MotiSJL
Minsorrano sin caminos
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Esta noche entré al santuario y estaba en silencio.
No el silencio de los rituales nocturnos, el que se guarda a propósito. Otro. El que queda cuando alguien que siempre estuvo ahí ya no está.
Sariel y Gwenaëlle se han ido.
No sé más. No hubo despedida, ni informe, ni una última instrucción dejada sobre el altar. Un día estaban y al siguiente no, y las preguntas que tengo no las puede responder nadie con quien he hablado.
No sé si volverán.
No sé si pueden.
No sé si ha ocurrido algo que debería saber.
Sariel fue quien me recibió cuando llegué asustando sacerdotisas y hablando sin parar. La que me nombró escudero, la que me dijo con todas las letras que lo que yo estaba haciendo no era lo que Selûne querría de mí, y tuvo razón. Gwenaëlle fue quien sostuvo con vida a una sacerdotisa que nadie más habría salvado, y quien pagó deudas que no eran suyas para proteger un nombre que no era el suyo.
Las dos me enseñaron lo que es servir sin pedir nada a cambio.
Ahora no están, y descubro que nunca pensé en lo que haría el Clero sin ellas.
Esas son las preguntas que no me dejan dormir.
¿Quién guía ahora los rituales? ¿Quién decide qué misiones aceptamos y cuáles no? ¿Quién atiende a los que llegan al templo con una herida o con miedo? ¿Quién responde ante los demás cleros cuando preguntan qué ha sido de nosotros?
Soy Caballero de Selûne. Pero un Caballero es una espada, no una cabeza. Sé pelear, sé escuchar, sé aguantar. No sé cómo se sostiene una iglesia.
No voy a fingir que tengo respuestas, porque no las tengo.
Lo que sí tengo es esto: la luna sale igual esta noche. Las velas del santuario siguen encendidas porque alguien tiene que encenderlas, y de momento lo hago yo. Hay gente que necesita ayuda y no sabe a quién pedirla, y mientras esa gente exista, el Clero existe.
No sé qué será de nosotros dentro de un mes. Ni dentro de una semana.
Pero esta noche el santuario no está a oscuras.
No el silencio de los rituales nocturnos, el que se guarda a propósito. Otro. El que queda cuando alguien que siempre estuvo ahí ya no está.
Sariel y Gwenaëlle se han ido.
No sé más. No hubo despedida, ni informe, ni una última instrucción dejada sobre el altar. Un día estaban y al siguiente no, y las preguntas que tengo no las puede responder nadie con quien he hablado.
No sé si volverán.
No sé si pueden.
No sé si ha ocurrido algo que debería saber.
Sariel fue quien me recibió cuando llegué asustando sacerdotisas y hablando sin parar. La que me nombró escudero, la que me dijo con todas las letras que lo que yo estaba haciendo no era lo que Selûne querría de mí, y tuvo razón. Gwenaëlle fue quien sostuvo con vida a una sacerdotisa que nadie más habría salvado, y quien pagó deudas que no eran suyas para proteger un nombre que no era el suyo.
Las dos me enseñaron lo que es servir sin pedir nada a cambio.
Ahora no están, y descubro que nunca pensé en lo que haría el Clero sin ellas.
Esas son las preguntas que no me dejan dormir.
¿Quién guía ahora los rituales? ¿Quién decide qué misiones aceptamos y cuáles no? ¿Quién atiende a los que llegan al templo con una herida o con miedo? ¿Quién responde ante los demás cleros cuando preguntan qué ha sido de nosotros?
Soy Caballero de Selûne. Pero un Caballero es una espada, no una cabeza. Sé pelear, sé escuchar, sé aguantar. No sé cómo se sostiene una iglesia.
No voy a fingir que tengo respuestas, porque no las tengo.
Lo que sí tengo es esto: la luna sale igual esta noche. Las velas del santuario siguen encendidas porque alguien tiene que encenderlas, y de momento lo hago yo. Hay gente que necesita ayuda y no sabe a quién pedirla, y mientras esa gente exista, el Clero existe.
No sé qué será de nosotros dentro de un mes. Ni dentro de una semana.
Pero esta noche el santuario no está a oscuras.