos, tanteándolos con pequeños movimientos. Todo se hallaba en su sitio, excepto aquello, que dejó inconscientemente para el final.

El vacio. Allí donde debería estar la cálida sensación que tantas veces había sido su apoyo y base de su determinación no había nada. Palpó su antebrazo aún con los ojos cerrados, notando bajo sus sensibles yemas las distorsiones en la piel propias de la marca que portaba. No habían cambiado aunque lo encontró frío, gélido, carente del influjo indescriptible de vida que había existido durante meses.

-Se.. se.. ha march.. No fue capaz de concluir la frase, ni tan siquiera tartamudeándola.

-Si, no pudimos rescatar su cuerpo. Tuvisteis suerte los que quedasteis de estar de una pieza. Debía ser esa la hora en que nuestro señor la reclamó para su partida, Minerva. Luchó con honor, coraje y defendiendo aquello que todos nosotros juramos proteger.

Se detuvo ahí, y un providencial silencio inundo la sala. La joven muchacha respiraba ahora sin tanta agitación mientras dejaba que las palabras de él calaran en sus adentros. Sabía que era cierto lo que decía y era para lo que les habían preparado desde que apenas eran infantes. Debía y aceptaba la marcha de Zentia, aunque le embargaba la pena y el dolor que le había producido su pérdida.

-Imagino que lo sufriste en tus mismas carnes. Por un momento creímos que te hallabas maldita o quizás desplazada tu alma en algún otro lugar. Fue más tarde cuando caímos, al apercibir en tu brazo.

Debes saber que no eres la primera a la cual ocurre. Se dice que es una sensación muy intensa, vívida y muy peligrosa. Es a esto a lo que me refería cuando formulaste tu petición. Algunos… marcharon también junto con sus vinculados. En ocasiones la sensación sobreviene al propio yo y es tan poderosa que puede llegar incluso a este extremo.


Sus labios permanecieron pegados, impidiéndole exhalar sonido alguno. Su mente trabajaba a marchas forzadas, inundada por los recuerdos. Recordó sus comienzos, dos niñas totalmente diferentes aunque unidas por un hilo invisible allí donde acudieran. Sus prácticas de combate, los buenos momentos. El sufrimiento, la noche en la cual el Bibliotecario Aprikus puso en sus manos aquel conocimiento. Y al fin, algo que quizás había reservado para un momento en el cual pudiera llegar a comprenderlo. Aquella sensación, pues era tan solo eso lo que llegaba a apercibir, poderosos sentimientos, intensos estados de ánimo que se trasnmitían de manera involuntaria y en otras ocasiones controladas. Fue su regalo póstumo, quizás una ayuda enviada en su último suspiro como si supiera a lo que debía enfrentarse.

Paz. Fue eso lo último que percibió antes de sucumbir al dolor. La serenidad que otorga el cumplimiento del trabajo. Marchó con honor y con el convencimiento de que era lo correcto. Acarició una vez más su compleja cicatriz, recostada en aquella habitación durante un tiempo que le pareció indefinido. Había escuchado, o al menos eso creía unas escuetas palabras del hombre que allí se encontraba, antes de que se recostara en el respaldo, ocultando así su rostro en la penumbra.

-Ahora debes descansar.
 

Liselle

Campero de tiendas
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Atkathla, hace cuatro años…



- Palabras premonitorias

Las primeras luces del alba comenzaban a teñir de vivos colores la conocida como Ciudad de la Moneda, la cual despertaba perezosa. Pronto sus calles estarían llenas de actividad y en las plazas resonarían las voces de los tenderos ofreciendo sus mercancías a los transeúntes, tratando de hacerse oír por encima de los demás, amortiguadas éstas con el tañido de las campanas de la Arcanum Scholla.

Ajenos a toda esta algarabía, en las tranquilas dependencias del Hospicio de San Annur, el Azote Inus y la Segadora Iria aprovechaban las escasas horas de descanso de las que disponían antes de reunirse con la nueva aspirante, a la que habían citado en ese mismo lugar.

Iria despertó de un sueño reparador, incorporándose del jergón de un ágil saltito. Se estiró como un felino para desentumecer su musculatura. Tras ajustarse el cinto a la cadera y colocarse el manto negro sobre los hombros se acercó al paladín, que debía llevar un buen rato despierto. Recostado en su jergón se hallaba sumergido en la lectura de su viejo libro de oraciones, tan valioso para él como su propia espada. Últimamente no descansaba lo suficiente y las marcas del cansancio se hacían visibles en su pálido rostro.

Mientras, sentada en el austero comedor del hospicio, una esbelta guerrera cuya condición no podía ocultar sus níveos ropajes, daba cuenta de un frugal desayuno, cuando una de las hermanas se le acercó y le indicó que el propio Azote en persona había preguntado por ella. Se incorporó rápidamente, dejando la cuchara de la sopa apoyada en el cuenco aún humeante, y sus verdes ojos recorrieron la sala. No tardó en reparar en su presencia, dado el singular aspecto del aasimar. Junto a él se recortaba la silueta de una joven ataviada con oscuras prendas, que a pesar de su austeridad se ceñían a su cuerpo como una segunda piel, realzando sus curvas.

Se acercó con paso decidido hacia ellos, no permitiendo en ningún momento que su inquietud aflorase a su rostro. Tras un formal intercambio de saludos, Inus procedió a presentar a ambas mujeres, las cuales cruzaron sus miradas durante un largo instante, sin otro propósito que forjarse una primera impresión de aquella que suponían iba a ser su compañera. El crujido de la puerta de madera las sacó de su ensimismamiento. El matrimonio Corvis traspasó el umbral acercándose a los ya congregados.

El Azote alzó la vista hacia la pareja, saludándolos con un cabeceo.

- Alex aproxímate. Estaba presentando a Minerva a Iria. He decidido que trabajen juntas. Parece lo mas apropiado. Mi intención era poner a prueba a nuestra aspirante. Llevarla al cementerio y que veamos como se maneja. –Comentó con su habitual tono sereno y grave.

- Me parece bien.- Se limitó a responder el arcano.

- Es un honor que me permitáis esta oportunidad.- La paladina se giró hacia Inus e inclinó respetuosa la cabeza.

- Sois demasiado ceremoniosa Minerva. Espero que aun lo consideréis un honor cuando os azote el rostro la lluvia y el olor de las criptas se adhiera a tu capa –Respondió Inus esbozando una leve sonrisa, carente de humor.

- Sin duda el honor es prestar servicio a la sagrada tarea del Juez, sin importar los inconvenientes. - Su candidez en las situaciones más cotidianas contrastaba con la firme devoción, casi rayana en el fanatismo, que parecía demostrar en todo lo referente a lo sagrado y divino.

- Pertrechaos señora. Partimos en cinco minutos. Lo mismo os digo a los demás. Movámonos como si tuviéramos prisa - La voz de Inus resonó firme.


Poco después el grupo compuesto por el propio Azote, los oficiales Alex y Delia, la Segadora Iria y la aspirante al manto Minerva, abandonaba el Hospicio, pertrechado para realizar una patrulla rutinaria por las minas de Akathla. La intención era acceder al cementerio a través de sus túneles, salvaguardando así el tránsito por ellos. Pues a pesar de los conocidos peligros que encerraban sus entrañas, muchos eran los necios que se adentraban en busca de aventuras. Los menos afortunados nunca más volvían a contemplar la luz del sol.

Se detuvieron ante la abertura en la roca que daba acceso al complejo de galerías que formando un intrincado diseño de túneles discurrían por el subsuelo de la ciudad.

- ¿Preparada? – La voz de Iria sonó serena, mientras sus ojos verdes como el jade observaban a la paladina de Kelemvor. Se alzó la capucha tras recogerse los negros cabellos con una púa que extrajo de algún bolsillo oculto en la capa.

Minerva respondió con un asentimiento que trataba de transmitir firmeza y determinación, aunque su pose, demasiado rígida, no conseguía ocultar cierto nerviosismo.

- Bien...Trabajo rutinario. Y agradezco a los dioses porque siga siendo así. No obstante, debemos anticiparnos a cualquier contratiempo.- La voz de Delia, suave, trataba de calmar en cierto modo a la joven.- Inus estima que cada Segador ha de llevar consigo un equipo básico. No sé si os ha puesto al tanto.- Ladeó la cabeza observando a Minerva.

- Leí sobre eso en el códice que me presto.- Respondió la paladina.

- De acuerdo entonces. – La elfa asintió sonriendo levemente. – De todos modos, aceptad esto. Conviene estar preparada. – Rebuscó entre sus cosas sacando varios objetos que entregó a la aspirante. - No son los que debieran en número. Pero de todas formas es el equipo prescriptivo ¿Conocéis la función de cada uno de estos objetos?

La paladina de Kelemvor examinó los objetos, identificando la mayoría casi al instante, aunque su mirada pareció detenerse vacilante al contemplar las estacas.

- La estaca no tiene otra función que acabar con ese remedo de vida que blasfemamente imitan los vampiros. Un seco golpe directo al corazón y lo habréis devuelto a dónde nunca debió salir. – Explicó Delia al percatarse de la duda que vio reflejada en sus ojos.

- Segadores – Una voz firme sonó a las espaldas del grupo, en un tono que daba a entender que no estaba muy satisfecho.- Creo recordar que di una orden... – Inus se unió nuevamente al escuadrón, con el semblante serio.

Las dos jóvenes se pusieron rápidamente en marcha, adentrándose en la semipenumbra de los túneles, bajo la atenta mirada de sus oficiales, los cuales habían acordado previamente no intervenir salvo que las circunstancias lo requirieran. Su objetivo era evaluar el trabajo en equipo de ambas, ya que habían decidido asignar a Minerva como compañera de la recién nombrada segadora Iria.

Recorrieron juntas los serpenteantes pasillos excavados en la roca, con las armas prestas, hasta llegar a una amplia caverna, débilmente iluminada, en el centro de la cual se alzaba una pequeña cabaña de madera, presumiblemente utilizada por los mineros para guardar sus aparejos. Llegaron a la altura de la caseta, dejando atrás un pasillo lateral que se abría a la derecha. Un error, pues un grupo de trasgos surgió de él sorprendiendo a ambas por el flanco, mientras otro grupo apareció armas en alto por el pasillo situado justo enfrente de ellas, cargando mientras rugían lo que parecían ser gritos de batalla.

Los oficiales se mantuvieron al margen en todo momento, observando con aire crítico el actuar de las jóvenes. Delia con una flecha tensada en su elegante arco, Alex con sus conjuros preparados, e Inus aferrando su espada, dispuestos a unirse a la refriega de ser necesario.

El eco del entrechocar de las armas retumbaba por toda la gruta. La lucha se prolongó durante lo que pareció unos eternos minutos, hasta que por fin las jóvenes consiguieron reducir y abatir a todos sus oponentes, retornando el silencio a aquel lugar.

Ambas se miraron unos instantes, jadeantes y levemente magulladas cuando el sonido de unos pasos aproximándose las hizo girarse sorprendidas, alzando nuevamente las armas dispuestas a presentar batalla.

- ¿Alguna de vosotras sabría decirme dónde está el fallo? – Preguntó Alex, con un inusual tono amable y una leve sonrisa, mirando a ambas mientras se aproximaba a ellas.

Detrás de él, Inus y Delia permanecían en silencio, mirándose perplejos por la curiosa actitud que mostraba Alex. En cualquier otro momento una acción tan descoordinada como la que acababa de presenciar hubiese sido objeto de duras críticas por su parte, no exentas de razón, y su voz hubiese hecho temblar el suelo de la propia caverna. Sin embargo parecía mostrar una inquietante actitud afable.

- Supongo que hemos ido cada una por un lado.- Respondió Iria con suavidad sosteniendo la mirada de Alex, aun esperando oír la voz airada de Alex.

- Aparte de eso... ¿Cuán es el fallo esencial? – Su voz resultaba inusualmente tranquilizadora.

Ninguna de las dos jóvenes abrió la boca. Minerva se limitó a encogerse de hombros a modo de respuesta e Iria sostuvo la mirada de Alex, con el semblante serio, dejando que prosiguiese con su alocución.

- Bien... ¿Quién estaba ahí dentro? – El arcano alzó una enguantada mano señalando la boca del túnel lateral.

- Yo no lo he visto, no he llegado a asomarme.- Respondió Iria

- ¡Bien! Lo has entendido. – Respondió el semielfo con ironía, dando a entender que ese había sido el primer error que habían cometido. - Por otro lado... – Pasó un dedo por el escudo de Minerva y luego lo retiró, mirando a la paladina. – Escarcha.

La kelemvorita asintió desviando unos instantes la mirada hacia el brazo en el que portaba su escudo. Pequeñas quemaduras manchaban ligeramente los alrededores de su mano.

- Si no matáis a los conjuradores en primer lugar, al menos manteneos lejos de su vista. – Respondió con una sonrisa en los labios.

Ambas asintieron reconociendo abiertamente el error que habían cometido. Sabían que se habían lanzado al combate sin apenas observar a su alrededor, cargando contra el enemigo que tenían más cercano. Por suerte, los conocimientos arcanos de los trasgos eran bastante limitados, y sus conjuros no llegaron a suponer una amenaza letal para las dos jóvenes.

- Además, la fuerza de tu compañera, es la tuya. Si os separáis y emboscan a uno de los dos... Daos por vencidas. Ante las situaciones desiguales, escapad, o poneos espalda contra espalda. – Las palabras de Alex hicieron reflexionar a las jóvenes, que intercambiaron miradas cargadas de complicidad y comprensión.

- Se os ha puesto en pareja - esta vez fue la voz serena y grave de Inus la que resonó- porque vuestros talentos se complementan. Debéis aprender a luchar Juntas.

- Iria... Los brazos. He visto que sabes dar donde duele, ataca a los codos de los chamanes y comprobarás el resultado. Ahora... Adelante, por favor.- Alex sonrió levemente .-A no ser que alguien más quiera deciros algo. – Se giró hacia Inus y Delia para cederles la palabra, sin embargo ambos negaron con un gesto de cabeza, satisfechos con las palabras de la Espada.

- Mantente justo detrás de mi escudo y podrás atacar rápidamente.- Susurró la paladina Minerva a su compañera antes de reemprender la marha.


Continuaron avanzando con cautela. De vez en cuando la mirada de ambas se cruzaba en un silencioso entendimiento, y a medida que combatían la compenetración entre ellas parecía aumentar y fortalecerse. Minerva iba a la cabeza, con la espada alzada en la diestra y el escudo en la zurda, protegiéndose no solo a sí misma, sino ofreciendo cobertura a su compañera, que le seguía a tan solo unos pasos por detrás ocultándose tras ella, según las indicaciones del segundo oficial al mando. De esta manera, conseguían aprovechar los talentos de ambas. Iria aguardaba a que su compañera entrase en liza con los enemigos para saltar desde su posición, flanqueándolos por sorpresa y atacando rápida y mortalmente sus puntos vitales, mientras Minerva descargaba poderosos golpes de su bastarda sobre los desafortunados oponentes.

Sus pasos las llevaron hasta las mismas profundidades de la tierra, bajo los pies de todos aquellos que moraban la ciudad de la moneda, Ignorantes de todo cuanto acontecía por debajo del suelo que pisaban. Las dos mujeres avanzaban sin pausa y sin dar un paso atrás. Sintonizando sus movimientos en un baile letal, ambas comenzaron a conjuntarse como un único ente. Pues uno más uno en ocasiones son más de dos.

Y fue así como aquel día aprendieron una importante lección, más allá de meras tácticas de combate, más allá de sutiles estratagemas…

“La fuerza de tu compañera es tu fuerza…”

Palabras premonitorias que escaparon de los labios de Alex Corvis. Con absoluto desconocimiento por parte del arcano, aquellas palabras quedaron imbuidas de la pequeña magia que rodea a los profetas anónimos, desconocedores de la transcendencia de sus propias palabras, prematuros conocedores sin saberlo de aquello que más tarde acontecería de manera irremediable.

Pues fueron estas sílabas presagio de aquello que quedaría forjado de manera tan férrea que solo la llamada del Señor de los Muertos podría romper.
 

Yaeko

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Confesiones: Sobre el perdón y el honor

-Tomad asiento

Sus palabras fueron acompañadas por un gesto amable mientras señalaba la ajada silla que había soportado ya más de una y cien veces el considerable peso de la paladina enfundada en su pesada armadura. La iluminación de la sala era tenue y levemente amarillenta, acentuando así la textura apergaminada y casi ósea de los montones de pergaminos que cubrían las paredes de la sala del Juez. Brillos, reflejos y sombras se mezclaban de una manera bella bajo la leve intensidad luminosa, o al menos tan bella como pudiera resultar un lúgubre sótano en el que el Azote tenía su sede.

La fiel soldado de la causa del Juez tomó asiento con lentitud, dejando caer esta vez su cuerpo mucho más liviano al portar tan solo un sencillo e inmaculado vestido nacarado. Sus irises esmeralda se pasearon por la sala, admirando una vez más el lugar al que había podido llamar después de unos años hogar. Tamborilearon sus dedos durante unos segundos sobre la mesa compuesta por lápidas, en las cuales se encontraba grabados los nombres de los Segadores. Una metáfora realmente incomprendida por muchos, pero que casaba con la concepción de la muerte y el deber que compartían muchos de los allí presentes.

Tomo aire, como tantas otras veces que se disponía a hablar con su parte más humana, con el corazón.

-Verás, yo... quería disculparme.

-¿Disculparte por qué?

-Desde que el hermano Azote nos nombró compañeras y camaradas, he de decir que no he sido atenta contigo ni he puesto de mi parte lo suficiente en esto. Se que quizás no me lo dirías nunca, aunque por lo que se, has sufrido bastante durante mis prolongadas ausencias. Además, quizás de otros temas.

Realizó una breve pausa de nuevo mientras le miraba con expresión humilde y gesto calmado, intentando escrutar en tus escasas reacciones visibles. Mientras, en frente de ella la campeona de la causa del más pragmático de los poderes escuchaba en silencio, con aire grave y mucha flema. La joven Minerva decidió continuar, dubitativa si en verdad el silencio se debía a la propia situación, a la reflexión de Iria o algún otro motivo que en estos motivos se le antojaba un completo misterio.

- Se que no he cumplido con mis deberes contigo, y siento de veras haberte dejado abandonada en ese sentido. Me siento deshonrada por haber dejado a una camarada en la estacada.

- No tienes deberes para conmigo, Minerva. Tus deberes y obligaciones son con el Azote, como aspirante que eres.

Sentenció con voz serena. Obvió la otra mujer el capote, pues no se mostraba conforme con ello. Nunca se había conformado con cumplir con lo que se le exigía sino que además tenía sus propios principios. Un conjunto de preceptos que hasta el momento la habían mantenido en equilibrio consigo misma, sirviéndole de apoyo en sus instantes más oscuros y tenebrosos. Y quizás por ello, en estos mismo momentos se aferraba a ellos como salida del pozo de sombras en que la presencia de Gäbs’t la había sumido.

Irguió su cuello hasta enfrentar de nuevo su mirada con la de Iria, con la culpa presente todavía en su rostro, más una chispa de esperanza brillaba con intensidad en sus ojos.

- No, no es así. O al menos, no solo así. Quizás, de manera oficial, esa sea la postura del Azote. No me obligan a más. Pero he sido educada de manera que me avergüenzo de apartar de mí a una camarada en la causa.

Pudo apercibir el cambio de actitud que operaba en la mujer que tan solo las lápidas separaban. Su gesto cambió de la condescendencia y la humildad a una cierta sorpresa. Conforme sus palabras brotaban los oscuros ropajes de la Segadora se contorsionaban en la silla, adoptando una posición desde la que poder prestar mayor atención.

- Verás, de las lejanas tierras de Cormyr donde pasé mi infancia traigo algunas tradiciones. En las tierras gobernadas por los dignos sucesores del primer Orbaskyr, existen importantes órdenes de caballería, y el honor y la senda del caballero es algo muy extendido. De hecho, existen... ciertos ritos al respecto. Es muy apreciada la fuerza conjunta de dos caballeros luchando como solo uno, pues uno más uno en este caso pueden valer más de una decena.

- Precisamente eso es lo que tratamos de inspirar en el Azote. La camaradería de sus miembros.

-Es loable sin duda que se apoye este tipo de fraternización. "La fuerza de mi hermano es mi propia fuerza", reza el código.

Y fue en ese momento donde comenzó a relatar la siempre dolorosa crónica de aquello que sin haberlo admitido, había forzado la marcha de su lugar de origen, buscando ahuyentar los potenciales fantasmas que hubieran hecho mella en el ánimo de un alma todavía frágil, inocente e insulsa. La sombra de la muerte de Zenthia era algo que estaba condenada a llevar marcado en su piel. Su antebrazo mostraría por siempre el recuerdo de aquello que una vez juraron y que tan solo en la honorable muerte de su compañero consiguió tomar un fin.

Jamás ninguno de los portadores de la marca del primer Azoun habrían podido pensar que fuera de otra manera. Los que tan solo hubieran podido pensar en esto como un acto pagano, un torrente de palabras y promesas no habrían comprendido su finalidad última, el compromiso y la unión espiritual que podría llegar a desentrañar. Pues la verdad se cernía lapidaria e inexorable sobre aquellos que lo habían podido comprobar en sus propias carnes, “Mi vida por la tuya”.

No sabía si había permanecido en aquel lugar media hora o medio día. La sola presencia de la más hábil rastreadora de los mismo soldados del Juez la había escuchado con paciencia y parsimonia. Su rostro había mudado del interés, la preocupación y el dolor compartido. Tenía que reconocer que quizás no había sido capaz de pasar por alto la creciente necesidad de un apoyo, ya que todo en lo que trataba de depositar sus propias cargas se tornaba más y más complejo, nebuloso e incierto. Sin embargo no pudo más que pronunciar las palabras que realmente le eran dictadas por su propia fuerza interior, vocablos de alivio, un suspiro

-Creo que por eso comprenderás mis disculpas. No necesito nada más que sepas que no pienso abandonarte y que podrás contar conmigo a tu lado en cualquier momento. De hecho espero que me propines una severa paliza en caso contrario.

Permitiéndose una leve sonrisa consiguió sacudirse parte de la culpa y el regocijo personal de haber obtenido el perdón sincero de la segadora.

-Espero que no sea necesario.

Su sonrisa se dibujó de manera sincera mientras lo decía, aunque de nuevo su gesto se torno serio y frío, anticipando lo que pudiera ser algo serio, una declaración sincera las cuales la mujer reservaba para escasas ocasiones por lo que había podido observar.

-Minerva, te agradezco hayas acudido a mí. Es un gesto que te honra. Y acepto tus disculpas y creo que no me equivoco al decir que en nombre de todo el Azote. También agradezco la confianza que has depositado en mí. Esta vez a modo particular.

- Me siento honrada por tu confianza Iria. Tan solo espero no volver a defraudarla. Si tienes alguna pregunta, eres totalmente libre de obtener mis más sinceras respuestas.

-No tengo ninguna duda. Negó al tiempo que entonaba con plena convicción.

La mujer de vestido nacarado cabeceó con respeto hacia su hermana en la causa al tiempo que se incorporaba. Dejó que su mano se deslizara hacia el pergamino que conservaba desde hacía ya muchos años como si fuera una misma parte de lo que ella era. Lo deslizó sobre la mesa, enrollado con cuidado y tratándolo con una especial reverencia, aquella con la que una mujer de fe sería capaz de manejar su propia alma para ofrecérsela de manera voluntaria.

Sabía que produciría un efecto realmente intenso en ella. De gesto serio y emociones escasas había podido intuir cierto interés en sus irises al conocer lo que formaba ya parte de su historia. A ella misma, un leve hormigueo le recorría el espinazo. Debía reconocer que le embargaba la emoción de haber encontrado su propio alter ego, la pieza adecuada de su propio engranaje que le llevaría de nuevo hacia la victoria, el camino del deber y la trascendencia del espíritu justo.

Por otra parte su propio subconsciente hacía de abogado del desastre, endurecido a base de recibir una y otra vez las puñaladas que el destino o los mimos dioses habían decido que debiera recibir para conformar lo que sería su elección y su destino. ¿Se estaría precipitando?

Y en verdad, no podía saberlo. No tenía mayor convicción que el mismo instinto y los dictados de su propio corazón. Tocada por la misma mano del Señor de los Muertos, no hubiera sido posible encontrar un mejor complemento que ella. Fiel, devota y honorable. ¿Acaso era sencillo encontrar cualquiera de esas tres cualidades en este mundo gris y sanguinolento? No, debía estar convencida. Estaba convencida. Ahora tan solo restaba esperar que aquella a la que juraría anteponer su propia vida y por la que estaba a dispuesta a sufrir el mayor de los tormentos otra vez más estuviera de acuerdo en que no podía ser de otra manera.

A partir de ese momento, su señor proveería.
 
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