Aldous
Enano con acento ruso
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- 4/11/13
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Ficha del personaje
Nombre de pj: Mistral Vientoerrante.
Nombre de cuenta: Aldous.
Raza/Subraza: Elfo Lunar.
Lugar de procediencia: Bosque en las proximidades a Tezhyr.
Alineamiento: Neutral auténtico.
Deidad: Shondakul.
Facción: Lirio Negro.
Personalidad: No es que llegue a ser tímida, quizás se trata de respeto. Aunque es verdad que a veces se mete donde no le llaman simplemente porque inocentemente no es consciente de lo que ocurre.
Objetivos y metas: Conocer lugares, y sobre todo llegar a tener grandes historias que poder contar a su hermano Aldous Vientoerrante cuando vuelva a verle.
Logros onrol: Unirse al Lirio Negro.
Físico general: Más bien menuda, 155cm. Complexión muy delgada, pero aparentemente ágil. Pelo largo entre liso y rizado, una cosa extraña. No es una persona que vaya a llamar la atención ni despierte especialmente el interés por su físico ni por su presencia.
Edad: Tiene 111 años, aunque aparenta más joven.
Historia:
En un bosque perdido, alejado de toda ciudad humana existía una aldea mágica. No era una aldea normal y corriente, pues sus casas estaban en las copas de los árboles y se comunicaban con puentes colgantes. La tranquilidad y serenidad del lugar eran algo más que sensaciones, se respiraba paz.
No hay registros históricos sobre guerras o calamidades en la pequeña aldea, así que desde siempre fue un lugar privilegiado para el retiro y el estudio, sobre todo de las artes arcanas. Los habitantes élficos llevaban siglos estudiando magia y sus conocimientos eran muy elevados, habían desarrollado una magia mezclada con la energía de la propia naturaleza más parecida al poder druídico que a la hechicería popular.
La cultura milenaria del lugar había hecho que hasta sus nombres fueran un tanto diferentes a los de sus vecinos más cercanos en Tezhyr, utilizaban el medio que les rodeaba para poner sus nombres: el máximo representante del poblado se llamaba Oilylil (fauna), su consejero Ámfec (árbol), o la guardia le les conocía como los Laemenye (siroco).
Anemsalanil (tormenta) y Caelillana (levante) acababan de tener una hija que había nacido en la segunda mitad de la cosecha, cuando los vientos soplaban del noroeste, así que la habían bautizado con el nombre de Selaanmilc (mistral) que es como se le conoce a dicho viento.
Era una niña muy bonita, con su pelo claro heredado de Caelillana y con una curiosidad especial por su entorno heredado de su padre Anemsalanil.
No se trataba de una familia importante en el poblado, pero con el nacimiento de su hija habían visto la oportunidad de cambiar su suerte. El domino de la “magia natural” era algo más complejo que el de la magia convencional y todos aquellos que consiguieran un grado en esta forma de Arte, tenían un lugar privilegiado en la aldea. Así pues se habían esmerado mucho en enseñar todo lo referente a este tipo de encantamientos a la pequeña… sin mucho éxito. Ella prefería hacer otras cosas, a la escuela tomaba cada día un camino diferente, en una ocasión tardó en llegar aproximadamente cinco horas (una cantidad de tiempo enorme, pues la escuela estaba a menos de trescientos pasos de su casa). Esto frustraba a profesores, vecinos, pero sobre todo a sus padres.
El tiempo transcurrió como solía hacerlo en aquel lugar: tranquilo. Hasta que llegó el día en el que Selaanmilc, apenas cumplidos los 100 años, ya tenía edad suficiente para instalarse en un nuevo árbol. Se mudó y todo iba a las mil maravillas, salvo que nunca aprendió un conjuro, tampoco ponía mucho de su parte. Prefería dedicarse a otras cosas como explorar aquellos lugares del bosque todavía no conocía (que ya eran pocos). En uno de los múltiples y alargados rodeos hacia la escuela secundaria arcana, lugar donde iban a parar todos aquellos aspirantes que no habían podido superar por algún motivo la primaria, llegó hasta un sitio completamente desconocido. Era raro dar con un lugar así, pues había salido hacia todos los puntos cardinales numerosas veces, pero parecía que el destino le tenía guardado ese lugar. Había un acantilado, al fondo un río y por los lados desembocaban algunas cascadas desde las laderas. El lugar era sin duda mágico.
Se había convertido en su lugar de tranquilidad, de retiro, en su refugio; sin duda hubiera construido la casa allí, aun rompiendo la tradición y haciéndola en el suelo. Iba siempre que podía.
Aquel día, que parecía normal, ocurrió algo. Contemplando como siempre el río, escuchó ruidos extraños procedentes de la dirección de la aldea, cuando alzó la vista pudo ver una columna de humo negro viniendo del lugar. Sin demora, se puso de pie, agarró la pequeña bolsa que llevaba consigo, y en el momento preciso en que se disponía a caminar, el suelo bajo sus pies cedió y se precipitó ladera abajo hacia el río.
La cabeza le dolía a horrores y esto impedía que abriera los ojos. Se llevó las manos para frotárselos cuando percibió algo extraño. ¿Estaba sentada sobre algo blando? Abrió los ojos y la borrosa imagen poco a poco se volvió nítida; había un techo antiguo con vigas de madera y la luz de lo que podría ser una vela o candil tintineaba haciendo danzar las sombras del cuarto. ¿Dónde…? No podía preguntarse mucho más, la jaqueca era ya muy importante hasta que una voz en un idioma completamente desconocido hizo que se centrase en algo. Giró la vista hacia lo que parecía ser un hombre con una barba de cuatro días descuidada, rasgos menos delicados de lo que había visto nunca y pelo bastante canoso. Cerró los ojos y respiró profundamente pensando en despertarse, pero al abrir los ojos nada había cambiado, salvo que el hombre estaba más cerca.
De un salto, se puso en el extremo de lo que parecía una mullida cama hecha de paja y lana de oveja. Estaba desconcertada con el lugar, con el hombre… ¿qué había pasado? Empezó a preguntar en élfico un montón de cosas, a las que el hombre respondió con un arqueamiento de la ceja derecha.
Tiene sentido que en la aldea nunca hubiera tenido la necesidad de aprender común, nadie lo hablaba y no tenían contacto con nadie salvo algunos grupos élficos no muy lejanos. Por lo tanto, ese humano era completamente desconocido; tanto su idioma como su raza.
Con el desentendimiento, ella era completamente incapaz de explicarle que se había perdido, y él no podía saber nada para ayudarla, así que se comunicaban con algo que todo el mundo entiende: hambre, sueño, sí y no.
El hombre era un viajante servidor de Shondakul, así que vivía en los caminos y viajaba mucho. Selaanmilc lo seguía con la esperanza de que el hombre la estuviera llevando a su casa; por supuesto vivía en un lugar muy seguro, no sabía que había que desconfiar de la gente. Esta vez, sin embargo, le salió bien. El hombre era un pedazo de pan, bueno y generoso; sólo viajaba e impulsaba a los demás a hacer lo mismo para enriquecer sus espíritus, de hecho pensaba que la chica le seguía para aprender de sus pasos.
…Así transcurrieron juntos 11 años…
-¡Aldous! Mira lo que cacé *gritó la joven en idioma común corriendo con un par de liebres en la mano*
-Vaya Mistral, parece que esta noche cenaremos muy bien *el hombre, que había aprendido élfico, había decidido llamar a Selaanmilc por su traducción al común, porque le resultaba más cómodo*
Se comunicaban a la perfección, a veces en élfico, otras en común; aunque parecía que a ella le costaba bastante menos hablar el común que al revés.
Durante la cena, él le explicó que para aprender las enseñanzas de Shondakul, debería pasar un tiempo sola, construyendo su camino y viviendo sus propias aventuras.
Ella sabía que ese día podría llegar, y estaba muy preparada. Era consciente que era sólo un paso más en la vida y que volvería a estar con el humano al que ya consideraba como su hermano mayor.
Recogió sus cosas tras la cena y se cargó la mochila a la espalda con una gran sonrisa.
-Velaré por ti *le dijo Aldous mirando desde su posición frente a una fogata casi extinguida apenas a una hora del alba*
-Lo sé hermano mayor *sin pena de ninguna clase, sabía que algún día se juntarían de nuevo, y quería contarle una gran historia cuando llegase el momento*
De esta forma, la elfa se adentró en el bosque. Su silueta era tan fina como 11 años atrás, apenas se había desarrollado físicamente, todavía aparentaba la relación de 13 años humanos. La falta de complexión la compensaba con una gran agilidad, que le permitía trepar árboles y meterse en lugares muy pequeños.
Nombre de pj: Mistral Vientoerrante.
Nombre de cuenta: Aldous.
Raza/Subraza: Elfo Lunar.
Lugar de procediencia: Bosque en las proximidades a Tezhyr.
Alineamiento: Neutral auténtico.
Deidad: Shondakul.
Facción: Lirio Negro.
Personalidad: No es que llegue a ser tímida, quizás se trata de respeto. Aunque es verdad que a veces se mete donde no le llaman simplemente porque inocentemente no es consciente de lo que ocurre.
Objetivos y metas: Conocer lugares, y sobre todo llegar a tener grandes historias que poder contar a su hermano Aldous Vientoerrante cuando vuelva a verle.
Logros onrol: Unirse al Lirio Negro.
Físico general: Más bien menuda, 155cm. Complexión muy delgada, pero aparentemente ágil. Pelo largo entre liso y rizado, una cosa extraña. No es una persona que vaya a llamar la atención ni despierte especialmente el interés por su físico ni por su presencia.
Edad: Tiene 111 años, aunque aparenta más joven.
Historia:
En un bosque perdido, alejado de toda ciudad humana existía una aldea mágica. No era una aldea normal y corriente, pues sus casas estaban en las copas de los árboles y se comunicaban con puentes colgantes. La tranquilidad y serenidad del lugar eran algo más que sensaciones, se respiraba paz.
No hay registros históricos sobre guerras o calamidades en la pequeña aldea, así que desde siempre fue un lugar privilegiado para el retiro y el estudio, sobre todo de las artes arcanas. Los habitantes élficos llevaban siglos estudiando magia y sus conocimientos eran muy elevados, habían desarrollado una magia mezclada con la energía de la propia naturaleza más parecida al poder druídico que a la hechicería popular.
La cultura milenaria del lugar había hecho que hasta sus nombres fueran un tanto diferentes a los de sus vecinos más cercanos en Tezhyr, utilizaban el medio que les rodeaba para poner sus nombres: el máximo representante del poblado se llamaba Oilylil (fauna), su consejero Ámfec (árbol), o la guardia le les conocía como los Laemenye (siroco).
Anemsalanil (tormenta) y Caelillana (levante) acababan de tener una hija que había nacido en la segunda mitad de la cosecha, cuando los vientos soplaban del noroeste, así que la habían bautizado con el nombre de Selaanmilc (mistral) que es como se le conoce a dicho viento.
Era una niña muy bonita, con su pelo claro heredado de Caelillana y con una curiosidad especial por su entorno heredado de su padre Anemsalanil.
No se trataba de una familia importante en el poblado, pero con el nacimiento de su hija habían visto la oportunidad de cambiar su suerte. El domino de la “magia natural” era algo más complejo que el de la magia convencional y todos aquellos que consiguieran un grado en esta forma de Arte, tenían un lugar privilegiado en la aldea. Así pues se habían esmerado mucho en enseñar todo lo referente a este tipo de encantamientos a la pequeña… sin mucho éxito. Ella prefería hacer otras cosas, a la escuela tomaba cada día un camino diferente, en una ocasión tardó en llegar aproximadamente cinco horas (una cantidad de tiempo enorme, pues la escuela estaba a menos de trescientos pasos de su casa). Esto frustraba a profesores, vecinos, pero sobre todo a sus padres.
El tiempo transcurrió como solía hacerlo en aquel lugar: tranquilo. Hasta que llegó el día en el que Selaanmilc, apenas cumplidos los 100 años, ya tenía edad suficiente para instalarse en un nuevo árbol. Se mudó y todo iba a las mil maravillas, salvo que nunca aprendió un conjuro, tampoco ponía mucho de su parte. Prefería dedicarse a otras cosas como explorar aquellos lugares del bosque todavía no conocía (que ya eran pocos). En uno de los múltiples y alargados rodeos hacia la escuela secundaria arcana, lugar donde iban a parar todos aquellos aspirantes que no habían podido superar por algún motivo la primaria, llegó hasta un sitio completamente desconocido. Era raro dar con un lugar así, pues había salido hacia todos los puntos cardinales numerosas veces, pero parecía que el destino le tenía guardado ese lugar. Había un acantilado, al fondo un río y por los lados desembocaban algunas cascadas desde las laderas. El lugar era sin duda mágico.
Se había convertido en su lugar de tranquilidad, de retiro, en su refugio; sin duda hubiera construido la casa allí, aun rompiendo la tradición y haciéndola en el suelo. Iba siempre que podía.
Aquel día, que parecía normal, ocurrió algo. Contemplando como siempre el río, escuchó ruidos extraños procedentes de la dirección de la aldea, cuando alzó la vista pudo ver una columna de humo negro viniendo del lugar. Sin demora, se puso de pie, agarró la pequeña bolsa que llevaba consigo, y en el momento preciso en que se disponía a caminar, el suelo bajo sus pies cedió y se precipitó ladera abajo hacia el río.
La cabeza le dolía a horrores y esto impedía que abriera los ojos. Se llevó las manos para frotárselos cuando percibió algo extraño. ¿Estaba sentada sobre algo blando? Abrió los ojos y la borrosa imagen poco a poco se volvió nítida; había un techo antiguo con vigas de madera y la luz de lo que podría ser una vela o candil tintineaba haciendo danzar las sombras del cuarto. ¿Dónde…? No podía preguntarse mucho más, la jaqueca era ya muy importante hasta que una voz en un idioma completamente desconocido hizo que se centrase en algo. Giró la vista hacia lo que parecía ser un hombre con una barba de cuatro días descuidada, rasgos menos delicados de lo que había visto nunca y pelo bastante canoso. Cerró los ojos y respiró profundamente pensando en despertarse, pero al abrir los ojos nada había cambiado, salvo que el hombre estaba más cerca.
De un salto, se puso en el extremo de lo que parecía una mullida cama hecha de paja y lana de oveja. Estaba desconcertada con el lugar, con el hombre… ¿qué había pasado? Empezó a preguntar en élfico un montón de cosas, a las que el hombre respondió con un arqueamiento de la ceja derecha.
Tiene sentido que en la aldea nunca hubiera tenido la necesidad de aprender común, nadie lo hablaba y no tenían contacto con nadie salvo algunos grupos élficos no muy lejanos. Por lo tanto, ese humano era completamente desconocido; tanto su idioma como su raza.
Con el desentendimiento, ella era completamente incapaz de explicarle que se había perdido, y él no podía saber nada para ayudarla, así que se comunicaban con algo que todo el mundo entiende: hambre, sueño, sí y no.
El hombre era un viajante servidor de Shondakul, así que vivía en los caminos y viajaba mucho. Selaanmilc lo seguía con la esperanza de que el hombre la estuviera llevando a su casa; por supuesto vivía en un lugar muy seguro, no sabía que había que desconfiar de la gente. Esta vez, sin embargo, le salió bien. El hombre era un pedazo de pan, bueno y generoso; sólo viajaba e impulsaba a los demás a hacer lo mismo para enriquecer sus espíritus, de hecho pensaba que la chica le seguía para aprender de sus pasos.
…Así transcurrieron juntos 11 años…
-¡Aldous! Mira lo que cacé *gritó la joven en idioma común corriendo con un par de liebres en la mano*
-Vaya Mistral, parece que esta noche cenaremos muy bien *el hombre, que había aprendido élfico, había decidido llamar a Selaanmilc por su traducción al común, porque le resultaba más cómodo*
Se comunicaban a la perfección, a veces en élfico, otras en común; aunque parecía que a ella le costaba bastante menos hablar el común que al revés.
Durante la cena, él le explicó que para aprender las enseñanzas de Shondakul, debería pasar un tiempo sola, construyendo su camino y viviendo sus propias aventuras.
Ella sabía que ese día podría llegar, y estaba muy preparada. Era consciente que era sólo un paso más en la vida y que volvería a estar con el humano al que ya consideraba como su hermano mayor.
Recogió sus cosas tras la cena y se cargó la mochila a la espalda con una gran sonrisa.
-Velaré por ti *le dijo Aldous mirando desde su posición frente a una fogata casi extinguida apenas a una hora del alba*
-Lo sé hermano mayor *sin pena de ninguna clase, sabía que algún día se juntarían de nuevo, y quería contarle una gran historia cuando llegase el momento*
De esta forma, la elfa se adentró en el bosque. Su silueta era tan fina como 11 años atrás, apenas se había desarrollado físicamente, todavía aparentaba la relación de 13 años humanos. La falta de complexión la compensaba con una gran agilidad, que le permitía trepar árboles y meterse en lugares muy pequeños.