Yaeko
El que aplaude en los discursos Zhent
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Diez años atrás...
Era sin duda una de las noches más frías y tormentosas que jamás hubiera conocido la lejana región en la que se hallaba situado el monasterio. En las inmediaciones de la cordillera que franqueaba el Bosque del Rey, en los dominios del soberano de Cormyr, el viento empujaba con fuerza las gotas de la intensa tormenta, arrojándolas como virotes apenas visibles contra los muros de piedra del edificio principal. Brillantes y majestuosos relámpagos surcaban el oscuro cielo con regularidad acompañados de los sonoros truenos que arrancaban el llanto de los infantes parapetados bajo las débiles chozas y cabañas de los campesinos que tenían sus tierras lindando con la fortaleza.
En la última planta del edificio, protegido bajo una austera pero soberbia cúpula de grandes dimensiones, se hallaba la desconocida biblioteca en la que los siervos del Señor de los Muertos almacenaban añejos conocimientos y registraban sin descanso cada suceso y cada ocasión en la cual había sido preceptiva la investigación o la actuación de la orden. Custodiada noche y día por los caballeros bibliotecarios, este era uno de los lugares mejor vigilados y más seguros de toda la región. Aunque pocos conocían su existencia.
Más allá de los arcos de entrada, donde montaban guardia continúa, se desplegaba un laberinto de pasillos y estanterías, que conducían desde cualquiera que fuera la entrada a un área de lectura con mesas que quedaba situada justo debajo de la cúpula. Las antorchas bailoteaban alojadas bajo esferas de vidrio con un saliente superior, que protegían eventualmente las toneladas de conocimiento que se guardaban y conservaban en las estanterías.
Era más de la medianoche y la afluencia de gente era mucho menor que durante las horas en que Kossut bañaba la fría piedra, pero aún así, aún había gente que ocupaba las antiguas mesas. Apartada en una esquina y bajo la luz de un candil, se hallaba una joven muchacha, rodeada de varios tomos, con síntomas evidentes de cansancio en su rostro, ojeando antiguos códices y pergaminos. En contraste con el resto de los escasos eruditos que allí se encontraban, destacaba su humilde hábito de novicia y su juventud.
El silencio en la sala era tan solo interrumpido por los sonoros truenos y el crepitar de algunas de las teas, hasta que de uno de los pasillos principales acudieron a los oídos de los presentes unas sonoras, pesadas y metálicas pisadas que resonaron regularmente, creciendo en volumen a medida que alcanzaban el espacio bajo la cúpula.
La figura fornida de rostro cetrino alcanzó por fin la mesa sobre la cual la joven muchacha se hallaba estudiando. Protegido todavía por una gruesa capa, húmeda por la lluvia, dejó sobre la mesa un cilindro metálico de las dimensiones de un pergamino de largo. Se despojó de su grisáceo manto, que dejó sobre una silla contigua, dejando que la tenue luz de la estancia arrancara unos breves destellos de su antigua armadura. Sobre ella se hallaban grabadas en caracteres dorado salmodias y devotas inscripciones, algo desdibujadas tras lo que parecía haber sido una larga vida de servicio. Su rostro barbudo y canoso le concedía una extraña combinación de dureza y aire estudioso. Sonrío en una breve mueca y tomo asiento sin dejar de mirar a la joven Minerva con un cierto aire paternal.
-Contaba con encontraros aquí, joven Minerva. ¿Es que acaso las novicias tienen vetado el descanso?
La muchacha alzó su vista de los montones de pergamino dedicando una amable y cariñosa mirada al anciano caballero, la cual sospechaba cautivaba a este de alguna forma que no alcanzaba a comprender y que le concedía cierto tipo de deferencia a la hora de tratar los asuntos de la biblioteca.
-¿Qué otra tarea podría estar realizando, Maestro Aprikus? Aún no había concluido los códices de la segunda época, y el sueño no me sobreviene tampoco esta noche.
Tomó el bibliotecario entre sus manos el cilindro, haciéndolo rodar pensativo mientras miraba a la novicia, sopesando su peso y el valor de lo que encerraba.
-He estado charlando con vuestro mentor acerca de vuestra petición. Parecía reacio a dejar este tipo de conocimiento en vuestras manos, si he de ser sincero. Aunque por alguna razón, parece ser que los maestres pensaban de manera contraria. ¿Estáis en verdad convencida de querer poseerlo de todas formas? No es algo habitual esta petición, y menos a vuestra edad. Supongo que habréis sopesado acerca de ello.
Dejó sus glaucos ojos sobre la joven, escrutándola más allá de lo terrenal, pues en verdad conocía la respuesta. Su prematura curiosidad y empeño por las tradiciones, historia y conocimientos de la orden le habían sido advertidas. La muchacha asintió con decisión y una breve sonrisa de satisfacción se dibujo en su rostro. Se guardó de abalanzarse sobre el recipiente del conocimiento que había solicitado hasta que Aprikus lo deslizó sobre la mesa hacia ella.
Dedicó este una última mirada evaluadora hacia Minerva que le resultó cargada de misterio y enormemente enigmática. Sin mediar palabra, asintió una única vez y palmeo con afecto el hombro de ella. Se incorporó con una agilidad impropia de su edad y desanduvo el camino que hubo realizado para llegar. Sus pasos resonaron de nuevo acompañados por los irregulares truenos de la tormentosa noche, sucumbiendo a los deseos del consejo y dejando allí a la joven novicia, sola, enfrentándose a un par de pergaminos que marcarían su sino y harían posteriormente mella en su carácter.
En la soledad de la sala, alguien contuvo la respiración tras extraer el preciado tejido sobre el cual se había escrito uno de los más antiguos y honorables ritos que habían emprendido los ordenados de aquel lugar.
Era sin duda una de las noches más frías y tormentosas que jamás hubiera conocido la lejana región en la que se hallaba situado el monasterio. En las inmediaciones de la cordillera que franqueaba el Bosque del Rey, en los dominios del soberano de Cormyr, el viento empujaba con fuerza las gotas de la intensa tormenta, arrojándolas como virotes apenas visibles contra los muros de piedra del edificio principal. Brillantes y majestuosos relámpagos surcaban el oscuro cielo con regularidad acompañados de los sonoros truenos que arrancaban el llanto de los infantes parapetados bajo las débiles chozas y cabañas de los campesinos que tenían sus tierras lindando con la fortaleza.
En la última planta del edificio, protegido bajo una austera pero soberbia cúpula de grandes dimensiones, se hallaba la desconocida biblioteca en la que los siervos del Señor de los Muertos almacenaban añejos conocimientos y registraban sin descanso cada suceso y cada ocasión en la cual había sido preceptiva la investigación o la actuación de la orden. Custodiada noche y día por los caballeros bibliotecarios, este era uno de los lugares mejor vigilados y más seguros de toda la región. Aunque pocos conocían su existencia.
Más allá de los arcos de entrada, donde montaban guardia continúa, se desplegaba un laberinto de pasillos y estanterías, que conducían desde cualquiera que fuera la entrada a un área de lectura con mesas que quedaba situada justo debajo de la cúpula. Las antorchas bailoteaban alojadas bajo esferas de vidrio con un saliente superior, que protegían eventualmente las toneladas de conocimiento que se guardaban y conservaban en las estanterías.
Era más de la medianoche y la afluencia de gente era mucho menor que durante las horas en que Kossut bañaba la fría piedra, pero aún así, aún había gente que ocupaba las antiguas mesas. Apartada en una esquina y bajo la luz de un candil, se hallaba una joven muchacha, rodeada de varios tomos, con síntomas evidentes de cansancio en su rostro, ojeando antiguos códices y pergaminos. En contraste con el resto de los escasos eruditos que allí se encontraban, destacaba su humilde hábito de novicia y su juventud.
El silencio en la sala era tan solo interrumpido por los sonoros truenos y el crepitar de algunas de las teas, hasta que de uno de los pasillos principales acudieron a los oídos de los presentes unas sonoras, pesadas y metálicas pisadas que resonaron regularmente, creciendo en volumen a medida que alcanzaban el espacio bajo la cúpula.
La figura fornida de rostro cetrino alcanzó por fin la mesa sobre la cual la joven muchacha se hallaba estudiando. Protegido todavía por una gruesa capa, húmeda por la lluvia, dejó sobre la mesa un cilindro metálico de las dimensiones de un pergamino de largo. Se despojó de su grisáceo manto, que dejó sobre una silla contigua, dejando que la tenue luz de la estancia arrancara unos breves destellos de su antigua armadura. Sobre ella se hallaban grabadas en caracteres dorado salmodias y devotas inscripciones, algo desdibujadas tras lo que parecía haber sido una larga vida de servicio. Su rostro barbudo y canoso le concedía una extraña combinación de dureza y aire estudioso. Sonrío en una breve mueca y tomo asiento sin dejar de mirar a la joven Minerva con un cierto aire paternal.
-Contaba con encontraros aquí, joven Minerva. ¿Es que acaso las novicias tienen vetado el descanso?
La muchacha alzó su vista de los montones de pergamino dedicando una amable y cariñosa mirada al anciano caballero, la cual sospechaba cautivaba a este de alguna forma que no alcanzaba a comprender y que le concedía cierto tipo de deferencia a la hora de tratar los asuntos de la biblioteca.
-¿Qué otra tarea podría estar realizando, Maestro Aprikus? Aún no había concluido los códices de la segunda época, y el sueño no me sobreviene tampoco esta noche.
Tomó el bibliotecario entre sus manos el cilindro, haciéndolo rodar pensativo mientras miraba a la novicia, sopesando su peso y el valor de lo que encerraba.
-He estado charlando con vuestro mentor acerca de vuestra petición. Parecía reacio a dejar este tipo de conocimiento en vuestras manos, si he de ser sincero. Aunque por alguna razón, parece ser que los maestres pensaban de manera contraria. ¿Estáis en verdad convencida de querer poseerlo de todas formas? No es algo habitual esta petición, y menos a vuestra edad. Supongo que habréis sopesado acerca de ello.
Dejó sus glaucos ojos sobre la joven, escrutándola más allá de lo terrenal, pues en verdad conocía la respuesta. Su prematura curiosidad y empeño por las tradiciones, historia y conocimientos de la orden le habían sido advertidas. La muchacha asintió con decisión y una breve sonrisa de satisfacción se dibujo en su rostro. Se guardó de abalanzarse sobre el recipiente del conocimiento que había solicitado hasta que Aprikus lo deslizó sobre la mesa hacia ella.
Dedicó este una última mirada evaluadora hacia Minerva que le resultó cargada de misterio y enormemente enigmática. Sin mediar palabra, asintió una única vez y palmeo con afecto el hombro de ella. Se incorporó con una agilidad impropia de su edad y desanduvo el camino que hubo realizado para llegar. Sus pasos resonaron de nuevo acompañados por los irregulares truenos de la tormentosa noche, sucumbiendo a los deseos del consejo y dejando allí a la joven novicia, sola, enfrentándose a un par de pergaminos que marcarían su sino y harían posteriormente mella en su carácter.
En la soledad de la sala, alguien contuvo la respiración tras extraer el preciado tejido sobre el cual se había escrito uno de los más antiguos y honorables ritos que habían emprendido los ordenados de aquel lugar.