Novedades

Perdiendo la cabeza

Illuminati

Niño sin padres ni hospicio
Registrado
23/12/12
Mensajes
21
¿La cabeza de un sacerdote? eso se adecua a los actos de esos animales apestosos que se mueven en torno a ella, pero no a las maneras de este humilde hombre de fe.
Imagino que esa ramera con lengua de serpiente trata de ponerle al límite para que estalle y así tener la excusa necesaria para matarle sin temor a represalias. Si es que ese temor puede existir. Nunca ha estado bien en una iglesia, ejecutar a alguien que da forma a las oraciones del dios patrón de la misma. Y eso le pesa, por los secretos del Pandemónium que le pesa y para que engañarnos, es placentero saberlo.

No es que no tenga las técnicas marciales suficientes para decapitar a un hombre, es que no tiene ni la herramienta ni el despojo para siquiera intentarlo. Cuando no quieres o puedes hacer algo, que lo hagan otros por ti.
¿Y que mercenario o asesino a sueldo que no comprometa su identidad, podría hacer este trabajo? Ninguno. Sin quedar como un patético inútil, ninguno.

Miedosamente se introdujo en el camino que lleva a Amnagua y que nace en el cruce de la ciudad mestiza de Purskul. Siente asco por esos engendros que se mezclan con los de nuestra especie y se llaman semiorcos. Siente asco por las leyes que les permiten vivir con las razas civilizadas, pero lo asume aborrecido la realidad de los hechos.
Volviendo al camino, este pobre cobarde sabía de la presencia asaltadores que se lanzaban sobre los viajeros al caer la noche. Sabía donde se encontraban y fue en su búsqueda.
Usando su cada vez más exquisito arte de la superchería, se ocultó con la ayuda de sus oraciones; entre las partes más frondosas del bosque. Ay del pobre despistado que se separó del grupo para defecar y en su humillante pose del último momento, fue cazado por una maza de acero pesado que le rompió de un solo golpe la nariz, el pómulo y le saltó un globo ocular de la cuenca. Para su desgracia no murió en el acto y este obediente sanador, se sentó a su lado, agachándose más cerca para mirar como el bandido, iba a visitar a Yérgal lenta y agonizantemente. Ya no le podremos preguntar si fueron las peores diez horas de su vida, pero viendo el rostro complacido y jovial del clérigo; imaginaremos que sí.

Arrastrándole hasta un claro del bosque, el cuerpo del ladrón se rompió alguna extremidad más y perdió parte de su cabellera. La imagen era espeluznante y todo esto ya sabéis, que no hacía más que comenzar.
Lo colocó con pose de pájaro en el suelo. Por miedo a que fallase el experimento, le clavo las extremidades en la tierra y el muy cobarde marcó el cuerpo desde lejos y empezó a suplicar a “aquel que todo lo puede”. Sus manos se marchitaron no en una luz negra si no en una ausencia absoluta de luz. Sus palabras en lengua prohibida agrietaban su garganta como lava escupida desde el templo del fuego. Sus ojos se perdieron y todo su cuerpo en el último grito de la invocación, señaló en una ortopédica y esperpéntica imagen, al cuerpo roto del bandido.

Ya os lo imagináis, se levanto. Comenzó con convulsiones y temblores por todo su cuerpo. Sus dientes se rompieron al apretarse entre si, y los huesos de las manos se desencajaron a la vez que la mandíbula. Imaginad el grito del levantado, que aguardaría a su dios en donde “el Todo” gobernó antaño y gobernara muy temprano, y… de golpe fue desgarrado para servir a un miserable cobarde que no es capaz de hacer solo, este simple trabajo.
No saltó de alegría y gritó cánticos entusiastas por que la misma emoción le dejó mudo y paralizado. Por que cuando vio a su ahora siervo y antes hombre que corría por la ladera del pantano, podría compararse a cuando un padre oye por primera vez el llanto de su hijo.

Todo esto tenía otra finalidad y no el mismo levantamiento en si solo, si no que acababa de acompañarse de un ser sin miedo, sin conocimiento, sin reparos y con obediencia absoluta.
El templo de Eldat o ermita mejor dicho que hay en el camino de la zona de Athkatla es por todos conocido. Su peregrinación por muchos sacerdotes y viajeros a lo largo del año, también. No iba a escaparse esa información a este Calishita.
Sonriente y falso como un estafermo en combate, se fue a la zona de la ermita y esperó durante tres días a que pasase un anciano de barba blanca y ausencia de cabello; por su lado y reparase en él. Le auxiliara como a un viajero más, perdido en el camino. No es que no hubieran pasado ya decenas de personas, es que no había pasado alguien lo suficientemente enclenque para que él decidiera atreverse a matarlo.
Le pidió comida, y este le dio pan y algo de agua. Agradecido como sabe aparentar, empezaron una conversación amena sobre el dios del arroyo y su credo. Se separaron del camino y cuando los ojos de nadie parecían estudiarles, el sacerdote del “Único” se sentó en la hierba húmeda de entre los árboles. El clérigo de Eldat no entendió este gesto y se abrió en cruz pidiendo explicaciones de si algo había pasado y no se había percatado. Es ese emocionante momento, tras de él, se erguió la asquerosa y apestosa figura del nuevo siervo y le aplastó la cabeza al anciano con una piedra tan grande, que tenía que levantarla con las dos manos.
Este tuvo suerte y murió en el acto, asunto que lamentó nuestro orador repetidas veces. Nunca mandes a nada ni nadie, lo que puedas hacer tú.

¿Acaso llevaba algo cortante o afilado que no fuese su pequeño cuchillo de cortar pan? No. Lo más afilado era la misma piedra asesina que acabó, con el viejo vestido de blanco. Me pregunto donde están los dioses cuando esas atrocidades suceden. Es práctica la excusa del equilibrio, pero en ocasiones el acto es tan atroz, que o realmente no les importamos, o alguno llora desde su mística alcoba desolado, su impotencia de no poder con nuestro patrón.
Trece, trece son los golpes que hicieron falta para separar la cabeza de los hombros con una piedra grande y pesada. Obviamente lo hizo todo la criatura recién levantada. Golpeaba dejando la piedra caer y sus golpes eran tan torpes que no quedaba rastro de las clavículas ni de la mandíbula. Eso era una cabeza…. Porque lo decimos nosotros.

Guardó esa masa de carne y huesos craneales rotos en un saco, y cargó con ello en una caravana que alquiló a tres enanos del camino. Cuando llegó al sendero que nos acercaría al lugar prohibido, usó de nuevo sus oraciones para con su superchería, desaparecer y hacer el viaje tranquilo.

Al dejar la saca en el dormitorio de esa maldita con lengua de serpiente, dejó que parte de la sangre, manchase el suelo de su estancia a drede. Se acercó a la capilla y se sentó a revivir mentalmente y a rumiar, todo lo que había hecho. Ahora sí se escucharon sus gritos de celebración y sus esbozos de alabanza, no podía ni el mismo silenciarse tapándose la boca con la mano. Algo en él se sentía útil, encontraba en su lugar y se sentía poderoso.

Aun en las tres noches siguientes, se despertaba emocionado al revivirlo en sueños.
 
Arriba