thedead210
Bebedor de Galdrims
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Todavía sudo al recordar la figura de fuego precipitándose contra mí. Temo decir que estuve a punto de perder mi propia existencia... pero sigo vivo. Eso es lo único que importa.
Unirme al ejército imperial ha sido una de las experiencias más extrañas que he vivido jamás. Sirvo bajo la mirada de la gran oni, aunque apenas soy un recluta destinado a limpiar letrinas y exterminar alguna que otra plaga con mis poderes. La verdad es que este lugar se ha convertido en mi "hogar" desde mi marcha. En cierto modo, añoro lo que mi vida significaba antes, supongo que he terminado por tomarle cierto cariño a aquella existencia.
Estos muros me han presentado figuras tan poderosas como difíciles de describir. Desde el comercio de Rudeen hasta el Cónclave, he contemplado individuos cuya mera presencia impone respeto. La existencia de brujos mucho más poderosos que yo no hace sino obligarme a replantear mi propio camino. Quizá mi forma de obrar nunca fue la más eficaz. Quizá podría alcanzar un poder mucho mayor si descubro el método adecuado.
Me sorprendió descubrir cómo, durante la batalla contra los micónidos, la presencia de Avakot y Adrasteia bastó para inclinar la balanza a nuestro favor. El Barón invocó lluvias de hielo que parecían ignorar mi propia piel, mientras el señor de fuego caía ante nosotros y los golpes certeros del grupo terminaban con todo cuanto se interponía en nuestro camino... aunque será mejor no adelantar acontecimientos.
Todo comenzó cuando partimos desde las fronteras imperiales. El viaje fue breve y pronto alcanzamos una de las fortalezas Azer. Al parecer, nuestro objetivo consistía en engañar a sus habitantes para obtener un poderoso material o, al menos, algo de enorme valor. Conseguimos infiltrarnos haciéndonos pasar por mercenarios deseosos de servir a su señor. La estratagema surtió efecto y avanzamos sin levantar sospechas a través de sus murallas.
Una conversación con su lugarteniente bastó para conseguirnos una audiencia. Fue entonces cuando fui testigo de las capacidades de la señora Adrasteia. Estoy convencido de que sería capaz de persuadirme de que el cielo es rojo si así lo deseara.
Mientras recorría aquellos pasillos, no pude evitar rememorar otros tiempos; una época en la que servía a distintos señores y matriarcas mientras luchaba por sobrevivir. Escapar de aquel lugar fue solo el menor de mis males, pues la forma en que sucedió... es algo que aún no consigo recordar con claridad. Lo único indiscutible es que sobreviví.
Nuestro camino se volvió cada vez más oscuro conforme nos internábamos en la fortaleza. Frente a nosotros aparecieron enormes barricadas metálicas y lo que parecía un gigantesco cañón rebosante de poder. No encuentro palabras capaces de describir semejante artificio. Era como si el propio fuego hubiera atravesado los límites de nuestro plano y aguardara el instante oportuno para consumirnos.
Fue entonces cuando algo captó mi atención. Las palabras del Barón resonaron con claridad:
"Algo más antiguo que la Urdimbre."
Intenté percibirlo. Comprenderlo. El impulso que me llevó a hacerlo supuso mi perdición por unos instantes. Una fuerza infinitamente superior a la mía me arrojó al suelo sin el menor esfuerzo.
Qué patético.
Ni siquiera soy capaz de comprender un poder semejante; todo cuanto consigo es permitir que me destruya cada vez que entro en contacto con él. La descarga me mantuvo inconsciente durante unos segundos. Cuando recuperé el sentido, continuamos la marcha hasta encontrarnos con el amo de la fortaleza: un noble ifrit cuyas intenciones resultaban evidentes incluso antes de pronunciar palabra.
Nos pusimos a su servicio mientras la trampa comenzaba a tomar forma. Sin embargo, todo cambió en un instante. Un estruendo sacudió la fortaleza a nuestras espaldas. Los micónidos se habían adelantado.
Nos vimos obligados a acudir para ayudar en la batalla y destruir el enorme artificio de fuego, aunque debo admitir que contemplar cómo aquel mecanismo reducía un batallón entero a cenizas en cuestión de segundos resultó...fascinante. Durante un instante deseé reclamar semejante arma para nosotros, pero la oportunidad jamás llegó.
Finalmente, tras derrotar a las fuerzas Azer, el amo de la fortaleza descendió al campo de batalla. Entonces comenzó el verdadero combate.
Nuestros poderes chocaron una y otra vez mientras aquella criatura soportaba auténticas mareas de energía arcana. Vi a Avakot descargar su espadón contra ella, cercenando parte de su esencia. Los ataques de Adrasteia atravesaban su armadura ígnea con una precisión impecable, mientras los arcanistas del Cónclave y el Barón desataban hechizos capaces de desgarrar la realidad misma.
Y yo... Una vez más, me vi limitado por mi propio poder. Resultaba frustrante.
Mis descargas apenas parecían afectar a la criatura. Cada conjuro que lanzaba me hacía preguntarme si aquello sería siempre así. Si estaba destinado a contemplar cómo otros alcanzaban cotas de poder que yo solo podía imaginar.
La rabia comenzó a recorrer cada fibra de mi cuerpo. Intenté canalizar más energía. Superar mis propios límites. Alcanzar un poder mayor. Pero nada sucedió. Solo conseguí arrancarle algunas heridas superficiales antes de que finalmente cayera.
No deseo escribir mucho más sobre este asunto. Solo quería dejar constancia de estos pensamientos. Quizá algún día alcance el poder que tanto anhelo. O quizá ese deseo acabe consumiéndome antes.

