Skotos
El cansino de los Siervos de Hueso
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I. Liberación.
Los días pasaron y se sucedieron uno sobre otro, en una concatenación de sombras que no parecían tener fin. Gwenaëlle se acostumbró a vivir entre la penumbra y la humedad, a tener frío y a no tocar la comida. Empezó a mostrarse indiferente ante las ratas; indolente ante la sensación de tener el pelo sucio y la piel grasienta. Las visitas fueron menguando conforme pasaba el tiempo, conforme pasaba la novedad. La burocracia, una máquina que jamás dejaba de funcionar del todo, avanzaba con un ritmo lento pero constante, como un ruido de fondo.
Cuando cerraba los ojos, no dormía. No del todo. Sus noches eran negrura sin sueños. Descansar para ella se había convertido en un reflejo mecánico, en una rutina, más que una necesidad biológica. Cuando llegaba la noche, o mejor dicho, cuando acrecentaba la oscuridad, dormía. Cerraba los ojos y trataba de vaciar su mente. Trató de purgar las imágenes que brotaban desde los rincones de su pensamientos como espectros. Árboles, montañas nevadas, praderas en flor.
Ella.
Quizás por eso, cuando oyó golpes contra los barrotes de madrugada, se sintió extrañamente sobresaltada. No formaba parte de la rutina monótona y gris a la que se había acostumbrado. A la rutina miserable. Por un momento, pensaba que le habían traído la comida, o quizás querían arrastrarla al patio otra vez. Esa última noción hizo que se sintiese mortificada; quería evitar coincidir con Isolda o con los tieflings a toda costa.
Pero no, no era para eso.
Gwenaëlle se irguió y se dirigió hacia la entrada. Frente a la misma, un hombre ataviado con lo que ella presumió, eran ropas de oficial, junto con dos guardias.
- ¿S-sí?
- Buenas noches. Soy el alcaide encargado de esta prisión, señorita Gwenaëlle. Tiene que acompañarnos. Tiene usted una visita importante.
Habló con un tono tranquilo, desprovisto de la autoridad y prepotencia que sentía en los demás. Una visita importante. ¿Quién podría ser? Alguien que no quería pisar una celda inmunda, y que tenía suficiente peso como para forzar que fuese ella quien acudiese.
- S-sí, claro…
Siguió al alcaide por los pasillos. Estos olían a hierro viejo y oxidado, entremezclados con el murmullo y ronquidos de los presos. A su paso, algunos se despertaron y comenzaron a gritar; algunos increpándola, otros simplemente ansiosos por saber qué les sacaba de su indolente rutina. Gwenaëlle apretó los labios y mantuvo la mirada baja, siempre baja. Había aprendido pronto que mantener el contacto visual con los presos podría resultar en un agravio malintencionado.
Su destino no era otro que una sala de reuniones, completamente limpia. Allí aguardaba un hombre cuyo uniforme inspiraba más autoridad, más galones. Sin duda, de mayor rango que el alcaide. Estaba acompañado de otro ataviado con una túnica gris. Encapuchado. Su rostro, completamente indiscernible...
Era un agente de los Selemchant. Gwenaëlle tomó asiento cuando se lo indicaron.
El hombre se presentó. Se hizo llamar Capitán Santiago. Él observó a Gwenaëlle serenamente, quizás preguntándose por qué la semielfo era el motivo de tantas molestias y conmoción. Ella intentó guardar su aliento, enterrando sus nervios y su pesar en su estómago, esperando que jamás brotasen durante aquel encuentro. Juntó las manos a la altura del regazo y las mantuvo entrelazadas con fuerza. Con demasiada fuerza.
- Bien. He leído su expediente, doña Gwenaëlle. Está usted de suerte. Se ha tomado la decisión de ofrecerle una oportunidad para salir de aquí. Con condiciones, claro.
- Ah… s-sí, claro… me gustaría poder salir de aquí lo antes posible.
- La condición es que no podréis abandonar la ciudad hasta terminado el juicio.
Ella parpadeó. Libertad condicional. El perímetro se ampliaba, pero al menos... podría ver el cielo una vez más. Respirar.
- Es razonable, sí.
- Cuando se os haga llamar para el juicio deberá de acudir voluntariamente. De lo contrario, las Fuerzas Armadas se verán obligadas a actuar.
Gwenaëlle sintió como sus sentimientos embotellados querían brotar de su estómago. Resistió el impulso. Dejó que se anudasen y los empujó hacia el fondo, tragando saliva.
- No… no será necesaria tal cosa, mi señor. No tengo intención de rehuir a la justicia. Os… agradezco el gesto.
- No podéis abandonar la ciudad, pero podéis pasearos por todos los distritos.
- …Comprendo.
El capitán Santiago entonces tomó un documento. Era una orden judicial. Gwenaëlle, acostumbrada a tratar con edictos, con comunicados, y todo tipo de documentación, recorrió rápidamente el contenido y extrajo las nociones clave. Era un permiso especial; uno que la conminaba a portar un brazal que la mantendría en todo tiempo localizable. De ahí, la presencia del Mago Encapuchado.
- Firme conforme acepta los términos.
Firmó tras leer con detenimiento. Cuando el mago le ajustó el brazal de adivinación, sintió el frío en el antebrazo: del metal contra la piel. Era demasiado estrecho, quizás una talla o dos de menos. Probablemente era intencional.
El capitán tomó el documento y asintió. Hizo un gesto con la mano, agitándola hacia la puerta.
- Es usted libre de marchar.
Libre.
Gwenaëlle incluso dudó. Pero emprendió el camino hacia la salida. El alcaide la guió hacia el almacén, momento en el que le hicieron entrega de sus pertenencias metidas en un saco. Entre ellas, su bastón, el Susurro Lunar. Se quedó mirándolo por un instante, inmóvil; era su posesión más preciada.
Mientras estuvo recluida, su identidad se había difuminado con el ocre de las paredes, con la soledad asfixiando su pensamiento. Ver el bastón y sentirlo entre sus manos fue recordar que antes había sido otra cosa, y que quizá todavía podía serlo.
La puerta exterior se abrió.
La luz del alba la cegó por un instante. Entrecerró los ojos, y por un segundo, un segundo aterrador, pensó que aquello no era real. Que había cerrado los ojos y volvía a tener uno de esos sueños negros, en los que surgían imágenes, o más bien, espectros de recuerdos pasados que le recordaban que su vida pasada había acabado. Había perdido la esperanza en poder salir.
Pero no. No era una imagen. Aún con los ojos cerrados, no estaba sumida en la oscuridad absoluta. Sentía la calidez de la luz, el aire limpio, la brisa vespertina.
Le entraron ganas de llorar. No sabía si lo que sentía era alivio o simplemente, puro desconcierto.
Afuera, una comitiva la esperaba. Entre ellas, estaba Gambino. se alzó ante ella.
Gambino sí lloró. Se arrodilló frente a ella. Y aún así, seguía siendo una mole, una torre de plata que le sacaba una cabeza, postrado.
- Mi Alta Sacerdotisa Gwenaëlle, qué bien que estéis fuera…
- S-señor Gambino… P-por favor, alzaos.
El semiorco se secó las lágrimas y la miró con ojos brillantes.
- Gracias por velar por mí… creedme, no olvidaré este acto de servicio.
- Las cosas están complicadas por aquí fuera, mi señora. Le recomiendo que marchemos de inmediato.
Gwenaëlle asintió. No miró atrás. No quería recordar la oscuridad, la pesadumbre que sintió en la prisión.
No quería recordar a Isolda.
Los caballeros empezaron a marchar. Gambino le ofreció el brazo y Gwenaëlle lo tomó.
Mientras caminaban, la ciudad le pareció haberse vuelto demasiado amplia, demasiado abierta. Cada esquina era un sobresalto; cada voz, un posible peligro. Su cerebro reptiliano era incapaz de disociar ese murmullo que era una ciudad despertándose con los fantasmas de la celda. La libertad repentina resultaba asfixiante. Se sentía como un pez al que habían sacado del agua, y pretendían obligarlo a respirar en tierra.
Sus pasos eventualmente la llevaron hacia el Distrito Gubernamental. Las columnas del Salón de la Luna pronto se atisbaron. La magnificencia del templo, reconstruído y retornado a su antiguo esplendor, calmaron sus miedos. Era una imagen que había visto tantas veces, una que le transmitía familiaridad y seguridad.
Era su templo. Su santuario.
Volvía a casa.
Los días pasaron y se sucedieron uno sobre otro, en una concatenación de sombras que no parecían tener fin. Gwenaëlle se acostumbró a vivir entre la penumbra y la humedad, a tener frío y a no tocar la comida. Empezó a mostrarse indiferente ante las ratas; indolente ante la sensación de tener el pelo sucio y la piel grasienta. Las visitas fueron menguando conforme pasaba el tiempo, conforme pasaba la novedad. La burocracia, una máquina que jamás dejaba de funcionar del todo, avanzaba con un ritmo lento pero constante, como un ruido de fondo.
Cuando cerraba los ojos, no dormía. No del todo. Sus noches eran negrura sin sueños. Descansar para ella se había convertido en un reflejo mecánico, en una rutina, más que una necesidad biológica. Cuando llegaba la noche, o mejor dicho, cuando acrecentaba la oscuridad, dormía. Cerraba los ojos y trataba de vaciar su mente. Trató de purgar las imágenes que brotaban desde los rincones de su pensamientos como espectros. Árboles, montañas nevadas, praderas en flor.
Ella.
Quizás por eso, cuando oyó golpes contra los barrotes de madrugada, se sintió extrañamente sobresaltada. No formaba parte de la rutina monótona y gris a la que se había acostumbrado. A la rutina miserable. Por un momento, pensaba que le habían traído la comida, o quizás querían arrastrarla al patio otra vez. Esa última noción hizo que se sintiese mortificada; quería evitar coincidir con Isolda o con los tieflings a toda costa.
Pero no, no era para eso.
Gwenaëlle se irguió y se dirigió hacia la entrada. Frente a la misma, un hombre ataviado con lo que ella presumió, eran ropas de oficial, junto con dos guardias.
- ¿S-sí?
- Buenas noches. Soy el alcaide encargado de esta prisión, señorita Gwenaëlle. Tiene que acompañarnos. Tiene usted una visita importante.
Habló con un tono tranquilo, desprovisto de la autoridad y prepotencia que sentía en los demás. Una visita importante. ¿Quién podría ser? Alguien que no quería pisar una celda inmunda, y que tenía suficiente peso como para forzar que fuese ella quien acudiese.
- S-sí, claro…
Siguió al alcaide por los pasillos. Estos olían a hierro viejo y oxidado, entremezclados con el murmullo y ronquidos de los presos. A su paso, algunos se despertaron y comenzaron a gritar; algunos increpándola, otros simplemente ansiosos por saber qué les sacaba de su indolente rutina. Gwenaëlle apretó los labios y mantuvo la mirada baja, siempre baja. Había aprendido pronto que mantener el contacto visual con los presos podría resultar en un agravio malintencionado.
Su destino no era otro que una sala de reuniones, completamente limpia. Allí aguardaba un hombre cuyo uniforme inspiraba más autoridad, más galones. Sin duda, de mayor rango que el alcaide. Estaba acompañado de otro ataviado con una túnica gris. Encapuchado. Su rostro, completamente indiscernible...
Era un agente de los Selemchant. Gwenaëlle tomó asiento cuando se lo indicaron.
El hombre se presentó. Se hizo llamar Capitán Santiago. Él observó a Gwenaëlle serenamente, quizás preguntándose por qué la semielfo era el motivo de tantas molestias y conmoción. Ella intentó guardar su aliento, enterrando sus nervios y su pesar en su estómago, esperando que jamás brotasen durante aquel encuentro. Juntó las manos a la altura del regazo y las mantuvo entrelazadas con fuerza. Con demasiada fuerza.
- Bien. He leído su expediente, doña Gwenaëlle. Está usted de suerte. Se ha tomado la decisión de ofrecerle una oportunidad para salir de aquí. Con condiciones, claro.
- Ah… s-sí, claro… me gustaría poder salir de aquí lo antes posible.
- La condición es que no podréis abandonar la ciudad hasta terminado el juicio.
Ella parpadeó. Libertad condicional. El perímetro se ampliaba, pero al menos... podría ver el cielo una vez más. Respirar.
- Es razonable, sí.
- Cuando se os haga llamar para el juicio deberá de acudir voluntariamente. De lo contrario, las Fuerzas Armadas se verán obligadas a actuar.
Gwenaëlle sintió como sus sentimientos embotellados querían brotar de su estómago. Resistió el impulso. Dejó que se anudasen y los empujó hacia el fondo, tragando saliva.
- No… no será necesaria tal cosa, mi señor. No tengo intención de rehuir a la justicia. Os… agradezco el gesto.
- No podéis abandonar la ciudad, pero podéis pasearos por todos los distritos.
- …Comprendo.
El capitán Santiago entonces tomó un documento. Era una orden judicial. Gwenaëlle, acostumbrada a tratar con edictos, con comunicados, y todo tipo de documentación, recorrió rápidamente el contenido y extrajo las nociones clave. Era un permiso especial; uno que la conminaba a portar un brazal que la mantendría en todo tiempo localizable. De ahí, la presencia del Mago Encapuchado.
- Firme conforme acepta los términos.
Firmó tras leer con detenimiento. Cuando el mago le ajustó el brazal de adivinación, sintió el frío en el antebrazo: del metal contra la piel. Era demasiado estrecho, quizás una talla o dos de menos. Probablemente era intencional.
El capitán tomó el documento y asintió. Hizo un gesto con la mano, agitándola hacia la puerta.
- Es usted libre de marchar.
Libre.
Gwenaëlle incluso dudó. Pero emprendió el camino hacia la salida. El alcaide la guió hacia el almacén, momento en el que le hicieron entrega de sus pertenencias metidas en un saco. Entre ellas, su bastón, el Susurro Lunar. Se quedó mirándolo por un instante, inmóvil; era su posesión más preciada.
Mientras estuvo recluida, su identidad se había difuminado con el ocre de las paredes, con la soledad asfixiando su pensamiento. Ver el bastón y sentirlo entre sus manos fue recordar que antes había sido otra cosa, y que quizá todavía podía serlo.
La puerta exterior se abrió.
La luz del alba la cegó por un instante. Entrecerró los ojos, y por un segundo, un segundo aterrador, pensó que aquello no era real. Que había cerrado los ojos y volvía a tener uno de esos sueños negros, en los que surgían imágenes, o más bien, espectros de recuerdos pasados que le recordaban que su vida pasada había acabado. Había perdido la esperanza en poder salir.
Pero no. No era una imagen. Aún con los ojos cerrados, no estaba sumida en la oscuridad absoluta. Sentía la calidez de la luz, el aire limpio, la brisa vespertina.
Le entraron ganas de llorar. No sabía si lo que sentía era alivio o simplemente, puro desconcierto.
Afuera, una comitiva la esperaba. Entre ellas, estaba Gambino. se alzó ante ella.
Gambino sí lloró. Se arrodilló frente a ella. Y aún así, seguía siendo una mole, una torre de plata que le sacaba una cabeza, postrado.
- Mi Alta Sacerdotisa Gwenaëlle, qué bien que estéis fuera…
- S-señor Gambino… P-por favor, alzaos.
El semiorco se secó las lágrimas y la miró con ojos brillantes.
- Gracias por velar por mí… creedme, no olvidaré este acto de servicio.
- Las cosas están complicadas por aquí fuera, mi señora. Le recomiendo que marchemos de inmediato.
Gwenaëlle asintió. No miró atrás. No quería recordar la oscuridad, la pesadumbre que sintió en la prisión.
No quería recordar a Isolda.
Los caballeros empezaron a marchar. Gambino le ofreció el brazo y Gwenaëlle lo tomó.
Mientras caminaban, la ciudad le pareció haberse vuelto demasiado amplia, demasiado abierta. Cada esquina era un sobresalto; cada voz, un posible peligro. Su cerebro reptiliano era incapaz de disociar ese murmullo que era una ciudad despertándose con los fantasmas de la celda. La libertad repentina resultaba asfixiante. Se sentía como un pez al que habían sacado del agua, y pretendían obligarlo a respirar en tierra.
Sus pasos eventualmente la llevaron hacia el Distrito Gubernamental. Las columnas del Salón de la Luna pronto se atisbaron. La magnificencia del templo, reconstruído y retornado a su antiguo esplendor, calmaron sus miedos. Era una imagen que había visto tantas veces, una que le transmitía familiaridad y seguridad.
Era su templo. Su santuario.
Volvía a casa.












