Madao-san
Karonte está escribiendo...
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Te miro y pienso que a pesar de tu silencio a veces pasa por tu cabeza preguntar. ¿Quien es Milo Hojapicante?. Ojalá yo mismo lo supiera.
Fui llamado así por que dos ancianos Hin me encontraron cuando a penas gateaba en un campo de cultivo de guindillas. Mi verdadero nombre se perdió el día que por alguna razón mis padres me abandonaron ahí. Eso decía mi abuelo que jamás me lo ocultó. Bueno... ya sabes, no era mi verdadero abuelo, pero yo siempre lo he considerado así. Los lazos de quien te cría son tan fuertes cómo los que la sangre da, incluso más.
Era una familia humilde, dedicada al pastoreo de cabras y con una pequeña huerta a los pies de los Picos del Trueno, en el Bosque del Rey. El destino les habia impedido tener descendencia, así que puedo decir que fue un encuentro bastante afortunado para ambas partes. Yo encontré un sitio en el que crecer y ellos el hijo que nunca tuvieron.
Crecí aprendiendo sus labores y costumbres, incluso el abuelo me enseñó a cazar y pescar y a soportar largos días a la intemperie junto al ganado.
A la muerte de mi abuela la hacienda se convirtió en un lugar solitario, eran escasos los encuentros con vecinos o transeúntes, que ya ni venían a comprar leche y queso, pero por alguna razón imaginé que aquello era lo normal. Mi queso no era tan bueno y mi abuelo ya era demasiado viejo para hacerlos. Incluso llegue a pensar que realmente ya no vivía mucha gente en la capital. Qué equivocado estaba.
Y así, poco a poco fui creciendo entre montañas, cabras y bosques. Era una vida simple, pero era lo único que había conocido. Y quizá eso me haya enseñado mas de lo que creo.
¿Qué por que estoy aquí? Tras un viaje a la capital, mi viejo abuelo me hizo una extraña petición. Me habló sobre una amenaza que se cernía sobre nuestras tierras, algo llamado Umbras.
Quizá eran unos rumores tempranos, quizá era un poco pronto para alarmarse, pero si esa misma noche no me hubiera entregado su vieja ballesta de sus días de aventura y me hubiera obligado a poner rumbo a Amn, quizá también ahora no te podría estar contando esto mientras duermes plácidamente a mi lado y mis ojos son incapaces de cerrarse.
¿Sabes? Resulta extraño. Nada mas llegar a la ciudad de Athkatla me crucé con gente, con mucha gente. Me sentía desbordado, indeciso. Había leído cosas sobre las ciudades en algún libro del abuelo, pero reconozco que me sentí superado. Ahora me río un poco, pero me sentí frustrado, incluso acabé peleando con una de las primeras personas que me ofreció su tiempo a modo de conversación. Por algún motivo, dentro de la ciudad tenia la necesidad de contrariar a todo el mundo, de tener la última palabra y de no callar cuando debía hacerlo. Odio las ciudades, quizá sea eso.
Nunca había visto una ciudad tan grande, nunca había dormido en una cama mas cómoda que un montón de paja y una manta de harpillera, nunca había visto tanta gente junta y eso me desorienta. Toda la vida he sabido guiarme bien. Caminar allá por dónde lo hacen las cabras me lo ha enseñado, pero estas calles empedradas me hacen olvidar dónde está el norte. Si estuvieras despierta ahora, quizá me lo preguntaras...
Milo, ¿por que estas tan perdido en las ciudades?... y yo no sabría que responder. Tan sólo balbucear y seguir preguntándome yo mismo por dónde demonios se sale de aquí.
Milo...Me dijiste que eras pastor, pero juntos hemos abatido ogros y trolls, incluso gigantes. ¿Que es lo que pasa por tu cabeza ahora mismo?. Quizá que por algún momento sentí que podía confiar en otra persona y ser mas fuerte para mi mismo y para ella. En la vida habría pensado en dar caza a cosas así. Un pastor sólo suele aprender a cazar y a temer a los zorros y lobos.
Milo...¿por qué estás tan tenso, por que sigues tan intranquilo?. No se que respondería.. quizá es cosa de las paredes de cemento, de no ver las estrellas, de la escasez de viento o de no escuchar el fluir del arrollo. Seguramente agitaría la cabeza y la metería debajo de la almohada e intentaría dormir... pero si te estoy contando esto es porque realmente no he podido.
Por suerte tú aun sigues dormida y cuando amanezca todo volverá a la normalidad. Sé que seguirás sin preguntar y que yo seguiré siendo ese tipo inseguro en la ciudad que recuperará su aplomo de camino a Athkatla.
¿Sabes?, Creo que tienes razón, no creo que cambie mi forma de ver las ciudades de la noche a la mañana, pero al menos intentaré dormir. Buenas noches.
Fui llamado así por que dos ancianos Hin me encontraron cuando a penas gateaba en un campo de cultivo de guindillas. Mi verdadero nombre se perdió el día que por alguna razón mis padres me abandonaron ahí. Eso decía mi abuelo que jamás me lo ocultó. Bueno... ya sabes, no era mi verdadero abuelo, pero yo siempre lo he considerado así. Los lazos de quien te cría son tan fuertes cómo los que la sangre da, incluso más.
Era una familia humilde, dedicada al pastoreo de cabras y con una pequeña huerta a los pies de los Picos del Trueno, en el Bosque del Rey. El destino les habia impedido tener descendencia, así que puedo decir que fue un encuentro bastante afortunado para ambas partes. Yo encontré un sitio en el que crecer y ellos el hijo que nunca tuvieron.
Crecí aprendiendo sus labores y costumbres, incluso el abuelo me enseñó a cazar y pescar y a soportar largos días a la intemperie junto al ganado.
A la muerte de mi abuela la hacienda se convirtió en un lugar solitario, eran escasos los encuentros con vecinos o transeúntes, que ya ni venían a comprar leche y queso, pero por alguna razón imaginé que aquello era lo normal. Mi queso no era tan bueno y mi abuelo ya era demasiado viejo para hacerlos. Incluso llegue a pensar que realmente ya no vivía mucha gente en la capital. Qué equivocado estaba.
Y así, poco a poco fui creciendo entre montañas, cabras y bosques. Era una vida simple, pero era lo único que había conocido. Y quizá eso me haya enseñado mas de lo que creo.
¿Qué por que estoy aquí? Tras un viaje a la capital, mi viejo abuelo me hizo una extraña petición. Me habló sobre una amenaza que se cernía sobre nuestras tierras, algo llamado Umbras.
Quizá eran unos rumores tempranos, quizá era un poco pronto para alarmarse, pero si esa misma noche no me hubiera entregado su vieja ballesta de sus días de aventura y me hubiera obligado a poner rumbo a Amn, quizá también ahora no te podría estar contando esto mientras duermes plácidamente a mi lado y mis ojos son incapaces de cerrarse.
¿Sabes? Resulta extraño. Nada mas llegar a la ciudad de Athkatla me crucé con gente, con mucha gente. Me sentía desbordado, indeciso. Había leído cosas sobre las ciudades en algún libro del abuelo, pero reconozco que me sentí superado. Ahora me río un poco, pero me sentí frustrado, incluso acabé peleando con una de las primeras personas que me ofreció su tiempo a modo de conversación. Por algún motivo, dentro de la ciudad tenia la necesidad de contrariar a todo el mundo, de tener la última palabra y de no callar cuando debía hacerlo. Odio las ciudades, quizá sea eso.
Nunca había visto una ciudad tan grande, nunca había dormido en una cama mas cómoda que un montón de paja y una manta de harpillera, nunca había visto tanta gente junta y eso me desorienta. Toda la vida he sabido guiarme bien. Caminar allá por dónde lo hacen las cabras me lo ha enseñado, pero estas calles empedradas me hacen olvidar dónde está el norte. Si estuvieras despierta ahora, quizá me lo preguntaras...
Milo, ¿por que estas tan perdido en las ciudades?... y yo no sabría que responder. Tan sólo balbucear y seguir preguntándome yo mismo por dónde demonios se sale de aquí.
Milo...Me dijiste que eras pastor, pero juntos hemos abatido ogros y trolls, incluso gigantes. ¿Que es lo que pasa por tu cabeza ahora mismo?. Quizá que por algún momento sentí que podía confiar en otra persona y ser mas fuerte para mi mismo y para ella. En la vida habría pensado en dar caza a cosas así. Un pastor sólo suele aprender a cazar y a temer a los zorros y lobos.
Milo...¿por qué estás tan tenso, por que sigues tan intranquilo?. No se que respondería.. quizá es cosa de las paredes de cemento, de no ver las estrellas, de la escasez de viento o de no escuchar el fluir del arrollo. Seguramente agitaría la cabeza y la metería debajo de la almohada e intentaría dormir... pero si te estoy contando esto es porque realmente no he podido.
Por suerte tú aun sigues dormida y cuando amanezca todo volverá a la normalidad. Sé que seguirás sin preguntar y que yo seguiré siendo ese tipo inseguro en la ciudad que recuperará su aplomo de camino a Athkatla.
¿Sabes?, Creo que tienes razón, no creo que cambie mi forma de ver las ciudades de la noche a la mañana, pero al menos intentaré dormir. Buenas noches.