Alpha
Admirador del brazo de Sune
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Pronto llegaría la hora.
Durante el duelo, Calendil le dijo que aún no era tarde para detener esta locura, que recapacitara. El simple hecho de pensar en sus palabras le hervía la sangre. ¿Por qué era ahora cuando todos le pedían detenerse? ¿Por qué ahora todos le ofrecían la mano? Aryan llegó a la conclusión hace mucho tiempo, de que no le ofrecían la mano por piedad, sino por miedo. Miedo de lo que iba a ocurrir ¿Qué otro motivo habría para ofrecerle la mano ahora, pero no cuando más lo necesitó?
Hipocresía en su estado más puro, eso es lo que el guardián repetía. La hipocresía era uno de los motivos por los que odió a los que una vez fueron sus compañeros, sus amigos. Falsos héroes, guiados por el ego y el orgullo desmedido, por la necesidad de poder y control. Faerun sería un lugar mejor una vez fueran purgados, cuando el Guardián se encargase de degollar a cada uno de los miembros del Consejo de los Seis, cuando Athkatla se convierta en el paisaje perfecto para un cuadro de muerte y justicia poética.
Era una fantasía. Pero con cada día que no lograban matarlo, se volvía más real. Juró que Amn recordaría su nombre, que temblaría en asco y miedo.
Muchos no sabrán quién era, solo reconocido como aquel que traicionó a la humanidad y ahora comanda un ejército de pesadillas vivientes. Otros, quizá más ignorantes, quizás ocultando ciertos detalles, recordarán vagamente quién solía ser, describiéndolo como un aventurero del montón que tras un berrinche por no recibir la atención que buscaba en una cruzada suicida, decidió unirse al mal.
Daba igual, hacía mucho tiempo que el Guardián había dejado de buscar que entendiesen sus emociones, pues sabía que sería en vano; Amn y sus héroes nunca aceptarían la posibilidad de haber sido más crueles que sus enemigos del sur.
Sin embargo, gracias a sus defectos, gracias a la podredumbre que albergan en sus interiores, a la corrupción camuflada de bondad y la ignorancia infantil de aquellos que dicen ser héroes, habían permitido que una de sus ciudades estuviera al borde del colapso.

Los cuernos de guerra sonaron, las armas de asedio empezaron a prepararse nuevamente, las tropas comenzaron a avanzar a paso lento.
Había llegado la hora, Imnescar caería esa noche.