Dugan
Elfo que no discute
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La oscuridad no es ausencia de luz, no… es un tejido, un manto suave que envuelve y acaricia mejor que cualquier madre olvidada. Protege al asesino y a la victima. Me habla con voces que otros llamarían susurros, pero yo sé que son instrucciones, compases marcados por un tambor enterrado bajo siglos de silencio.
La claridad engaña, muestra los bordes, delimita, obliga a elegir. La penumbra, en cambio, libera. En la penumbra todos los caminos son el mismo, todas las sendas llevan a donde deben. ¿Acaso la sombra no guarda al viajero del filo de la mirada ajena?
He probado el sabor del acero, y he sentido cómo la carne se abre como fruta madura bajo la guadaña de los que creen luchar por algo más alto. Pobres… tan rectos, tan ciegos. No entienden que todo cae, todo se pudre, todo retorna. ¿Quién, si no yo, ha de cuidar de ese retorno? Fui un necio por oponerme a ello, por creer que podría ejecutar venganza sobre algo tan inconmensurable.
A veces río, sí… río al verlos alzarse de nuevo tras cada derrota, como marionetas que olvidan que los hilos no se cortan, sólo cambian de manos. Y esas manos… oh, esas manos son frías, firmes, inevitables.
No me pidáis nombre, pues los nombres pesan. No me pidáis propósito, pues los propósitos se disfrazan. Basta con saber que el reloj de arena sigue cayendo, grano tras grano, como dientes desprendiéndose de una boca ancestral.
Y yo… yo me siento cómodo en la arena, en el polvo, en el silencio. Ella sonríe en ese silencio. Y cuando sonría por última vez, todos entenderán lo dulce que es ser tragado por la nada.