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No es la esperanza lo último que se pierde, sino la fe

Skotos

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I.

El tiempo parecía transcurrir de forma distinta en Náshkel.

Había algo en aquella pequeña ciudad que insistía en convertirse en un escenario recurrente en la vida de Zilvra, como si el destino la empujara una y otra vez a enfrentarse a dilemas similares.

Había estado allí años atrás, enfrentándose junto a otros aventureros, a la amenaza de una saga que prometía un invierno eterno y devorar a todos los niños que cayesen en sus garras. Aquello resultó no ser más que el resultado de la apetencia de un hada maligna, caprichosa y retorcida, que pretendió jugar con la vida de los lugareños como si fuera un simple entretenimiento.

Y también, en esa aventura, conoció a Eothain. Otrora un joven bienhechor, atormentado por sus propios miedos, al perderse entre los espejos de la saga. De esas tinieblas brotó, eventualmente, su convicción férrea por Selûne.

Náshkel, desgraciadamente, era el escenario de incesantes tragedias. Y el dilema que se presentaba ahora, la amenaza de la Horda, era tan un capítulo más.

Mientras tomaba una bebida caliente, la drow hizo memoria. Recordó a los presentes en la reunión con el capitán de la guardia de Náshkel, a medida que enunció el plan y los tres contingentes. No tardó en reconocer a algunos de los más vocales. Eran los mismos que estuvieron durante el incidente de la saga, hace cinco años.

Eran los mismos que querían dejar a los niños atrás. Los mismos que tomaron los gritos de socorro como ‘una trampa’. Aunque no resultó serlo.

Había conocido a muchos como ellos.

Personas que proclamaban con orgullo consignas vacías como la "gloria de Amn", pero que en realidad eran indiferentes al sufrimiento de los débiles. Si algo no podía lucirse en el pecho como una medalla, simplemente no les importaba. Ahora, esos mercenarios habían asentido con entusiasmo en la reunión, uniéndose al coro que pedía sangre por Náshkel.

Pero no clamaban justicia; pedían venganza.

Y, como antes, cuando llegara la hora de la verdad, no estarían dispuestos a ensuciarse las manos.

Claro. ¿Por qué molestarse en mancillarse las manos con ‘escoria orca’? En el destacamento de ‘limpieza’, que era como empezaron a llamar a su asignación, habría poca oportunidad para lucirse, seguramente. Quedaría mucho más vistoso enfrentarse al grueso de la Horda, defendiendo las murallas.

Zilvra no negaba, en parte, la pertinencia de la estrategia. Era evidente que tendrían que destruir el campamento y forzar la marcha de los orcos, quizás instándoles a emprender una retirada estratégica. Pero se negaba a creer la necesidad de matar a todos y cada uno de los orcos, fuesen a luchar o no.

Infantes. Madres.

Por retorcidas que fuesen esas criaturas, no podía convencerse de que su maldad fuera intrínseca. Pensar de ese modo significaría negarse la posibilidad de redimirse a sí misma.

No dejaría que las circunstancias la devorasen.

Era una guerra, sí, y haría cuanto fuese necesario para proteger a Náshkel. Pero la venganza no era el camino. Eso lo había aprendido con Erin. Esa no era la senda de la Luz, ni lo que Eilistraee esperaba de ella.

Mientras otros en el campamento anticipaban la victoria y el júbilo que seguiría, Zilvra sabía que para ella podía ser un momento de despedida.

Si salía con vida, lo haría con su conciencia intacta, aunque eso significara perder todo lo que había conseguido hasta ahora.

No negaría la Luz. Nunca lo había hecho, y no lo haría ahora. Cada día la sentía más fuerte, palpitando como un faro que la guiaba y le daba propósito.

Haría lo que fuese necesario. Y defendería la causa correcta, sin perderse a sí misma por el camino.​
 

Teiglin

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En mitad del caos de la batalla, en algún rincón olvidado, permanecería envuelto en telas, a pesar de los años, por extraño que parezca, el diario aun tenía un agradable olor al rocío de la mañana en un campo de flores, en su interior, se podían leer algunas entradas de su viejo dueño, retazos de una historia ya olvidada. ​

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Diario de Sir Balagh Olonrae de Nashekll​

Paladín caído de Lathander, exiliado de la Orden del Muy Radiante Corazón

Entrada I
La luz ya no responde a mis plegarias. Mi espada, otrora bendecida por el alba, yace fría e inerte en mis manos. Lathander ha apartado Su rostro de mí, y la Orden me ha dado la espalda. No los culpo. Soy un traidor, un hereje, no por mi falta de habilidad o fuerza, sino por permitir que la oscuridad anidara en mi corazón. Los susurros de los hijos de la Noche... ¿cómo pude escucharlos siquiera? ¿Cómo pude dejarme llevar por la ira? ¿Cómo puede abandonar la esperanza? Ahora veo que sus palabras fueron una sombra sobre mi juicio. Debo recuperar la esperanza.

Entrada V
Hoy quemé el escudo heráldico de mi familia que portaba el símbolo de Lathander. Sentí que profanaba Su imagen cada vez que lo llevaba conmigo. La ceniza se esparció con el viento, como mi fe. Sin embargo, no siento odio, sino vergüenza ¿Acaso esto es el miedo?. Me observo cada mañana en el reflejo del lago donde estoy acampado y veo a un hombre que no merece la redención. ¿Es esto lo que se siente al estar muerto por dentro? ¿Esto es lo que los vampiros buscaban para mí? ¿Se estarán riendo de mi?

Entrada XIII
Una mujer anciana me ofreció refugio en su cabaña. Me llamó “un guerrero perdido” y me dio pan y agua. No pude mirarla a los ojos al aceptar su bondad. Me pregunto si Lathander la envió como una prueba. Pero, ¿para qué probar a un hombre que ya ha fallado? Me habló de su nieto, un niño que fue asesinado por bandidos. No pude confesarle que, en mi soberbia, abandoné mi espada, y a mi mismo, dejé atrás la esperanza, la he perdido.

Entrada XXI
He comenzado a soñar con el amanecer, pero el sol nunca sale en esos sueños. La penumbra me envuelve, y siempre veo los rostros de los que perdieron la vida por mi traición. El inconexo rostro de esa inmortal aparece entre ellos, riendo, sus colmillos afilados goteando sangre. Desperté gritando esta noche, mi cuerpo frío como el mármol. Tal vez estos sueños sean mi penitencia, pero... ¿es suficiente?

Entrada XXX
Me he decidido. No buscaré el perdón de Lathander ni el de la Orden. En cambio, iré tras los hijos de la Noche y los destruiré con las manos desnudas si es necesario. No lo haré por redención ni por gloria, sino por todos aquellos que murieron mientras yo escuchaba sus mentiras. Si muero en el intento, que así sea. Pero si alguna vez la luz me encuentra de nuevo, tal vez... tal vez podría al menos morir mirando al amanecer.

Entrada XXXV
Hoy tomé un arma de los cadáveres de una partida de mercenarios caídos. No tiene el brillo divino de Hoja de Luz, pero corta tan bien como cualquier otra. Mi fuerza física mengua día a día, pero algo extraño ocurre en mi alma. Una llama, pequeña pero intensa, parpadea en mi interior. No es la gracia de Lathander, lo sé, pero tampoco es la oscuridad. Quizá sea mi humanidad, aferrándose a la última chispa de esperanza. ¿Es la esperanza lo que arde, o es la fé el corazón de toda emoción y esperanza?

Entrada XL
Esta será mi última entrada. He seguido las huellas de los hijos de la Noche hasta un castillo en ruinas, donde la noche parece eterna. Los enfrentaré al anochecer. Si no regreso, que este diario sea mi testimonio y mi confesión. He fallado como paladín, como protector y como hombre. Pero no fallaré en esto. La oscuridad tomó mi fe, pero no mi voluntad. Que esta noche, en esta última batalla, los gritos de los inocentes encuentren eco en mi acero.

Si alguien lee esto, que jamás lo olvide: Lo último que perdemos no es la esperanza, es la fé. Y mi fé es ahora más fuerte que el propio amanecer.


Sir Balagh Olonrae de Nashekll

Offtopic :
Historia escrita y basada en el pasado remoto del servidor, recuerdo de un magnifico personaje y jugador.
 
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