Itsurake
Seguidor del Podcast de Karonte
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https://youtu.be/rOWxjBrrPvY
Moldreed de los Árbolviejo de Darromar, así se hacía llamar, cuando aun mantenía la capacidad de sonreír, respirar y enfermar, cuando aun poseía la capacidad de observar sin odio a lo que le rodeaba, cuando su mente no era una nube negra de ira ciega, de mentiras y falsas promesas por el poder de la no-muerte, que lentamente se convirtió en una eterna servidumbre. El oscuro caballero se encontraba custodiando el sepulcro de una Torre Negra, impía, con grabados de alabanzas a los dioses de la no-muerte, diablos y demonios en distintas lenguas, algunas olvidadas para muchos. En tierras yermas, de neblura carmesí. Mientras él permanecía en su silenciosa vigilia, los recuerdos de su pasado resonaban en su mente, como ecos de una vida que ya no le pertenecía por completo.

Caminando por los corredores de la torre, Moldreed recordó su apellido, un legado que ya no usaba. Su familia, fieles servidores de la Dama del Cáliz de Plata, eran conocidos por su orgullo y devoción. En su mente, resplandecían imágenes de su hogar ancestral, el blasón de su apellido ondeando con gracia en los muros de la pequeña villa familiar. Aunque ahora solo le quedaba un blasón metálico oxidado y carcomido en miniatura para rememorar su casa, el eco del orgullo de su familia resonaba en su inútil corazón, incluso en su no muerte.

Buscando un momento de paz, Moldreed se acercó a un lago cercano. Al mirarse en las aguas turbias, vio reflejado el rostro cadavérico de un tumulario, una imagen retorcida de lo que una vez fue. La imagen de lo que había sido lo hizo estremecerse, pero también vio en sus ojos vacíos la llama persistente de su antiguo yo, aquel caballero del Caliz Plateado que había sido.
Sin embargo, la paz fue efímera, pues la ira hacia los vivos ardía en su interior debido a su naturaleza, alguien a quien culpar, alguien a quien descuartizar, necesitaba pagar sus errores cometidos con alguien. Montando su corcel esquelético, con el cual era uno, pues siempre fue buen jinete, pero en la no-muerte y con un caballo que no se quejaba al ser espoleado con ira, mejoró, se sumió en un trance de furia y desorientación, cabalgando sin rumbo por los caminos olvidados.

Fue entonces cuando, en medio de su desesperación, escuchó los pasos pesados de un caballero. Las palabras que resonaron en el aire helado aumentaron su furia: "¡Te otorgaré tu final, Moldreed el falso!". La voz del desafiante, mezclada con el sonido de la armadura, despertó en él la sed de batalla. Moldreed, ciego de ira obligó a su caballo a colocarse por breves momentos sobre sus dos patas traseras a medida que desenvainaba su espadón, que debido al óxido hizo un sonido similar al de un leve quejido, un leve lamento, al rozar el oxidado acero con la vaina descuidada, cargando sin demora al grito de:
''¡BENDITA SEA LA BENEVOLENCIA DE VELSHAROON! ¡HOY CAMINARÁS A MI LADO!''.
Moldreed de los Árbolviejo de Darromar, así se hacía llamar, cuando aun mantenía la capacidad de sonreír, respirar y enfermar, cuando aun poseía la capacidad de observar sin odio a lo que le rodeaba, cuando su mente no era una nube negra de ira ciega, de mentiras y falsas promesas por el poder de la no-muerte, que lentamente se convirtió en una eterna servidumbre. El oscuro caballero se encontraba custodiando el sepulcro de una Torre Negra, impía, con grabados de alabanzas a los dioses de la no-muerte, diablos y demonios en distintas lenguas, algunas olvidadas para muchos. En tierras yermas, de neblura carmesí. Mientras él permanecía en su silenciosa vigilia, los recuerdos de su pasado resonaban en su mente, como ecos de una vida que ya no le pertenecía por completo.

Caminando por los corredores de la torre, Moldreed recordó su apellido, un legado que ya no usaba. Su familia, fieles servidores de la Dama del Cáliz de Plata, eran conocidos por su orgullo y devoción. En su mente, resplandecían imágenes de su hogar ancestral, el blasón de su apellido ondeando con gracia en los muros de la pequeña villa familiar. Aunque ahora solo le quedaba un blasón metálico oxidado y carcomido en miniatura para rememorar su casa, el eco del orgullo de su familia resonaba en su inútil corazón, incluso en su no muerte.

Buscando un momento de paz, Moldreed se acercó a un lago cercano. Al mirarse en las aguas turbias, vio reflejado el rostro cadavérico de un tumulario, una imagen retorcida de lo que una vez fue. La imagen de lo que había sido lo hizo estremecerse, pero también vio en sus ojos vacíos la llama persistente de su antiguo yo, aquel caballero del Caliz Plateado que había sido.
Sin embargo, la paz fue efímera, pues la ira hacia los vivos ardía en su interior debido a su naturaleza, alguien a quien culpar, alguien a quien descuartizar, necesitaba pagar sus errores cometidos con alguien. Montando su corcel esquelético, con el cual era uno, pues siempre fue buen jinete, pero en la no-muerte y con un caballo que no se quejaba al ser espoleado con ira, mejoró, se sumió en un trance de furia y desorientación, cabalgando sin rumbo por los caminos olvidados.

Fue entonces cuando, en medio de su desesperación, escuchó los pasos pesados de un caballero. Las palabras que resonaron en el aire helado aumentaron su furia: "¡Te otorgaré tu final, Moldreed el falso!". La voz del desafiante, mezclada con el sonido de la armadura, despertó en él la sed de batalla. Moldreed, ciego de ira obligó a su caballo a colocarse por breves momentos sobre sus dos patas traseras a medida que desenvainaba su espadón, que debido al óxido hizo un sonido similar al de un leve quejido, un leve lamento, al rozar el oxidado acero con la vaina descuidada, cargando sin demora al grito de:
''¡BENDITA SEA LA BENEVOLENCIA DE VELSHAROON! ¡HOY CAMINARÁS A MI LADO!''.




