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Penitencia

Alpha

Admirador del brazo de Sune
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La lluvia caía con fuerza en el interior del bosque, en algún lugar de las profundidades de Bosque Brumoso cerca de Daggerford. Había sido tratado como un intruso intentando atajar por el bosque y los elfos dispararon sin piedad.

La sangre empezaba a mezclarse con el agua de la lluvia que caía dentro del bosque.

¿Es este... mi final?

Los dedos empezaban a sentirse entumecidos por la pérdida de sangre. Y sin embargo a unos centímetros se encontraba una poción curativa que podría detener el sangrado lo suficiente para salvarle la vida.


¿Por fin podré descansar? Permítemelo, por favor...

Veyron hablaba solo, miraba la poción en su mano, pero carecía de motivación para tomársela. La idea de una muerte relativamente tranquila le daba cierto alivio. Llevaba días sin descansar adecuadamente, el peso del cansancio ahora empezaba a notarse más que nunca y la tentación por dormirse empezaba a superar las ganas de por sí escasas de salir del bosque.

Este no es mal final después de todo... Esto es lo mejor.

Lentamente dejó caer el vial a un lado, aceptando que era un buen momento para cerrar los ojos. Y eso hizo, los cerró, la respiración y las pulsaciones fueron bajando, el frío empezó a apoderarse de sus extremidades, la muerte, lenta pero certera, empezaba a acercarse cada vez más y Veyron estaba dispuesto a abrazarla.
Después de dekhanas sin poder descansar, de vagar sin rumbo, de no comer adecuadamente, parecía que su cuerpo había llegado a su límite. No moriría con gloria, pero ya no le importaba, hace tiempo que dejó de importarle, solo quería que terminase su tortura.

Y sin embargo... un destello llegó a su mente, un último sueño, una escena que hizo que su corazón volviese a acelerarse con las pocas fuerzas que le quedaban. La imagen clara de una niña de pelo blanco y piel pálida, no tendría más de once años, su pequeño vestido blanco, manchado por la sangre y el barro del camino, sus ojos, de un tono avellana, miraban a la nada, cubiertos de lágrimas, sin vida. La hoja de un espadón atravesaba su pecho, había entrado desde el hombro derecho hasta encajarse en la boca del estómago en un corte diagonal, y las manos que empuñaban el arma temblaban. Era Veyron, se miró las manos, miró el cuerpo de la pequeña, inocente y pura, ahora ya no era más que un cascarón vacío.

Al lado yacían dos adultos, una mujer de pelo blanco como la niña, era más o menos de la edad del guerrero, su abdomen estaba abierto por un corte para nada limpio, hecho seguramente en pánico, había muerto hace apenas unos segundos y sus rodillas estaban heridas, indicando que tropezó en algún momento mientras corría. Finalmente el cuerpo de un hombre adulto, pelo oscuro, ojos azulados, tenía las manos con diversos cortes, intentó defender a su familia y finalmente cayó. Un tajo en el cráneo que lo mató instantáneamente.

Veyron abrió los ojos de nuevo.
Este final es muy benevolente para mí, no lo merezco... no merezco este descanso.

Agarró el vial con la mano derecha y bebió de él, sus heridas empezaron a sanar, lo suficiente para obligarle a ponerse en pie. No había motivación más allá de la certeza de que debía seguir sufriendo, pues aún no había pagado por sus actos. La imagen del cuerpo de la niña tirado y ensangrentado bombardeaba su mente cada vez que tenía el pensamiento de detenerse.

No había mejor castigo que ese. Un hombre que desea la muerte y se le obliga a seguir viviendo, ese sería su castigo, su penitencia.
 

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