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Para matar un dragón...

Vinter

Vampiro buceador de lagos
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—¿Estamos todos listos? -Halgar, en su impaciencia, partió antes de tiempo. Sin embargo, gracias al buen criterio de Kriell, tuvieron a bien el esperar a los últimos miembros de la comitiva que estaban por llegar. El frío del otoño empezaba a notarse, y ahora que estaban llegando a los pies de las cumbres de los Picos, todavía más. Aun no habían caído las primeras nieves, y sin embargo, el cambio de paradigma era sustancial, ahora que estaban unos cuantos metros por encima del nivel de Athkatla.

¿El objetivo de aquella expedición? Llamarlo ‘matar a un dragón’ sería ponerlo como algo demasiado simple. Si fuera simple y llanamente tomar el trofeo de la cabeza de uno de los vástagos de Icehaupthannarix, hubieran sencillamente hablado con el reclutador del gremio de aventureros y dado la voz, más de uno se hubiera apuntado.

Oh no, aquella expedición era algo más. Una declaración de intenciones. Una prueba de valía, de los jóvenes bárbaros para hacer que su Thane, el Thane del águila, se tragase sus palabras, y reconsiderase las alianzas de los Reghed. Eir y Halgar se habían propuesto en demostrar que los bárbaros no se encontraban solos, y para eso, habían decidido unir al Norte en la medida de lo posible. Aunque no había sido un proceso fácil.

Los elfos no fueron difíciles de convencer. Los siervos de la Luna, tampoco. Afortunadamente, ambos grupos prestaron su ayuda: La Dendravoz Aelindar, la Arkerym Kyathel y la maga Nyvara, prestaron su ayuda por parte del Enclave. Mientras, por parte de la iglesia de la Luna, los caballeros Kastan y Kriell, y las sacerdotisas Sariel y Gwenaëlle, acudieron. Halgar no era muy dado a mostrar emoción alguna. Sin embargo, por dentro, el tosco bárbaro sentía un profundo agradecimiento. Si acaso, el cazador lamentaba que Dainn se encontrase atrapado entre los muros de Khazad resistiendo junto a su Rey. Si hubiera acudido el manodezh, hubiera sido una unión casi completa del Norte, pero los tiempos eran convulsos… Y tanto Khazad, como Nashkel, estaban bajo asedio. Así que los aliados se reducían. Y aun con todo, demostrando que no estaban solos, los jóvenes Reghed podrían demostrar que su pueblo era una fuerza a tener en cuenta de igual modo.

Cuando al fin había llegado el último de los miembros que conformaría la comitiva, comenzó el ascenso. La primera parte, fue prácticamente rutinaria. Para Halgar y Eir, las subidas a Cumbrelanza y los ataques de los Urds eran un suceso de vida diaria. Bajaban en picado, y entonces se encontraban o bien con los relámpagos de la druida, o bien con la cimitarra ensangrentada del furioso bárbaro. Pero de esta vez, los Urd se encontraron con más: Bastonazos furiosamente calculados de una avariel llevada por el viento, los tajos controlados de un caballero de la Luna que había nacido de la comunión entre el Rojo y la Plata, acompañados de las flechas de una mujer que había decidido que su mejor arma sería la palabra, sin hablar del intelecto de aquella que había prestado su tiempo a ahondar en los conocimientos que a tantos se le escapaba.

Durante el ascenso, entre combate y combate, Gwenaëlle y Kriell se afanaban en informar a Halgar de lo que conllevaba cazar un dragón blanco. Su intelecto, su memoria. Halgar tenía la tendencia a menospreciar al dragón, a veces. Probablemente conducido por puro odio, o la ignorancia bárbara.

—Son los menos inteligentes de los dragones en comparación. -Dijo Gwenaëlle.

—Pero tienen una gran capacidad de rencor. -Añadió Kriell con tono más cantarín.

—¡Oh sí! Tienen una gran memoria. -Concedió la semielfa.

—¿Menos inteligentes comparados con qué? ¿Con otro dragón?

—Ajá, son los menos inteligentes de su especie. Tienen una lógica más… ¿Reptiliana? -Añadió la semielfa, dándose suaves toques en el mentón mientras comentaba.

—¿Y si los comparásemos con un humano? -Preguntó el bárbaro, sin andarse con medias tintas. La brusquedad de Halgar le hacía un flaco favor lidiando con la gente en ocasiones, pero quien le conocía bien, sabía que era porque era un joven que se había criado en condiciones duras, que le hacían duro a él. No hacía las cosas con maldad. Simplemente, desconocía otras bondades.

—Pues… Un poco menos listo que un aventurero promedio, diría. -Comentó Kriell.

—Es decir, que a ese dragón lo puedo comparar con un patán de los barrios bajos y poco más. -Añadió el guerrero Reghed mientras subía por la escarpada colina. Kyathel interrumpió.

—Sigue siendo un dragón. No haces bien en menospreciarle. -Halgar entendió el porqué la avariel lo reprendió. Un dragón era, a fin de cuentas, una mole de varias toneladas de peso, furia de escama y un elemento en sí mismo, además de tener capacidades mágicas. Si con el odio que tenía a los chamanes orcos, no los menospreciaba, ¿por qué debería menospreciar a un dragón? ¿Era un necio acaso? ¿O se estaba dejando llevar por la ira y el rencor?

—No lo menosprecio. Lo analizo. Intento aprender de mi presa. -Respondió entonces, tras un momento de reflexión. Halgar era cabezón. Testarudo. Pero no era estúpido, menos aun un ignorante. El pararle los pies a tiempo podría ayudar a que se remediasen muchos males, y afortunadamente, Halgar no se había dado suficientes golpes en la cabeza todavía para ser un lelo.

Eir mantenía silencio, mientras el cazador iba tomando notas. En parte, la chamán se dedicaba a leer el tiempo, mientras Halgar se dedicaba a hacer de guía por los picos. Si bien ella tenía una mejor comunión con la tierra, Halgar era notablemente más diestro a la hora de moverse por la montaña físicamente. El reghed tenía una memoria extraordinaria para la geografía, sobre todo cuando se trataba de formaciones de tierra y bosque.

Al poco, acabaron llegando al territorio de los gigantes. Los combates, se intensificaron. Grupos enteros de gigantoides bajando de la montaña, enfurecidos, arrojándoles piedras y atacándoles scon sus enormes garrotes. Al principio, cogieron a Halgar desprevenido. Dos garrotazos lo mandaron a volar varios metros, pero el bárbaro era sorprendentemente fuerte de cuerpo, y casi parecía ignorar el dolor. Pese a haber sido estampado contra la pared, arremetió contra otro de los gigantes, entre gritos de furia, hendiendo tanto el cuchillo de caza, como el sable en la pierna del gigante. La sangre fluía, y los cuerpos cayeron montaña abajo, mientras el grupo seguía avanzando, hasta llegar a la zona nevada. El viento empezó a arremeter… Y los gigantes de las montañas, empezaron, gradualmente, a convertirse en enormes jotunn de escarcha.

—¿¡Pero se puede saber qué os tiene tan revolucionados?! -Halgar emitió un rugido de ira mientras esquivaba una de las grande hachas que uno de los guerreros de escarcha blandió contra él, antes de cercenar en seco la mano que la portaba.

—¡Los gigantes suelen estar enemistados con los dragones! -Gritó Kyathel sobre la batalla, entre sus múltiples piruetas aéreas.

—Si hay tantos, es porque algo los ha enfadado. -Dijo Eir, que era mucho más conocedora de la naturaleza de los jotunn, que Halgar. —Creo que esto es una señal, tiene que haber un dragón cerca. -Concedió la mujer. Tras llegar a otro pico escarpado por el que tuvieron que escalar con cuerda, aprovechando la calma entre combates, Halgar entonces, accedió a preguntar a las expertas.

—¿Qué debo buscar para localizar un dragón aparte de rascones en la roca? -La pregunta pareció sorprender a Kriell y a Gwenaëlle, pero la semielfa se apresuró a responder.

—Pues… Escarcha. -Halgar se la quedó mirando bajo el yelmo. Largamente. Una mirada con ojos vacíos de besugo, de esas que solía soltarle a Eir cada vez que le decía algo que no le convencía, o algo que le sonaba a majadería. Apretó los labios, y en vez de usar su habitual sarcasmo, el bárbaro pareció… Para sorpresa de Eir, suavizar su registro.

—Escarcha, en la nieve. -Replicó, como pidiendo que elaborase más. Hubo un momento de duda, y entonces respondió Kriell.

—Sí, a ver. -Ella se aclaró la garganta un poco. —No es hielo normal, es como… Quemadura de hielo. Un tono más intenso. O sea, piensa en… -Halgar miró a Kriell intensamente. Bajo el yelmo, apenas se podía vislumbrar, aparte de los ojos duros y de acero del guerrero, observándola. - … Una quemadura azul.

—Las conozco. Quizás demasiado bien. -Respondió él entonces, comprendiendo la explicación de la tiefling. Cuando todos hubieron subido, Halgar recogió la cuerda de vuelta, y entonces procedieron a subir a las cumbres más altas, a una de las múltiples guaridas de dragones blancos que se habían detectado en los Picos en su momento. Y entonces, a medida que siguieron subiendo, entre angostos pasajes cada vez más estrechos por los que, afortunadamente, apenas encontraron gigantes, Gwenaëlle dijo otra sugerencia.

—Además piensa… Que son depredadores. Busca grandes presas. -Dijo la sacerdotisa, presa de un suave temblor por el cada vez más hipotérmico frío que estaban sufriendo, al tiempo que el viento soplaba y ensordecía los oídos de todos.

—¿Grandes tipo mamut, o tipo oso? -Halgar alzó la voz para que se le oyera entre la ventolera, mientras podía escuchar cómo, contra el yelmo y las piezas metálicas de la cota de mallas, piedras de granizo se quebraban.

—¡Mamut! -Gritó Gwenaëlle para hacerse oír sobre el viento huracanado, cuando al fin, el pasaje que estaban siguiendo los llevó a un gran barranco. Tendrían que pasar con cuidado por la ladera de la montaña…

—No os caigáis. No tenéis la fortuna de tener alas. -Dijo Kyathel, que encabezaba la marcha entonces, junto a Sariel y Kastan. Al otro lado, la desagradable sorpresa de una emboscada de Jotuns los esperaba, pero rápidamente, el grupo consiguió salir del cuello de botella, y dar buena cuenta de ellos. A partir de entonces, prácticamente solo se encontraron con gigantes de la escarcha. Uno tras otro, los gigantes iban cayendo abatidos por el poder combinado de los guerreros del Norte, que aquel día habían decidido combatir como una única fuerza.

Escalaron más, hasta donde el aire era tan denso que les costaba respirar. Más concretamente, el pobre Kastan estaba cada vez más agobiado bajo el yelmo. Su respiración era pesada, y aun pese a estar afectado por una lesión anterior, no le faltaba valor ni coraje para ser de los primeros en primera fila, o para replegarse si hacía falta asistencia en retaguardia.

Cuando parecía que ya no podían subir más, y un grupo más de jotuns cayó, Eir hizo un alto.

—Halgar… Deberíamos buscar signos. -Dijo ella. -Seguir adelante y más arriba, sin tener claro a dónde ir…

—Puede ser tremendamente estúpido. Lo sé. -Respondió el bárbaro. Eir se agachó, buscando huellas en la nieve, o rastros de combate. Los gigantes de escarcha, a fin de cuentas, eran los que más a menudo solían combatir a los dragones, pues ambas criaturas eran tremendamente territoriales. Y eso, ella lo sabía.

Halgar por su parte, observó los cuerpos de los gigantes. Si estaban tan revolucionados, y no hacían más que bajar en tropel, es que algo los había asustado, o los había enfadado. Podría ser obra del Enemigo, pero al mismo tiempo, ese comportamiento que tenían… Era muy concreto. Algo que él conocía bien. Era ira. Habían perdido una presa. Revisando los cuerpos de los gigantes, observó heridas que eran recientes, pero que el grupo no les había hecho. Marcas de zarpas. Una hombrera destrozada, por algo muy pesado. El mango del hacha, corroído por una quemadura de un tono azul intenso.

El bárbaro alzó la mirada hacia el cañón por el que vislumbró las huellas de los jotun y sus lobos invernales, e hizo un gesto al grupo.

—Por aquí. -Dijo, mientras notaba cómo el sudor se le helaba por el frío de la terrible ventisca que los acosaba, y a veces hasta colgaba del pelo mal cortado que llevaba debajo de la protección metálica. El cuerpo les pesaba cada vez más, y los combates con los jotun se empezaban a hacer cada vez más constantes… Hasta que al final, encontraron un grupo de ellos aullando a una grieta. El grupo cayó sobre ellos como una exhalación, acabando con la vida de los gigantes con rapidez. Entre golpes de cimitarra, bastonazos y flechas disparadas por Aelindar, los gigantes terminaron muriendo, dejando sus cadáveres a merced del invierno aullante en aquella gruta.

—Heridas recientes. -Dijo Eir. —Parece que la suerte nos ha sonreído. Estas heridas no son de un depredador normal.

—Entonces habrá que prepararse. -Dijo Sariel. Y entonces, el grupo se deslizó gruta adentro. El aire se volvió aun más helado y pesado. Pero pese a ello, el corazón de Halgar latía cada vez más fuerte. La sangre le hervía. Un odio sin precedentes se encendió en su estómago, mientras sentía las bendiciones de la druida colmarle de fuerza y salud. La piel de roble, una capa de piedra protectora. Era casi un ritual a esas alturas. Y entonces, Kyathel empezó a avanzar.

Kriell cantó. No era una skald, pero su voz fue suficiente para empujar a Halgar a avanzar.

—¡Usa el escudo, Halgar! -Eir le riñó ante su entusiasmo, pero el guerrero la escuchó. Guardó el cuchillo de caza, y en su lugar agarró su targa. Y entonces, del techo de la caverna, una mole de nieve, escama y hielo aterradora se descolgó, haciendo que la caverna retumbase por completo. Un dragón adulto, de escamas lustrosas clavó sus zarpas en el suelo, y entonces emitió un chillido que Halgar juraría hizo retumbar los propios Picos. Pero eso no le hizo echarse atrás. Nada lo haría. El odio se acumulaba, la bilis se le subió al esófago. Sus ojos se inyectaron en sangre, y sintió su cuerpo impulsado por una furia ancestral, espoleado por las canciones de Kriell y las bendiciones de Eir, mientras los fulgores de plata de los dones de Selûne cegaban momentáneamente a la criatura. Las sacerdotisas canalizaron el Poder para dar a sus guerreros tiempo y hacer mella en la criatura.

Halgar rugió por encima de la ventisca, mientras escuchaba las flechas de Aelindar silbar a su lado. No le importaba. Si alguna de ellas había de golpearle, que lo hiciera. Cargó, sumido en su Trance, mientras Kyathel hizo cuanto pudo por distraer a la sierpe. Eir, por su parte, disipó las protecciones que la criatura se había conjurado sobre sí misma, desbaratando sus defensas.

Halgar clavó su cimitarra en uno de los costados del dragón, llamando entonces poderosamente su atención. La criatura golpeó con la cola, para quitárselo de encima, pero para sorpresa del dragón, el bárbaro era mucho más resistente de lo que era predecible en un humano. Recibió el golpe de la cola en la targa, pero el guerrero ni siquiera se movió. Hubo un chasquido, Kyathel le golpeó directamente en el cráneo. El dragón entonces se giró hacia el bárbaro, que no hacía más que proferir insultos en medio de su rabia ancestral, acuchillando las escamas blandas del vientre del dragón, y echó su aliento sobre Halgar.

Pero Halgar apenas notó el chorro helado. Se cubrió con la targa, y aunque notó lo terrible de la quemadura del aliento del vástago, haciéndole testigo de una fracción de lo tremendamente poderosa que era realmente Icehaupthannarix, la ira del bárbaro era indomable, y su resistencia al dolor casi un insulto a la propia criatura. La armadura cubrió la piel, las pieles previnieron la hipotermia: Halgar estaba preparado para esa presa, como siempre lo estuvo.

Al final, en un festival de golpes, cuchillas, flechas, conjuros y plegarias, el dragón acabó cayendo, exhausto y muerto, con un rugido que hizo retumbar la caverna una vez más. Y entonces, se desplomó, haciendo retumbar el hielo sobre el que se sustentaba aquella guarida.

—Está hecho. -Dijo entonces alguien. Halgar no distinguió muy bien quién, mientras se recuperaba de la extenuación de la rabia. Lo veía todo borroso. Le faltaba el aliento, y el aire pesado y helado de la guarida del dragón no ayudaba tampoco. Un resoplido por parte del joven guerrero… Y entonces agarró su hoja. Era hora de hacer lo que habían venido a hacer.

Subiéndose a lomos del dragón muerto, Halgar clavó la hoja en el cuello de la criatura. Atravesó con el arma de mithril las escamas, tras varios golpes. La sangre empapó el arma, pero era poca cosa, comparado con lo que iba a venir. Y entonces, empezó a golpear. Y a golpear. Un machetazo nuevo, cada vez más fácil por cada fibra de carne que iba cortando, hasta que entonces, con un golpe seco, la cabeza cayó sobre el helado suelo.

Con el cuchillo de caza, Halgar agarró una de las escamas del dragón, atravesada por una de las flechas de Aelindar y, metiendo cabeza y escama en una bolsa de contención, se dispusieron a salir de allí, no sin dar las gracias a sus aliados. Pues habían ido a una lucha que, si bien podía haber sido suya y algunos incluso probablemente tenían motivos viscerales para odiar a Icehaupthannarix, podrían haber simplemente haber decidido que no valía la pena arriesgarse. O que enfadar a la gran sierpe blanca, la Muerte Blanca, era un error. Pero decidieron arriesgar el tipo. Los Reghed no estaban solos.

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El camino de ascenso de vuelta a Cumbrelanza, tras ser teleportados por las sacerdotisas de Selûne, se le hizo bastante pesado a Halgar. Estaba agotado, notaba el frío helado en todas las extremidades. Le dolían los huesos de las manos, y juraría que escuchaba un pitido constante en los oídos de la ventisca y los rugidos del dragón que acababan de matar.

—No puedo esperar a ver la cara de Sigurd cuando le plantes la cabeza delante. -Dijo Eir con tono animado mientras subían la empinada colina de los bosques hacia la ladera de la montaña. Su paso era rápido y fresco. A ella el frío no le afectaba como le afectaba a él.

—Yo tampoco. -Halgar se quitó el yelmo, y se echó el pelo trigueño cortado a cuchillos hacia atrás. —¿Tú qué crees? ¿Nos ha mandado a morir o sabía que lo conseguiríamos?

—No es tan necio. -Respondió la chamana. —No mandaría a uno de sus mejores guerreros a morir.

—Para él no soy ni del montón. -Respondió el cazador.

—Nos encargaremos de que lo vea de otra manera. -Respondió la peliblanca, caminando ahora a su lado. —Y si realmente creía que íbamos a morir ahí arriba, le hemos demostrado que no. Ahora nos tendrá en cuenta.

—O nos mandará a cacerías aun más imposibles. -Respondió el guerrero bárbaro mientras empezaban a subir las laderas más escarpadas de nuevo. Tomaron un alto, para que Halgar tomase un descanso. Estaba agotado, y había sufrido muchas heridas en el trayecto. Apenas había comido, ni bebido. Notaba las consecuencias de la hipotermia en los dedos con la picazón del frío.

—No voy a parar, ¿sabes? -Eir le miró, interrogante. —De matar dragones. No hasta que la calavera de la Muerte Blanca esté en el centro de Cumbrelanza para todos. Nunca le perdonaré lo que hizo a tu familia.

—Ni a nuestro pueblo. -Respondió Eir, aunque parecía sorprendida.

—Eso por supuesto. -Halgar gruñó, brusco. —Pero tu familia me acogió cuando yo no tenía nada. Fue la mía durante mucho tiempo. No voy a dejar las cosas así.

Eir no pudo evitar una sonrisa al escucharle hablar. Halgar no era dado a dejar ir sus pensamientos así como así, y probablemente era aquel momento de debilidad, o la euforia de la victoria lo que le impulsaba a, por una vez, compartir algo que llevaba dentro sin hacerse parecer un bloque de acero.

No hablaron nada más durante el camino de vuelta. No hacía falta, pues lo que tenían que decir, había quedado dicho. Llegaron al poblado entonces, atravesando las empalizadas y las puertas de los hombres de la tribu, que les abrieron al reconocerles. Algunos miraban al par con expectación, otros murmuraban.

Y entonces, Halgar se paró frente a la Longhouse, acercándose a ésta mientras agarraba la bolsa de contención en la que contenía la cabeza del dragón, y la escama atravesada por la flecha élfica.

—¿Vas a pedir permiso esta vez para entrar? -Preguntó la druida, con una sonrisilla divertida. Parecía retarle. Halgar miró sendos trofeos. Y entonces sonrió para sí. Estaba cansado, dolorido, apenas sentía los brazos ni los dedos. Y entonces miró al portón de la casa.

—No. -Esa fue su respuesta, antes de abrir de un empujón brusco y tosco, las puertas de la casa comunal en la que residía el Thane del Águila. Las puertas crujieron, y entonces, el guerrero bárbaro pasó dentro, sin pedir permiso, con los trofeos pedidos… Y determinación.


Offtopic :
Relato de autoguiada por parte de @DM Caotica que nos la ha autorizado. Dar muchísimas gracias tanto a Caótica por permitirnos rolear esto, y sobre todo a todos los que nos habéis regalado vuestro tiempo y vuestra ayuda en esta aventura. He intentado que todos los diálogos quedasen reflejados, pero fue un rato bastante largo y mi memoria da para lo que da (y soy tonto por no acordarme de sacar screenshots para hacer mejores transcripciones) así que lamento si alguna cosa difiere un poco o se me ha escapado alguna intervención.
 
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