Ordenando un cajón olvidado durante veinte años, Talivia recupera una antigua poesía en un pergamino cien veces doblado y decide transcribirla en su poemario privado.
¡ABAJO LAS MURALLAS!
Miré los muros de esta ciudad cansada,
que es Athkatla,
dorada capital de Amn mancillada,
tan doliente,
que de sangre sus tierras baña en simiente.
Lienzos de cráneos y tibias al sol blanqueados
son sus paredes,
mil millares de siervos aplastados,
al servicio,
de la defensa del vil patricio,
cobarde,
engordando su riqueza y su buche,
asentado,
amenazando,
y bebiendo de la copa de un Injusto Trato.
¿Dónde se ha visto tamaña desfachatez,
tal dejadez,
que el honrado se esconda las intenciones,
y consienta,
tan cornudo,
que el villano fornique con su virtud y orgullo?
¿No será que oculta bajo esa lerda sonrisa,
quizás,
la mueca cretina de un malarita,
la insoportable levedad del sharrano,
la agresiva sumisión de un banita
el ano rijoso del loviatano?
Porque aquel necio que mira y nada hace
es tan infame,
como aquel que con campos de cultivo arrasa,
orinando
pensamientos idiotas como un chucho con sarna.
La muerte se pasea casi desnuda y carnada,
seductora,
por Athkatla,
y con promesas de doncella tienta a los vivos,
para cuando se baja la saya ya nadie advierte
su príapo inerte.
¿Redención?
¡Revolución!
¡Basta ya de colocar huesos sobre malos cimientos!
¡Habemos palos para todos!
¡Al villano, en la quijada!
¡Al ruin, en los bolsillos!
¡Al idiota, en el intelecto!
¡Al perverso, en el escroto!
¡Y al héroe, en sus manos!
Caballero envuelto en llamas,
erudito bien pensante,
gentiles y robustos,
celadores de las ramas,
libertarios y pueblo llano.
En vuestras manos, la maza.
Que es tiempo de derribar esta decadente muralla.