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Sol y Estrellas.
¿Alguna vez has sentido que la tierra se sacude bajo tus pies? ¿Alguna vez has sentido qué tu alma no te pertenece, si no que pertenece a otra persona? ¿Has caminado por los bosques en silencio mientras el viento susurra ese nombre anhelado, en tu oído... ?
Yo lo siento, cuando él posa su mirada sobre la mía. Tan profunda, tan ogullosa, tan altiva ... hermosa.
Todo comenzó cuando mi hermano y yo llegamos a las tierras de Amn, hace más de doce ciclos de Luna. El camino desde las frías tierras del Norte había sido largo, pero tranquilo en general y rumores sobre un asentamiento Úthgardt hicieron que nuestros pies avanzaran con esperanza hacia el desconocido Sur, cautelosos pero ansiosos, por encontrarnos con hijos de Padre, nuestros hermanos.
Y no tardamos en encontrarlos una mañana, cuando nos despertamos en un campamento en las afueras de una ciudad amurallada llamada Athkatla. Dos hombres y una hembra descansaban alrededor de una hoguera y no fue difícil distinguir la procedencia y pureza de su linaje, no para Derdian y para mi.
La hembra era una joven hermosa, salvaje. Alta y con los cabellos rojos como el fuego del abismo.
De los dos hombres, el más joven debía tener más o menos nuestra edad. Sus facciones eran perfectas y duras, su porte altivo y orgulloso...
Y el de más edad ... Nada más verlo el corazón se me encogió en un puño. Las ascuas de la hoguera emitían destellos de su abrumadora mirada azul y su cara era simplemente soberbia, mostrando unos rasgos muy parecidos a los del joven, pero más marcados y curtidos. La incipiente barba que asomaba en su rostro no hacía más que acentuar esa belleza fiera y los cabellos dorados descansaban revueltos sobre su cabeza, siempre altiva, mirándo desde su imponente altura el mundo bajo sus pies, como si de un árbol centinela se tratara. Su cuerpo era asombrosamente musculoso, terso y firme, como si el mejor de los escultores hubiera cincelado cada una de las partes de su anatomía en un día de inspiración divina. Parecía uno de esos antiguos reyes de los que Chungred Corazonfantasmal me había hablado en numerosas ocasiones. Hombres de honor, que velaban por los intereses de su pueblo en pos de los suyos propios...
Nos acercamos a la hoguera y no negaré que mis piernas flaquearon un instante, temerosa ante los desconocidos al recordar el calvario vivido en los últimos ciclos de luna. Pero no lo demostré y avancé junto a Derdian, sacando a flote el valor que me habían inculcado desde cachorra y me presenté ante ellos, al igual que mi hermano.
Sus ojos nos examinaron con recelo al principio, pero tras escuchar nuestra historia, la expresión de esos rostros imperturbables cambió por completo y se tornanon amistosos, casi fraternales.
La tribu del Oso Azul había desaparecido hacía tiempo, por eso, Derdian y yo nos miramos, asombrados, al saber que Tylse, Aeron y Ardeil pertenecían a dicha tribu.
Fue extraño para nosotros, saber que hermanos del pasado todavía caminaban por el mundo pues, antaño, el Oso Azul y el Árbol Fantasma habían sido un mismo clan, portando el nombre de los primeros. Pero por sangrientas disputas que no vienen al caso, se formó la tribu del Árbol Fantasma, persiguiendo los valores de la sabiduría y el honor, desviándose así, de la senda del Oso Azul.
Nos llevaron a Ideepton, el hogar del clan del Oso Azul en las tierras de Amn y a mitad de trayecto, se unió a nosotros Erik, heraldo de la tribu y excelente batidor. He de reconocer, que durante el camino me mostré recelosa y poco comunicativa. Mi carácter se había tornado más introvertido después de lo sucedido ciclos atrás y el hecho de estar lejos del Abuelo Árbol parecía menguar mis fuerzas.
Por eso, a medida que la aldea se iba dibujando a lo lejos, tras la bruma del alba, me desconcertó el júbilo que de pronto percibí en mi interior. Parecía como si las sombras del pasado se desvanecieran de repente, mostrando ante mi un camino de luz y certeza, sentimiento que se acentuó al entrar en el poblado y ver aparecer el inmenso Roble ante mis ojos.
Me di cuenta de que había dejado de respirar cuando una punzada de dolor en el pecho así me lo advirtió y la cabeza comenzó a darme vueltas. No podía dejar de mirarlo, lo sentía y el murmullo de sus hojas me atraía hacia él sin poder, ni querer remediarlo.
El colosal Centinela se alzaba majestuoso sobre un leve promontorio, dominando las chozas y los demás árboles colindantes. Las primeras ramas se elevaban a más de siete varas de altura, filtrando tímidos rayos matutinos que arrancaban destellos dorados y verdosos de las hojas que, mecidas por la brisa, murmuraban una perfecta y arrulladora melodía mientras que las imponentes raíces se aferraban en la tierra, sigilosas, dispuestas a afianzarse a aquel lugar a través del paso de las eras.
Sin saber como, me encontré expuesta ante su presencia, vulnerable, desnudando mi alma y dejando que su sabiduría escudriñara en mi interior. Le conté en silencio mis temores y un remolino de sensaciones embriagó mi espíritu, mostrándole sin reservas mis más profundos secretos. Dejé que la rugosidad de su corteza acariciara mi piel, compartiendo con él mi sangre, mi savia. Y así fue como supe que jamás podría separame de Andorë.
A medida que el tiempo pasaba, Derdian y yo nos integrábamos más entre las gentes del poblado. Vivíamos con ellos y compartíamos las tareas diarias de la aldea, así como los momentos de entretenimiento nocturno en los que las barricas de aguamiel se vaciaban a la velocidad del rayo y la comida se servía en abundancia en el Engoroth del clan.
Así y todo, no descuidamos nuestro inicial cometido y mientras Derdian salía a cazar y a recorrer los bosques con los batidores, yo me sentaba largas horas a la vera de Andorë, tratando de comprender y entender, memorizando cada surco de su madera.
La amistad con los hermanos se forjó enseguida, juntos recorrimos los caminos de la región, guiados siempre por Ardeil, líder de la tribu. De Tylse aprendí a atacar antes de ser atacada, a blandir mi lanza con fiereza. De Aeron aprendí que la juventud no significa ignorancia. De Erik, que la vida sin diversión es como un banquete sin jabalí asado. De Aryadna, que una hembra Úthgardt vale más que diez sureñas y de Ardeil aprendí que siempre hay alguien dispuesto a dar la vida por aquellas personas a las que ama.
De todos aprendí algo, y de todos sigo aprendiendo. Absorbiendo sus palabras e indagando en sus corazones.
Ardeil y yo comenzamos a pasar más tiempo juntos tratando asuntos de la aldea pues fui nombrada líder de mi tribu en las tierras de Amn y a pesar de mi juventud, Ardeil tenía muy en cuenta lo que yo tuviera que decir. Con el tiempo, en cada uno de los viajes que fuimos haciendo, en los que el hombre me mostraba las tierras de la región, se fue forjando la idea de unir ambas tribus en aquel lugar sagrado, en Ideepton. No era una idea descabellada, dado que en el pasado nuetras tribus eran la misma y bien podría ser que la sangre que corría por las venas del bárbaro fuera la misma que la mía, la savia del Abuelo Árbol...
Poco a poco, la fuerza y el valor del Oso comenzaron a mimetizarse con la sabiduría y el misticismo del Árbol, haciendo de esa unión un hecho inevitable.
Fue en uno de esos días de viajes donde el sentimiento forjado a causa del tiempo pasado juntos, alforó de manera ineludible sin poder ser ocultado. Durante un instante nuestras miradas se cruzaron y nos dimos cuenta de que nuestras vidas estaban ligadas más allá de la fraternidad entre hermanos, más allá de los lazos que puedan unir a dos personas que se respetan mutuamente. En esos momentos, puse mi existencia en sus manos y me uní a él, prometiéndole sin palabras mi vida entera, hasta que Padre me lleve con él a los Atrios del Descanso del Guerrero, ahí donde descansan los valientes, para siempre.
Esa es la mirada que hace que la tierra se sacuda bajo mis pies, la que hace que mi alma le pertenezca sin reparos, la que hace que su nombre sacuda mi espinazo cuando lo oigo pronunciar ... Mi Sol y Estrellas.