Skotos
Copia defectuosa de Kronobot
- Registrado
- 4/7/07
- Mensajes
- 2,316
I.
El tiempo parecía transcurrir de forma distinta en Náshkel.
Había algo en aquella pequeña ciudad que insistía en convertirse en un escenario recurrente en la vida de Zilvra, como si el destino la empujara una y otra vez a enfrentarse a dilemas similares.
Había estado allí años atrás, enfrentándose junto a otros aventureros, a la amenaza de una saga que prometía un invierno eterno y devorar a todos los niños que cayesen en sus garras. Aquello resultó no ser más que el resultado de la apetencia de un hada maligna, caprichosa y retorcida, que pretendió jugar con la vida de los lugareños como si fuera un simple entretenimiento.
Y también, en esa aventura, conoció a Eothain. Otrora un joven bienhechor, atormentado por sus propios miedos, al perderse entre los espejos de la saga. De esas tinieblas brotó, eventualmente, su convicción férrea por Selûne.
Náshkel, desgraciadamente, era el escenario de incesantes tragedias. Y el dilema que se presentaba ahora, la amenaza de la Horda, era tan un capítulo más.
Mientras tomaba una bebida caliente, la drow hizo memoria. Recordó a los presentes en la reunión con el capitán de la guardia de Náshkel, a medida que enunció el plan y los tres contingentes. No tardó en reconocer a algunos de los más vocales. Eran los mismos que estuvieron durante el incidente de la saga, hace cinco años.
Eran los mismos que querían dejar a los niños atrás. Los mismos que tomaron los gritos de socorro como ‘una trampa’. Aunque no resultó serlo.
Había conocido a muchos como ellos.
Personas que proclamaban con orgullo consignas vacías como la "gloria de Amn", pero que en realidad eran indiferentes al sufrimiento de los débiles. Si algo no podía lucirse en el pecho como una medalla, simplemente no les importaba. Ahora, esos mercenarios habían asentido con entusiasmo en la reunión, uniéndose al coro que pedía sangre por Náshkel.
Pero no clamaban justicia; pedían venganza.
Y, como antes, cuando llegara la hora de la verdad, no estarían dispuestos a ensuciarse las manos.
Claro. ¿Por qué molestarse en mancillarse las manos con ‘escoria orca’? En el destacamento de ‘limpieza’, que era como empezaron a llamar a su asignación, habría poca oportunidad para lucirse, seguramente. Quedaría mucho más vistoso enfrentarse al grueso de la Horda, defendiendo las murallas.
Zilvra no negaba, en parte, la pertinencia de la estrategia. Era evidente que tendrían que destruir el campamento y forzar la marcha de los orcos, quizás instándoles a emprender una retirada estratégica. Pero se negaba a creer la necesidad de matar a todos y cada uno de los orcos, fuesen a luchar o no.
Infantes. Madres.
Por retorcidas que fuesen esas criaturas, no podía convencerse de que su maldad fuera intrínseca. Pensar de ese modo significaría negarse la posibilidad de redimirse a sí misma.
No dejaría que las circunstancias la devorasen.
Era una guerra, sí, y haría cuanto fuese necesario para proteger a Náshkel. Pero la venganza no era el camino. Eso lo había aprendido con Erin. Esa no era la senda de la Luz, ni lo que Eilistraee esperaba de ella.
Mientras otros en el campamento anticipaban la victoria y el júbilo que seguiría, Zilvra sabía que para ella podía ser un momento de despedida.
Si salía con vida, lo haría con su conciencia intacta, aunque eso significara perder todo lo que había conseguido hasta ahora.
No negaría la Luz. Nunca lo había hecho, y no lo haría ahora. Cada día la sentía más fuerte, palpitando como un faro que la guiaba y le daba propósito.
Haría lo que fuese necesario. Y defendería la causa correcta, sin perderse a sí misma por el camino.
El tiempo parecía transcurrir de forma distinta en Náshkel.
Había algo en aquella pequeña ciudad que insistía en convertirse en un escenario recurrente en la vida de Zilvra, como si el destino la empujara una y otra vez a enfrentarse a dilemas similares.
Había estado allí años atrás, enfrentándose junto a otros aventureros, a la amenaza de una saga que prometía un invierno eterno y devorar a todos los niños que cayesen en sus garras. Aquello resultó no ser más que el resultado de la apetencia de un hada maligna, caprichosa y retorcida, que pretendió jugar con la vida de los lugareños como si fuera un simple entretenimiento.
Y también, en esa aventura, conoció a Eothain. Otrora un joven bienhechor, atormentado por sus propios miedos, al perderse entre los espejos de la saga. De esas tinieblas brotó, eventualmente, su convicción férrea por Selûne.
Náshkel, desgraciadamente, era el escenario de incesantes tragedias. Y el dilema que se presentaba ahora, la amenaza de la Horda, era tan un capítulo más.
Mientras tomaba una bebida caliente, la drow hizo memoria. Recordó a los presentes en la reunión con el capitán de la guardia de Náshkel, a medida que enunció el plan y los tres contingentes. No tardó en reconocer a algunos de los más vocales. Eran los mismos que estuvieron durante el incidente de la saga, hace cinco años.
Eran los mismos que querían dejar a los niños atrás. Los mismos que tomaron los gritos de socorro como ‘una trampa’. Aunque no resultó serlo.
Había conocido a muchos como ellos.
Personas que proclamaban con orgullo consignas vacías como la "gloria de Amn", pero que en realidad eran indiferentes al sufrimiento de los débiles. Si algo no podía lucirse en el pecho como una medalla, simplemente no les importaba. Ahora, esos mercenarios habían asentido con entusiasmo en la reunión, uniéndose al coro que pedía sangre por Náshkel.
Pero no clamaban justicia; pedían venganza.
Y, como antes, cuando llegara la hora de la verdad, no estarían dispuestos a ensuciarse las manos.
Claro. ¿Por qué molestarse en mancillarse las manos con ‘escoria orca’? En el destacamento de ‘limpieza’, que era como empezaron a llamar a su asignación, habría poca oportunidad para lucirse, seguramente. Quedaría mucho más vistoso enfrentarse al grueso de la Horda, defendiendo las murallas.
Zilvra no negaba, en parte, la pertinencia de la estrategia. Era evidente que tendrían que destruir el campamento y forzar la marcha de los orcos, quizás instándoles a emprender una retirada estratégica. Pero se negaba a creer la necesidad de matar a todos y cada uno de los orcos, fuesen a luchar o no.
Infantes. Madres.
Por retorcidas que fuesen esas criaturas, no podía convencerse de que su maldad fuera intrínseca. Pensar de ese modo significaría negarse la posibilidad de redimirse a sí misma.
No dejaría que las circunstancias la devorasen.
Era una guerra, sí, y haría cuanto fuese necesario para proteger a Náshkel. Pero la venganza no era el camino. Eso lo había aprendido con Erin. Esa no era la senda de la Luz, ni lo que Eilistraee esperaba de ella.
Mientras otros en el campamento anticipaban la victoria y el júbilo que seguiría, Zilvra sabía que para ella podía ser un momento de despedida.
Si salía con vida, lo haría con su conciencia intacta, aunque eso significara perder todo lo que había conseguido hasta ahora.
No negaría la Luz. Nunca lo había hecho, y no lo haría ahora. Cada día la sentía más fuerte, palpitando como un faro que la guiaba y le daba propósito.
Haría lo que fuese necesario. Y defendería la causa correcta, sin perderse a sí misma por el camino.