Aldous
Enano con acento ruso
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Esta chica flaca y huesuda, con unos dedos largos y estrechos, pelo oscuro y ojos claros, nació de unos padres humildes, en una tierra aburrida y monótona situada en un peligroso lugar. Aunque llevaban varios cientos de años sin ningún acontecimiento importante, era obligado que los jóvenes aprendieran a manejar al menos un estilo de lucha: cuchillo, arco o magia, pudiendo los más afortunados o diestros aprender más de uno; no es el caso de la protagonista.
Esta historia narra los sucesos de Nawiel Destello Veloz, una elfa lunar nacida en un enclave élfico de las Montañas de la Espada, donde su tranquila y pacífica vida, a la edad de 129 años cambió para siempre.
“Tengo muchos recuerdos de mi infancia. Mis padres, amigos y amigas, maestros. Recuerdo situaciones mejores y peores. Si tuviera que hablar de mi vida, podría resumirse en unas pocas anécdotas. Dicen que cuando estás apunto de morir ves pasar toda tu vida por delante de tus ojos. No hay nada que eche de menos.
Desde lo alto de la torre, parapetada tras una trinchera puedo ver los árboles que se extienden hasta donde mi vista alcanza. Veo una flecha como pasa cerca de mi cara. Una línea roja se dibuja en mi mejilla. ¿Cómo hemos llegado a esta situación?, ya no me acuerdo y creo que los atacantes lo han olvidado también.
Vuelvo mi vista atrás y veo a una doncella. El breve instante que mantengo la mirada es suficiente para ver cómo las lágrimas recorren sus mejillas mientras carga de nuevo su arco. Cada disparo que acierta sólo hace que su dolor por matar a otras personas aumente.
No aguanto esta situación un minuto más. En mi intento por retirarme del lugar, la mujer cae a mis pies con la mano en el pecho cubierta de sangre. Ha dejado de llorar. Sus labios parecen dibujar una sutil sonrisa. Ahora soy yo quien llora, empuño con fuerza mi cuchillo y salto por la trinchera hacia la arboleda.
He perdido la cuenta de cuántas personas pasaron por mi hoja, aunque ya no tengo fuerzas para seguir sosteniendo la empuñadura. Me tiemblan las piernas, pero no tengo miedo. Percibo en los ojos de los arqueros que me rodean que tampoco comprenden el porqué de esta maldita guerra. Como si de un baile sincronizado se tratase, dejan volar sus flechas; una a una van entrando en mi carne.
Sólo veo oscuridad y siento frío. No hay ningún grito ni sonido de batalla. Todo ha terminado por fin.
Ha pasado un año desde aquel día y no puedo quitarme de la cabeza el rostro de aquella mujer. El hombre que recogió mi cuerpo y sanó mis heridas es humano, no sé por qué me ha ayudado. ¿Realmente debería seguir con vida y dejarme consumir por el tiempo? ¿Cuál es la respuesta que tanto ansío? Estoy condenada a seguir viviendo porque mi enemigo me salvó la vida.
Mi pasado se torna turbio y confuso, no recuerdo bien de dónde vengo, sólo tengo en mi mente una sonrisa pálida e inerte.”
Esta historia narra los sucesos de Nawiel Destello Veloz, una elfa lunar nacida en un enclave élfico de las Montañas de la Espada, donde su tranquila y pacífica vida, a la edad de 129 años cambió para siempre.
“Tengo muchos recuerdos de mi infancia. Mis padres, amigos y amigas, maestros. Recuerdo situaciones mejores y peores. Si tuviera que hablar de mi vida, podría resumirse en unas pocas anécdotas. Dicen que cuando estás apunto de morir ves pasar toda tu vida por delante de tus ojos. No hay nada que eche de menos.
Desde lo alto de la torre, parapetada tras una trinchera puedo ver los árboles que se extienden hasta donde mi vista alcanza. Veo una flecha como pasa cerca de mi cara. Una línea roja se dibuja en mi mejilla. ¿Cómo hemos llegado a esta situación?, ya no me acuerdo y creo que los atacantes lo han olvidado también.
Vuelvo mi vista atrás y veo a una doncella. El breve instante que mantengo la mirada es suficiente para ver cómo las lágrimas recorren sus mejillas mientras carga de nuevo su arco. Cada disparo que acierta sólo hace que su dolor por matar a otras personas aumente.
No aguanto esta situación un minuto más. En mi intento por retirarme del lugar, la mujer cae a mis pies con la mano en el pecho cubierta de sangre. Ha dejado de llorar. Sus labios parecen dibujar una sutil sonrisa. Ahora soy yo quien llora, empuño con fuerza mi cuchillo y salto por la trinchera hacia la arboleda.
He perdido la cuenta de cuántas personas pasaron por mi hoja, aunque ya no tengo fuerzas para seguir sosteniendo la empuñadura. Me tiemblan las piernas, pero no tengo miedo. Percibo en los ojos de los arqueros que me rodean que tampoco comprenden el porqué de esta maldita guerra. Como si de un baile sincronizado se tratase, dejan volar sus flechas; una a una van entrando en mi carne.
Sólo veo oscuridad y siento frío. No hay ningún grito ni sonido de batalla. Todo ha terminado por fin.
Ha pasado un año desde aquel día y no puedo quitarme de la cabeza el rostro de aquella mujer. El hombre que recogió mi cuerpo y sanó mis heridas es humano, no sé por qué me ha ayudado. ¿Realmente debería seguir con vida y dejarme consumir por el tiempo? ¿Cuál es la respuesta que tanto ansío? Estoy condenada a seguir viviendo porque mi enemigo me salvó la vida.
Mi pasado se torna turbio y confuso, no recuerdo bien de dónde vengo, sólo tengo en mi mente una sonrisa pálida e inerte.”