DM Ofnir
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Desde todos los rincones de la nación de las bestias, hasta las gélidas lomas de Icewind Dale y el lejano oriente thayino, el rumor ya se ha hecho una realidad conocida a grito y voz:
El Murkul de Murann ha muerto.
Lo que comenzó como un día de celebración y honra para el victorioso conquistador y sus leales soldados, terminó de la peor forma posible para las bestias. La ciudad culminaba un mes de celebración con unos juegos gladiatoriales dignos de los grandes campeones que habían arrasado al odiado enemigo amniano.
Bajo la atenta mirada de miles de espectadores, tanto nativos del Imperio como extranjeros atraidos por la promesa de sangre, gloria, oro y festividades, cientos de gladiadores lucharon, muchos de ellos a muerte, tanto entre ellos mismos como contra temibles bestias importadas por el Consorcio Rundeen que no escatimó en gastos para otorgar el divertimento más espectacular y las criaturas más exóticas para el ojo de trasgo, hombre y bestia.
Desde primera hora de la mañana las arenas se vieron embadurnadas en sangre con los combates de las bestias más insignificantes que sin embargo, buscaban una pizca de la gloria que podía ganarse luchando en el gran Coliseo de Murann.
Pues tres estructuras sobresalían sobre todas las demás en la capital imperial: La más reciente de todas, alzada tanto por mano esclava como encantamiento mágico, la Torre Negra. El Palacio del Murkul le seguia, una abominación de espiras negras y retorcidas que emergían como protuberancias enfermizas de lo que tal vez, hace más de un siglo, fue el ostentoso palacio de alguna familia noble de la ciudad.
Pero ambas estructuras empequeñecían ante la magnificencia de la edificación de más tamaño de toda la capital bestial: El Coliseo Imperial era un símbolo. Representaba una promesa. La de aquello a lo que las bestias realmente servían. Las razas de Murann no seguían a alguien por el tamaño de su palacio o la magnitud de sus cofres y tesoros. Entre los obscuros muros del palacio, Sothillis el Grande no imponía su autoridad mediante la moneda y las promesas, si no mediante la fuerza.
Murann solo respetaba, por encima de todo, el poder. No había nada más sagrado. Sothillis, Conquistador y Murkul, era el más poderoso de todos ellos.
Y había sido asesinado.
Tras los primeros días del caos que siguió al regicidio, Cyrsvenia, consorte y ahora regente del Murkul, atrajo hacia sí a las fuerzas más leales de su difunto compañero. Mientras las noticias se extendían como la pólvora dentro de las fronteras del Imperio y más allá, en la Capital Imperial miles de criaturas observaban cautelosas el avanzar de los acontecimientos.
Pronto docenas de personalidades fueron llamadas a palacio: Los mercenarios de la Breghan D'aerthe llegaron bajo el manto nocturno, una docena de hojas envainadas bajo capas y mantos, que goteaban sangre recientemente derramada entremezclada con ponzoñoso veneno. Trajeron regalos y tratados firmados con el difunto emperador, que perjuraron mantener aún vigentes.
En sus oficinas, el Consorcio Rundeen atendía como podía a los centenares de bestias y ciudadanos imperiales que desesperados buscaban retirar todos sus ahorros de las cámaras de seguridad de la compañía mercantil en previsión a lo que estaba por ocurrir. Sus mercenarios se quintuplicaron embadurnados en armaduras bruñidas frente a sus sedes y caravasares, conscientes de que la seguridad de los grandes Juegos de la Conquista había estado a su cargo. Se dice que por primera vez su Primer Yrshelem en la capital imperial, Arkshan yn Saibh, de naturaleza infernal, entró en el palacio por la puerta principal y la cabeza gacha, en vez de materializándose con teatralidad, entre nubes de azufre y llamas diabólicas, en mitad de sus salones.
Tras la primera decana, los conflictos no tardaron en estallar por la ciudad. Los puertos y los bajos niveles se veían salpicados por la sangre de bestias que enfervorecidas dejaban que la tensión del ambiente incendiase sus instintos más primarios. Solo hacía falta una discusión acalorada sobre el futuro del Imperio jarra de grog en mano para que un trasgo u ogro terminase apuñalando o vapuleando a su rival de debate tras un callejón.
En Jottunheim, la ciudad alta, la Regente Cyrsvenia, llamó a su guardia real. La Legión privada del Murkul, más de dos mil semiogros criados bajo la guía e instrucción del mismo Sothillis, que componían el grueso principal de las defensas de la capital. Una fuerza temible y leal hasta la muerte, tanto hacia su figura como a la de su esposa, y a la de nadie más.
Embutidos en pesadas armaduras de acero negro decoradas con detalles dorados, sus pesados escudos y sus armas salvajes pronto impusieron un puño de hierro autoritario sobre la ciudad alta bajo órdenes de su Emperatriz. De los muros de Jotunhheim pronto comenzaron a colgar docenas de figuras torturadas. Humanos, trasgos, orcos y ogros, aquellos que se habían atrevido a causar el caos en el distrito gubernamental de la capital o habían sido culpados y condenados por conspiración y alboroto, en una brutal muestra de autoridad que buscaba enseñar la fortaleza del Imperio. Un contraste con la cada vez mayor peligrosidad que azotaba las calles bajas, los muelles y los distritos aledaños de la capital murannita, donde poco a poco las bestias empezaban a darse cuenta de que la transición de poder imperial no se saldaría sin guerra.
La tensa estabilidad de la Capital de Murann sin embargo no se extendía más allá de sus muros. En el Norte, en la frontera con Amn , Vorpax el Destripador, Señor de la Guerra de la Fortaleza del Cuerno Tronante se decía que había llamado bajo su bandera a tribus y bandas mercenarias que habían combatido bajo su mando en la frontera amniana. El inmenso y anciano minotauro, veterano de docenas de batallas y victorioso en casi todas ellas, solo había enviado una misiva escueta a la capital desde la caída del Murkul, cuyo contenido no tardó en extenderse fruto de la poco fiable pero veloz red de mensajeros goblins del imperio, que se decía el minotauro había usado a propósito para este fin.
En ella de manera críptica solo informaba de que no permitiría que la debilidad interna que azotaba al Imperio fuese aprovechada por el odiado enemigo amniano, ni por los pusilánimes políticos y consejeros imperiales. Amenaza o promesa, el veterano Minotauro no llegó a aclararlo.
Menos sutil en su posición política era Karya'k el Cruel, Señor de la Guerra de la Fortaleza del Pico de Hierro y salvaje mestizo de orco y demonio. Bajo su mando, sus bandas de guerra pronto se extendieron hasta los Dientecillos y las fronteras del sur del Imperio, para Asegurarse la lealtad de los puestos fronterizos, canteras y plantaciones de esclavos que en ellas se encontraban.
Aunque su posición frente a la capital de Murann no está clara, pues entre risas y rugidos, ha proclamado que tales diezmos no son más que un cofre de guerra para preparar el Imperio frente a los conflictos venideros, se ha negado a acudir a los llamados de la Regente, alegando la situación en la frontera como motivo.
Pues mientras Murann contempla con el aliento contenido el discernir de cada decana, sus enemigos no han desaprovechado la oportunidad de su inestabilidad interna para tomar venganza frente a las afrentas cometidas. Mientras que Amn, derrotada y azotada por la amenaza inminente del Ejército de los Dragones contempla sus fronteras sur con expectativa, desde el sur la contraofensiva no se ha hecho esperar.
Desde Tethyr, las fronteras de Murann sufren el castigo de una avanzada de elfos y hombres que emerge de los bosques y de las planicies del sur escudo y acero en mano. Tras la expulsión exitosa de las legiones rebeldes de Murann, que aprovecharon el caos ocasionado por los ya derrotados Dragones en el Reino de Tethyr para saquearlo, la Reina Anais Rhindaun ha convocado a sus aliados y abanderados a su Corte de la Hoja Carmesí.
Incluso pese a las pérdidas afrontadas por su reino y la devastación, que como en casi todo Faerûn ha traido el Retorno de los Dragones, los ejércitos tethyrianos, ya alzados han visto la oportunidad de cobrar venganza de un odiado enemigo que ahora es más vulnerable que nunca. Con la ayuda del reino élfico del Weldath, que pese a las pérdidas ocasionadas desde el corrupto plano sombrío se muestra resoluto en su lucha contra las bestias, los condes y duques de Tethyr acuden al llamado de guerra de su reina, que aprovecha la ocasión para unir a un reino fragmentado por los conflictos intestinos causados por oportunistas y sectarios.
Pero las noticias que llegan desde la infraoscuridad no son más halagüeñas. Tras recibir las noticias de la muerte de Sothillis, los Aguijoneadores, que fueron derrotados por la alianza de este y el reino de Amn hace décadas, han reavivado una ofensiva que ha puesto contra las cuerdas a la Cruzada de Hierro del Clan Durraugh. Si bien las posiciones conquistadas con auxilio de fuerzas y mercenarios imperiales hace apenas unos años resisten, muchos de los avances posteriores han caído ante una ofensiva letal y coordinada que ha hecho retroceder a los enanos sombríos, que molestos por la falta de decisión de sus aliados de la superficie, reclaman refuerzos y auxilio en base a los tratados firmados.
Y mientras tanto, en las cordilleras de los Dientecillos, la violencia ya de por si desatada tras la caida de Imnescar por las docenas de tribus que se arrojaron a extenderse por las tierras amnianas, ha estallado en una guerra absoluta por la conquista. Sin la figura del Murkul, la lealtad de las Hordas hacia Murann ha desaparecido.
Docenas de caudillos buscan alzarse con el poder de la cordillera, guerreando contra otras tribus. Mientras tanto, los puestos fortificados imperiales, así como sus canteras y explotaciones madereras sufren el acoso y el ataque de tribus que hasta hace unas decanas eran sus aliadas y ahora buscan apoderarse de las riquezas del imperio. Ogros, trasgos e incluso gigantes de las colinas recorren las montañas y sus bosques, arrastrándose por sus inmensas redes de cuevas y túneles, sumiendo en el caos las ya de por si tierras salvajes.
Rodeados de enemigos, tanto dentro como fuera de sus fronteras, muchos se preguntan en el imperio si este no será su ocaso. Mientras aquellos de carácter más sombrío se preocupan de como sacar tajada del suculento banquete del caos y la guerra, otros muchos contemplan la amenaza que se cierne sobre Faerûn. Con las hordas de otro mundo avanzando desde el Este, Murann se aproxima al conflicto contra estas en un estado fracturado, sin una guía o líder que presente un frente común contra las hordas de los Dragones.
Sus aliados se reducen, traicionados. Lohezet el Nigromante de la Túnica Negra congrega a sus fuerzas en su torre, su lealtad real más que demostrada, y sin embargo pese a haber causado un ataque a Murann que no se había visto en un siglo, pocos parecen pensar en hacerle pagar por ello. O tal vez, no se atreven. Pues qué poder hace falta, para fulminar de tal manera, al que era el más poderoso de todo el Imperio.
Y mientras tanto, entre muros de piedra calcinada y sendos estandartes de conquistas pasadas, un trono se encuentra vacío. Aguardando a aquel lo suficientemente valiente para atreverse a sentarse en él.
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