Vinter
Gerardo de Amn
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Se había levantado una buena ventisca en Athkatla nada más caer el ocaso invernal, claramente acortado por la temporada en la que se había sumido Faêrun. Las temperaturas habían caído, y la nieve sustituía el fangoso terreno encharcado por el agua de lluvia tan abundante últimamente en la región. El viento arreciaba, golpeaba las ventanas, pese a que la cantidad de nieve no era mucha, el temporal era más que obvio.
Unas botas de cuero rígido se movieron sobre el pavimento de las aceras y sobre los caminos de carreta por igual, esquivando suciedad y excrementos tan habituales en las urbes con una calculada precisión. El joven guerrero se acercó a uno de los edificios con las luces de los candelabros aun encendidas, iluminando los recovecos de las salas de éste. Observó el cartel entre los últimos rayos de luz del día a punto de extinguirse. Era un cartel de colores vivos, casi obscenos, vibrantes. No le cabía duda. Era un burdel. Respiró hondo y se quitó algo de nieve de los hombros. Hacía frío, pero no tanto como en Ruathym, y eso lo sabía.
Nell se metió bajo la cornisa del edificio, sostenida por unos pilares de madera, que más que pilares parecían vigas en vertical, y abrió la puerta. Inmediatamente sintió cómo el frío dejó de arreciar en sus brazos, y el cómo la nieve cesó en su empeño de teñir su pelo carmesí de blanco. Se sacudió levemente la larga trenza, y entonces observó el local. Una mujer, ya anciana, lo observaba desde detrás de un mostrador, abrigada con un chal y definitivamente interesada en el joven.
—¡Vaya! —Dijo la mujer, sorprendida de ver a alguien que no era, ni un mercader viejo y seboso, ni un putañero habitual. —¿Qué hace un joven tan apuesto, en un local como este?
Los ojos de Nell se dirigieron hacia la anciana por un instante estudiándola. No hizo el esfuerzo de ocultarlo, pese a que a los sureños aquello pudiera resultarles incómodo. Estaba allí sin intención de quedarse, y aunque lo hiciera, no iba con él el tirar la piedra para esconder la mano después.
—Compañía, información y bebida. -Dijo, mirando a la mujer. Los ojos de Nell bajaron hacia las escaleras, donde escuchaba risas femeninas, el ajetreado retumbar de tacones y suelas de zapato yendo y viniendo, otras risas masculinas y un recargado ambiente perfumado, claramente orientado a turbar sus sentidos, acudía a su nariz.
—Creo que puedes encontrar todo eso aquí, encanto. —Dijo la anciana, sonriente. —Aunque depende de la información que desees, te costará más... O menos.
—Lo que tú digas, sureña. -Dijo con un gruñido. Su marcado acento iluskano tenía cierto tinte intimidante, aunque el joven se esforzaba en no sonar grosero, pero era imposible. —¿Puedo pasar, pues?
—Sí. Pero no la líes, norteño. -Replicó la anciana, frunciendo el ceño al ser llamada ‘sureña’. Seguramente en sus años mozos cuando era una prostituta fresca como una lechuga, eso no pasaría. El joven bajó las escaleras, para encontrarse con una especie de... Sótano, quizás un entresuelo. Las paredes estaban hechas de madera de forma prácticamente íntegra, con unos pequeños ventanucos que daban al exterior en la base del pavimento del edificio. Estaban abiertos para evitar que el aire se saturase, y que la estancia se refrescase, pero con la cantidad de incienso y perfume de las mujeres, era casi imposible que aquel sitio no quedase impregnado de aquellos olores.
Observó a las chicas. Eran jóvenes, la mayoría parecían sanas. Muchas no llegarían a los veinte años, pensó él. Sus cuerpos estaban casi todos encorsetados, intentando que sus pechos resaltasen lo más posible, aunque hubiera algunas que no necesitaban de tal realzamiento de sus encantos más evidentes. Notó algunas miradas posándose sobre él. Algunas eran furtivas, otras curiosas. Otras tenían miedo. El joven echó un vistazo por la habitación, hasta que reparó en una silla desocupada frente a la barra.
Quienes estuvieran en aquella sala hubieran podido verle con facilidad, y como para no. Cubierto con una cota de mallas intercalada con ciertas piezas de cuero blando y pieles de lobo sobre sus hombros; los guantes hechos de cuero curtido y a todas luces manufacturados para resistir el frío gélido, con algunas manchas de salitre aquí y allá, las botas eran altas, del mismo material que los guantes, dos metros de hombre ruathem, de músculos fuertes y trabajados ante incontables horas de entrenamiento en combate y trabajo duro. Su brazo derecho estaba totalmente tatuado en tinta azul y gris, con motivos tribales y marineros propios de su clan, aunque quién sabía si esos tatuajes proseguían por debajo de la armadura. Su pelo era rojo, de un tono muy cercano al carmesí, entre el rojo fuego y el rojo sangre. A su espalda, un par de enormes gujas cruzadas cuyas hojas metálicas peligrosamente rascaban una de las escasas placas de metal que le ofrecían protección en la pantorrilla, pero no llegaban a hacer ruido siquiera, y a su cinto, dos falcatas de tamaño considerable, adornadas con ornamentos de acero, hueso y oro por igual. No cabía duda en que ese hombre era un guerrero, y no un niño, pese a su joven edad.
Se sentó con pesadez en el asiento, y respiró hondamente, mirando entonces al frente. Una joven camarera, de no más de diecisiete inviernos le miró y se acercó. Estaba intimidada, eso desde luego, pero sentía curiosidad por un viajero tan atípico, más aun en aquel local al que solían ir la mayor parte de los putañeros locales, mercaderes fofos y orondos, matones y poco más.
—¿Puedo servirte algo? -Preguntó la joven, mirándole con unos vivaces ojos castaños, ocultos parcialmente por un pelo rubio pajizo que solo se había molestado en peinar. El joven la miró por unos instantes. Era decarado, pero la examinaba, la estudiaba. Aun era una chiquilla, sus gestos delataban el nerviosismo propio de alguien que aun no se había amargado, y su cuerpo no había terminado de desarollarse del todo.
—Puedes. -Dijo, sonriendo con suavidad. Su marcado acento norteño se suavizó. —Hidromiel, no conozco lo que tienes, así que ponme lo que más adecuado te parezca.
—Hidromiel sea. -Dijo la chiquilla mientras tomaba una jarra y se dirigía hacia uno de los barriles tras la barra, con una boquilla de grifo estampada en el tapón de madera. Hubo un silencio mientras rellenaba la jarra, y Nell echó un vistazo hacia el pequeño bar. Estaba repleto de licores, tanto caros como baratos, las botellas variaban de color según el vidrio con el que estuvieran hechas. La mayoría eran rojas, como si así consiguieran generar algún efecto sobre sus clientes. Y no le sorprendía, considerando que aquel lugar era un burdel de arriba abajo. Notó a una mujer acercarse, pasarle las yemas de los dedos sobre uno de sus brazos. Era un tacto suave, agradable, cálido. Su mirada se dirigió hacia la prostituta, que a todas luces tenía un pie más en los treinta que en los veinte, pero no obstante seguía siendo bella. De caderas amplias, cintura estrecha y pecho más que generoso, de ropajes más bien tirando a vaporosos que si bien la tapaban, dejaban entrever algunos de los encantos más obvios de la mujer. Nell le sonrió con un deje pícaro, pero no dijo nada. Observó la piel tersa y bronceada de la mujer, un bronceado muy distinto al suyo; era aceitunado, no calloso, no estaba cuarteada por el sol como lo estaba él. Y era un bronceado profundo, más... Oscuro.
—¿Puedo preguntar qué trae a un hombretón como tú a un sitio así? Tan joven y fuerte, no puedo creerme que necesites pagar por las atenciones de alguna chica. -Dijo la mujer, sentándose justo a su lado. Nell resopló por la nariz, pero no era hastío, era diversión
—Bueno, eres muy lista. Tienes razón, no vengo para pagar por vuestros cuerpos. -Dijo el chico mientras se apoyaba en la barra, tomando la jarra. La camarera pareció interesarse más por sus palabras entonces, apoyando los antebrazos y escuchando atentamente. —Vengo buscando a alguien. Y sabiendo que vosotras escucháis muchas cosas de mucha gente, quizás podríais ayudarme.
—Parece que no eres extranjero a las prostitutas entonces. -Asumio la rubia, alzando ambas cejas.
—Claro que no, soy norteño, no estúpido. En Ruathym tenemos putas también. -Dijo con rapidez, pero no de forma hostil. Probablemente hubiera usado otras palabras, si no fuera porque no controlaba del todo bien el idioma, aun.
—No pretendía ofender. -Dijo la camarera, encogiéndose un poco en el sitio.
—Bobadas. No me ofendes, es que he tenido que aprender khondazano en veinte días. -Dijo el pelirrojo con un bufido. Eso explicaba muchas cosas, desde su acento cerradísimo hasta la dificultad para encontrar palabras bien sonantes para cosas que no eran tan buenas, y esa contundencia con la que hablaba, aunque lo más probable es que eso último fuera un resultado de su educación guerrera y espartana, que de un problema idiomático.
—¿A quién buscas? -Preguntó entonces, la prostituta mayor. La mujer colocó su mano en el muslo de Nell, mirándole fijamente a los ojos con sus ojos pardos de una tonalidad muy oscura. Eran almendrados, y el maquillaje los hacía realmente grandes.
—Es una mujer. Alta, como tú, un poco más quizás. -Dijo el joven, mirándola. —Pelirroja. Medidas similares a las tuyas, pero con más cadera. Muy guapa, de mi edad, con pecas.
—Suena a alguien que podría tener mucha clientela en este local. -Dijo la camarera. —¿Qué es, tu amiga, tu novia...?
—Es mi hermana. La raptaron de mi pueblo y las pistas nos condujeron aquí.-Dijo, mirando a ambas. Las chicas ensombrecieron levemente el rostro. Miraron al joven, que mantenía su expresión tal cual, aunque estaba enfriada. No tenía ese brillo alegre y vigoroso en sus ojos. —No digáis que lo sentís, decidme lo que sepáis.
—Poco, en verdad. -Dijo la prostituta mayor, bajando la mirada. —Sabemos que hay algunos esclavistas en el barrio bajo, tras unos callejones, de ese tipo de esclavitud no legal aquí, pero... Eso es todo. No te puedo decir nada más...
—Ya. -Dijo el joven, frunciendo el ceño. —Pues ya me habéis dado más que la mayoría. Suelen mirar a otro lado.
—Bueno, es lo que pasa en Athkatla. Si da dinero, la gente... Hace lo que sea. Y eso nos incluye a nosotras. -Dijo la camarera. —Oye y... ¿Cómo ocurrió? Pareces iluskano. Eso está muy, muy lejos.
—Lo está. Más de un mes en barco. -Dijo el joven mientras miraba a ambas. La prostituta mayor se inclinó ligeramente sobre él, dejando entrever más escote del que sería decente, incluso en un lugar como ese.
—Eso, ¿cómo ocurrió? Me encantaría que me lo contases, sobre todo si pudieras contármelo... En privado. -Dijo la mujer. Parecía que, efectivamente, hacían lo que fuera por dinero. Y es que fue lista; estaba en la boca del lobo. Pidió información, y se la dieron. Y ahora, le tocaba pagar, pues la información gratis, no era. Y algo le decía que el pago iba a ser en algo más que en oro, a juzgar por cómo le miraba la mujer.
—Yo también quiero saberlo. -Dijo la camarera, mirando a ambos. No tenía la mirada lujuriosa de la prostituta, pero desde luego había curiosidad en sus ojos. Lo que Nell no sabía distinguir, era si era curiosidad por la historia, o por el norteño, pero eso le ponía en un compromiso. No estaba allí para tener sexo. Dejó una bolsa de monedas sobre la barra, y miró a ambas.
—Una tarifa de las vuestras. -Dijo el chico. —¿Os vale?
—Puede, pero prefería un pago fuera del trabajo, no sé si me explico. -Dijo la prostituta, sonriendo ladina. Nell dio un suave suspiro. No se esperaba semejante respuesta. Pero claro... Como decían en Ruathym, un polvo es un polvo.
—Me lo pensaré. -Dijo el joven, mientras guardaba las monedas dentro de su bolsa de oro de nuevo. Miró entonces a la rubia, que le miraba con interés. —Realmente quieres oírlo, ¿eh?
—Por favor. -Dijo la joven, sonriendo un poco. Nell suspiró ligeramente.
—Vale. Empezaremos por el principio.
Yggfrigg, mi hermana, y yo, nacimos el mismo día. Sí, somos gemelos, no hace falta que me lo preguntéis. Nacimos cerca de la primavera, aunque para nosotros no había grandes cambios hasta verano, así que en casa acostumbraban a llamarnos “las últimas hojas de invierno”, pues con nuestro color de pelo decían que teníamos pinta de habernos caído de un árbol hace poco.
Crecimos felizmente, mi padre era guerrero en tiempo de guerra, y agricultor y ganadero en tiempos de paz. Mi madre era tejedora, pero también sabía mucho de artes. Pintaba, esculpía y cantaba, aunque nadie en nuestro pueblo era ajeno al uso de la espada y el escudo cuando hacía falta, pues como ya debéis saber en estas tierras, los ruathem y los luskanitas nunca nos llevamos muy bien. Y nosotros nos dedicábamos a hundir sus barcos a hachazos cuando se acercaban demasiado. Éramos felices. Mi padre solía decir que yo tomé el arte de la guerra por los dos, porque bueno... Fui el niño más rollizo de mi año.
Era el más fuerte de los dos, y el más ágil, mientras que mi hermana era endemoniadamente lista. Y encantadora, también. Cuando éramos adolescentes no había chico en la isla que se pelease por ella, incluso tuve que partir más de un brazo y muñeca a los que tenían unas manos demasiado largas para su propio bien. Aunque bueno, eso fue cuando dejamos de hacer trastadas juntos. Acostumbrábamos a juntarnos y jugar el papel de los gemelos embrujados cuando éramos niños... No nos hacía falta ni ensayarlo, solo seguíamos el juego el uno al otro, éramos capaces de decir la misma frase sin necesidad de mirarnos si quiera, era prácticamente instintivo.
Todos nos tenían algo de repelús, y mi madre siempre me echaba las culpas porque, por hacer esas cosas, igual Yggfrigg se quedaría sin casarse cuando creciera. Qué equivocada estaba, en cuanto empezaron a crecerle los pechos, hasta Runa perdía la baba por ella. Ah, ¿que quién es Runa? Jé, esto es divertido, esperad. Runa es mi mejor amiga. No, no me miréis raro, es mi mejor amiga y ya está, además, le van las mujeres tanto como a mí, así que es imposible. ¡Dejad de mirarme así!
En fin, Runa... Era la única chica de la aldea que no se asustaba con nuestros jueguecitos de gemelos embrujados. Siempre se envalentonaba, y se acercaba a nosotros diciendo que no era posible que ella fuera una seidkona y yo su marioneta porque mis padres eran gente de bien que no había hecho ninguna clase de pacto con el diablo. Aunque por otra parte, también es una chica con la que crecimos como si fuera una hermana. Su padre y el mío son muy amigos, siempre embarcan en las mismas batallas y no es la primera ni la última vez que pastorean juntos y nos llevaban a Runa y a mí a cuidar de los rezagados.
En fin. Runa es otra guerrera, vino conmigo aquí. Es valiente como pocas, tiene un genio terrible, y la he visto hacer audacias de toda clase sin pensárselo dos veces. Si no fuera porque la conozco de toda la vida, diría que está como una cabra, pero en verdad es la forma que tiene de sobrellevar la batalla. Es audaz, e intrépida, pero... Le tiene bastante terror a la magia, todo tengo que decirlo. Cuando le dije que me compré unos brazales encantados, casi me los arrancó del brazo y los tiró al mar. Menos mal que soy rápido y pude escurrirme.
Ella creció con nosotros, literalmente. Estuvimos juntos en todos nuestros primeros, buenos y malos momentos. Lo digo en el sentido más literal de la expresión, de hecho... Salvo las batallas. Yggfrigg nunca fue una guerrera. No tenía cuerpo para ello, ni le gustaba especialmente practicar con las armas. Ella era más... Dialéctica, más inteligente. Era capaz de convencer a un mercader de que la plata, valía lo que el oro, con eso os lo digo todo.
Todo iba bien. Crecimos juntos, como ya dije, en ocasiones íbamos a la ciudad los tres juntos a comerciar, y a... Pillar por banda a alguien, ya me entendéis.
Y hace dos meses, se mascó la tragedia. Era de noche, otoño. Lo recuerdo claramente, fue completamente inesperado... Pero de alguna manera tenía la sensación de que algo iba mal. Escuchamos un estruendo en el aire, y después, notamos un fuerte temblor. Mi padre y yo salimos de nuestra casa a toda leche, con mi falcata y mi escudo en mano,y entonces los vimos. Un navío, grande, enorme, sin bandera ni colores, atracado a unos metros de la costa. Varios botes se venían hacia la orilla nevada, mientras sus tubos de fuego disparaban y explotaban. Noté cómo uno de los proyectiles impactaba junto a mí y me provocaba un pitido en el oído. Y entonces todos los guerreros de al aldea salimos hacia el camino, al encuentro de esos bastardos. No eran guerreros corrientes, no eran luskanitas. No llevaban cotas de escamas, ni mallas, ni placas. Iban con cuero y tela, pero sus armas... Sus armas eran curvas, de un único filo. Estaban hechas para cortar tripas y desjarretar carne. Usaban algunas hachas, claro... Pero no eran norteños. Sus pieles eran como la tuya. Oscura, incluso más oscura, diría yo. Nuestro chamán salió de su cabaña a su vez, y entonces empezó a conjurar. Hizo caer hielo de los cielos sobre uno de sus barcos, provocando que este empezase a hundirse, pero sus conjuros llevaban tiempo.
Empezamos a luchar. Lo recuerdo por fragmentos. No era ajeno a matar gente en aquel entonces, es más, era ya natural. Maté a tantos luskanitas cuando aprendía con mi padre, que ya perdí la cuenta de la gente que había asesinado. Pero el ruido, el olor a quemado, el... Azufre, incluso, era... Era horrible. Me sacaron de quicio más de una vez. Arranqué la cabeza a uno de un único golpe de la falcata. Chillé, grité, le partí la mandíbula a otro con un golpe del escudo. Creo que perdí la cuenta de cuántos piratas maté aquella noche, pero estaba fuera de mí. Hirieron a mi padre con una de sus espadas, y entonces empecé a cubrirle a él. Runa se unió a mí no mucho después, blandiendo sus hachas como las guadañas de un paladín chauntení en tiempo de cosecha, segando vidas allá por donde ella pasaba. Nuestro skald cantaba, nos animaba, y al mismo tiempo de alguna forma conseguía con sus runas, paralizar a algunos de ellos, pero no tardaba mucho antes de que una flecha o una espada los matase sobre la nieve.
Fue una batalla larga, pero logramos repelerlos. Sufrimos pocas bajas, y ellos, muchas. Tranquilamente pudimos haber vaciado uno de los dos navíos que quedaban. Pero entonces el chillido de mi madre, mientras los piratas se retiraban, me advirtió de algo: Yggfrigg. Se estaban marchando con ella. Vi a mi hermana siendo arrastrada por el suelo, engrilletada, por uno de esos malnacidos. Me miraba suplicante que fuera a por ella, y eso hice. Corrí. Empecé a matar a cuantos huían, les cortaba las piernas, los tendones, los tobillos, los desnucaba con el pomo de la falcata... Pero luego un grandullón de piel negra me golpeó con su gran puño, y me tiró al suelo. Lo vi todo doble durante un rato. Intenté correr, pero trastabillé sobre la nieve, me resbalé, y me golpeé la cabeza de nuevo. Grité el nombre de mi hermana. Una y otra vez. Lo aullé como si así pudiera hacerla volver conmigo... Y entonces supe que tenía que ir a por ella.
A la mañana siguiente apilamos los cuerpos de los piratas y los quemamos para que no se pudrieran. Honramos a nuestros pocos caídos... Y entonces Runa y yo nos pusimos en marcha. Les dijimos a nuestros padres que se quedaran ahí, que iríamos nosotros a por Yggfrigg. Nos costó mucho persuadirles, pero conseguí hacerles entrar en razón. Si esos bastardos vinieron una vez, vendrían dos, y necesitaban a los mejores guerreros de la aldea con ellos. Nosotros éramos fuertes, sí, y hábiles, pero nos faltaba la experiencia que ellos tenían en combate.
Y entonces empezamos a navegar. Nos prestaron un drakkar con diez remeros que volvería cuando nosotros les diéramos la orden. Mi primera parada, Aguas Profundas. Allí supe que no utilizaban lo que vosotros llamáis pólvora, que eso se utilizaba en las tierras del sur, y en un sitio llamado Lantarn, que no conozco, pero queda muy lejos según me han dicho.
Y aquí estoy. En el local de Alindra, con un par de prostitutas... Hablándoles de cómo llegué a Athkatla. Avisadme cuando acabe vuestro turno. Si realmente Yggfrigg está donde decís, volveré para agradecerlo una vez más.
El joven se levantó entonces, mirando a ambas chicas. Las mujeres se habían mantenido en silencio todo el rato, ensimismadas en la historia que les había contado. Pero él no tenía más tiempo que perder.
Tenía que encontrar Yggfrigg. A toda costa.
Se había levantado una buena ventisca en Athkatla nada más caer el ocaso invernal, claramente acortado por la temporada en la que se había sumido Faêrun. Las temperaturas habían caído, y la nieve sustituía el fangoso terreno encharcado por el agua de lluvia tan abundante últimamente en la región. El viento arreciaba, golpeaba las ventanas, pese a que la cantidad de nieve no era mucha, el temporal era más que obvio.
Unas botas de cuero rígido se movieron sobre el pavimento de las aceras y sobre los caminos de carreta por igual, esquivando suciedad y excrementos tan habituales en las urbes con una calculada precisión. El joven guerrero se acercó a uno de los edificios con las luces de los candelabros aun encendidas, iluminando los recovecos de las salas de éste. Observó el cartel entre los últimos rayos de luz del día a punto de extinguirse. Era un cartel de colores vivos, casi obscenos, vibrantes. No le cabía duda. Era un burdel. Respiró hondo y se quitó algo de nieve de los hombros. Hacía frío, pero no tanto como en Ruathym, y eso lo sabía.
Nell se metió bajo la cornisa del edificio, sostenida por unos pilares de madera, que más que pilares parecían vigas en vertical, y abrió la puerta. Inmediatamente sintió cómo el frío dejó de arreciar en sus brazos, y el cómo la nieve cesó en su empeño de teñir su pelo carmesí de blanco. Se sacudió levemente la larga trenza, y entonces observó el local. Una mujer, ya anciana, lo observaba desde detrás de un mostrador, abrigada con un chal y definitivamente interesada en el joven.
—¡Vaya! —Dijo la mujer, sorprendida de ver a alguien que no era, ni un mercader viejo y seboso, ni un putañero habitual. —¿Qué hace un joven tan apuesto, en un local como este?
Los ojos de Nell se dirigieron hacia la anciana por un instante estudiándola. No hizo el esfuerzo de ocultarlo, pese a que a los sureños aquello pudiera resultarles incómodo. Estaba allí sin intención de quedarse, y aunque lo hiciera, no iba con él el tirar la piedra para esconder la mano después.
—Compañía, información y bebida. -Dijo, mirando a la mujer. Los ojos de Nell bajaron hacia las escaleras, donde escuchaba risas femeninas, el ajetreado retumbar de tacones y suelas de zapato yendo y viniendo, otras risas masculinas y un recargado ambiente perfumado, claramente orientado a turbar sus sentidos, acudía a su nariz.
—Creo que puedes encontrar todo eso aquí, encanto. —Dijo la anciana, sonriente. —Aunque depende de la información que desees, te costará más... O menos.
—Lo que tú digas, sureña. -Dijo con un gruñido. Su marcado acento iluskano tenía cierto tinte intimidante, aunque el joven se esforzaba en no sonar grosero, pero era imposible. —¿Puedo pasar, pues?
—Sí. Pero no la líes, norteño. -Replicó la anciana, frunciendo el ceño al ser llamada ‘sureña’. Seguramente en sus años mozos cuando era una prostituta fresca como una lechuga, eso no pasaría. El joven bajó las escaleras, para encontrarse con una especie de... Sótano, quizás un entresuelo. Las paredes estaban hechas de madera de forma prácticamente íntegra, con unos pequeños ventanucos que daban al exterior en la base del pavimento del edificio. Estaban abiertos para evitar que el aire se saturase, y que la estancia se refrescase, pero con la cantidad de incienso y perfume de las mujeres, era casi imposible que aquel sitio no quedase impregnado de aquellos olores.
Observó a las chicas. Eran jóvenes, la mayoría parecían sanas. Muchas no llegarían a los veinte años, pensó él. Sus cuerpos estaban casi todos encorsetados, intentando que sus pechos resaltasen lo más posible, aunque hubiera algunas que no necesitaban de tal realzamiento de sus encantos más evidentes. Notó algunas miradas posándose sobre él. Algunas eran furtivas, otras curiosas. Otras tenían miedo. El joven echó un vistazo por la habitación, hasta que reparó en una silla desocupada frente a la barra.
Quienes estuvieran en aquella sala hubieran podido verle con facilidad, y como para no. Cubierto con una cota de mallas intercalada con ciertas piezas de cuero blando y pieles de lobo sobre sus hombros; los guantes hechos de cuero curtido y a todas luces manufacturados para resistir el frío gélido, con algunas manchas de salitre aquí y allá, las botas eran altas, del mismo material que los guantes, dos metros de hombre ruathem, de músculos fuertes y trabajados ante incontables horas de entrenamiento en combate y trabajo duro. Su brazo derecho estaba totalmente tatuado en tinta azul y gris, con motivos tribales y marineros propios de su clan, aunque quién sabía si esos tatuajes proseguían por debajo de la armadura. Su pelo era rojo, de un tono muy cercano al carmesí, entre el rojo fuego y el rojo sangre. A su espalda, un par de enormes gujas cruzadas cuyas hojas metálicas peligrosamente rascaban una de las escasas placas de metal que le ofrecían protección en la pantorrilla, pero no llegaban a hacer ruido siquiera, y a su cinto, dos falcatas de tamaño considerable, adornadas con ornamentos de acero, hueso y oro por igual. No cabía duda en que ese hombre era un guerrero, y no un niño, pese a su joven edad.
Se sentó con pesadez en el asiento, y respiró hondamente, mirando entonces al frente. Una joven camarera, de no más de diecisiete inviernos le miró y se acercó. Estaba intimidada, eso desde luego, pero sentía curiosidad por un viajero tan atípico, más aun en aquel local al que solían ir la mayor parte de los putañeros locales, mercaderes fofos y orondos, matones y poco más.
—¿Puedo servirte algo? -Preguntó la joven, mirándole con unos vivaces ojos castaños, ocultos parcialmente por un pelo rubio pajizo que solo se había molestado en peinar. El joven la miró por unos instantes. Era decarado, pero la examinaba, la estudiaba. Aun era una chiquilla, sus gestos delataban el nerviosismo propio de alguien que aun no se había amargado, y su cuerpo no había terminado de desarollarse del todo.
—Puedes. -Dijo, sonriendo con suavidad. Su marcado acento norteño se suavizó. —Hidromiel, no conozco lo que tienes, así que ponme lo que más adecuado te parezca.
—Hidromiel sea. -Dijo la chiquilla mientras tomaba una jarra y se dirigía hacia uno de los barriles tras la barra, con una boquilla de grifo estampada en el tapón de madera. Hubo un silencio mientras rellenaba la jarra, y Nell echó un vistazo hacia el pequeño bar. Estaba repleto de licores, tanto caros como baratos, las botellas variaban de color según el vidrio con el que estuvieran hechas. La mayoría eran rojas, como si así consiguieran generar algún efecto sobre sus clientes. Y no le sorprendía, considerando que aquel lugar era un burdel de arriba abajo. Notó a una mujer acercarse, pasarle las yemas de los dedos sobre uno de sus brazos. Era un tacto suave, agradable, cálido. Su mirada se dirigió hacia la prostituta, que a todas luces tenía un pie más en los treinta que en los veinte, pero no obstante seguía siendo bella. De caderas amplias, cintura estrecha y pecho más que generoso, de ropajes más bien tirando a vaporosos que si bien la tapaban, dejaban entrever algunos de los encantos más obvios de la mujer. Nell le sonrió con un deje pícaro, pero no dijo nada. Observó la piel tersa y bronceada de la mujer, un bronceado muy distinto al suyo; era aceitunado, no calloso, no estaba cuarteada por el sol como lo estaba él. Y era un bronceado profundo, más... Oscuro.
—¿Puedo preguntar qué trae a un hombretón como tú a un sitio así? Tan joven y fuerte, no puedo creerme que necesites pagar por las atenciones de alguna chica. -Dijo la mujer, sentándose justo a su lado. Nell resopló por la nariz, pero no era hastío, era diversión
—Bueno, eres muy lista. Tienes razón, no vengo para pagar por vuestros cuerpos. -Dijo el chico mientras se apoyaba en la barra, tomando la jarra. La camarera pareció interesarse más por sus palabras entonces, apoyando los antebrazos y escuchando atentamente. —Vengo buscando a alguien. Y sabiendo que vosotras escucháis muchas cosas de mucha gente, quizás podríais ayudarme.
—Parece que no eres extranjero a las prostitutas entonces. -Asumio la rubia, alzando ambas cejas.
—Claro que no, soy norteño, no estúpido. En Ruathym tenemos putas también. -Dijo con rapidez, pero no de forma hostil. Probablemente hubiera usado otras palabras, si no fuera porque no controlaba del todo bien el idioma, aun.
—No pretendía ofender. -Dijo la camarera, encogiéndose un poco en el sitio.
—Bobadas. No me ofendes, es que he tenido que aprender khondazano en veinte días. -Dijo el pelirrojo con un bufido. Eso explicaba muchas cosas, desde su acento cerradísimo hasta la dificultad para encontrar palabras bien sonantes para cosas que no eran tan buenas, y esa contundencia con la que hablaba, aunque lo más probable es que eso último fuera un resultado de su educación guerrera y espartana, que de un problema idiomático.
—¿A quién buscas? -Preguntó entonces, la prostituta mayor. La mujer colocó su mano en el muslo de Nell, mirándole fijamente a los ojos con sus ojos pardos de una tonalidad muy oscura. Eran almendrados, y el maquillaje los hacía realmente grandes.
—Es una mujer. Alta, como tú, un poco más quizás. -Dijo el joven, mirándola. —Pelirroja. Medidas similares a las tuyas, pero con más cadera. Muy guapa, de mi edad, con pecas.
—Suena a alguien que podría tener mucha clientela en este local. -Dijo la camarera. —¿Qué es, tu amiga, tu novia...?
—Es mi hermana. La raptaron de mi pueblo y las pistas nos condujeron aquí.-Dijo, mirando a ambas. Las chicas ensombrecieron levemente el rostro. Miraron al joven, que mantenía su expresión tal cual, aunque estaba enfriada. No tenía ese brillo alegre y vigoroso en sus ojos. —No digáis que lo sentís, decidme lo que sepáis.
—Poco, en verdad. -Dijo la prostituta mayor, bajando la mirada. —Sabemos que hay algunos esclavistas en el barrio bajo, tras unos callejones, de ese tipo de esclavitud no legal aquí, pero... Eso es todo. No te puedo decir nada más...
—Ya. -Dijo el joven, frunciendo el ceño. —Pues ya me habéis dado más que la mayoría. Suelen mirar a otro lado.
—Bueno, es lo que pasa en Athkatla. Si da dinero, la gente... Hace lo que sea. Y eso nos incluye a nosotras. -Dijo la camarera. —Oye y... ¿Cómo ocurrió? Pareces iluskano. Eso está muy, muy lejos.
—Lo está. Más de un mes en barco. -Dijo el joven mientras miraba a ambas. La prostituta mayor se inclinó ligeramente sobre él, dejando entrever más escote del que sería decente, incluso en un lugar como ese.
—Eso, ¿cómo ocurrió? Me encantaría que me lo contases, sobre todo si pudieras contármelo... En privado. -Dijo la mujer. Parecía que, efectivamente, hacían lo que fuera por dinero. Y es que fue lista; estaba en la boca del lobo. Pidió información, y se la dieron. Y ahora, le tocaba pagar, pues la información gratis, no era. Y algo le decía que el pago iba a ser en algo más que en oro, a juzgar por cómo le miraba la mujer.
—Yo también quiero saberlo. -Dijo la camarera, mirando a ambos. No tenía la mirada lujuriosa de la prostituta, pero desde luego había curiosidad en sus ojos. Lo que Nell no sabía distinguir, era si era curiosidad por la historia, o por el norteño, pero eso le ponía en un compromiso. No estaba allí para tener sexo. Dejó una bolsa de monedas sobre la barra, y miró a ambas.
—Una tarifa de las vuestras. -Dijo el chico. —¿Os vale?
—Puede, pero prefería un pago fuera del trabajo, no sé si me explico. -Dijo la prostituta, sonriendo ladina. Nell dio un suave suspiro. No se esperaba semejante respuesta. Pero claro... Como decían en Ruathym, un polvo es un polvo.
—Me lo pensaré. -Dijo el joven, mientras guardaba las monedas dentro de su bolsa de oro de nuevo. Miró entonces a la rubia, que le miraba con interés. —Realmente quieres oírlo, ¿eh?
—Por favor. -Dijo la joven, sonriendo un poco. Nell suspiró ligeramente.
—Vale. Empezaremos por el principio.
***
Yggfrigg, mi hermana, y yo, nacimos el mismo día. Sí, somos gemelos, no hace falta que me lo preguntéis. Nacimos cerca de la primavera, aunque para nosotros no había grandes cambios hasta verano, así que en casa acostumbraban a llamarnos “las últimas hojas de invierno”, pues con nuestro color de pelo decían que teníamos pinta de habernos caído de un árbol hace poco.
Crecimos felizmente, mi padre era guerrero en tiempo de guerra, y agricultor y ganadero en tiempos de paz. Mi madre era tejedora, pero también sabía mucho de artes. Pintaba, esculpía y cantaba, aunque nadie en nuestro pueblo era ajeno al uso de la espada y el escudo cuando hacía falta, pues como ya debéis saber en estas tierras, los ruathem y los luskanitas nunca nos llevamos muy bien. Y nosotros nos dedicábamos a hundir sus barcos a hachazos cuando se acercaban demasiado. Éramos felices. Mi padre solía decir que yo tomé el arte de la guerra por los dos, porque bueno... Fui el niño más rollizo de mi año.
Era el más fuerte de los dos, y el más ágil, mientras que mi hermana era endemoniadamente lista. Y encantadora, también. Cuando éramos adolescentes no había chico en la isla que se pelease por ella, incluso tuve que partir más de un brazo y muñeca a los que tenían unas manos demasiado largas para su propio bien. Aunque bueno, eso fue cuando dejamos de hacer trastadas juntos. Acostumbrábamos a juntarnos y jugar el papel de los gemelos embrujados cuando éramos niños... No nos hacía falta ni ensayarlo, solo seguíamos el juego el uno al otro, éramos capaces de decir la misma frase sin necesidad de mirarnos si quiera, era prácticamente instintivo.
Todos nos tenían algo de repelús, y mi madre siempre me echaba las culpas porque, por hacer esas cosas, igual Yggfrigg se quedaría sin casarse cuando creciera. Qué equivocada estaba, en cuanto empezaron a crecerle los pechos, hasta Runa perdía la baba por ella. Ah, ¿que quién es Runa? Jé, esto es divertido, esperad. Runa es mi mejor amiga. No, no me miréis raro, es mi mejor amiga y ya está, además, le van las mujeres tanto como a mí, así que es imposible. ¡Dejad de mirarme así!
En fin, Runa... Era la única chica de la aldea que no se asustaba con nuestros jueguecitos de gemelos embrujados. Siempre se envalentonaba, y se acercaba a nosotros diciendo que no era posible que ella fuera una seidkona y yo su marioneta porque mis padres eran gente de bien que no había hecho ninguna clase de pacto con el diablo. Aunque por otra parte, también es una chica con la que crecimos como si fuera una hermana. Su padre y el mío son muy amigos, siempre embarcan en las mismas batallas y no es la primera ni la última vez que pastorean juntos y nos llevaban a Runa y a mí a cuidar de los rezagados.
En fin. Runa es otra guerrera, vino conmigo aquí. Es valiente como pocas, tiene un genio terrible, y la he visto hacer audacias de toda clase sin pensárselo dos veces. Si no fuera porque la conozco de toda la vida, diría que está como una cabra, pero en verdad es la forma que tiene de sobrellevar la batalla. Es audaz, e intrépida, pero... Le tiene bastante terror a la magia, todo tengo que decirlo. Cuando le dije que me compré unos brazales encantados, casi me los arrancó del brazo y los tiró al mar. Menos mal que soy rápido y pude escurrirme.
Ella creció con nosotros, literalmente. Estuvimos juntos en todos nuestros primeros, buenos y malos momentos. Lo digo en el sentido más literal de la expresión, de hecho... Salvo las batallas. Yggfrigg nunca fue una guerrera. No tenía cuerpo para ello, ni le gustaba especialmente practicar con las armas. Ella era más... Dialéctica, más inteligente. Era capaz de convencer a un mercader de que la plata, valía lo que el oro, con eso os lo digo todo.
Todo iba bien. Crecimos juntos, como ya dije, en ocasiones íbamos a la ciudad los tres juntos a comerciar, y a... Pillar por banda a alguien, ya me entendéis.
Y hace dos meses, se mascó la tragedia. Era de noche, otoño. Lo recuerdo claramente, fue completamente inesperado... Pero de alguna manera tenía la sensación de que algo iba mal. Escuchamos un estruendo en el aire, y después, notamos un fuerte temblor. Mi padre y yo salimos de nuestra casa a toda leche, con mi falcata y mi escudo en mano,y entonces los vimos. Un navío, grande, enorme, sin bandera ni colores, atracado a unos metros de la costa. Varios botes se venían hacia la orilla nevada, mientras sus tubos de fuego disparaban y explotaban. Noté cómo uno de los proyectiles impactaba junto a mí y me provocaba un pitido en el oído. Y entonces todos los guerreros de al aldea salimos hacia el camino, al encuentro de esos bastardos. No eran guerreros corrientes, no eran luskanitas. No llevaban cotas de escamas, ni mallas, ni placas. Iban con cuero y tela, pero sus armas... Sus armas eran curvas, de un único filo. Estaban hechas para cortar tripas y desjarretar carne. Usaban algunas hachas, claro... Pero no eran norteños. Sus pieles eran como la tuya. Oscura, incluso más oscura, diría yo. Nuestro chamán salió de su cabaña a su vez, y entonces empezó a conjurar. Hizo caer hielo de los cielos sobre uno de sus barcos, provocando que este empezase a hundirse, pero sus conjuros llevaban tiempo.
Empezamos a luchar. Lo recuerdo por fragmentos. No era ajeno a matar gente en aquel entonces, es más, era ya natural. Maté a tantos luskanitas cuando aprendía con mi padre, que ya perdí la cuenta de la gente que había asesinado. Pero el ruido, el olor a quemado, el... Azufre, incluso, era... Era horrible. Me sacaron de quicio más de una vez. Arranqué la cabeza a uno de un único golpe de la falcata. Chillé, grité, le partí la mandíbula a otro con un golpe del escudo. Creo que perdí la cuenta de cuántos piratas maté aquella noche, pero estaba fuera de mí. Hirieron a mi padre con una de sus espadas, y entonces empecé a cubrirle a él. Runa se unió a mí no mucho después, blandiendo sus hachas como las guadañas de un paladín chauntení en tiempo de cosecha, segando vidas allá por donde ella pasaba. Nuestro skald cantaba, nos animaba, y al mismo tiempo de alguna forma conseguía con sus runas, paralizar a algunos de ellos, pero no tardaba mucho antes de que una flecha o una espada los matase sobre la nieve.
Fue una batalla larga, pero logramos repelerlos. Sufrimos pocas bajas, y ellos, muchas. Tranquilamente pudimos haber vaciado uno de los dos navíos que quedaban. Pero entonces el chillido de mi madre, mientras los piratas se retiraban, me advirtió de algo: Yggfrigg. Se estaban marchando con ella. Vi a mi hermana siendo arrastrada por el suelo, engrilletada, por uno de esos malnacidos. Me miraba suplicante que fuera a por ella, y eso hice. Corrí. Empecé a matar a cuantos huían, les cortaba las piernas, los tendones, los tobillos, los desnucaba con el pomo de la falcata... Pero luego un grandullón de piel negra me golpeó con su gran puño, y me tiró al suelo. Lo vi todo doble durante un rato. Intenté correr, pero trastabillé sobre la nieve, me resbalé, y me golpeé la cabeza de nuevo. Grité el nombre de mi hermana. Una y otra vez. Lo aullé como si así pudiera hacerla volver conmigo... Y entonces supe que tenía que ir a por ella.
A la mañana siguiente apilamos los cuerpos de los piratas y los quemamos para que no se pudrieran. Honramos a nuestros pocos caídos... Y entonces Runa y yo nos pusimos en marcha. Les dijimos a nuestros padres que se quedaran ahí, que iríamos nosotros a por Yggfrigg. Nos costó mucho persuadirles, pero conseguí hacerles entrar en razón. Si esos bastardos vinieron una vez, vendrían dos, y necesitaban a los mejores guerreros de la aldea con ellos. Nosotros éramos fuertes, sí, y hábiles, pero nos faltaba la experiencia que ellos tenían en combate.
Y entonces empezamos a navegar. Nos prestaron un drakkar con diez remeros que volvería cuando nosotros les diéramos la orden. Mi primera parada, Aguas Profundas. Allí supe que no utilizaban lo que vosotros llamáis pólvora, que eso se utilizaba en las tierras del sur, y en un sitio llamado Lantarn, que no conozco, pero queda muy lejos según me han dicho.
Y aquí estoy. En el local de Alindra, con un par de prostitutas... Hablándoles de cómo llegué a Athkatla. Avisadme cuando acabe vuestro turno. Si realmente Yggfrigg está donde decís, volveré para agradecerlo una vez más.
***
El joven se levantó entonces, mirando a ambas chicas. Las mujeres se habían mantenido en silencio todo el rato, ensimismadas en la historia que les había contado. Pero él no tenía más tiempo que perder.
Tenía que encontrar Yggfrigg. A toda costa.