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Sam

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Parásitos
Relatos de Ayrin de Rashemen

La siguiente historia tiene lugar entre las 21:00 y las 22:00

Una ciudad es un gran organismo vivo. Uno en cuya existencia depende del flujo sanguíneo que recorre sus arterias, arterias que son sus calles, avenidas, paseos. Todos llenos de mercaderes, estafadores, estraperlistas, usureros, prestamistas, mayoristas o simplemente compradores. Sangre, la sangre de Athkatla. Pero como en todo ser viviente no faltan parásitos que quieren aprovecharse de la fortuna ajena, una suerte de ladrones, vividores, criminales, ermitaños y proscritos. Y yo no soy distinta, y es por esta razón que entre ellos me encuentro en casa.

Doblo a la segunda esquina. Compruebo mi lateral. Localizo a tres posibles sujetos que me siguen. Continuo a paso tranquilo hasta el siguiente cruce. Giro a la izquierda. Quedan dos. Cuando llego a la plaza mayor de los Barrios Bajos me detengo, observo en periferia, finjo esperar a alguien. Uno de ellos me pasa, un humano, nervioso, lo dejo ir. El último se queda, veo como se echa hacia un portal. Me observa. Está lejos, tiene una complexión pequeña. Me arriesgo a un elfo o un semielfo, quizá un humano menudo, pero se mueve grácil entre la gente y apuesto por lo primero, quizá lo segundo. Espera, yo también. Dejo pasar diez minutos, no tengo prisa.
Es paciente, deambulo un poco. La multitud entre las callejas decae pareja a la luz que se marcha, ignoro a un mendigo a mi derecha y sigo mi camino. Me adentro en el remolino de calles, busco la soledad de un lugar poco interesante para comprobar que me sigue aun. Lo hace, pero mantiene mayor distancia, ya no tiene el escudo de la gente. Sabe que es vulnerable, no se arriesgará. Encuentro una boca de alcantarilla, evalúo a mi alrededor. Cinco mendigos, todos posibles informadores, me arriesgo y bajo a las catacumbas de la ciudad.
La luz difusa del atardecer alumbra levemente el alcantarillado, avanzo un poco. Me entretengo, espero a oírle. Es silencioso, se mueve bien, pero localizo su posición. Diez metros a mis espaldas. Le sigo el juego, noto como mi cuerpo cosquillea, mis ojos se encienden y el ámbar se apodera de ellos. Me excito. Al doblar un túnel detecto un buen escondite, me agazapo en él. Controlo mi respiración, me fundo en las sombras y llevo mis manos a las armas, esperando. Pasa de largo frente a mi, a dos metros se detiene. Duda, no me ve, no me oye. Me confirmo que es elfo, puede ver en estas penumbras mejor que yo. Es un riesgo. En poco me verá, debo moverme rápido y me da la espalda. Error.
Dos pasos, uno silencioso, el otro hago ruido de forma consciente, pero reacciona tarde. Tiene mi espada corta junto a la carótida del cuello, mis ojos brillan y el pulso me quiere temblar, lo controlo. Siento placer, el placer de la caza. Él se pone rígido, no esperaba el movimiento, espera respuesta. Se la doy.
—¿Por qué me seguías? —tono neutro, sin emoción.
—Buscas lo mismo que yo —responde controlando el miedo, lo conoce. Es bueno.
—Tú no sabes a quien busco —ajusto la hoja, corta la piel superficialmente. Noto su musculatura tensarse, está nervioso.
—A ellos. A los que se esconden en las sombras —insiste, divaga. Quiere ganar tiempo, no puedo permitirlo. No tengo seguridad en esta posición, estoy expuesta.
—Sé claro. ¿Para quién trabajas? ¿Por qué me seguías? —modulo la voz en tono de amenaza. Pongo mi mano izquierda sobre su hombro, lo obligo a arrodillarse. Le quito la capucha, confirmo que es un elfo. Tatuaje de araña en la cara, pelo azulado. Diría que elfo lunar, no conozco sus subespecies.
—¡Tranquila! Te seguía porque creía que eras uno de ellos. Del sindicato del crimen de Athkatla.
—Solo hay un sindicato criminal en Athkatla —noto palpitaciones aceleradas para un elfo, similares a las de un humano tras hacer ejercicio leve. Está asustado.
—¡No sé de quienes hablar! —pierde nervios. No me interesa, calmo presión en su cuello. La musculatura pierde tensión. Evalúo posibilidades. Deshecho tres antes de hablar, él espera callado. Mantengo la amenaza contra su vida, no lo quiero pensando con claridad.
—Lo sabes bien. Y si vuelves a tomarme por tonta te cortaré a pedacitos y te daré de comer a las ratas. Desaparecerás y nadie nunca sabrá de ti. ¿Entendido?
El elfo asiente, las palpitaciones crecen. Encuentro una vía, arriesgada, pero viable al fin y al cabo. Recuerdo un paquete de nabrim en mi fardo. Me brillan los ojos de forma inconstrolada, estoy excitada, pero controlo la situación para suerte del elfo. Le echo el paquete de droga delante de él, lo mira sin decir nada.
—Coge eso.
El elfo lo toma, su curiosidad élfica lo traiciona. Pregunta. Obvia.
—¿Qué es?
—Nabrim. Una droga rara en Amn. Escúchame, atiende —muevo la hoja cruzando su cuello, acerco mis labios a su oído. El elfo se tensiona —. ¿Cómo te haces llamar, elfo?
Traga saliva, imperceptible. Asustado, pero controla las emociones. Es bueno.
—Araña.
Apodo. Quizá por el tatuaje. Quizá por algo tribal. Símbolo. No tengo tiempo de más indagaciones. Contengo mis emociones de nuevo, mis emociones lo quieren desollar.
—Escúchame Araña. Muy atentamente. Dile esto a tus jefes. Y no les quiero problemas y ellos no me quieren problemas a mi. Sin más. Memorízalo —impido que pregunte presionando su hombro. El nabrim actuará como un estimulante sexual muy fuerte, pero necesito que esa frase se le quede grabada a fuego. El miedo ayuda a memorizar—. Repítetelo hasta a la saciedad, quiero que lo recuerdes. O te mataré si me entero que no dejaste este mensaje.
El elfo vuelve a asentir sumiso. Noto como la esperanza de persistir regresa, toma confianza. La justa.
—Ahora escúchame. Eso es nabrim. Te provocará euforia, ceguera temporal, estimulará tus sentidos, te excitará. Tendrás varios orgasmos, placenteros. Cuando su efecto termine tu mente estará turbia, no se acordará de lo pasado. Entre tú y yo. Lo único que debes recordar es esa frase. ¿Cual era? —aprieto al hombro, ajusto la espada. Estimulo sus recuerdos.
—Les diré que no les quieres problemas y ellos deben quererlos a ti.
Doy el visto bueno. Presiono.
—Esnifa el nabrim.
El elfo obedece, pero se detiene antes de hacerlo. Entrecierro los ojos, me brillan. Controlo el pulso y mis ganas de matar.
—Aquí indefenso, las ratas me harán trizas.
Sonrio, cínica. No puedo controlarla.
—Ese no es mi problema. Tu supervivencia dependerá de tu suerte. Si debes morir, sueña con Sharess.
El elfo tiembla un poco ante la perspectiva, lógica. Esnifa el contenido. Espero a que empiecen sus efectos, los conozco muy bien. Primero estímulos leves en las fosas nasales, sensación de placer en la frente que se proyecta al cerebro. Temblores de manos, luego el cuerpo, gemidos incontrolados y pérdida total del sistema motor. El elfo cumple el papel y lo dejo ir contra el suelo. Las ratas se lo miran, furtivas, hambrientas. No espero a ver la escena que continua, no me interesa. Necesito calmarme, controlarme. Estoy excitada, mi pulso es acelerado, problemático, necesito descargar la tensión. Regreso sobre mis pasos, me adentro en territorios hostiles y mato, degüello, destripo. Tengo un orgasmo al matar al primer desgraciado, su aorta estalla con violencia, me salpica la sangre y entonces mi monstruo se calma.

Pero sigo matando, porque yo soy un parásito que vive de otros parásitos.
 
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