DM Faith
Llanero del brasero
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Náshkel es una ciudad acostumbrada a los rumores. Los mercenarios cuentan historias en las tabernas, exagerando sus hazañas para ganar una ronda extra. Los mineros intercambian chismes mientras trabajan, entre golpes de pico y sorbos de cerveza aguada. Los comerciantes siempre tienen algo que decir sobre quién compra qué y por qué. Pero en los últimos días, ha habido un silencio incómodo en las conversaciones.
Algo ha sucedido. Algo que nadie se atreve a decir en voz alta.
Los primeros en notarlo fueron los guardias. Hubo movimientos inusuales en el Ayuntamiento, órdenes dadas con más urgencia de lo normal. Patrullas que parecían moverse sin rumbo fijo, como si estuvieran buscando algo… o a alguien. Algunos soldados empezaron a hacerse preguntas y han sido mandados a callar.
Luego vinieron las preguntas y los comentarios.
- Dicen que alguien importante ha desaparecido por la noche.
- Ha habido un incendio. Pero nadie ha visto nada. Es rarísimo.
- No ha sido por dinero. No hay rescate. No hay exigencias.
Las palabras flotan en el aire como un espectro. Pero nadie quiere ser quien las sostenga demasiado tiempo.
En el mercado, los comerciantes bajan la voz cuando alguien menciona el tema. En las tabernas, las historias cambian de rumbo si un extraño empieza a hacer demasiadas preguntas. Los borrachos beben más rápido que de costumbre y las risas se apagan antes de tiempo.
Pero hay quienes, entre susurros, dejan caer un nombre con la cautela de quien pronuncia una maldición:
La Daga Negra.
Algo ha sucedido. Algo que nadie se atreve a decir en voz alta.
Los primeros en notarlo fueron los guardias. Hubo movimientos inusuales en el Ayuntamiento, órdenes dadas con más urgencia de lo normal. Patrullas que parecían moverse sin rumbo fijo, como si estuvieran buscando algo… o a alguien. Algunos soldados empezaron a hacerse preguntas y han sido mandados a callar.
Luego vinieron las preguntas y los comentarios.
- Dicen que alguien importante ha desaparecido por la noche.
- Ha habido un incendio. Pero nadie ha visto nada. Es rarísimo.
- No ha sido por dinero. No hay rescate. No hay exigencias.
Las palabras flotan en el aire como un espectro. Pero nadie quiere ser quien las sostenga demasiado tiempo.
En el mercado, los comerciantes bajan la voz cuando alguien menciona el tema. En las tabernas, las historias cambian de rumbo si un extraño empieza a hacer demasiadas preguntas. Los borrachos beben más rápido que de costumbre y las risas se apagan antes de tiempo.
Pero hay quienes, entre susurros, dejan caer un nombre con la cautela de quien pronuncia una maldición:
La Daga Negra.


