Novedades

Monarca de las mentiras.

Bollitocream

Bug de oscuridad
Registrado
15/6/19
Mensajes
588
Edad
30



1645eb9ca5bf5d454ac61337acf78af7.jpg




Capitulo 1. Donde las Lenguas Duermen


Anthraxas nació en un pantano del Abismo donde el lodo respira y las raíces murmuran nombres que nadie recuerda. Su aldea fue consumida en una sola noche por un sueño colectivo: todos sus habitantes durmieron… y nunca despertaron. Todos excepto ella.


Despertó cubierta de lodo, los ojos llenos de lágrimas negras, y una voz silbante en su mente:


"El terror de los dormidos alimenta mi vientre. Ahora tú me llevarás en la lengua."

Así conoció a Dendar, la Serpiente de las Pesadillas, una diosa antigua que se alimenta de terrores subconscientes y está destinada a devorar el sol en el fin del tiempo.


Anthraxas se convirtió en su sierva. No una profeta abierta, sino una sembradora de miedo. Cree que las mentiras son semillas de pesadillas, y su labor es contaminar el mundo con ellas hasta que Dendar despierte.


Se entrenó sola, aprendiendo magia a través de visiones oníricas que le dejaban cicatrices mentales. Dormía en tumbas, comía sueños robados mediante rituales de saliva y sangre, y desollaba a quienes dormían plácidamente… para que sus almas supieran lo que es temer.


La bruja busca provocar el despertar de la Serpiente. Para ello, debe extender mentiras tan profundas que cambien la percepción colectiva de la realidad, y así, transformen los sueños en laberintos de miedo absoluto. Dicen que arranca la piel de sus enemigos más íntimos en forma de palabras y las guarda en un libro que sólo ella puede leer. Un libro que cambia cada noche. Un libro que sangra.

Siempre habla como si supiera un secreto sobre ti. Porque probablemente lo inventó. Y tú empiezas a creerlo.

Ahora ha dejado de vagar en solitario por las oscuras grietas del Abismo para vivir en Muranndin el imperio de las bestias.



Nadie sabe quién es ni que hace allí...Tampoco ella.
 
Última edición:

Bollitocream

Bug de oscuridad
Registrado
15/6/19
Mensajes
588
Edad
30

08533e2e6ffc91efe57a5f86ebadea4f.jpg



Capitulo 2. El poder se mide en silencio.


Desde la distancia, la Torre de Shangalar no parecía una construcción sino una anomalía del paisaje, una estela blanca que cortaba el cielo sobre Murann sin ventanas, sin adornos, sin explicación. El sendero que ascendía hasta su base no tenía vigilancia, ni puertas, ni advertencias. Sólo el viento, el silencio, y la certeza de que si uno no era deseado, no llegaría muy lejos. Anthraxas no parecía inquieta por ello. Caminaba sola, con paso medido, la capa oscilando suavemente en la brisa marina y los ojos fijos en la torre como si ya le perteneciera. Era joven, para los estándares de quienes habitaban ese tipo de lugares, pero no llevaba consigo nada de lo que solía caracterizar a los aprendices de poder: ni grimorios, ni báculos, ni anillos. Sólo un ligero olor a azufre que el viento no se atrevía a dispersar del todo.


Cuando llegó a la base, no tocó, no habló. Se limitó a esperar con la misma expresión que se reserva para una puerta que uno sabe que se abrirá. Y la Torre, como si reconociera en ella algo que no era obediencia ni humildad, pero sí propósito, dejó que una grieta perfecta se abriera en su superficie lisa. Anthraxas cruzó sin detenerse, sin siquiera mirar atrás.


El interior no se parecía a nada que hubiese visto. La arquitectura no era lógica ni simbólica, sino viva, como si estuviera diseñada por algo que no pensaba como humano. Los muros curvos brillaban con una luz suave, sin fuente visible, y cambiaban de tono apenas perceptiblemente al pasar. Había pasillos que giraban en ángulos imposibles, escaleras que descendían hacia arriba, puertas que latían como si esperaran ser alimentadas. En el techo flotaban esferas oscuras que giraban en silencio, y en los rincones, fragmentos de cristal suspendidos en el aire reflejaban imágenes que no correspondían con lo que había frente a ellos. Sin embargo, Anthraxas no se distrajo. Su mirada se desplazaba como si ya conociera el lugar de antes. No le interesaban los efectos ni los misterios menores: sólo el núcleo, la fuente, la razón por la que los demás no volvían.


Fue entonces cuando apareció él. El liche. No hubo sonido de pasos, ni señal previa. Simplemente estuvo allí, erguido e inmóvil entre dos columnas que parecían talladas en roca lunar. Su cuerpo era esquelético pero perfecto, y su túnica no colgaba: flotaba, como si la gravedad fuese una cortesía. En el cráneo, incrustaciones opacas y pequeñas runas grabadas con una paciencia de siglos. No dijo palabra. Ni ella lo esperaba. La observó durante un largo instante, como si midiera no su poder, sino su peso. Luego se giró y comenzó a andar. Anthraxas lo siguió sin preguntar.


Atravesaron cámaras silenciosas con vitrinas que contenían artefactos dormidos: una espada sin filo que se estremecía al pasar, una flor marchita suspendida en aire inmóvil, una esfera de vidrio que parecía contener un grito constante, congelado en bucle. Subieron por rampas que se desplegaban ante sus pies y cruzaron puentes donde no había suelo debajo, ni cielo arriba. Cada sala era distinta y sin embargo compartía una coherencia subterránea, como si todo respondiera a una conciencia mayor que simplemente se manifestaba de formas diferentes.


Al final del recorrido llegaron a una sala circular, enorme, vacía y sin ventanas. El techo parecía no existir: sobre ellos sólo había una oscuridad profunda, sin estrellas ni fin. En el centro del suelo, de piedra negra pulida como obsidiana, una grieta en forma de símbolo palpitaba con una luz roja suave, casi respirando. No había sonido, pero se sentía un latido en el aire. El liche se detuvo a un lado. No dio instrucciones.


Anthraxas avanzó hasta el centro.


No se arrodilló. No invocó, no se presentó. Simplemente ocupó el lugar que la Torre le ofrecía. Sabía que no se trataba de pedir, ni de demostrar fuerza. Sólo de ser medida. Por una voluntad más antigua que cualquier imperio vivo.


Durante un largo momento, la luz bajo sus pies osciló. Luego se intensificó, formando un círculo completo a su alrededor. El suelo vibró, apenas. El aire se volvió más denso. La Torre la estaba leyendo. No su nombre, ni su linaje, sino su presencia, su hambre, su límite.


Y entonces, muy arriba, en el muro curvo de la sala, uno de los tronos de piedra —idénticos, encaramados como gárgolas durmientes— se desvaneció. No cayó. No se transformó. Simplemente dejó de estar. Un hueco quedó en la circunferencia. Una ausencia que tenía forma de promesa.


El liche no reaccionó. Anthraxas tampoco. Sólo bajó ligeramente el mentón, no en reverencia, sino como quien toma nota de un resultado esperado.



La Torre la había aceptado, no como heredera ni como huésped. Como parte de si, y eso bastaba.
 
Última edición:

Bollitocream

Bug de oscuridad
Registrado
15/6/19
Mensajes
588
Edad
30
36cc46089f343bb20549259ed380c1e2.jpg





Capitulo 3. Muerte y escombro en Imnescar


El estruendo de la guerra resonó en Imnescar como un rugido ancestral. El ejército muranní irrumpió con furia desatada, lanzando catapultas y ballestas que ennegrecieron el cielo y rompieron los muros con un estrépito atronador. El choque fue brutal, caótico, un torbellino de acero y magia que transformó las calles en un infierno vivo.

Las trompetas retumbaban, los gritos de guerra se mezclaban con el choque de espadas y el fragor de conjuros explotando en llamas y relámpagos. El suelo se empapaba de sangre, los cuerpos caían en montones y la ciudad se sacudía bajo el peso de la carnicería.

Entre la tempestad de hierro y fuego, Anthraxas, la tiefling abisal, avanzaba entre las sombras de sus aliados muranníes. No era la más ruidosa, ni la que comandaba, pero su apoyo mágico hacía que las defensas enemigas se resquebrajaran con violencia inesperada: barreras que estallaban en fragmentos, hechizos defensivos que se torcían y se volvían contra sus dueños, haciendo que el caos creciera en el corazón de la resistencia.

Los defensores de Imnescar luchaban con desesperación, lanzando conjuros salvajes y golpes mortales, pero la marea era imparable. Las calles se convirtieron en campos de batalla donde el valor se mezclaba con la locura, y el olor a hierro y muerte dominaba el aire.

Cuando finalmente los muranníes irrumpieron en el Palacio Solar, las paredes mismas parecían gritar de dolor, y la ciudad entera se sumió en un estruendo final, un clamor de destrucción y victoria.

Anthraxas observó todo con ojos incendiados por un placer oscuro. En medio del caos y la sangre, sintió cómo la ciudad se quebraba no solo en piedra y carne, sino en espíritu. La destrucción era absoluta, y su alma abisal se deleitaba en la anarquía que había ayudado a sembrar.
“Que arda todo, que grite todo,” pensó con una sonrisa sombría. “Solo en la ruina nace el verdadero poder.”

Imnescar cayó en un mar de fuego y acero, su silencio reemplazado por un clamor que resonaría en la historia como la batalla más sangrienta y caótica que la ciudad jamás conoció.

 
Última edición:

Bollitocream

Bug de oscuridad
Registrado
15/6/19
Mensajes
588
Edad
30
92d24d09d04554f28f864d2430eb9b07.jpg





Capitulo 4: Ritual del despertar


Con los primeros suspiros del alba, cuando Lathander aún lame con oro pálido los campos dormidos, dos leñadores se atrevieron a rozar las lindes de Purskul, como si las sombras no los espiaran desde hacía ya noches. Los mirlos, tan alegres con su canto, callaron de golpe. Qué delicia. El silencio cayó denso, como una lengua negra sobre sus nucas, justo cuando dieron con mi regalo.


Un claro, calcinado hasta el alma. Allí, donde la carne y la ceniza se funden en un aroma dulce y repulsivo, dejé mi obra. Sobre una roca aún caliente por el fuego que no dejó brasa ni humo, yacía lo que quedaba de un hombre. Su rostro… oh, su rostro era una oda al pánico. Congelado en el momento exacto en que comprendió qué venía, con los ojos abiertos como puertas rotas al abismo, suplicando a dioses que jamás respondieron.


Su abdomen estaba abierto, sus entrañas, esparcidas con sumo cuidado sobre la piedra, contaban una historia siniestra. Ella los comprende y los sueña. Y yo soy su pluma sangrienta.


Las hierbas, tocadas por fuego que no quema en este mundo, se volvieron negras, quebradizas, muertas para siempre. El suelo mismo la recuerda cual cicatriz viva.


Y no es lo único. Desde que las sombras empezaron a susurrarme con más fuerza, las serpientes se han vuelto mis heraldos. Cientos de ellas: deslizándose por los surcos de los campos, devorando agresivas.



Ellas anuncian la llegada del fin de los sueños y los niños lo saben porque sus cuentos aun siguen vivos en el corazón de cada casa. La serpiente Nocturna se despereza. Y yo me deleito.
AGRADECIMIENTOS A DM KAPILLO POR SU IMPLICACIÓN
 
Última edición:

Bollitocream

Bug de oscuridad
Registrado
15/6/19
Mensajes
588
Edad
30
cc5dc965134b191bdf09be3aea2d49f1.jpg




Capitulo 5: Captación de recipientes


Yo sobreviví a su juego. O eso me gusta creer… aunque a veces, cuando cierro los ojos, aún oigo ese murmullo en la oscuridad.

Hace tres inviernos, pescaba en la costa al sur de Crimmor. Estaba solo en la barca cuando la niebla cayó de golpe. No era niebla normal: olía a hierro y a sal podrida. Y entonces la oí… una campana hueca, lejana, como sonando bajo el agua.

Ella estaba en la orilla vestida de negro, sus cuernos astados y su aura siniestra envolvían el lugar, me hacia gestos con su índice alargado y puntiagudo para que me acercase, sus siseos y palabras embaucadoras me hicieron rendirme, una mezcla de magia, engaño y miedo entraban en mi mente sin permiso, por lo que acabé aceptando participar en aquel macabro juego.

Esa noche no pude dormir. Cada vez que cerraba los ojos, sentía algo observándome desde dentro de mis propios sueños. A la tercera noche, escuché la voz:

“Tres noches… tres campanas… juega conmigo o jamás despertarás.”


La primera vez que dormí después de eso desperté en un lugar imposible:
Una playa negra, las olas eran como aceite y el cielo… sin estrellas. A lo lejos, un faro oxidado me llamaba. Tenía que alcanzarlo antes de que la campana sonara tres veces. El suelo se abría bajo mis pies y las voces de mis pecados me susurraban desde el mar.



La segunda noche, fue peor. Me encontré en una sala infinita de espejos flotantes. En cada uno vi mis errores: las veces que mentí, las veces que traicioné, los muertos que no lloré. No debía romperlos, pero al hacerlo —porque no pude soportarlo— sombras con ojos amarillos empezaron a perseguirme.


La tercera noche…
Vi a la Serpiente Nocturna. Era tan grande que no tenía principio ni fin, surcando el cielo en un silencio absoluto, Anthraxas reía con una boca llena de dientes negros sentada en un trono de huesos y flores secas. Me dijo que cruzara el abismo y que si caía, ella me devoraría para siempre.




No todos despiertan. Algunos cuerpos siguen respirando, pero sus almas se pierden, dejan de ser ellos, solo un recipiente del que se alimenta la Serpiente.

Yo… yo crucé el abismo. Desperté sudando sangre y con los ojos ardiendo. Pero desde entonces no soy el mismo. Cuando cierro los párpados, aún escucho la campana creyendo que estoy en un sueño dentro de otro sueño.

Si llegas a oír las campanas, sabrás que ella ya te eligió.


Así que reza, muchacho.
Reza para no dormir.
 
Última edición:

Bollitocream

Bug de oscuridad
Registrado
15/6/19
Mensajes
588
Edad
30
15b25fbddfdbed1e89e6957404dd4483.jpg




Capitulo 6. El peso del oro.


El puerto de Muranndin estaba envuelto en bruma espesa y olor a algas podridas. La noche era tan densa que el agua y el cielo parecían una sola mancha negra. Anthraxas caminaba despacio por el muelle, con las botas mojadas y el sonido del metal tintineando en su bolso.


En el extremo, un hombre lo esperaba inmóvil. Alto, huesudo, con la piel grisácea y una expresión raramente amigable. No hubo saludos. No eran amigos.


—Diez humanos amnianos —dijo Anthraxas, sin levantar la voz—. Jóvenes, fuertes, sin heridas. Dos semanas.


El hombre inclinó la cabeza apenas, como si midiera el peso de la tarea. No pensó en leyes ni en consecuencias, solo en el oro que eso significaba… y en lo que podría significar para su reputación.


—Eso te costará caro, no solo por el riesgo… también por mi tiempo.


Anthraxas dejó caer un saco sobre un barril mojado. El sonido metálico llenó el silencio como un tambor de guerra.


—Mitad ahora. El resto cuando estén en mi poder.


El hombre dejó que sus dedos rozaran las monedas, sintiendo el frío del metal. No era codicia pura; era ambición. Con ese encargo, no solo llenaría su bolsa, sino que labraría su nombre en las callejuelas de la capital de las bestias.


Sin decir más, desapareció entre la niebla. Anthraxas lo observó hasta que la silueta se borró por completo. El trato estaba hecho, y con él, un hilo de sangre y oro ya comenzaba a tejerse.


A los pocos días el humano le entregó una llave a la sangre abisal, la de las cadenas que engrilletaban a los ya presos y esclavizados.


En algún lugar, diez familias aún no sabían que había sido de sus destinos.





Muchas gracias a los jugadores implicados y al DM por la ambientación.
 

Conectados

Arriba