Alpha
Admirador del brazo de Sune
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La nieve le llegaba por los tobillos y andar en un lugar con tanta nieve no era tan sencillo para alguien con una armadura tan pesada. Parte de la luz se reflejaba en la nieve, la cual también se reflejaba en su dorada armadura, manchada de sangre y eso le convertía en alguien bastante visible en mitad del bosque nevado. Igualmente, no había asaltador dispuesto a hacerle frente, ya algunos lograron ver lo que les ocurrió a los otros desgraciados que intentaron emboscarle.
El mercenario, agotado, siguió andando, sin rumbo. Se había separado del camino hace varias horas, adentrándose totalmente en el bosque pues esa era su forma de meditar. Su armadura le protegía medianamente bien del aire gélido, pero ningún hombre normal lograría aguantar mucho más haciendo frente a esas temperaturas.
Su viaje sin rumbo le hacía pensar en esas cosas, las palabras de gente que aún se preocupaban por él, gente que no le habían traicionado aún.
Eres un hombre vacío
Le pidieron que buscara un propósito, pues no tenía ninguno. Cada día le hacía volverse más perdido en sentimientos que ya no le llenaban, no sabía que buscar ¿Pelear por oro? ¿Qué sentido tiene jugarte la vida con la espada si no peleas por un motivo que te satisface? Aún sentía que le quedaba mucho hasta encontrar ese propósito.
Un guerrero sin un motivo para pelear es como una espada sin filo. Podrás tratar de cortar todas las veces que quieras, pero no lograrás nada. Si golpeas con más fuerza, la espada quedará dañada.
Yo sé lo roto que estás
Su meditación se vio interrumpida de un momento a otro, cuando estaba a punto de perder la consciencia, cubierto de nieve, sentado, apoyando la espalda en el tronco de un árbol muerto. Una figura esbelta y de tonos rojos se acercaba a lo lejos.
La mujer se le quedó mirando, juntando las manos. Un fuerte olor a sangre se notaba provenir de ella... Y lo más destacable, el símbolo del Saqueador, El Señor de la Guerra, El Amo de Todas las Armas, en su pecho, marcado a fuego.
No había duda alguna... Una saqueadora sangrienta, una sacerdotisa de Gáragos frente a él. Le era difícil comprender como era posible, pues se había asegurado de hacer que nadie pudiera seguir sus pasos, pero ahí estaba, como si así el destino lo hubiese querido.
—¿Cuántas veces... han sido las que has sido traicionado?— Una voz dulce y armoniosa contrastaba totalmente con la apariencia sangrienta que presentaba.
Aryan temblaba de frío, al borde de la inconsciencia, trató de responder.
—Tantas... que me aburre contarlas. Murmuró mientras trataba de frotarse a si mismo, manteniendo el calor.
—Y aquí estás... débil, sin hacer nada al respecto. —La sacerdotisa negó para ella misma—. Puedo notar tu ira, la llevo sintiendo por mucho tiempo ¿Por qué no la dejas fluir?
La sangre caía de su vestido, lentamente, manchando la nieve a su alrededor, extendiéndose poco a poco hasta los árboles cercanos.
—Mi familia... ellos son lo único que tengo realmente.
La sacerdotisa dejó salir un suspiro, acercándose al guerrero y colocando su mano en un lateral de su yelmo, manchándolo de sangre. Aryan entonces miró hacia la oscuridad de la capucha de la sacerdotisa, viendo dos ojos rojos y brillantes mirarle fijamente.
—Podrías ser tan grandioso... pero te limitas. Has sido traicionado por muchos, has visto la falsedad de la gente, la hipocresía... Has visto como hacen oídos sordos y se burlan de ti, de tu objetivo, de lo que has hecho para que saliera adelante —A medida que la sacerdotisa hablaba, la sangre se esparcía anti-naturalmente por toda la nieve, cubriendo el paisaje nevado lentamente, reptando por los árboles como ramificaciones y poco a poco apresando las piernas de Aryan—. Unos te han intentado utilizar, otros te han vendido y otros te han dado la espalda sin escucharte.
El guerrero era incapaz de decir nada, pero con cada palabra de la mujer, sentía algo en su interior que buscaba salir a la fuerza, un impulso embriagador, una necesidad de justicia.
—Intentaste ayudar y te repudiaron por ello... intentaste mover algo que nadie más quería mover ¿Y cuál fue tu recompensa? Odio— La mujer apartó la mano, pero no apartó la mirada de Aryan. Su voz retumbaba por todo el bosque, en su cabeza, como si estuviera en su interior hablando directamente hacia su mente.
El guerrero se llevó la mano al pecho, como si quisiera resistirse a aquella sensación. Una ira tan brutal y descerebrada, una necesidad de destrucción constante, la necesidad de una venganza imparable, la búsqueda de la satisfacción más profunda. Todo aquello movido por el odio que sentía hacia cada persona que, a sus ojos, le traicionó y era algo que nunca había olvidado... recordaba a cada uno en detalle... y eso atormentaba su mente día a día.
—¡Hazlos sangrar, Aryan, que paguen por lo que te han hecho, por convertirte en esto! ¡QUE ARDAN! — La voz de la sacerdotisa hacía eco en su mente, retumbaba por todo su cuerpo y se escuchaba por todo el bosque que cada vez se veía más corrompido.
Y cuando parecía que no iba a aguantar más, cuando su voluntad estuvo al borde de quebrarse completamente, despertó.
Una pesadilla, una de tantas... Puede que hoy no sea el día en el que finalmente sea derrumbado por sus propios demonios.
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