Era un día como cualquier otro, o eso parecía en un principio, los pasillos de la Arcanum Schola se llenaban del bullicio de los alumnos, algunos corrían a clase, otros empezaban debates sin fin sobre la magia mientras otros miembros de la institución simplemente se dedicaban a sus quehaceres. En lo alto de la más alta torre de la Arcanum se hallaba la habitación de la que era en ese momento la Decana de las Artes Místicas, Numina, que se encontraba pensativa mirando desde la ventana, por donde podía ver casi por completo aquella ciudad que nunca descansaba, la hechicera observaba el horizonte en silencio, quizás tratando de no olvidar esa imagen con la que se despertaba todos los días durante años, intentando que se le quedara grabado en la mente para la posteridad.
En sus manos una carta sellada con su propio sello, una letra N sobre el sello rojo, sujetaba la carta al principio con duda, luego de un rato la duda se volvió determinación, solo ella sabía lo que le pasaba por la cabeza, pero lo que está claro es que no era sencillo. Echó un ultimo vistazo hacia esa ventana, hacia esas vistas, tomó sus cosas con la ayuda de su Guardián Escudo, ese enorme Golem que siempre la acompaña y el cuál cargaba con los bártulos de la hechicera, y juntos bajaron las escaleras de la enorme torre.
Numina y su Golem andaban con paso lento por esos pasillos, la hechicera miraba con una sonrisa a sus alumnos y compañeros una última vez, parecía que no quisiera llegar a su destino pues su paso era muy calmado y aprovechaba para quedarse con los pequeños detalles, los cuadros en los pasillos, el sonido de las risas, el barullo de el día a día de los que habitaban esas paredes, los olores y toda esa esencia a magia que siempre hay en el ambiente. Finalmente llegó frente a aquel temible e imponente secretario, que por lo normal era una persona seria y fría, aunque la mediana después de tantos años quizás se había logrado su respeto, Numina le hizo entrega de aquella carta sellada sin decir mucha palabra, el secretario ya conocedor del contenido y el motivo no añadió palabra alguna, tomó la carta y la guardó.
La hechicera se dirigió hacia la entrada de la universidad, y sin mirar hacia atrás salió con paso firme por la puerta, sin saber si esa sería su última vez en el lugar o si en un futuro volvería para retomar la rutina, lo que estaba claro es, que este no era el fin de algo, si no el comienzo.
"Solo quien se atreve a soltar el ayer puede abrazar el mañana."
La vieja Caravana de Numina avanzaba con lentitud por los caminos serpenteantes de un valle lleno de sauces, y a través de la pequeña ventana de madera Numina observaba cómo los árboles comenzaban a cambiar de forma, menos erguidos, más acogedores, como si ellos mismos se prepararan para recibirla. A su lado, Gómez, el Golem permanecía en silencio, tan fiel como siempre, aunque algo más torpe en aquel espacio reducido.
Al cruzar el viejo puente de piedra que marcaba la entrada a Gambiton, la hechicera no pudo evitar que se le escapara un suspiro. Allí, entre colinas redondeadas y campos trabajados con esmero, se alzaba de nuevo la villa que tanto había costado reconstruir tras la guerra contra los orcos. Las casitas semienterradas en la tierra, con chimeneas humeantes y puertas redondas de colores cálidos, parecían ahora aún más vivas, como si hubieran aprendido a resistir.
Niños Hin correteaban descalzos entre risas, flores silvestres trepaban por las paredes, y el aire olía a manzana y pan horneado. La caravana se detuvo con un leve crujido.
"Bienvenida, Numina" dijo Nicodemus con su voz amable y con una sonrisa sincera. A su lado, Calendil ofrecía una mirada serena, como quien entiende sin preguntar.
Numina asintió, agradecida, sin necesidad de palabras. No regresaba, simplemente volvía a casa de otro modo. La colina de los manzanos la esperaba, justo donde había pedido, allí se alzaba su nueva morada, cavada con paciencia en la ladera, como si el propio terreno hubiera querido abrazarla. La puerta redonda, de madera rojiza, tenía una aldaba en forma de media luna, y dos ventanales dejaban escapar un resplandor cálido.
El Golem bajó con cuidado los últimos baúles y los dejó junto al umbral, Numina empujó la puerta y entró.
El hogar olía a madera vieja, a lavanda seca, a pan tostado, aunque nadie hubiera cocinado aún. Se detuvo en la sala principal, donde una alfombra tejida cubría la madera del suelo y una butaca cómoda esperaba junto al fuego, allí se sentó, dejando que el silencio llenara los huecos de su alma.
Una lágrima se le escapó, sin aviso ni ceremonia, no por debilidad, sino por todo lo que quedaba atrás, no era una torre, ni un laboratorio arcano, no tenía vitrinas con grimorios flotantes ni corredores que olieran a incienso y tinta seca. Pero sí tenía algo más profundo, la posibilidad de echar raíces. Allí no enseñaría teorías, tal vez, pensó, empezaría a inventar otras nuevas, una hechicería que creciera como crecen las plantas: desde lo vivo, desde lo sentido.
Calendil entró sin hacer ruido, dejando en la mesa un frasco de mermelada de fresa.
"Dicen que a veces, Numina, el descanso también es un acto de magia."
"¿Y si lo que Numina ha dejado atrás nunca se llena?" Preguntó la hechicera, sin mirarla.
"Entonces planta algo, algo pequeño, algo que no sea tuyo aún... Y déjalo crecer."
Numina cerró los ojos, afuera, los Hin recogían las últimas calabazas del día. Nicodemus daba instrucciones a un par de muchachos que colocaban farolillos para la fiesta de la Cosecha, la vida no se detenía.
Esa tarde, en el pequeño jardín trasero, cavó un hueco con sus propias manos, sacó del bolsillo una semilla oscura, vetada de hilos dorados, no la había estudiado ni catalogado, solo la había guardado durante años sin saber por qué, hasta ahora.
La enterró con suavidad y la cubrió con sus manos desnudas, no hizo falta un hechizo.
Plantar algo, había dicho Calendil, algo pequeño, algo que aún no fuera suyo.
A lo lejos, Nicodemus organizaba a unos jóvenes para colgar farolillos, Calendil conversaba con una anciana sentada en un banco, el Golem sostenía una regadera de tamaño desproporcionado, de manera torpe y poco delicada.