Nissath
Enano con acento ruso
- Registrado
- 7/3/12
- Mensajes
- 16
Ficha:
Nombre del PJ: Peep El Valiente
Día de creación: 08.03.12
Cuenta: Okhane09
Clase: Guerrero
Raza y/o Subraza: Gnomo de las rocas
Altura: 1.20 cm
Peso: 50 kg
Procedencia: Un poblado llamado "Las Rocas"
Historia:
Aun recuerdo aquellas noches en las montañas de Las Rocas, ahh... el calor de la hoguera mientras mi abuelo fumaba de su pipa y me contaba historias acerca de Flandal Piel De Acero hasta el amanecer. No puedo olvidar el ondeante fuego, y esa sensación de paz, de cobijo, arropado por reflejo de las llamas en las paredes de roca hasta quedarme dormido.
La Fundición de Las Rocas era nuestro pequeño santuario entre aquellos dos pabellones rocosos, solo iluminado por las rugientes llamas de la forja de mi abuelo.
A pesar de las historias de mi abuelo, había algo que no me dejaba dormir en paz, aquel inevitable momento de prepararse para ir a la escuela de magia al día siguiente, y repetir por tercera vez primero de conjuración ¿El examen final? Invocar al tejón. Por aquel entonces era solo un gnomito, y no entendía lo que me pasaba. Acudía a la academia de Las Rocas cada mañana para gesticular de forma extraña y pronunciar palabras ininteligibles sin resultado alguno, porque sabía que al atardecer podría visitar a mi abuelo y verlo trabajar en la forja hasta el anochecer.
Me apasionaba el metal brillante, verlo derretirse y formarse de nuevo en un sinfín de formas diferentes. Desde una delicada tacita de té hasta un enorme hacha de batalla... En algunas ocasiones, el abuelo recibía un encargo "especial". Era entonces cuando pasábamos los mejores ratos noche tras noche trabajando juntos en una armadura. "¿Ves este color anaranjado pequeño Pip?" -me decía mi abuelo- "Verás pequeño, el acero incandescente simboliza el momento de la creación, solo cuando el metal se encuentra es en ese punto, cuando se deja moldear... es cuando el herrero podrá doblegarlo. Es en este punto cuando debes ser más respetuoso y concentrarte, ya que un pequeño pedazo de tu alma permanecerá encerrado dentro del metal para siempre, y sólo tu martillo podrá moldearlo en el yunque, dándole la forma que tú más desees".
A veces las mañanas en la academia eran muy duras. Como nunca llegué a conseguir invocar al tejón algunos de los gnomos de cursos altos se reían de mí y me llamaban "Zoquetee e inútil" por mi falta de potencial para la magia pero a mi no me importaba, al fin y al cabo lo que yo quería era ser herrero, como mi abuelo.
La gente decía que mi abuelo era un gran maestro en la forja de armaduras, y tenían razón. A menudo nos visitaban clientes de tierras lejanas. Recuerdo la semanas que forjábamos nuestro producto estrella: la armadura de Las Rocas. Hubo un envío en particular que cambió mi vida para siempre. Un trabajo especial para el sobrino del mismísimo emperador.
Trabajamos muy duro, treinta días y treinta noches.
“Klin...klin...kliin…kliin…” el ritmo infinito del martillo sobre el metal al rojo era como un trance para mí, al principio era hasta molesto, pero después… el klinklinéo del martillo me daba fuerzas para seguir moldeando un golpecito mas, y otro … y otro mas… y otro…
Nunca olvidaré el día que terminamos el armazón. Las placas de la armadura iban unidas por finas placas de cuero, superpuestas formando una retícula firme pero flexible que protegía las partes descubiertas de las extremidades. Era una auténtica obra maestra. El diseño se requería en verde reluciente, ya que el sobrino del emperador así lo deseaba. Guanteletes de cuero marrón endurecido aportaban la máxima defensa para unos brazos seguros pero libres en movimiento, permitiendo a la vez desvíar el mas duro de los golpes y mover los dedos independientemente.
El día que el mensajero del emperador vino a recoger la armadura una sombra se cernió sobre las rocas. La calma habitual del la aldea se vio subitamente perturbada por unos susurros serpenteantes que colmaron el pabellón, inundando nuestros oídos como un enjambre de serpientes.
Gratloxs.
Como es costumbre en Las Rocas, todos los Hechiceros prepararon sus hechizos para defender la aldea. Yo, baje al claro a observar la situación. Varios magos salieron corriendo a las puertas de la aldea para defenderla y lanzaron sus cosas de hechiceros contra ellos, luces de todos los colores volaron esa noche por los pabellones rocosos de nuestra aldea, rebotando el las panzas de los Gratlox como si fueran chispas inofensivas. Aquellos humanoides parecidos a lagartijas azules seguían avanzando, como si los hechizos de mi pueblo no estuvieran llenando el techo del pabellón. Sin pensármelo dos veces, regresé corriendo como alma que lleva el diablo hasta la forja de mi abuelo, y ví cómo ardía con toda su fuerza desde las lejanías del pabellón.
A medida que regresaba, fui adivinando el terrible destino de mi pueblo gracias a las enormes sombras reptiloides que se proyectaban en el fondo del pabellón que sobresalía por encima de las ultimas hondonadas debido a la luz de la forja, velando la tragedia como si de un desmembramiento detrás de un biombo se tratase, a través de una gargantuesca proyección sobre la montaña.
Un caos de colas y garras se arremolinaban alrededor de la forja . Mi abuelo estaba dentro, acorralado contra el pabellón mientras los hechiceros gnomos salían despavoridos. Mi abuelo, el maestro herrero, luchando desesperadamente por proteger la última armadura de Las Rocas.
Corrí todo lo que pude, tomé el machete de mi abuelo del brasero y arremetí contra los Gratlox que quedaban alrededor de él. Descubrí su punto débil, la tripa. Su abdomen no estaba preparado para resistir el frio acero de nuestros machetes. Fue una sangría. Cuando recuperé el aliento, me quité la sangre verde de los ojos y vi a mi abuelo, tendido en el suelo, encima de la armadura de Las Rocas. Protegiéndola.
Cuando llegué lo suficientemente cerca de su arrugada cara, vi como sus cejas blancas techaban el lúgubre baluarte de un ojo maltratado por los fuertes reflejos del acero al rojo vivo, una mirada que penetraría hasta el alma de un liche, una mirada que me gritaba.
“Peep, protege la armadura, nuestra obra…”
“Protege nuestro alma”
Recuerdo cómo me sentí en ese momento, solo pude hacer una cosa, me acerqué a la Armadura de Las Rocas y me la puse.
No recuerdo lo que pasó después. Solo re cuerdo que atravesé sus abdómenes especulares como si de pescado fresco se tratara, uno por uno.
Esa noche cenamos pincho de Gratlox, en honor a Peep “El Valiente”.
Fue la última noche que compartí con mi abuelo.
Es por eso que baje de Las Rocas y estoy aquí, en los llanos. Para cumplir tu último deseo y proteger la última armadura de Las Rocas. Pagaré los pasajes con lo que tu me enseñaste, y dejaré un pedazo de mi alma en cada creación.
Llevaré esa armadura al mismísimo emperador.
Por ti, abuelo.
Nombre del PJ: Peep El Valiente
Día de creación: 08.03.12
Cuenta: Okhane09
Clase: Guerrero
Raza y/o Subraza: Gnomo de las rocas
Altura: 1.20 cm
Peso: 50 kg
Procedencia: Un poblado llamado "Las Rocas"
Historia:
Aun recuerdo aquellas noches en las montañas de Las Rocas, ahh... el calor de la hoguera mientras mi abuelo fumaba de su pipa y me contaba historias acerca de Flandal Piel De Acero hasta el amanecer. No puedo olvidar el ondeante fuego, y esa sensación de paz, de cobijo, arropado por reflejo de las llamas en las paredes de roca hasta quedarme dormido.
La Fundición de Las Rocas era nuestro pequeño santuario entre aquellos dos pabellones rocosos, solo iluminado por las rugientes llamas de la forja de mi abuelo.
A pesar de las historias de mi abuelo, había algo que no me dejaba dormir en paz, aquel inevitable momento de prepararse para ir a la escuela de magia al día siguiente, y repetir por tercera vez primero de conjuración ¿El examen final? Invocar al tejón. Por aquel entonces era solo un gnomito, y no entendía lo que me pasaba. Acudía a la academia de Las Rocas cada mañana para gesticular de forma extraña y pronunciar palabras ininteligibles sin resultado alguno, porque sabía que al atardecer podría visitar a mi abuelo y verlo trabajar en la forja hasta el anochecer.
Me apasionaba el metal brillante, verlo derretirse y formarse de nuevo en un sinfín de formas diferentes. Desde una delicada tacita de té hasta un enorme hacha de batalla... En algunas ocasiones, el abuelo recibía un encargo "especial". Era entonces cuando pasábamos los mejores ratos noche tras noche trabajando juntos en una armadura. "¿Ves este color anaranjado pequeño Pip?" -me decía mi abuelo- "Verás pequeño, el acero incandescente simboliza el momento de la creación, solo cuando el metal se encuentra es en ese punto, cuando se deja moldear... es cuando el herrero podrá doblegarlo. Es en este punto cuando debes ser más respetuoso y concentrarte, ya que un pequeño pedazo de tu alma permanecerá encerrado dentro del metal para siempre, y sólo tu martillo podrá moldearlo en el yunque, dándole la forma que tú más desees".
A veces las mañanas en la academia eran muy duras. Como nunca llegué a conseguir invocar al tejón algunos de los gnomos de cursos altos se reían de mí y me llamaban "Zoquetee e inútil" por mi falta de potencial para la magia pero a mi no me importaba, al fin y al cabo lo que yo quería era ser herrero, como mi abuelo.
La gente decía que mi abuelo era un gran maestro en la forja de armaduras, y tenían razón. A menudo nos visitaban clientes de tierras lejanas. Recuerdo la semanas que forjábamos nuestro producto estrella: la armadura de Las Rocas. Hubo un envío en particular que cambió mi vida para siempre. Un trabajo especial para el sobrino del mismísimo emperador.
Trabajamos muy duro, treinta días y treinta noches.
“Klin...klin...kliin…kliin…” el ritmo infinito del martillo sobre el metal al rojo era como un trance para mí, al principio era hasta molesto, pero después… el klinklinéo del martillo me daba fuerzas para seguir moldeando un golpecito mas, y otro … y otro mas… y otro…
Nunca olvidaré el día que terminamos el armazón. Las placas de la armadura iban unidas por finas placas de cuero, superpuestas formando una retícula firme pero flexible que protegía las partes descubiertas de las extremidades. Era una auténtica obra maestra. El diseño se requería en verde reluciente, ya que el sobrino del emperador así lo deseaba. Guanteletes de cuero marrón endurecido aportaban la máxima defensa para unos brazos seguros pero libres en movimiento, permitiendo a la vez desvíar el mas duro de los golpes y mover los dedos independientemente.
El día que el mensajero del emperador vino a recoger la armadura una sombra se cernió sobre las rocas. La calma habitual del la aldea se vio subitamente perturbada por unos susurros serpenteantes que colmaron el pabellón, inundando nuestros oídos como un enjambre de serpientes.
Gratloxs.
Como es costumbre en Las Rocas, todos los Hechiceros prepararon sus hechizos para defender la aldea. Yo, baje al claro a observar la situación. Varios magos salieron corriendo a las puertas de la aldea para defenderla y lanzaron sus cosas de hechiceros contra ellos, luces de todos los colores volaron esa noche por los pabellones rocosos de nuestra aldea, rebotando el las panzas de los Gratlox como si fueran chispas inofensivas. Aquellos humanoides parecidos a lagartijas azules seguían avanzando, como si los hechizos de mi pueblo no estuvieran llenando el techo del pabellón. Sin pensármelo dos veces, regresé corriendo como alma que lleva el diablo hasta la forja de mi abuelo, y ví cómo ardía con toda su fuerza desde las lejanías del pabellón.
A medida que regresaba, fui adivinando el terrible destino de mi pueblo gracias a las enormes sombras reptiloides que se proyectaban en el fondo del pabellón que sobresalía por encima de las ultimas hondonadas debido a la luz de la forja, velando la tragedia como si de un desmembramiento detrás de un biombo se tratase, a través de una gargantuesca proyección sobre la montaña.
Un caos de colas y garras se arremolinaban alrededor de la forja . Mi abuelo estaba dentro, acorralado contra el pabellón mientras los hechiceros gnomos salían despavoridos. Mi abuelo, el maestro herrero, luchando desesperadamente por proteger la última armadura de Las Rocas.
Corrí todo lo que pude, tomé el machete de mi abuelo del brasero y arremetí contra los Gratlox que quedaban alrededor de él. Descubrí su punto débil, la tripa. Su abdomen no estaba preparado para resistir el frio acero de nuestros machetes. Fue una sangría. Cuando recuperé el aliento, me quité la sangre verde de los ojos y vi a mi abuelo, tendido en el suelo, encima de la armadura de Las Rocas. Protegiéndola.
Cuando llegué lo suficientemente cerca de su arrugada cara, vi como sus cejas blancas techaban el lúgubre baluarte de un ojo maltratado por los fuertes reflejos del acero al rojo vivo, una mirada que penetraría hasta el alma de un liche, una mirada que me gritaba.
“Peep, protege la armadura, nuestra obra…”
“Protege nuestro alma”
Recuerdo cómo me sentí en ese momento, solo pude hacer una cosa, me acerqué a la Armadura de Las Rocas y me la puse.
No recuerdo lo que pasó después. Solo re cuerdo que atravesé sus abdómenes especulares como si de pescado fresco se tratara, uno por uno.
Esa noche cenamos pincho de Gratlox, en honor a Peep “El Valiente”.
Fue la última noche que compartí con mi abuelo.
Es por eso que baje de Las Rocas y estoy aquí, en los llanos. Para cumplir tu último deseo y proteger la última armadura de Las Rocas. Pagaré los pasajes con lo que tu me enseñaste, y dejaré un pedazo de mi alma en cada creación.
Llevaré esa armadura al mismísimo emperador.
Por ti, abuelo.