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Pies en Barro

Skotos

El cansino de los Siervos de Hueso
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I. Liberación.

Los días pasaron y se sucedieron uno sobre otro, en una concatenación de sombras que no parecían tener fin. Gwenaëlle se acostumbró a vivir entre la penumbra y la humedad, a tener frío y a no tocar la comida. Empezó a mostrarse indiferente ante las ratas; indolente ante la sensación de tener el pelo sucio y la piel grasienta. Las visitas fueron menguando conforme pasaba el tiempo, conforme pasaba la novedad. La burocracia, una máquina que jamás dejaba de funcionar del todo, avanzaba con un ritmo lento pero constante, como un ruido de fondo.

Cuando cerraba los ojos, no dormía. No del todo. Sus noches eran negrura sin sueños. Descansar para ella se había convertido en un reflejo mecánico, en una rutina, más que una necesidad biológica. Cuando llegaba la noche, o mejor dicho, cuando acrecentaba la oscuridad, dormía. Cerraba los ojos y trataba de vaciar su mente. Trató de purgar las imágenes que brotaban desde los rincones de su pensamientos como espectros. Árboles, montañas nevadas, praderas en flor.

Ella.

Quizás por eso, cuando oyó golpes contra los barrotes de madrugada, se sintió extrañamente sobresaltada. No formaba parte de la rutina monótona y gris a la que se había acostumbrado. A la rutina miserable. Por un momento, pensaba que le habían traído la comida, o quizás querían arrastrarla al patio otra vez. Esa última noción hizo que se sintiese mortificada; quería evitar coincidir con Isolda o con los tieflings a toda costa.

Pero no, no era para eso.

Gwenaëlle se irguió y se dirigió hacia la entrada. Frente a la misma, un hombre ataviado con lo que ella presumió, eran ropas de oficial, junto con dos guardias.

- ¿S-sí?

- Buenas noches. Soy el alcaide encargado de esta prisión, señorita Gwenaëlle. Tiene que acompañarnos. Tiene usted una visita importante.


Habló con un tono tranquilo, desprovisto de la autoridad y prepotencia que sentía en los demás. Una visita importante. ¿Quién podría ser? Alguien que no quería pisar una celda inmunda, y que tenía suficiente peso como para forzar que fuese ella quien acudiese.

- S-sí, claro…

Siguió al alcaide por los pasillos. Estos olían a hierro viejo y oxidado, entremezclados con el murmullo y ronquidos de los presos. A su paso, algunos se despertaron y comenzaron a gritar; algunos increpándola, otros simplemente ansiosos por saber qué les sacaba de su indolente rutina. Gwenaëlle apretó los labios y mantuvo la mirada baja, siempre baja. Había aprendido pronto que mantener el contacto visual con los presos podría resultar en un agravio malintencionado.

Su destino no era otro que una sala de reuniones, completamente limpia. Allí aguardaba un hombre cuyo uniforme inspiraba más autoridad, más galones. Sin duda, de mayor rango que el alcaide. Estaba acompañado de otro ataviado con una túnica gris. Encapuchado. Su rostro, completamente indiscernible...

Era un agente de los Selemchant. Gwenaëlle tomó asiento cuando se lo indicaron.

El hombre se presentó. Se hizo llamar Capitán Santiago. Él observó a Gwenaëlle serenamente, quizás preguntándose por qué la semielfo era el motivo de tantas molestias y conmoción. Ella intentó guardar su aliento, enterrando sus nervios y su pesar en su estómago, esperando que jamás brotasen durante aquel encuentro. Juntó las manos a la altura del regazo y las mantuvo entrelazadas con fuerza. Con demasiada fuerza.

- Bien. He leído su expediente, doña Gwenaëlle. Está usted de suerte. Se ha tomado la decisión de ofrecerle una oportunidad para salir de aquí. Con condiciones, claro.

- Ah… s-sí, claro… me gustaría poder salir de aquí lo antes posible.

- La condición es que no podréis abandonar la ciudad hasta terminado el juicio.


Ella parpadeó. Libertad condicional. El perímetro se ampliaba, pero al menos... podría ver el cielo una vez más. Respirar.

- Es razonable, sí.

- Cuando se os haga llamar para el juicio deberá de acudir voluntariamente. De lo contrario, las Fuerzas Armadas se verán obligadas a actuar.

Gwenaëlle sintió como sus sentimientos embotellados querían brotar de su estómago. Resistió el impulso. Dejó que se anudasen y los empujó hacia el fondo, tragando saliva.

- No… no será necesaria tal cosa, mi señor. No tengo intención de rehuir a la justicia. Os… agradezco el gesto.


- No podéis abandonar la ciudad, pero podéis pasearos por todos los distritos.

- …Comprendo.


El capitán Santiago entonces tomó un documento. Era una orden judicial. Gwenaëlle, acostumbrada a tratar con edictos, con comunicados, y todo tipo de documentación, recorrió rápidamente el contenido y extrajo las nociones clave. Era un permiso especial; uno que la conminaba a portar un brazal que la mantendría en todo tiempo localizable. De ahí, la presencia del Mago Encapuchado.

- Firme conforme acepta los términos.


Firmó tras leer con detenimiento. Cuando el mago le ajustó el brazal de adivinación, sintió el frío en el antebrazo: del metal contra la piel. Era demasiado estrecho, quizás una talla o dos de menos. Probablemente era intencional.

El capitán tomó el documento y asintió. Hizo un gesto con la mano, agitándola hacia la puerta.

- Es usted libre de marchar.

Libre.

Gwenaëlle incluso dudó. Pero emprendió el camino hacia la salida. El alcaide la guió hacia el almacén, momento en el que le hicieron entrega de sus pertenencias metidas en un saco. Entre ellas, su bastón, el Susurro Lunar. Se quedó mirándolo por un instante, inmóvil; era su posesión más preciada.

Mientras estuvo recluida, su identidad se había difuminado con el ocre de las paredes, con la soledad asfixiando su pensamiento. Ver el bastón y sentirlo entre sus manos fue recordar que antes había sido otra cosa, y que quizá todavía podía serlo.

La puerta exterior se abrió.

La luz del alba la cegó por un instante. Entrecerró los ojos, y por un segundo, un segundo aterrador, pensó que aquello no era real. Que había cerrado los ojos y volvía a tener uno de esos sueños negros, en los que surgían imágenes, o más bien, espectros de recuerdos pasados que le recordaban que su vida pasada había acabado. Había perdido la esperanza en poder salir.

Pero no. No era una imagen. Aún con los ojos cerrados, no estaba sumida en la oscuridad absoluta. Sentía la calidez de la luz, el aire limpio, la brisa vespertina.

Le entraron ganas de llorar. No sabía si lo que sentía era alivio o simplemente, puro desconcierto.

Afuera, una comitiva la esperaba. Entre ellas, estaba Gambino. se alzó ante ella.

Gambino sí lloró. Se arrodilló frente a ella. Y aún así, seguía siendo una mole, una torre de plata que le sacaba una cabeza, postrado.

- Mi Alta Sacerdotisa Gwenaëlle, qué bien que estéis fuera…

- S-señor Gambino… P-por favor, alzaos.


El semiorco se secó las lágrimas y la miró con ojos brillantes.

- Gracias por velar por mí… creedme, no olvidaré este acto de servicio.


- Las cosas están complicadas por aquí fuera, mi señora. Le recomiendo que marchemos de inmediato.


Gwenaëlle asintió. No miró atrás. No quería recordar la oscuridad, la pesadumbre que sintió en la prisión.

No quería recordar a Isolda.

Los caballeros empezaron a marchar. Gambino le ofreció el brazo y Gwenaëlle lo tomó.

Mientras caminaban, la ciudad le pareció haberse vuelto demasiado amplia, demasiado abierta. Cada esquina era un sobresalto; cada voz, un posible peligro. Su cerebro reptiliano era incapaz de disociar ese murmullo que era una ciudad despertándose con los fantasmas de la celda. La libertad repentina resultaba asfixiante. Se sentía como un pez al que habían sacado del agua, y pretendían obligarlo a respirar en tierra.

Sus pasos eventualmente la llevaron hacia el Distrito Gubernamental. Las columnas del Salón de la Luna pronto se atisbaron. La magnificencia del templo, reconstruído y retornado a su antiguo esplendor, calmaron sus miedos. Era una imagen que había visto tantas veces, una que le transmitía familiaridad y seguridad.

Era su templo. Su santuario.

Volvía a casa.
 

Skotos

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II. Y el mañana llegará.

Gwenaëlle estaba sentada, agazapada, en un banco del muelle del Distrito Gubernamental, abrazando sus piernas. Su mentón reposaba entre sus rodillas mientras contemplaba el reflejo de las estrellas y de la luna gibosa en el firmamento. El oleaje mecía y acunaba las embarcaciones atracadas; la mayoría veleros, algunas cocas. A lo lejos se atisbaba la silueta de una fragata. Al fin y al cabo, este era el puerto rico.

La brisa de salitre acariciaba sus cabellos. En silencio, había dedicado horas a reflexionar sobre lo que había sucedido.

Había recuperado a Sariel en sus términos. Pero al hacerlo, había perdido todo lo que había luchado.

El prestigio de los suyos. El propio.

La ciudadanía. La confianza de la gente.

Su vida no sería jamás la misma. Ni podría serlo. Muchos no la creerían; otros tantos sí. Volvían a esa realidad quebrada, partida, de amigos y enemigos, de prosélitos y oponentes. Algo que aborrecía profundamente; algo en lo que juró, no volver a caer tras la guerra civil.

Pero aquí estaba.

Sola. Siempre sola. Había hecho lo correcto, o eso pensaba. Pero los magistrados que no le dejaron pronunciarse siquiera. Solo dejaron que respondiese a las preguntas que ellos querían. No vino a ser juzgada, sino a escuchar un relato impuesto, tan contundente como bochornoso. Había prueba. Mucha prueba, según decían.

Pero no le dejaron verla.

La resolución era nula, pero sólo en la parte en la que les interesaba.

Tomaron el relato de la Rundeen como cierto. En Amn. Siendo, probablemente, la promotora del "pacto".

Lo cierto es que no sabía que pensar. Las convicciones se ponen a prueba cuando el mundo las sostiene en tu contra. ¿Había actuado con arrogancia? Quizás. ¿Debería haber confiado en la palabra de Ewan? Puede. ¿Alguien le dió alguna certeza de que cumpliría su palabra, mientras Sariel era torturada en la Fortaleza? En su momento, no lo pareció a sus ojos.

Se atrevió a alzar la mirada. La conexión con la Luna, aquella que siempre le brindaba luz y consuelo, la sentía como un hilo tenue. Su acceso al Poder, en las últimas decanas, había empezado a fallar. Sus rezos eran irregulares y quizás poco sentidos. Sentía que cuando le hablaba a la diosa, esta no la escuchaba, o quizás su mensaje simplemente no llegaba.

Sus pensamientos estaban asolados por pequeños fantasmas: por la culpa, por el arrepentimiento, por el miedo. Eran sus acompañantes por siempre y teñían su visión del mundo en un profundo gris, arrastrándola hacia un estado de sempiterna melancolía.

- No sé qué hacer.

Dijo al aire. No esperaba respuesta alguna, por supuesto. Se supone que ella era la Oráculo, la guía para los suyos. Ese era su papel. Ya no era una humilde novicia.

Una rajada suave de viento la despertó de su ensimismamiento. De pronto, una presencia menuda se había sentado a su lado. Era una niña de cabellos oscuros y mirada clara, de ojos grises casi volviéndose plata al contraluz. Vestía unas ropas simples, de pescadora, con sandalias desgastadas propias de quien se pasa todo el día faenando en la orilla.

La niña estaba sentada a su lado. Balanceó las piernas parsimoniosamente mientras su mirada parecía fija en el mar. Su expresión, despreocupada, casi aburrida.

- Menos mal.

Gwenaëlle la miró atónita. ¿Qué hacía una niña en el puerto, en medio de la noche?

- Pequeña... ¿quien eres? ¿Dónde están tus padres?

La niña entonces la miró. Plata intenso que contrastaba con su expresión neutra y serena. Se encogió de hombros.

- Eso no importa. Sigue hablando. Me gusta escuchar.

Gwenaëlle frunció el entrecejo. La respuesta era extraña, impropia de una cría de su edad. Al ver que la semielfo dudaba, la niña insistió mientras reposó sus manos tras su nuca, repantingándose en el banco.

- Yo creo que nadie sabe lo que tiene que hacer cuando de verdad importa. En eso consiste la vida, ¿no?

- Creí que estaba haciendo lo correcto, simplemente. Pero ahora... no sé si eso es así. Ahora me he visto frente a la verdad y el precio de mis elecciones. ¿Qué clase de guía soy si no sé distinguir el bien del mal?

- Una normal, supongo. Las personas que toman decisiones demasiado rápido, o las evitan, no suelen hacerse esas preguntas, ¿no?


Una rajada de brisa marina se arremolinó entre ellas. De pronto, Gwenaëlle sintió como su pecho se encogía. Se giró para contemplar a la niña con atención. Su cabello largo ondulaba con el viento, mientras que su expresión de aparente indiferencia ante todo no cambiaba un ápice.

- Cuando se tiene miedo, el mundo a veces se vuelve blanco o negro. Los grises dan miedo. Yo lo puedo llegar a entender.

- ¿Quién eres? - Gwenaëlle insistió.

La niña volvió a encogerse de hombros. Abrazó sus piernas y miró al cielo nocturno.

- Eso no importa, ¿no? Querías alguien que te escuchase.

Gwenaëlle se resignó y asintió. Se reclinó también contra el banco, imitando inconscientemente la postura de la niña.

- Todas esas pobres almas... ¿será cierto que las he condenado a una vida de sufrimiento? ¿Cómo pude desconfiar tanto?

- ¿Es que querías que te trazasen un camino? ¿Realmente esperabas eso? Nadie puede quitarte el peso de decidir. ¿Si fuese cierto? Pues asúmelo. ¿Y si fuese mentira? Pues también. No lo veo tan difícil.


Gwenaëlle apretó los labios. Sintió un calor subir por sus mejillas. Exhaló por las fosas nasales con tal de reconducir la indignación que sentía. Lo que le había dicho, le había dolido.

- No quería equivocarme. Busco respuestas, simplemente.

- Nadie quiere equivocarse. Pero....creo que buscas una respuesta que tú misma no puedes concederte. Buscas que te digan.... "por aquí, ve por aquí".

Gwenaëlle asintió. La niña siguió hablando.

- Pero la luz no enseña el camino, ¿no? Simplemente lo revela. Eres tú quien debe recorrerlo. Luego te puedes tropezar igualmente. Y sólo tú puedes levantarte si te caes.

- ¿Sólo yo?

- Toda transgresión conlleva una lección. Eso es lo que dice mi madre siempre. Pero te toca a ti aprender, asimilarlo. Si yo rompo algo, no puedo esperar a que venga alguien a decirme que no es culpa mía, ¿no?


La niña se echó a reír con la naturalidad e inocencia de quienes conocen el mundo con ideas simples.

La semielfo descartó que su dilema fuese tan sencillo.

- He causado mucho dolor con lo que he hecho. Puede que... haya condenado a muchas personas a una vida de miseria. ¿Qué hago con este sentimiento? ¿Cómo puedo vivir para decidir mañana?

La niña entonces se miró los pies.

- Yo mañana iré a recoger caracoles.

- ....

- Uh... lo que quiero decir es que... tienes dos opciones, ¿no? O quedarte llorando en la cama, o salir a faenar. Eso es lo que dice mi madre. El sol siempre sale y la vida no siempre te lo pone fácil. ¿Por qué no intentas arreglarlo, sin cometer los mismos errores? No sé...

- No es tan fácil.

- Ya estamos. No he dicho que sea fácil. Mi madre siempre dice que todo lo que vale la pena no lo es.


La niña se quedó balanceando sus piernas. La madera del banco pareció crujir al ritmo del oleaje. La brisa olía a algas y a madera mojada; también a hierro. Gwenaëlle no contestó. Miró el reflejo de la luna en el agua y pensó, con una amargura callada, que la niña tenía razón.

- ¿Y si no puedo? ¿Y si mañana vuelvo a equivocarme?

- Pues te equivocas. Y luego… ya sabes. Te levantas. Metes los pies en el barro si hace falta. Y... caminas.

Caminar. Quizás era lo único que necesitaba hacer. Siguió hablando, con la niña que no hablaba como una niña, ambas solas entre barcazas flotantes y una brisa nocturna, marina, que ahora resultaba extrañamente reconfortante.

- Supongo. Pero ahora mi margen para actuar será más limitado. He perdido todo. Mis derechos, mi reputación.... ya nadie confiará en lo que diga o haga.

- Mi madre dice que hay cosas que no se pueden deshacer. Pero sí se puede elegir qué haces después de hacerlas.


- No sé si tengo derecho a seguir. A pedir perdón. A intentar nada.

La niña frunció el ceño, como si esa idea fuese incomprensible para ella. Los niños tenían el futuro por delante. Para ellos, el pasado era incógnita lejana.

- ¿Y quién te lo va a quitar? Si cayeses al río, ¿preguntarías si tienes derecho a sacar la cabeza del agua para respirar?

Gwenaëlle se quedó quieta. El mar lamia los adoquines del muelle. A lo lejos, la fragata era una sombra inmóvil. La niña miró la superficie del agua, donde la luz se rompía en cientos de haces temblorosos.

- Lo peor es que no la siento. Intento hablar con ella, decirle que estoy aquí.... y siento que no me oye.

- ¿De verdad crees que es eso? Quizás eres tú la que se ha vuelto sorda.

Gwenaëlle sintió un pinchazo en su estómago. La culpa retorcía su pensamiento.

- He rezado. Y no he recibido nada. Ninguna certeza. Ninguna señal.

- ¿Qué señal querías? Una voz grande en el cielo diciendo “hiciste bien” o “hiciste mal”? Eso sería cómodo, ¿no? Creo que los dioses no funcionan así.

La semielfo apretó los labios. No pudo negarlo.

- Yo… solo quería saber que no estoy sola.

La niña se quedó callada por un instante. De pronto, su expresión neutra se suavizó. Sus labios se curvaron en una sonrisa maternal y generosa.

- Estás sola - dijo al fin -... en lo que decides. Eso no se lo quita nadie a nadie. Ni los dioses.

Gwenaëlle bajó la mirada. Sus palabras dolían. Pero eso no las hacía menos ciertas. Una parte de ella lo había sabido desde el principio.

-Pero... no estás sola en lo que soportas.

Gwenaëlle levantó la cabeza. La miró.

- ¿Cómo lo sabes?

La niña sonrió de manera extraña, sin malicia, como si la respuesta fuese evidente.

- Porque te pesa. Y lo que pesa… no lo carga quien no siente.

Gwenaëlle tragó saliva. Un silencio largo se instaló entre ambas, lleno de brisa y salitre.

- ¿Y si no me perdonan?

La niña la miró con esos ojos grises, casi plata al contraluz.

- Yo no esperaría al perdón de los demás. Disculparse está bien, pero... algunos nunca empatizarán contigo. El perdón no depende de ti. Lo que sí puedes hacer es no mentirte. Para aspirar al perdón ajeno, primero piensa en perdonarte a ti misma. Eso es lo que me dice mi madre siempre, al menos.

Gwenaëlle se tomó un momento. Cerró los ojos. Resopló, insuflándose calma, meditando sobre lo que hablaban. Cuando los abrió, la niña seguía ahí, mirando el mar como si estuviese esperando a que algo saliese del agua.

- Dices “mi madre” todo el tiempo. ¿De verdad te ha dicho todo eso?

La niña tardó un segundo demasiado largo en responder.

- Sí. Mi madre dice muchas cosas.

Gwenaëlle sintió un escalofrío. Tuvo un pálpito. Miró entonces a la niña fijamente.

- ¿Cómo se llama tu madre?

La niña se volvió hacia ella, y en ese giro hubo algo que no encajaba del todo. Sus ojos de plata eran vastos. Profundos. Cálidos e inocentes, pero también sabios. Su sonrisa se volvió perlada y genuina, preciosa en su simpleza.

- No importa. Ya la conoces.

La brisa cambió. El reflejo de la luna se alargó en el agua hasta acariciar el muelle empedrado. Por un instante, Gwenaëlle juró que la luz plateada se posaba en la piel de la niña como polvo de estrellas.

Gwenaëlle tragó saliva.

- No, yo no...

La niña alzó un dedo y lo apoyó en sus propios labios, pidiendo silencio. Un gesto tan simple como absoluto.

- Mañana... no mires al cielo buscando que te absuelvan. Mira al mundo y decide sin mentirte. Si te caes, te levantas. Si te equivocas, aprendes. Si te duele… no te conviertas en piedra.

- Tengo miedo.


La niña asintió, como si fuese lo más normal del mundo.

- Claro. El miedo es parte del precio del libre albedrío. Pero no es el dueño.

Gwenaëlle parpadeó, intentando digerir sus palabras. Pero cuando volvió a abrir los ojos, el banco estaba vacío.

Volvía estar sola. Como si siempre lo hubiese estado. Su única compañía era la brisa marina, que se había vuelto extrañamente cálida. Como si la acariciase.

Gwenaëlle se incorporó lentamente. Miró el mar. Miró la luna gibosa. La luna contenía todas las respuestas.

El mañana llegaría.

El oleaje respondió con su lengua eterna, golpeando contra los pilotes. Y esa respuesta, de pronto, no le transmitió indolencia ni indiferencia.

Estaba sola, sí. Pero no en soledad.​
 
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Skotos

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III. El camino.


Dejar atrás el pasado no era sencillo para alguien que se había pasado toda su vida huyendo de él.

Gwenaëlle jamás ha podido decir sentir que encajaba en alguna parte. Ciertamente no lo hizo en Argluna, ciudad maravillosa en la cual, pese a ser un crisol de identidades, la heredera espiritual de Myth Drannor, resultaba asimismo demasiado perfecta y constringente como para que verdaderamente la pudiese concebir como un hogar. Argluna estaba asociada a expectativas, a un legado claro, a renunciar a sus deseos para agradar los de otros. Era una jaula dorada: una de la cual, parte de ella, siempre ansió escapar, puesto que ese confinamiento mataba su espíritu inquieto.

En Amn descubrió que, pese a sus evidentes contrastes e imperfecciones, podía ser libre. Allí tomó una decisión que en ese momento quebró su percepción del mundo: rompió sus cadenas frente a las expectativas impuestas. Se entregó a su amor verdadero: la magia. Dejó a un lado las tesis escolásticas reduccionistas y asumió a partes iguales, los postulados de la fe y los del esoterismo arcano. Forjó así su propia senda, su propio camino.

Y después vino la guerra.

La guerra lo cambió todo. La endureció. Expuso su corazón gentil a un mundo descarnado, uno en el que tomar bando podía costar todo. Luchó entonces en la guerra, empleando tanto la pluma como su magia. Refugió a los rebeldes, dió esperanzas a los niños de la ciudadela Rashturl. Luchó por Crimmor, por Náshkel. Por sus hermanas muertas del Salón de la Luna. Por Sir Vor y por los caballeros de la abadía de Hydcont.

Aceptó el llamado de la Lanza Dragón; uno que, finalmente, nunca llegó.

Todo ese camino formaba parte de ella. Pero recorrerlo la había cambiado. Ya no era una novicia tímida; era una mujer. Una que se creía portadora de un fuerte sentido de la justicia y de lo que era bueno y nefario. Una que se consideraba digna para juzgar y decidir; un faro, una guía.

Un Oráculo.

Pero los caminos nunca son tan evidentes. Nunca son tan claros. El camino que es la vida a menudo presenta curvas inesperadas, desvíos, desniveles u obstáculos que miden la resiliencia y las fuerzas del caminante. A veces las circunstancias empujan a abandonarlo o a tomar otro si se desea avanzar. Y a veces, el camino sencillamente acaba.

Las palabras de Adrasteia fueron dolorosas, pero no por ello menos ciertas.

- Ya no tienes reputación ni credibilidad que mantener, Gwenaëlle de Argluna.

Era cierto. Nada le quedaba de su renombre. No en Amn, al menos. Su nombre era asociado a vergüenza y corrupción.

Y por eso, abandonó su orgullo. Se despojó de él y lo arrojó al camino. Consultó con el Cónclave de las Siete Estrellas como debía proceder. ¿Debía abandonar la Iglesia? ¿Era ella acaso digna de seguir vistiendo su manto de estrellas, portar el blanco? ¿Debía su congregación verse por siempre marcada por su nombre, por mucho que pretendiese enmendar sus transgresiones pasadas?

En una noche clara, una noche en la que la luna era gibosa, pero su brillo era aún fuerte, Gwenaëlle abandonó la seguridad del Salón de la Luna y se internó hacia el bosque. Calzó unas botas cómodas y tomó el sendero que la llevó hacia Gambiton. Recorrió el camino con calma, vistiendo ropas simples de aventurera, las cuales en principio había elegido para viajar discretamente antes de que todo su periplo judicial comenzase. Pero ahora no eran una elección, sino una necesidad derivada de la situación; un escudo contra el escarnio.

En Gambiton se respiraba paz. Era un remanso de tranquilidad, uno en el que el silencio de la noche era abafado por el murmullo de los grillos. Unas luciérnagas bailaban en el horizonte, moviéndose como pequeñas estelas que parecían caer del firmamento. La brisa era fresca y suave.

Gwenaëlle caminó, dejando atrás la villa. Se internó hacia el Bosque de Alandor, buscando los árboles con los que había soñado. La luna iluminaba las ramas y teñía las hojas con un suave tono plateado, revelando las raíces que en ocasiones sobresalían del suelo. La semielfo se tomó aquello como un mandato, como una bendición que Selûne le otorgaba para poder acogerse al refugio del bosque. Sus pasos no sólo eran guiados por el deseo, sino también por un instinto que hablaba por ella, una pulsión innata que la conectaba con las energías que latían del corazón de la floresta.

Sus pasos la llevaron a un claro. Allí, en soledad, pero no sola, la luz de la luna manaba como un torrente, filtrándose por un hueco entre los ramajes que formaba un círculo perfecto.

Gwenaëlle se colocó bajo el haz, dejando que la luz de luna bañase sus facciones áureas. Dobló una rodilla, después otra, y colocó ambas manos en el suelo. Postró toda su figura, pegando su frente al suelo, contra la hierba. El olor a petricor se entremezcló con la sensación de brisa que agitó sus cabellos e hizo sus pendientes de media luna tintinear. Se quedó entonces quieta, durante largos minutos, un tiempo indeterminado mientras dejó que el apego a la tierra alimentase su espíritu.

Alí, en soledad, pero no sola, no tenía nada que ocultar. Los sentimientos que había embotellado, que había empujado a lo más profundo de su ser, en un rincón de sus entrañas, empezaron a revolverse y subieron por su garganta. Primero lentamente, como una náusea; y de pronto, como un torrente explosivo. Las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos y el llanto llegó, roto, desconsolado, desgarrador.

El bosque la llamaba. Pero tampoco era su hogar.

Era una verdad terrible a la cual se había negado a enfrentar. Pero no por ello menos cierta. No por ello menos cruda.

Lloró durante horas, quizás. El tiempo pasa de forma distinta entre los ramajes del Bosque Floreciente. Lloró hasta que no le quedaron fuerzas; hasta que los sentimientos que la hundieron en el pozo de melancolía perdieron fuerza, pudiendo ser liberados sin riesgo de humillación alguna.

Cuando ya no le quedaron más lágrimas, Gwenaëlle hizo cuanto pudo para recomponerse. Alzó la cabeza, y aún arrodillada, se propuso ejecutar el rito para el cual se había internado en el bosque. Tomó de entre sus enseres una piedra de color azulada y un saquito lleno de un polvo plateado que rutilaba al contra luz. Colocó la piedra sobre el centro del círculo conformado por el haz, y rodeó este por un hilo de polvo, formando una esfera prácticamente perfecta.

El Poder le había estado fallando en las últimas decanas. La conexión con la diosa era tenue, pero seguía estando presente en su corazón. Juntó las manos y rezó, musitando al cielo su plegaria.

- Diosa Luna, tú que habitas en el cielo estrellado, primera entre todos los Poderes... guía mi propósito.

Te pido respuestas. Te pido consuelo. Por favor, dime que no me has abandonado.


Dime qué debo hacer.

Los ruegos no fueron contestados por el cielo. El ulular del viento meció los ramajes y lamió la tez de Gwenaëlle, levantando su capa en una rajada fría e indiferente. La luna permanecía en lo alto, gibosa, su brillo misterioso e inescrutable.

El polvo estelar empezó a fundirse en una bruma, envolviendo la piedra lunar. Esta a su vez, tras brillar por unos minutos, se apagó como una estrella y desapareció, desmaterializándose. De ella no quedó nada sino una nube plateada que empezó a envolver el claro en una niebla tenue.

Gwenaëlle se mostró calma. Paciente. Trató de ver siluetas y patrones en la bruma. La niebla dibujó contornos. La mente trataba de ponerles orden.

Entonces, la respuesta vino, mostrándose por un instante diáfana y evidente. La semielfo sintió vergüenza por no haberse quizás percatado por si misma. O quizás simplemente no quería admitir lo que ya sabía.

La niebla dibujó un camino. Pero este camino, aún quedaba por recorrer. Era un camino que sus pasos aún no habían andado.

La niebla se deslizó en una bruma serpentina, perdiéndose entre los ramajes. Gwenaëlle alzó la mirada al cielo, buscando en las estrellas dirección y sentido.

Se alzó. Y comenzó a caminar.

La respuesta que había recibido la conminaba a caminar en una dirección. Quizás no era la correcta. Quizás no era eso lo que debía ver. Gwenaëlle sin embargo decidió, una vez más, obedecer a su intuición y no a su razón, dejando que el corazón tomase las riendas de lo que la mente deseaba ordenar.

Los ramajes se apartaron para dar paso a las montañas que rasgaban el horizonte, perdiéndose entre una masa de nubarrones. Montañas tan altas que su fin no era alcanzable por la vista.

La bruma se elevó en el cielo. Pronto se hizo una con el horizonte. Desapareció.

Y la luna iluminaba el cielo, marcando un nuevo sendero entre las nubes y la neblina.​
 
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IV. La Carretera Mordida

Días después, al caer la noche, Gwenaëlle volvió a atarse las botas y a ponerse las mismas ropas con las que se había internado al bosque. Sus pasos fueron más allá de las planicies de Gambiton, pero en vez de dirigirse a la floresta, pasó de largo sobre esta, internándose hacia el camino que serpenteaba hacia las colinas del Norte. Caminó en soledad, sí. Pero no estaba sola.

En lo alto del firmamento no había ni una sola nube. No en aquella noche. La luna, gibosa, contemplándola como si tuviese un ojo entrecerrado, vigilaba todos y cada uno de sus pasos. La luz lunar era tenue, pero revelaba el sendero. No había una pizca de aquella bruma que había visto durante su visión. La brisa era fresca, reconfortante. No buscaba tomar el calor de los vivos, sino consolar al viajero cansado.

Dejó atrás la espesura del Alandor. El bosque se apartó del horizonte poco a poco. A su espalda quedaron los ramajes plateados por la luna; al frente, el perfil oscuro de las montañas. Cada pequeño pico era una dentellada al horizonte. El sendero dejó de ser predecible y plano y comenzó a mostrarse irregular y caprichoso. El Norte comenzaba cuando el interés del burgo desaparecía.

Pero por algún motivo, sentía unas ganas irrefrenables de recorrerlo.

Era un sendero de tierra apisonada, con piedras sueltas, barro en las hondonadas y huellas de carros endurecidas por el tiempo. Un camino viejo como el cauce de un río que se había formado con el paso de los siglos. Un camino inevitable, uno que se formaba en una línea oscilante donde dos bloques montañosos se apartaban para ceder el paso.

Gwenaëlle caminó bajo la luz lunar de madrugada, guiándose por el tenue fulgor del astro giboso. Conforme avanzaba, las nubes crepitaban desde las montañas y por veces envolvían el cielo. Entonces el mundo se quedaba sin plata y sin estrellas, y todo era un volumen negro y mudo. Pero incluso en esos momentos de oscuridad, ella siguió avanzando, tanteando con la suela, sosteniéndose con paciencia y con ayuda de su bastón.

Caminó así durante toda la noche, hasta que sus pies comenzaron a sentir el frío. El despuntar del alba dio concierto al negro y empezó a teñir el cielo con un color azul pálido. Las cunetas del camino empezaron a teñirse de escarcha. La vida se anunció con el canto de pájaros, el ulular de la brisa vespertina que golpeó sus mejillas, enrojeciéndolas por el frío.

A lo lejos, ya bien internada en la Carretera Mordida, divisó atisbos de civilización. Columnas de humo que se alzaban tercas de caseríos, de gentes que había madrugado para hacer pan. Atravesó pequeñas aldeas donde la gente la miraba sin juzgarla. Algunos, indiferentes a quien era; a otros, sencillamente no les importaban las cuitas del burgo. Y en ese desprecio a las intrigas de la ciudad sintió Gwenaëlle consuelo. Nadie se santiguaba al verla; nadie cuchicheaba un nombre con veneno. Era una viajera más, una figura delgada con botas gastadas y ojos cansados. Una caminante errante que simplemente quería alcanzar un destino seguro.

Vio campos abandonados, cercas rotas, tejados reparados con madera distinta, puertas nuevas en muros viejos. Vio cicatrices. Vio manos que trabajaban, callosas, dedicadas y en silencio.

Caminó varios días. Durmió donde pudo: bajo aleros, en pajares, en albergues y posadas humildes. Tomó lo que ofrecieron; un caldo caliente, aguardiente y queso fuerte. A veces, cuando el frío se le metía en los huesos, se permitía un pequeño truco arcano, una mínima concesión al calor.

Una tarde, el camino se pobló de gente que iba en su misma dirección: campesinos con carretillas, mujeres con cestas, un viejo con una mula, dos jóvenes que cargaban sacos de harina. Los temas de conversación entre el gentío eran simples y mundanos, como sus vidas. Gentes que se lamentaban por la dureza del invierno, por el futuro de las cosechas. Por aún estar recomponiendo la ciudad maltrecha por las inclemencias de la guerra. Uno comentaba como el tejado del cobertizo era difícil de reparar; le faltaba la madera necesaria. Seguramente tendría que cambiar toda la estructura.

Gente mundana con objetivos mundanos.

Gente cándida, aún viviendo en el borde de la civilización amniana.

Y a medida que avanzaba, el horizonte empezó a dibujar retazos de civilización cada vez más evidentes. Más columnas de humo, el perfil de casas, una muralla que serpenteaba y envolvía un burgo teñido por la nieve. Los pasos dieron pronto al rechinar de caballos y a la risa de niños.

Náshkel.

En la entrada de la ciudad, frente al portón, reconoció de inmediato unas banderas que se habían colocado en las esquinas de un perímetro donde se habían colocado tiendas de campaña. Los estandartes eran azules oscuros, y el símbolo que los adornaba no era otro que el de una mirada plateada envuelta por siete estrellas brillantes. Junto a las tiendas había fuegos, bancos. Hombres jugando a las cartas con semblante cansado, pero sonrientes. Mujeres que vigilaban, hablaban con campesinas y escuchaban atentamente lo que tuviesen que decir. Novicios que iban de un lugar para otro, cruzando los portones, trayendo bolsas con provisiones o mantas.

Gwenaëlle sonrió y se acercó. Una de las mujeres reparó en su presencia. Tras mirarla fijamente, abrió los ojos ampliamente en señal de sorpresa y comenzó a recortar distancia.

Ella sí la reconoció. La llamó “Oráculo”.

Se presentaron. Se abrazaron y luego hablaron. La mujer llamó a otras dos y juntas guiaron a Gwenaëlle hacia el campamento, donde habló con todos y cada uno de los centinelas apostados. La invitaron a comer un guiso y le explicaron cómo habían pasado este tiempo en la ciudad. No eran extraños, aunque no conociese a todos. Eran su gente. La que la había esperado pacientemente todo este tiempo, aguardando a dar el siguiente paso.

Gwenaëlle sonrió para sus adentros. Sintió envidia por un breve instante, aunque sana. Los que estaban allí eran feligreses que se habían ofrecido voluntarios para asistir en su visión; gente que había mostrado hacia ella y hacia la causa, una devoción inquebrantable.

Deseaba volver a sentir esa certidumbre.

Pero para sentirla, debía hacerse cargo de su destino. El arrepentimiento no bastaba; debía buscar el perdón, dárselo, mediante la obra consciente. Siendo el cambio activo hacia un mundo mejor, uno que fuese más amable que el que se encontró. La villa, al fondo, exhalaba humo y ruido cotidiano. Todo era mundano, imperfecto, real.

Pasó el día y la tarde en el campamento. Hasta el anochecer. La gente en él apostada pareció animarse con su mera presencia: para ellos, era una evidente señal de cambio, una señal de que pronto habría algo más que vigilia.

Gwenaëlle sentó junto al fuego, extendió las manos al calor y cerró los ojos. La luna continuaba en lo alto, gibosa e inescrutable, mirándola como si fuese un ojo entrecerrado. Ni la absolvería, pero tampoco la condenaría. Era un testigo silente de todo cuanto hiciese.

Al alba, comenzarían.​
 

Skotos

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V. Trabajo.

gwenhammer.png

Clonk.
Clonk.
Clonk.

Con cada repicar del martillo, la estaca se fue hundiendo en la madera. Había que asegurar bien el tablón para que la estructura no oscilase.

Era un trabajo sencillo, pero laborioso. Requería metodología.

Se había pasado el día entero clavando estacas, levantando postes y fijando armazones. Sus manos, a lo largo de la decana, se habían vuelto ásperas al tacto, repletas de callos. Le dolían. Pero el frío amortiguaba la sensación de ardor. Distraía su pensamiento.

Aquí en el Norte, la vida pasaba a otro ritmo. El paisaje nevado y un ligero aroma a pescado salado arrastrado por el viento traía consigo una sensación de monotonía y certidumbre. Rutina.

Agarró el martillo con firmeza y dio otro golpe a la estanca.

Clonk.

- Bien. Esto ya está – dijo para sí. Se pasó el antebrazo por la frente, secándose el sudor con la manga.

- ¡Está quedando bien, señora Uenaél! – la voz de un hombre vino desde detrás. Gwenaëlle se giró y vió quien era: Levi, un carpintero local con el que había entablado amistad en los últimos días. Amigo de decir lo que estaba mal, pero con poca voluntad de poner empeño manual para arreglarlo.

- ¿Crees que aguantará?

- Yo diría que sí, ¿mh? A lo mejor una cuerda más, así para que la lona quede bien sujeta.

- Pues otra.


Gwenaëlle se agachó y tomó otra estaca de una bolsa repleta. Se alejó un poco para contemplar lo que no era más que la armazón de un puesto. Junto a él, se habían colocado ya otros diez. Aún quedaba otra decena que colocar al otro lado del canal, aunque no confiaba en que le diese tiempo a lo largo de la jornada.

gwenropes.png- Vale, sí, ya lo veo – la semielfa asintió, fijándose en el punto que le indicaba el carpintero. Se acercó al puesto nuevamente y blandió la estaca, presionando la punta firmemente contra el tablón. Un golpe, y luego otro.

Clonk.
Clonk.


La estaca se hundió en la madera con un ritmo que ya no le parecía ajeno. No había misterio ni complicación en su tarea, solo mecánica. Era una cuestión de hacerlo hasta que el gesto quedaba memorizado, hasta que la mano aprende a hacerlo sin pedir permiso a la mente. La libertad que otorgaba la rutina.

La estaca cedió un dedo más. Luego otro.

Clonk.

Gwenaëlle se detuvo para comprobar la tensión de la cuerda. Tiró con cuidado, sintiendo cómo la lona respondía, firme, sin ceder más de lo necesario. El viento del Norte probaba cada nudo con indiferencia despótica: bastante un mal soplo, una rajada repentina, para que se fuese volando. Las cosas en el Norte funcionaban, o no; nada se podía dejar a la fe o al azar.

- Tener fe está bien, señora, pero yo siempre ato a mi bicho por las noches - eso le dijo un mulero al tercer día de llegar, cuando su sombrero cayó en el canal.

Tuvo que comprarse otro. Ya era el tercero.

A su alrededor, el campamento y la explanada de la feria poco a poco empezaban a despuntar frente a la monotonía habitual. Varios operarios locales arrastraban tablones sobre la nieve apisonada. Un grupo de escuderos de la Luna llevaron de un lado a otro haces de cuerda y sacos de clavos. Una mujer decidió apiadarse de los voluntarios y se acercó para ofrecer un caldo humeante desde una olla ennegrecida.

Nadie alzaba la voz por encima de lo necesario. No había tiempo para cháchara. Sólo para trabajar. Y el que se quedaba mirando, pronto le daban algo que hacer.

El señor Lekin estaría orgulloso de esta estampa, se concedió el pensar.

Aquello le sentaba bien.

Había llegado a Náshkel con el peso en su mente, un nubarrón que no acababa de despuntar en tormenta, y aún así arreciaba. Pasaban días en los que el pensamiento intentaba retomar un camino acostumbrado, tomando la culpa como un reflejo y la autocompasión como excusa para no levantarse de la cama.

Pero Sariel no le daba tregua.

- Tú te levantas y te darás una vuelta, aunque sea para distraerte.

Y terminaba por hacerlo.

Aún le pesaba el recuerdo de decisiones precipitadas, de expectativas que no supo o no quiso cumplir. De las consecuencias. De lo que pudo haber sido y nunca podría volver.

Pero el frío de la mañana y el tacto áspero del pomo del martillo ayudaban a vaciar su mente. Cada martillazo la devolvía al presente. Cada roce de cuerda le recordaba que había un ahora en el que debía fijarse. El trabajo no permitía distracciones. O el poste quedaba recto, o se caía todo.

Se acuclilló para fijar otra estaca. La escarcha empapaba el borde de las botas y el agua helada se filtró por la costura de la suela. Su respiración se condensaba con cada suspiro.

Clonk.

El poste vibró un instante y luego quedó quieto. Parecía estable. Lo confirmó con un golpe con la palma abierta.

Se incorporó despacio y estiró la espalda. Sintió el cansancio acumulado en sus hombros y la presión en sus dedos. Eran dolores honestos que quizás podría haber evitado usando su magia, pero se había propuesto no hacerlo. Ya no tenía licencia y, de todas formas, el esfuerzo le hacía sentirse mejor. Eran molestias pasajeras, bastante más sencillas de aliviar que un orgullo herido.

Al mirar la hilera de puestos, vio la feria como la vería cualquiera: un puñado de estructuras sencillas cubiertas por lonas aún arrugadas. No era nada grandioso, ni espectacular. Pero tampoco pretendía serlo. Era meramente un intento de darle a la villa algo distinto, algo que generase expectativa.

Y por las miradas que echaban algunos curiosos, lo estaba consiguiendo.

En otra época, habría sentido el impulso de convertir el evento en un espectáculo. Sin duda con nobles intenciones, como no. Habría buscado quizás dar un discurso o un sermón, una forma de colocarse en el centro para ordenarlo todo con su presencia. Pero ahora, en cambio, se descubría agradecida de no ser el centro de nada. De ser, simplemente, una mano más entre manos. Eran para ella tiempos distintos, unos en los que podía permitirse por fin una existencia sin foco. Para algunos, incluso para ella en un primer momento, lo sintió como un castigo. Pero ahora, cuanto más pensaba en ello, le brindaba un descanso inesperado.

Como alguien le habría dicho poco tiempo atrás, la vida seguía. El sol volvería a salir. Y ella podría elegir hacerlo cubierta en una sábana, o con una herramienta en la mano.

Tomó otra cuerda. Ajustó un nudo. Revisó la inclinación de la lona. Pequeñas decisiones. Pequeñas correcciones. Cosas que no arreglarían el mundo, ni pretendían hacerlo.

Pero al menos, el viento no se lo llevaría por delante.​
 
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Skotos

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VI. Castigo.
Chas.
Chas.

Sabía que este dia iba a llegar. Pero nadie prepara a una persona para algo así, por mucho que lo pretendiese.

La mañana había amanecido sombría y gris en la Ciudad de la Moneda, tiñiendo el escenario con un manto parduzco. Frente a una multitud que se había congregado con la puntualidad obscena que despiertan las desgracias ajenas, en la explanada del Distrito de la Guardia frente al cuartel, habían levantado un poste de castigo. Sin florituras: algo funcional. Era una estructura compleja. Un madero, unas argollas, una tarima baja. Suficiente.

La burocracia amniana era lenta, pero llegaba. Y su cita con la justicia era hoy.

Gwenaëlle había sido engrilletada al poste, con las manos apoyadas en él. Los grilletes se habían colocado a una altura baja, forzándola a inclinarse lo justo para que la espalda quedase ofrecida sin remedio. Le habían retirado la capa, el manto y todo lo que pudiese amortiguar el golpe. La tela de la camisa, rasgada tras los primeros azotes, ya apenas cubría nada útil. El aire frío de la mañana se metía por los cortes y la hacía tiritar, aunque no sabía ya si era por el frío o por el esfuerzo de mantenerse erguida.

Chas.

No había dicho una palabra.

Había escuchado la lectura de la pena con la cabeza gacha. Evidentemente, sentía vergüenza por lo que sucedía, pero su gesto más bien buscaba abstraerse de lo que estaba ocurriendo allí. No buscó la pena ni el consuelo de nadie. La gente no había acudido a oír sus razones. Había acudido a ver, a entretenerse. A confirmar con sus propios ojos, quizás, si eran ciertos los rumores: que incluso una mujer como ella podía ser ser reducida a vergüenza.

Entre la multitud corrían murmullos de todo tipo que algún que otro se esforzaba en esparcir como agua sucia.

Unos pronunciaban su nombre con sorna. Otros, con incredulidad. Alguno con una lástima mal disimulada que resultaba casi más humillante que el desprecio. Oyó risas, comentarios a media voz, apuestas miserables sobre si se desmayaría antes del quinto o del sexto.

Gwenaëlle cerró los ojos. No necesitaba ver. Sólo aguardar. Resistir.

Respirar.

Inspira.
Sostén.
Exhala.

No podía controlar ya el devenri de los acontecimientos ni lo que pensasen de ella. Pero sí podía, al menos, domar su aliento, darse esa pequeña tregua.

- Cuarto - dijo una voz, la del alguacil.

Chas.

El golpe le arrancó el aire de golpe, aunque grito alguno. Sin pretenderlo, escupió la raíz que llevaba tiempo masticando y que le había dado el padre Dick. Su cuerpo reaccionó antes que su voluntad, traicionándola: sus hombros se le tensaron con violencia, sus uñas se clavaron en sus palmas, cerrándose violentamente en puños. Sus rodillas temblaron de forma descontrolada. Sintió como el escozor se extendió en una línea ardiente sobre el mapa ya trazado en su espalda, ensangrentado, superponiéndose a dolores anteriores hasta que resultó imposible distinguir dónde empezaba uno y cuando terminaba el siguiente.

El poste vibró con el impacto de su peso al echarse involuntariamente hacia delante. La madera resultaba áspera contra su frente.

Aguanta, se dijo. No pienses. Respira.

El látigo volvió a silbar.

Chas.

Gwenaëlle notó como sus piernas empezaron a fallar. Por mucho que pretendiese, no podía endurecerse para algo así. Su cuerpo simplemente obró por su cuenta y buscó librarse de aquel tormento abandonando cualquier pretensión de orgullo. Se obligó a enderezarse como pudo, tirando de las muñecas sujetas. Los grilletes en ese momento eran lo único que le permitía mantener la verticalidad.

No miró a nadie.

No quiso buscar rostros conocidos entre la multitud. No quiso comprobar quién había venido por deber, quién por morbo, quién por compasión. No quiso saber si había ojos que apartaban la vista o si, por el contrario, todos observaban con la atención muda lo que sucedía.

No pensaba conceder esa satisfacción a nadie. Sus pensamientos serían únicamente suyos.

- Sexto.

Chas.

Su campo de visión visión se redujo hasta tornarse un borde oscuro. El ruido de la plaza se volvió lejano y hueco, amortiguado en un murmullo ininteligible. Sus oídos comenzaron a pitar y de pronto, el suelo a sus pies empezó a moverse, haciendo que trastabillase. Lo suficiente para que el cuerpo colgase un instante de las ataduras y el tirón en los hombros le arrancase una mueca de sufrimiento.

Se mordió el interior de la mejilla hasta que le supo a cobre.
Quedaba menos. Cuatro más.

El séptimo latigazo cayó más bajo. Un fogonazo blanco cruzó su espalda, como si le hubiesen lanzado una descarga eléctrica, y subió por su columna hasta la base del cráneo. Entonces sí perdió el pie por completo. Como si le hubiesen arrancado el suelo de los pies de golpe, se cayó de bruces, chocando la frente con el poste, en un golpe sordo.

El mundo se hizo gris y niebla.

No oyó nada más. Simplemente sintió más ardor. Un poco más.

- …ocho.

Luego más.

- ....ueve

Chas.

No oyó el décimo. Simplemente, lo sintió. O eso creyó. Llegó un momento en que la línea entre lo consciente y lo imaginario se desdibujaba.

No supo cuanto tiempo pasó. Solo que su cuerpo pareció entrar en un estado de rigidez, anticipando quizás más castigo que nunca llegó. Ese instante de incertidumbre, de puro terror, fue suficiente para despertarla. Sintió un calor en sus mejillas que contrastaba con el dolor que sentía en su espalda y en la sangre que manaba de su testa.

Eran manos cálidas que la sostenían. Un rostro cercano. Ojos grises que la contemplaban con amor y compasión.

- Gwen. ¿Estás bien? Mírame - la voz de Sariel sonaba hueca, como si hablase bajo un yelmo.

El alguacil anunció algo que la plaza recibió con un rumor desigual, mezcla de satisfacción, hastío y comentarios ya volcados hacia lo próximo. Algunos empezaron a marcharse antes incluso de que terminaran de desatarla.

Cuando soltaron una de las muñecas, Gwenaëlle no cayó del todo por puro reflejo.Sus piernas eran gelatina. Su frente había dejado una marca húmeda en la madera al apartarse. Tenía el cabello pegado a la sien y un hilo de sangre bajándole desde la línea del pelo.

No levantó la cabeza. No podía sostenerse sola.

Sariel no perdió ni un instante y conjuró sobre la semielfo, cerrando sus heridas de inmediato en medio del público. Eso causó, quizás sin sorpresa alguna, ciertos bufidos y comentarios de hastío entre la turba sedienta de sangre. Otros suspiraron con alivio, satisfechos de que lo más grotesco de aquel espectáculo público quedase atrás.

Sariel y un par de Caballeros de la Luna guiaron a Gwenaëlle fuera del recinto, entre voces que ya se apagaban, carros que retomaban su paso, vendedores que volvían a gritar precios. La función había acabado. La vida mercante reanudó su curso con una eficacia indiferente.

El sol seguía tiñiendo la piedra de las calles. La capital seguía respirando. Nadie detiene una ciudad por diez latigazos.

Gwenaëlle se alejó con su túnica antes blanca, ahora completamente ensangrentada. Sariel ordenó cubrirla con una manta. A medida que fueron alejándose, la mujer apoyó su cabeza en el hombro de la mujer iluskana, más baja que ella, pero que en este momento se sentía como una torre de marfil completamente inquebrantable.

Había estado a su lado durante todo aquello. Desde siempre. Le pesase a quien le pesase.

Sus compromisos con Athkatla habían acabado. Ahora, tenía un cometido que atender. Uno alejado de intrigas, de murmullos y de conspiraciones vacuas.

Un propósito.

El orgullo se enmendaría. Su reputación, quizás sí. Quizás no.

Pero ella tampoco se detendría. No se dejaría doblegar por la crueldad de quienes habían disfrutado con esto. No dejaría que algo tan trivial como su posición en la sociedad amniana definiese su escala de valores.

Quizás el tiempo, algún día, le daría la razón. Quizás no.

Pero en la vida, todo eran ciclos.​
 
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Skotos

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VII. Redes.

No era un día más en la Ciudad Inclinada. El cielo encapotado no portaba ese gris tranquilo que caracterizaba la mañana nashkelí; estaba teñido por contornos desdibujados, neblinosos, pesarosos. El paisaje se había enturbiado como si se observase a través de una lente sucia. La perspectiva hacía mella en los ánimos de las gentes. Pese a la tregua que les había proporcionado la Feria de Artesanía, ese júbilo pronto se fue apagando y dio paso a una melancolía entremezclada por la incerteza de un avenir traicionero.

Las caravanas empezaban a agolparse en las afueras. Sus hermanas y hermanos no daban abasto, mientras llegaban extrañas nuevas sobre heridos enloquecidos tras atravesar una bruma espesa. Avistamientos de muertos vivientes. De espectros. Familias enteras masacradas por arrebatos entre caravaneros.

Tuvo la desgracia de asistir a uno de ellos.

El mal tiende a buscar la manera de enraizar en estas tierras, dijo para sí. Sin descanso. Sin pausa. El horror hacía pedazos ese frágil marco en el que había encuadrado una sencilla rutina que pronto se dio cuenta de que no era más que un privilegio, un espejismo.

Hubo una niña entre los supervivientes del último ataque. La hija de una familia de ovejeros; apenas podía hablar cuando la sacaron de entre los escombros, ensangrentada. La cubrieron con una manta y la llevaron de vuelta a Náshkel.

Días antes, un joven ordenado había aparecido también muerto, tras atravesar la bruma. Sus ojos estaban abiertos de par en par y su rostro se había desencajado de tal forma que algunos dijeron que había fallecido de puro espanto.

Mientras tanto, el sendero hacia el norte exterior, hacia Puerta de Baldur, se había visto completamente interrumpido por la bruma de muerte. Envolvió la región como un sudario neblinoso. Pronto, la gente empezó a comentar que aquellos que intentaban atravesarla se perdían para siempre. Que sus tierras estaban malditas.

Por eso las rutinas eran importantes.

La rutina era la rebelión contra la incertidumbre; contra lo extraordinario que amenaza con levantar el suelo de los pies. Las comunidades necesitan saber que el sol volvería a salir; que la comida volvería estar puesta sobre la mesa, y que todo evento funesto, al igual que los dichosos, pasaría. Quizás por eso el secretario se había opuesto frontalmente a decretar el toque de queda cuando Gwenaëlle se lo sugirió.

Pero ella se refería a otro tipo de rutinas.

Por eso, en aquella mañana de frío y niebla, habían salido al río. Sobre el puente, habían colocado un altar de piedra y una efigie femenina, con los brazos extendidos hacia el cielo y con sus ojos marmóreos cerrados. Tras él, justo bajo el puente, se habían atracado varias barcazas usadas para faenar. Era la mejor época para hacerlo, justo tras el deshielo: era cuando los peces empezaban a subir río arriba para cumplir con su desove anual.

La semielfo tomó la copa y bendijo su contenido antes de mojarse las puntas de los dedos. Roció el altar, un gesto preparatorio que pretendía luego repetirse con los barcos, las redes y los cestos de los pescadores que habían acudido a escucharlas con atención. Algunos con apatía y curiosidad, otros por mera superstición; y unos pocos, aunque cada vez más, crecientemente convencidos de que había luz en lo que tuviese que decir.

- Sé que es difícil hacerlo, pero hemos de tener fe en que estos tiempos pasarán.

Gwenaëlle dio entonces la espalda y encaró la estatua. Se arrodilló frente a ella. Su túnica blanca dejaba al descubierto su espalda, marcada aún por las huellas recientes del castigo. El aire frío de la mañana erizó su piel, y, por breves instantes, el recuerdo del ardor lacerante acudió a su mente como un mal sueño. Trató de ahuyentar esos pensamientos. Hubo murmullos entre los parroquianos, algún susurro mal contenido, alguna respiración contenida de más. Pero ella no se cubrió. No apartó los hombros. No se encorvó para esconderse del juicio ajeno.

Permaneció así, inmóvil, durante el tiempo exacto que exigía la oración.

Después se incorporó ayudándose de su báculo y se volvió hacia los congregados. La bruma reptaba sobre el río tímidamente, deshecha en jirones grises. Bajo el puente, las barcazas se mecían con una mansedumbre incierta. Las redes aguardaban recogidas.

Gwenaëlle recorrió con la mirada los rostros reunidos. Eran pescadores curtidos por el deshielo, esposas inquietas. Algunos muchachos que todavía no habían heredado la fuerza de sus padres. Ancianos que habían visto demasiados inviernos como para entregarse con facilidad al consuelo.

Y aun así, habían acudido.

- No hemos venido hoy aquí para fingir que nada malo ocurre en estas tierras - dijo Gwenaëlle al fin - No hemos venido a negar el dolor, ni la pérdida, ni la niebla que se cierne sobre nuestros caminos. Sería necio hacerlo. Todos vosotros sabéis ya demasiado. Todos habéis oído historias que hielan la sangre. Algunos, las habéis visto con vuestros propios ojos.

Se pronunció con suavidad y melancolía, pero también con claridad. Sus ojos ambarinos brillaban al contraluz.

- Pero tampoco hemos venido a inclinarnos ante ese miedo. No hemos venido a ofrecerle obediencia a la desgracia, ni a permitir que nos robe, además de la paz, aquello que da forma a una vida digna: el trabajo, el pan compartido, la constancia, el cuidado de unos por otros.

Un leve rumor recorrió entre gentío mientras continuó hablando.

- Las comunidades se forman cada día. Mantenerlas exige un esfuerzo constante por parte de unos y otros. Y una comunidad que no recuerda a los suyos está destinada a desaparecer. Nos hemos congregado todos para despedir a aquellos que ya no están, como la familia de esta muchacha, y al joven que dio su vida en un humilde acto de servicio bajo el estandarte del Guantelete.

Pero también estamos aquí para recordar que la vida debe seguir más allá del dolor. Debemos ser nosotros quienes sostengamos a nuestros vecinos. Debemos ser fuertes y resistir las falsas promesas de consuelo que nos presentan aquellos que nos piden entregarnos a la desesperanza. Esta comunidad no es así. En Náshkel, cuando el frío llega, alguien sigue encendiendo el fuego. Alguien sigue amasando. Alguien sigue remendando las redes. Alguien sigue saliendo al río antes del alba para traer sustento a los suyos. Y mientras eso siga ocurriendo, mientras sigamos dispuestos a seguir socorriendo al prójimo, el corazón de esta ciudad seguirá latiendo.

El viento agitó el borde de su túnica. Ella trató de mantenerse erguida, evitando la tentación de desgarbarse mientras se apoyaba en su báculo.

- Nos ha tocado vivir un tiempo mezquino. Uno de esos tiempos que parecen querer arrancarle al mundo su orden, su dulzura y su medida. Pero no durará siempre. Ninguna sombra es eterna. Ninguna bruma, por espesa que sea, logra abolir la existencia del sol o de la luna; apenas los oculta por un tiempo. Y aún mientras tanto, siguen presentes.

Así pues, no dejéis que os convenzan de que todo cuanto os aguarda es ruina. No dejéis que os convenzan de que el río sólo puede devolver desgracia, o de que la villa está condenada a sufrir. Náshkel ha soportado hambre, polvo, inviernos crueles y caminos ingratos. Soportará también esto. Y lo hará porque sus gentes son más tenaces que la niebla.


Alzó de nuevo la copa, mostrándosela ante todos. El líquido blanquecino se había convertido en plata.

- Por eso hoy bendecimos no sólo nuestras barcas y redes, sino lo que debe ser para nosotros una costumbre antigua y honrada: la de salir al encuentro del día con el esfuerzo propio; la de confiar en que todavía hay fruto en las aguas y misericordia en los cielos.

Descendió unos pasos hacia el borde del puente. Las hermanas la siguieron en silencio. Mojó los dedos en la copa y dejó caer el agua bendita sobre la primera red.

- Que Nuestra Señora de Plata nos bendiga con su misericordiosa mirada en esta nueva temporada. Que bendiga nuestros remos, nuestras manos, nuestros aparejos y nuestros nudos. Que preserve la firmeza de nuestras barcas y la prudencia de nuestras travesías.

Roció otra red, luego un cesto, luego la borda húmeda de una embarcación.

- Que el río se muestre generoso sin volverse traicionero. Que las corrientes no arrastren a los honestos a la oscuridad. Que allí donde la bruma confunde el juicio, la luz de Selûne restituya la claridad. Que allí donde el miedo siembra discordia, nazca la templanza.

Un pescador se descubrió la cabeza. Otro inclinó la nuca. Otros presentes, amigos y conocidos, sonriendo. El Padre Dick. Sir Talkir. Teris. Sariel.

- Que estas redes regresen colmadas de sustento, y no de luto. Que en las casas de esta villa no falte alimento. Que haya pescado en los mercados, caldo en los pucheros y alivio para quienes atraviesan días de escasez. Que ningún hombre ni ninguna mujer honrada que salga al agua vuelva con las manos vacías por causa del mal que ahora nos cerca.

La niebla se deslizó un poco más allá de los pilares del puente. El agua, debajo, siguió corriendo, obstinada.

- Y si todavía nos aguardasen jornadas amargas, que no nos falte el coraje para compartir lo poco que tenemos, para sostener al vecino, para volver a levantarnos cuando el temor quiera hacernos hincar las rodillas. Porque la esperanza no consiste en ignorar lo que aguarda en la noche, sino en seguir obrando para esperar la inevitable llegada del alba. Y mientras tanto, el brillo de Selûne marcará el sendero seguro.

Y así dió la homilia por concluida, callando. No hubo entonces más sonido que el del río golpeando suavemente la madera de las barcazas, por un largo tiempo.

Algunos empezaron a repetir la misma frase.

- Que así sea.

Gwenaëlle permaneció junto al altar, erguida bajo el frío, con la espalda todavía expuesta a la mañana y a los ojos de todos. No dijo nada más. Esperó a que aquellos que lo deseasen acudiesen a presentar sus respetos al altar y dejasen las ofrendas que estimasen en unos cuencos dejados a tal efecto. Cuando reparó en que empezó a conformarse una fila, no pudo evitar sonreír.

Luego, bajo el puente, comenzaron a soltarse las primeras amarras.

No podían evitar la llegada de la bruma. Pero sí podían elegir cómo encararla.

Y no sería con miedo.​
 
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Skotos

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VIII. Amparo. (I)

Se notaba que aquel edificio había sido olvidado. El polvo y el moho se había entremezclado en el ambiente, de modo que, por muchas veces que se abriese, no parecía abandonar del todo las estancias. Pero ahora que las ventanas estaban abiertas de par en par y el aire gélido de la mañana corría de una sala a otra con una mansedumbre nueva, enfriando la piedra y arrancando a los muros su tono mortecino, esa tristeza rancia que impregnaba el lugar.

- Una ruina.... es una ruina - recordó los murmullos de Arianne cuando entraron por primera vez en el edificio.

Estaba lleno de ratas. Cientos de ratas. Arañas. Se encontraron con todo tipo de alimañas asquerosas, ocultas en armarios devorados por la carcoma. La estancia principal estaba repleta de comida podrida, muebles rotos. Incluso se encontraron a un cádaver.

Hubo que limpiar durante horas y horas. Hasta pelarse las rodillas. Pero no lo hizo sola, como no podía afrontarse ninguna empresa en solitario que mereciese la pena. Fue un trabajo comunitario, conjunto entre un grupo de almas buenas que pretendían hallar en aquel viejo edificio cedido al ayuntamiento un nuevo propósito. Halgar. Eir. Arianne. Alexander. Sariel. Todos ellos, a partes iguales, asumieron una tarea que no se les hacía indigna por el mero hecho de tener que ensuciarse las manos.

Gwenaëlle sonrió, recordando aquellos momentos. ¿Quién diría que de un día a otro, se podría hacer que una morada pasase a ser un antro de muerte y decadencia a un recinto apacible? Sólo hacía falta poner voluntad.

La semielfa giró entró por la puerta principal y se detuvo en el vestíbulo. El suelo estaba cubierto de madera ennegrecida y las paredes de piedra seguían manchadas por una capa gris, indeterminada, fruto de los años y del abandono. Contempló la estancia con atención, buscando con la vista algún detalle que se le hubiese pasado por alto. Por más que limpiasen, siempre encontaban algo.

Y lo encontró.

Posó una mano sobre el pasamanos de la escalera. Una capa de polvo se adhirió a sus dedos, pegajosa.

- Ugh…

Sus labios se retorcieron en una mueca incómoda e involuntaria.

Se le había olvidado esta parte.

Tomó un paño húmedo y empezó a limpiar el pasamanos. Lo recorrió lentamente, asegurándose de no dejarse ningún hueco sin repasar.

Subió por las escaleras y avanzó hasta cruzar una puerta. El pomo crujió como si le doliese girarse. Entró en una estancia más amplia, con capacidad para acoger quizás a una decena de personas. Allí se había avanzado más, pero aún quedaba trecho. Empezó a hacer recuento mental mientras recorría la habitación. El taconeo de sus zapatos retumbaba contra la madera quejumbrosa del suelo.

Faltaban mesas. Faltaban braseros. Faltaban biombos, jarras, baúles para guardar mantas. Y faltaba limpieza. Mucha limpieza.

Faltaban, en definitiva, orden y horas; tiempo para convertir aquel lugar en lo que pretendían que fuese.

Pero ya habían traído camas. Habían sido dispuestas junto a las paredes. Sobre ellas se habían colocado juegos de sábanas limpias, dobladas con esmero. También habían traído varios cubos y palanganas, que deberían rellenarse conforme fuese necesario. El día anterior habían cargado entre varios un armario enorme que serviría para guardar componentes, cataplasmas, tisanas y remedios calmantes.

Pero, sobre todo, pese a las evidentes carencias que todavía apreciaba, se advertía ya una intención clara. Una voluntad. Un intento de hacer presencia en un lugar antes vacío y abandonado.

Ver cómo algo pasaba de no ser nada, de un yermo muerto, a la silueta aún imperfecta de un lugar acogedor, la reconfortaba y extendía desde su pecho una extraña calidez que envolvía su espíritu. Algo muy parecido a la esperanza.

La semielfa dejó el paño que sostenía sobre una silla y se acercó a una de las ventanas. Afuera, la villa continuaba respirando bajo el peso de aquellos días inciertos. Desde allí podía verse el ir y venir de gentes cansadas, los carros de siempre, los animales de carga, algún comerciante abriendo su puesto con mirada abatida, movido por una inercia que a apenas se podía llamar rutina. Más allá, como una amenaza nunca del todo ausente, la bruma enturbiaba el paisaje y desdibujaba los perfiles del camino.

No era sólo niebla. Hacía tiempo que nadie con dos dedos de juicio la consideraba un mero accidente climatológico.

Se había derramado por todo Amn como una dolencia lenta y supurante. No afectaba únicamente al cuerpo. Había algo en ella que extenuaba el ánimo, que lo erosionaba poco a poco. Dejaba a hombres y mujeres entregados a una apatía espesa, a una congoja sin nombre, a un desasosiego que no terminaba de culminar, pero que impregnaba el espíritu de la comunidad y volvía pesadas incluso las tareas más sencillas. Los caminos se habían vuelto temibles por las criaturas que escondían, sí, pero también por lo que la niebla parecía hacerle a quienes lograban cruzarlos y regresar.

Algunos volvían mudos. Otros parecían haber perdido el hilo invisible que une a una persona consigo misma.

Y para ésos había querido este lugar.

El ruido de arrastre de madera desde el pasillo la arrancó de sus pensamientos. Lo acompañaban unas voces. Un instante más tarde, dos novicias aparecieron cargando entre ambas un somier demasiado ancho para el marco de la puerta.

- No va a pasar.

- ¡Que sí que va a pasar, Saskia! Pasaron los otros, ¿no?


Gwenaëlle se acercó enseguida.

- Giradlo un poco. No de frente. En diagonal.

Las muchachas hicieron lo que se les indicaba, y esta vez el somier atravesó el umbral con un chirrido desagradable, pero sin quedarse atascado.

- Ya está -dijo Gwenaëlle, permitiéndose una leve sonrisa.

Una de las novicias, Deirdre, se apartó un mechón de la cara y sonrió con cansancio.

- Madre mía. Menos mal.

Gwenaëlle les sostuvo la puerta mientras pasaron. Observó después cómo lo llevaron hasta una de las salas del fondo, donde ya se habían alineado otras cuatro camas a igual distancia unas de otras. Todo tenía que quedar perfecto.

En los últimos meses, casi todo cuanto habían emprendido había nacido de una misma convicción.

Tras la guerra, la oscuridad no sólo había dejado ruina visible, sino heridas más hondas, de tal profundidad que se enquistaron en el ánimo de toda la región. La nación, más dividida que nunca, parecía desmembrarse en intereses enfrentados, mientras demasiados grupúsculos competían por parcelas de influencia remota. Pero olvidaban lo esencial: a la gente. A los que habían quedado atrás tras el conflicto. A quienes no tienen tiempo ni fuerzas para reclamar su lugar en la historia.

La bruma era un recordatorio perenne de ello. No era únicamente un problema para el comercio, como rezongaban algunos mercaderes cortoplacistas, sino el síntoma de una sociedad enferma, incapaz ya de disimular su agotamiento. Por eso, allí donde algo amenazaba con corromper, ellas habían tratado de sostener. Allí donde otros sembraban oscuridad o intriga, ellas habían respondido con presencia. Aunque su presencia en algunas partes se hubiese tenido por molesta o poco bienvenida.

Habían expulsado de Náshkel al culto de demonólogos que había echado raíces en la villa. Habían logrado salvar al alcalde de la maldición que pesaba sobre él cuando muchos ya lo daban por muerto, confiando en las palabras viperinas del secretario. Y, mientras tanto, también habían seguido con su misión con una obstinación fervorosa, empedrando senderos, levantando alianzas y tratando de dar forma al Camino de la Luna, porque sabían que una región no se salva sólo expulsando el mal de sus casas. También necesitaba un propósito.

No estaban llamadas únicamente a señalar la luna cuando ésta brillaba clara en el cielo; también debían recordar su existencia cuando las nubes la ocultaban.

Y aquel edificio, recién cedido por la alcaldía y todavía cubierto de capas y capas de suciedad, le parecía una metáfora perfecta: la cristalización de unas convicciones que, por fin, habían tomado forma en actos.

Volvió sobre sus pasos y tomó una sábana de una pila. La sacudió con cuidado antes de extenderla sobre uno de los colchones. El lino olía a jabón perfumado, pues había sido tendido en el patio desde primera hora de la mañana. Alisó luego las arrugas con ambas palmas, deteniéndose en las esquinas para remeter la tela bajo el jergón con esa minuciosidad suya que a menudo parecía exagerada, pero que en labores así encontraba al fin una salida legítima.

Al trabajar de ese modo se le aquietaba el pensamiento.

No por completo. La preocupación seguía ahí, como seguía fuera la bruma. Pero el cuerpo, ocupado en una tarea sencilla y real, imponía un orden útil sobre el desasosiego de la mente. Había hallado algo parecido en los trabajos de montaje para la feria y volvió a descubrirlo ahora en este cometido. El consuelo humilde de dejar una tarea bien hecha. De sentirse necesaria. Útil.

Pensó en quienes acabarían acostados allí.

En el hombre que regresase del camino sin poder dejar de llorar por razones que no supiese explicar. En la mujer que pasara noches enteras en vela aguardando monstruos que quizá sólo existiesen al otro lado del cansancio. En los niños que, tras ver demasiado, se aferrasen a un silencio obstinado. En aquellos a quienes la pena, la angustia o la simple erosión del miedo fuesen dejando poco a poco vacíos.

Recordó la mirada de terror de aquella niña, hija de ovejeros, que estuvo a punto de morir a manos de los mismos aventureros que pretendían rescatarla. Recordó el rostro vacío del niño que gritó y que acabó convertido en bodak. Recordó la sangre vertida sobre la Carretera Mordida, lunas atrás. Las caravanas reventadas. El carmesí sobre el manto blanco de la escarcha.
- Mamá. ¿Eres... mi mamá?

Recordó aquel contorno, aquella risa infantil que intentó interpelarla durante el rito. Recordó el frío. Recordó...

Agarró la sábana con fuerza sin darse cuenta. La arrugó sin querer. Resopló y retomó su tarea, alisando los pliegues con ambas manos. Se había ensismismado, entregándose a pensamientos de noches anteriores.

El rito fue duro. Duró un día y una noche. Aunque había descansado, había hecho mella en ella y no era capaz de olvidarse lo que vió entre la bruma.

Una voz la arrancó de este bucle.

- ¿Dónde pongo esto? - preguntó una voz desde la puerta.

Gwenaëlle se giró. Era Sariel, cargando varios recipientes de barro apilados con cuidado.

- Dos en la sala grande. Una arriba, junto a la habitación esquinera. Y otra en la enfermería provisional.

- ¿Provisional? Ya le estás poniendo nombre a todo antes de haber terminado.


- Porque así sé lo que falta.

Sariel soltó una breve risa nasal y siguió su camino.

Gwenaëlle la observó alejarse y se permitió apoyarse un instante en el marco de la cama. Estaba cansada. Tenía las manos enrojecidas del agua y del jabón. Las piernas le pesaban. Una hebra de cabello oscuro se le había escapado y le rozaba la mejilla con cada movimiento. Y, pese a ello, se sentía bien.

No dichosa, que era una palabra demasiado grande para aquellos tiempos. Pero sí satisfecha.

La alcaldía había sido generosa. No requirió demasiada insistencia por su parte: bastó con una carta sentida, explicando que no se podía dejar a las gentes desamparadas. Había que ofrecer alternativas a los que se habían quedado atrapados en las caravanas rumbo a Puerta de Baldur, y a quienes vivían en el arrabal. Había un motivo por el cual el culto de Fraz había arraigado con tanta facilidad en Náshkel. Y es que cuando no hay luz que guíe, la desesperación facilita el trabajo de las sombras tentadoras.

El edificio que habían cedido no era demasiado grande, pero suficiente para albergar a varias decenas de personas, llegada la necesidad. Pero el objetivo no era ofrecer un alojamiento indefinido, sino un respiro. Un lugar donde poder resguardarse y sanar. Lo cual era más que suficiente, a sus ojos.

Y ahora, al recorrer aquella planta con las ventanas abiertas, los suelos fregados y el ir y venir de hermanas, voluntarios y vecinos, comprendía que había valido la pena cada demora.

Estaba cansada, sí. No había parado quieta. Pero era un buen cansancio. De los que valían la pena.

Unos pasos se aproximaron por detrás. Sariel volvió a entrar sin anunciarse, con un manojo de llaves tintineando en la mano. Miró a su alrededor y esbozó una sonrisa franca.

- Ya queda menos, ¿no?

Gwenaëlle se apartó un poco de la cama y asintió.

- Pero aún quedan otras más que preparar.

- Sí, lo sé. Pero ya no parece una ruina. Casi le pongo nombre a una de las ratas. ¿Seguro que no puedo quedarme con alguna?

Había algo en las palabras de Sariel, en esa franqueza descarnada, que resultaba reconfortante. Gwenaëlle se acercó a la iluskana y acarició su rostro, tocando con sumo cuidado la cicatriz que rasgaba su ojo izquierdo. Sus miradas se encontraron y quedaron fijas la una en la otra, ámbar sobre gris.

- Quiero que todo esté listo cuanto antes. Antes de que todo empeore. Y no. Nada de mascotas.

Sariel asintió y se despegó de ella. Se acercó a la ventana y miró un momento hacia la calle, hacia ese horizonte turbio que ya formaba parte del paisaje cotidiano.

- Empeorará, sin duda - dijo, sin dramatismo alguno - Pero también mejorará.

Y al volver el rostro hacia el interior, hacia la sala limpia, hacia las camas preparadas, fue evidente a qué se refería.

La semielfa siguió la dirección de su mirada. Lo que estaban intentando crear no era sólo un refugio levantado contra la bruma, sino una continuación natural de todo lo que habían estado haciendo durante meses. No una respuesta desesperada a la oscuridad, sino la prueba de que aún quedaba en la región fuerza suficiente como para construir, en vez de limitarse a resistir. Expulsar cultos, romper maldiciones, proteger a los suyos… y ahora también esto: preparar un lugar donde recoger a quienes la pena y la pesadumbre amenazaban con devorar.

No bastaba con luchar contra las sombras. Había que ofrecer algo mejor en su lugar.

Gwenaëlle se acercó de nuevo a la cama y alisó por última vez la sábana.

- Creo que ayudará - dijo, casi para sí.

Sariel no respondió enseguida. Dejó las llaves sobre una mesilla y, tras un instante, asintió.

- Ya está ayudando. Ofrecer algo siempre es mejor que no hacer nada.

Fuera, la bruma seguía allí. Persistente. Terca. Difusa como una amenaza que no terminaba de elegir del todo su forma. Pero dentro de aquel edificio se oían pasos, instrucciones, muebles desplazándose, agua vertida en cubos, el sacudir de unos paños, alguna risa cansada. El rumor de un santuario que despertaba para ponerse al servicio de otros.

Aquella vieja casa ya no estaba olvidada. En su interior, la vida volvía a abrirse paso. Y con ella, quizás también un hilo de esperanza.​
 

Skotos

El cansino de los Siervos de Hueso
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IX. Amparo (2).

M̷a̷m̷á̷.

No fue una voz, sino una luciérnaga que rutilaba, suspendida en la oscuridad de su pensamiento. Infinita negrura. Cada pocos instantes parpadeaba, y con cada pulso, desencadenaba una cacofonía de risas infantiles superpuestas en tonos desagradables al oído humano.​

m̷a̷m̷á̷…
¿mE oYeS?
mamá…

Silencio. Un silencio opresor, denso como el alquitrán. Trató de llevarse las manos a su garganta, pero no podía. No tenía cuerpo. Era vacío. Cada pulso de la luciérnaga se deshilachaba en mil haces y se unían nuevas voces a aquel coro fantasmagórico.​

¿QuIeReS sEr mi m̷a̷m̷á̷?

La pregunta flotó en el vacío, esperando una respuesta que jamás llegaba. Pues cuando intentaba hablar, sus palabras quedaban aprisionadas en su pensamiento. Quería contestar. Quería decir que sí; quería asegurarles de que nunca iba a dejar de serlo. Que las protegería. Que daría su vida por ellas. Que sería su puerto seguro, su protectora.

Las voces se acercaron, flotando a su alrededor. Decenas de risas. Decenas de susurros. Respiraciones entrecortadas que se entremezclaban en un vórtice gélido.​

¿qUiErEs SeR mI m̷a̷m̷á̷?
¿quieres ser mi m̷a̷m̷á̷?
¿qUiErEs—
—sEr—

—mI—
m̷a̷m̷á̷
m̷a̷m̷á̷

MAMÁ

m̷a̷m̷á̷m̷a̷m̷á̷m̷a̷m̷á̷

Y al final, se pegaron a su oído, envolviéndola en un miasma nauseabundo, pero a la vez tierno. Miles de voces suplicantes, anhelantes, uniendo todas sus voluntades con un único deseo:​

ma̷m̷á̷… eStA vEz nO mE dEjEs sOlA en la BrUmA.

Las luciérnagas de pronto se expandieron y formaron contornos. El primero fue el de una mano pequeña y pálida que se extendió hacia ella algún lugar de la negrura. Luego otra. El vacío se fue dibujando, trazando el contorno vago de unos hombros menudos y el de una frente apoyada contra algo que no debía existir allí. Había más. Muchas más. Eran decenas de bultos diminutos acurrucados en la oscuridad, con ojos lechosos que la miraban fijamente.

Gwenaëlle quiso llorar. Pero seguía sin tener garganta, ni pecho, ni manos con las que alcanzarlas. Era en aquel momento tan solo un pensamiento cautivo, una conciencia atrapada en una noche sin fin.​

m̷a̷m̷á̷…

Una de las siluetas la miró directamente.

No tenía facciones: estas cambiaban con cada parpadeo. Durante un primer instante fue el rostro redondo de una niña medio dormida; al siguiente pasó a ser una cara borrada por la niebla, lisa como cera derretida. Pronto mutó a una figura más dulce, frágil, necesitada, con sus cuencas vacías al borde de las lágrimas.​

¿pOr qUé tArDaStE tAnTo?

Las caritas comenzaron a inclinarse con gestos idénticos y antinaturales como si estuviesen colgando en el aire. Gwenaëlle sintió como su aliento se condensaba, formando un vaho gélido. De pronto, volvía a tener cuerpo: sentía un frío atroz calando en sus huesos. Estaba rodeada de criaturas, infantes hechos de bruma apelmazada, de lodo gris, de jirones de carne que se apelmazaba de forma irregular y desagradable. No tenían ojos. Sus mejillas estaban consumidas por una costra de moho. Sus costillas se asomaban expuestas bajo camisones pegados al cuerpo. El olor... era nauseabundo, mezcla de agua estancada y carne podrida.​

¿nOs aMarÁs auNquE sEaMoS asÍ?
¿aUnquE nO hAyA sIdO tU cUlPa?
nO nOs MaTeS oTrA vEz.

Un hilo de lágrimas recorrió sus mejillas. Todo aquello era culpa suya. Les había fallado. Había perdido a sus niños. Había llegado tarde, y ahora les estaba haciendo daño otra vez. Su existencia era una colección de fracasos. De dolor. Todo lo que hacía estaba condenado a derrumbarse, siendo sus ideales nada más que un...

Quiso pronunciar el nombre de su diosa. Pero se había olvidado de su voz.

Se había...

No. Lo recordaba. Sólo debía decirlo en voz alta. Sólo necesitaba recordar. Tomó aliento, y tras apartar el dolor que sentía hacia un rincón de su pensamiento, dejó que este se vertiese de sus labios.

- Selûne, Nuestra Señora de Plata... dame fuerzas para resistir este mal.

Y de pronto, la oscuridad pareció llenarse de nuevo.

Los cuerpecitos que la rodeaban empezaron a desprenderse de ella. Chillaban rabiosos, cambiando las risas y los lloros por furia contra lo vivo. Sintió como decenas de deditos con uñas roñosas se engancharon a su piel, arañándola. Tiraron de ella con furia desesperada mientras el vacío se fue llenando con cánticos de una mujer que parecía entonarlos desde las profundidades de una galería.

Gwenaëlle los reconoció antes de comprender del todo qué ocurría. Era Sariel.

Los cánticos... el ritual.
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De pronto, su conciencia regresó al Plano Material. Sintió el peso de sus rodillas dobladas, doloridas, rozando contra el suelo de madera. Volvió a sentir su garganta envuelta en un nudo. Sus manos agarraban su amuleto sagrado con fuerza. El aire estaba envuelto en aceite consagrado e incienso y la estancia rutilaba con el brillo fantasmagórico de los candiles dispuestos en un círculo. La bruma calaba en sus huesos con frío violento que hizo que sus dientes castañeasen.

Las voces seguían presentes. Pero ya no habitaban su cabeza. Las oía arrastrándose por las paredes, filtrándose por los marcos de las ventanas, espesándose en torno al rito. Sabían que eran intrusas; sabían que aquella ceremonia pretendía expulsarlas. En su seno se dibujaban aún perfiles infantiles, rostros a medio formar que la observaban, a partes iguales, suplicantes y poseídos por una rabia inhumana.

Sariel permanecía en el centro del círculo, pálida hasta lo insoportable, pero manteniéndose arrodillada, con las manos unidas en rezo. A su alrededor, ella, Alexander, Arianne y Eir trataban de mantener su compostura, entonando plegarias que alimentaban el círculo de consagración. Halgar se interponía entre el círculo y cuanto brotaba de la niebla, dispuesto a abatir cualquier peligro que conjurase la bruma.
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Habían resistido así un día y una noche.

Aquella estancia, arrancada a la podredumbre y al abandono, tenía que convertirse en refugio. Tenía que ser el Santuario.

Apretó el amuleto hasta hacerse daño con él.

- Selûne, Nuestra Señora de Plata… permítenos culminar esta obra.

Todos se hallaban al borde de sus fuerzas, y aún así, hicieron lo imposible por mantener las sombras al margen. Los sacerdotes se unieron en un rezo unísono. Alzaron sus voces y repitieron un mantra que entretejió el aire de la estancia, perfilando contornos nuevos en la Urdimbre. La fe dió forma al pensamiento; y de pronto, la presión del aire cambió.

La estancia empezó a verse bañada con haces de luz. Al principio tenues: pequeñas pinceladas que rasgaron la niebla. Luego empezaron a brotar como una cascada. Empezaron a consumirla, hambrientos, hasta que barrieron de blanco el borde del círculo de consagración. Se extendieron como las ondas de un estanque, empujando la niebla hacia el exterior.
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Las voces se quebraron en un chillido disonante. Las formas se deshicieron completamente. El frío perdió fuerza. El hedor a podredumbre cedió al perfume del aceite sagrado y de las hierbas benditas.

Cuando todo terminó, la habitación había dejado de parecer inhóspita e inhabitable. Se llenó con un extraño calor.

El Santuario había nacido.

Offtopic :
Agradecimientos a @DM Astral y a @DM Caotica , ha sido una escena genial. ¡Valió la pena!
 
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Skotos

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X. Isolda (II).

Regresar a la Ciudad de la Moneda, aunque fuese en aquellas circunstancias, de forma temporal y con un propósito definido, le resultaba desagradable. Gwenaëlle caminaba por las calles del Distrito Portuario con visible desasosiego. Llevaba el rostro cubierto por un pasamontañas, del que apenas se abría una estrecha franja a la altura de los ojos, suficiente para dejar entrever el brillo ambarino de su mirada.

- ¿Estás segura de adónde ir, Arlequín?

La voz de una de las acompañantes de la comitiva sonó metálica tras el yelmo que le cubría el rostro. La Aventurera, como era conocida entre el grupo, se dirigía al individuo que avanzaba unos pasos por delante, con una máscara oculta bajo un capuchón de color azul oscuro.

- Sí, sí. Es por aquí.

Los pasos del grupo los condujeron hasta una callejuela apartada, lejos de las miradas de las vías principales del distrito. Allí, mientras Gwenaëlle intentaba reconocer algún patrón en el entorno, algún detalle que le permitiese orientarse o anticipar el peligro, sintió casi que el espíritu se le escapaba por la garganta al oír un susurro a su espalda.

- Pssst. Pssst. Por aquí.
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Se volvió de inmediato. Una mole de más de dos metros se alzaba ante ella. Se encogió con un respingo y retrocedió dos pasos, buscando refugio entre la comitiva. Entonces el enmascarado se bajó el embozo un instante y reveló su identidad con una sonrisa socarrona.

- Tranquilas. Soy yo.

- Señor Gambino… casi me mata del susto
- admitió la semielfa.

- Lo sé, lo siento. Pensaba que ibais a venir… más preparadas. ¿Estáis listas para dar con ellos?

- Lo estamos
- respondió el Arlequín con rotundidad, cruzándose de brazos.

Gwenaëlle, en cambio, no compartía aquella seguridad. Bajo las enormes mangas de su túnica, demasiado ancha para su talla, los dedos se le agitaban con un nerviosismo difícil de contener. Miró de soslayo a la Aventurera, a la Mujer de Rojo y al otro Embozado que completaban el grupo. Ninguno dijo nada.

- ¿Pero estamos seguras de que se trata de ella? De… Isolda.

- Solo hay una forma de saberlo, Encapuchado.


Sus miradas se cruzaron: los ojos verdes del Arlequín y los suyos. Había en la expresión del justiciero una determinación inusitada; una firmeza que, de no haber conocido ella su verdadera naturaleza, quizá habría resultado inquietante para muchos.

Pero ya no quedaba tiempo para dudar. Aquella mujer les había hecho demasiado daño. Y ahora que sabían que seguía libre, que campaba a sus anchas repartiendo miseria, atrayendo a los desgraciados hacia la sombra y disfrazando de caridad mundana una ayuda nacida de la corrupción, era solo cuestión de tiempo que las desgracias se multiplicasen.

Isolda.

A Gwenaëlle aquel nombre todavía le producía escalofríos. Recordaba la calidez impostada de su expresión, tan cuidadosamente compuesta, tan insoportablemente serena, y cómo contrastaba con la negrura vacía de su mirada.

Tras una última revisión de pertenencias y equipo, el grupo se encaminó hacia el piso franco. En la entrada aguardaba un hombre cuya cornamenta despuntaba bajo la capucha: los rasgos inconfundibles de un tiefling.

Era allí.
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El Arlequín se crujió los nudillos y avanzó hacia él.

- Bien. Ha llegado la hora de recurrir a la mejor de mis armas… la palabra.

- ¿Y si eso no funciona?

- Entonces le pegaré un puñetazo
– replicó la Aventurera.

- Selûne… - murmuró Gwenaëlle, conteniendo el gesto para santiguarse.

Sería un gesto que repetiría mucho a lo largo de esa noche.

--

Lo que encontraron bajo ese piso franco no fue únicamente el escondrijo de una banda de tieflings a sueldo. Tras horas intentando mediar con ellos, partida de cartas mediante, los bandidos revelaron un pasadizo estrecho oculto tras una compuerta secreta escondida en un armario empotrado. Esta apertura las guió hacia una escalera descendiente, tras la cual descubrieron una capilla subterránea, secreta y miserable, excavada casi como una herida en las entrañas de la ciudad.

La estancia, sumida en una penumbra, tenuemente contenida por velas consumidas casi hasta su base, estaba repleta símbolos pintados con una tinta ocre y violácea. Se habían dispuestos bancos improvisados donde se apretaban hombres y mujeres con rostros agotados. Eran pobres gentes, vecinos engañados, deshechos por el hambre, la desesperación o el abandono.

Rezaban.

O más bien, murmuraban, repitiendo de forma apenas inteligible lo que pronunciaba una mujer apostada frente a un altar, al fondo de la estancia.

Gwenaëlle sintió una fuerte opresión en su pecho.

Reconoció de inmediato a la mujer. Pero esta vez, no vestía una túnica raída, sino un hábito oscuro de bordes morados. Sus hombros estaban cubiertos por un manto y las hombreras presentaban adornos puntiagudos y afilados. Su expresión era la de una estatua marmórea, fría e inmisericorde, que se torció en una mueca de ligero disgusto cuando aquel grupo irrumpió en mitad de su ceremonia.
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Isolda.

No parecía sorprendida. Casi daba la impresión de haberlos estado esperando. Su rostro conservaba aquella suavidad engañosa, aquella expresión serena que en otro tiempo podría haber parecido compasiva. Pero Gwenaëlle ya conocía la verdad que se escondía detrás: la vaciedad, la voluntad de arrancar la fe del pecho ajeno y dejar en su lugar una quietud muerta.

- Gwenaëlle - dijo Isolda, y la voz de la mujer descendió sobre ella como una caricia envenenada - Has venido al fin. ¿Has decidido, finalmente, abandonar el falso consuelo de la luz que se olvidó de ti cuando más la necesitabas?

- Jamás haría algo así. Sé lo que tratas de hacer, Isolda. Y hemos venido a detener esta locura.

- ¿Qué locura?


Los pasos de la sacerdotisa de Shar retumbaron en el pasillo. Los feligreses detuvieron sus murmullos e intercambiaron miradas entre el grupo, no reconociendo quienes eran al portar los rostros cubiertos Isolda avanzó hacia ellos y se detuvo tras un breve acercamiento. Alzó los brazos hacia el techo.

- Aquí recibo a quienes desean dejar el sufrimiento atrás. A quienes ya no pueden soportar el peso de sus vidas. Aquí encuentran verdadero consuelo, y no falsas promesas.

- Lo que prometes no es consuelo, sino entumecimiento
- replicó Gwenaëlle - Quieres que no sientan, que no padezcan, que se abandonen a placeres vacíos. Lo que pides de ellos es la muerte del espíritu. Que se conviertan en tus esclavos.

Algunos en el grupo empezaron a impacientarse. La Mujer de Rojo miró al Arlequín y ambas asintieron. La Aventurera se quitó el yelmo y reveló su identidad: el rostro de una mujer de pelo blanco y tez clara, desgarrada por una cicatriz que recorría su ojo izquierdo.

- Aquellos que sepan quien soy harán bien en marcharse. No lo diré dos veces. Nuestra enemiga es ella, y nadie más.

Los aldeanos se quedaron mirando a la mujer fijamente. Uno de pronto abrió los ojos de par en par, poniendo nombre a aquel rostro.

- Es…. es la Luna Sangrienta. Sariel Shade. Dioses, esto se va a poner feo…

No todos obedecieron al principio, pero el miedo se extendió pronto entre ellos al comprender que aquello no era un simple oficio clandestino, sino el umbral de una batalla. Uno a uno, entre sollozos, tropiezos y miradas extraviadas, los aldeanos acabaron huyendo escaleras arriba, hacia la entrada.

El grupo se apartó, dejándolos pasar. No eran más que civiles que habían sido atraídos a las redes de Isolda, y que, del mismo modo en el que habían llegado, también se marcharían de su redil en cuanto apreciasen la menor dificultad. Era el precio a pagar por querer influenciar en la voluntad de los desposeídos sin ofrecerles verdadero sustento espiritual.

Isolda torció los labios, mostrando una creciente irritación.

- Veo que os empeñáis en dificultar mi obra. Pero vuestros esfuerzos caerán en saco roto. Volverán.

- No…
- replicó Gwenaëlle - Esto se acaba hoy. No harás daño a nadie más. Hoy, tendrá lugar un cambio de ciclo. No hay noche que cien años dure, Isolda.

- Eso ya lo veremos.


Sus miradas de cruzaron. Negro contra oro.
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Durante un instante, Gwenaëlle ya no estaba en aquella capilla. Sus recuerdos la arrastraron de nuevo a la prisión; a la soledad, a la humillación, a aquel tiempo oscuro en que Isolda había tratado de doblegarla, poco a poco, palabra a palabra. Insinuándole que Selûne ya no la veía, que Selûne ya no la quería.

Que la noche era más sincera que cualquier esperanza.

Recordó el veneno de aquellos murmullos. El modo en que había tanteado sus heridas. Sus miedos. Su cobardía.

Y recordó también que, pese a todos sus padecimientos posteriores, no había cedido.

Su fe se mantuvo firme.

El combate se desencadenó con un estrépito.

El grupo de tieflings se abalanzó sobre ellos. El Arlequín alzó su látigo y la Mujer de Rojo comenzó a conjurar. El Embozado se colocó tras Sariel, quien comenzó a invocar la furia de Selûne para que las protegiese. Pronto, cientos de relámpagos retumbaron sobre la piedra, cayendo sobre sus enemigos, calcinándolos.

Pero no fueron los únicos.

Para sorpresa de Gwenaëlle, la estancia estaba protegida con glifos que deshicieron muchas de sus protecciones cuando trataron de avanzar hacia Isolda.

La sharrana no era una predicadora acorralada. Era el corazón oscuro de aquella podredumbre, y respondió como tal.

Su magia descendió sobre ellos con violencia apocalíptica.

Esbozó una sonrisa pérfida e invocó los dones de Shar, lanzando sobre el grupo su propia cadena de relámpagos. Poseía poderes formidables, comparables a los de Sariel.

La piedra tembló. El aire se rasgó. Un trueno imposible reventó en la bóveda subterránea y, un instante después, la capilla entera pareció convertirse en un fragmento de tempestad arrancado al fin del mundo. Vientos furiosos, descargas, granizo cruel, lluvia ácida, el estrépito de la naturaleza convertida en castigo divino: tormenta contra tormenta, tempestad contra tempestad.

La Guerra contra la Luz y la Oscuridad se replicó, a menor escala, en el interior de aquel santuario profanado.
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Durante unos segundos, ambos grupos sintieron como las mismas diosas, Selûne y Shar, hubiesen resurgido entre las reverberaciones de la Urdimbre para aplastarlos.

Gwenaëlle cayó de rodillas al primer embate. Sintió un dolor ardiente recorrer sus hombros, rostro y brazos. Oyó un grito a su izquierda. Vio al Embozado - no, a Alexander - resistir entre rayos, junto a Nyvara. Vio a Sariel avanzar aun a través del vendaval, a dentelladas de pura obstinación, tratando de contener los relámpagos con los propios. Vio al Arlequín desaparecer y reaparecer entre sombras y escombros, empeñado en acercarse a Isolda palmo a palmo.

Hacía mucho tiempo que los tieflings que conformaban la guardia siniestra de la sharrana habían sido calcinados.

El combate duró lo que para la semielfa le pareció una eternidad. Lanzó conjuros, uno tras uno, intentando no perder la concentración en la tormenta.

Hasta que un rayo la golpeó directamente. Y salió despedida, estrellándose contra un columna.

Y de pronto, todo se hizo oscuridad.

--

Algunas leyendas terminan su existencia de formas que traicionan la épica de sus relatos.

Tal fue el destino de Isolda.

Lo que quedó de ella no fue más que un amasijo de carne carbonizada.

Gwenaëlle abrió los ojos. El olor a carne quemada y a ozono le produjo arcadas, pero hizo lo posible por contener el reflejo. Junto a ella, postrado, Alexander atendía sus heridas.

Ella miró al semielfo con extrañeza, dubitativa.

- Señor Alex…

- Tranquila, no te muevas. Lo logramos. Ya no hará daño a nadie más.


Gwenaëlle asintió. Permaneció inmóvil, con la cabeza ladeada, sin apartar la vista del cuerpo.

No sintió júbilo. No exactamente. Pero no por ello era un sentimiento menos vergonzante.

Sintió, más bien, una especie de alivio feroz. Como si algo que durante demasiado tiempo hubiese anidado bajo su piel por fin había sido arrancado. Había logrado cerrar esa puerta que guiaba hacia algo muy oscuro en su interior; una tentación cuya existencia conocía y no podía simplemente ignorar sin caer en la indolencia cobarde.

Pero era evidente que jamás habría podido acometerlo sola. Aún junto a compañías formidables, el desenlace casi había sido fatal.

Sentía dolor en cada palmo de su piel. Aun así, hizo un esfuerzo en levantarse, apoyándose en Alexander. Dio un paso al frente y contempló a Isolda en silencio.

La mujer que había intentado destruir su fe en sus horas más bajas yacía ahora vencida a sus pies.

- Ya no podrás hacer daño a nadie más - repitió las palabras de Alexander.

Aunque en sus labios, más que un consuelo, sonaban a una justificación pobre.

Y sintió una punzada. Un impulso.

Dio un paso, luego otro, y se arrodilló junto al cadáver carbonizado. Lo recorrió con la mirada, intentando adivinar de la silueta retazos de lo que antes era un rostro, retorcido en muecas de terribles sufrimientos. El dolor que tuvo que sentir en sus últimos momentos debió ser indescriptible.

Y entonces lo sintió… se llevó la mano al pecho.

No, Gwenaëlle. No puedes hacer esto.

No era justo.

Pero no pudo evitarlo.

Sintió… lástima.

Una pena indescriptible. Un pesar; un profundo sentimiento de derrota. Un terrible sentimiento de culpa. Quizás todo aquello pudo haber tenido otro final. Quizás… nada debió acabar así. Quizás, no habría verdadero propósito en aquella muerte, más allá de la mera venganza.

Y en aquella capilla semiderruida, entre el humo, el agua, la piedra resquebrajada y el olor ácido de la magia descargada, la semielfa comprendió que no toda victoria consiste en sobrevivir al enemigo.

Debían demostrar que eran mejores. Que no venían a perpetuar el ciclo de violencia, sino a acabar con él.

Miró al grupo y entonces alzó la voz en tono firme.

- Llevémonos el cuerpo. No quiero que la resuciten.

Offtopic :
Créditos a @DM Tepes por la escena, brutalísima. Cuando pueda edito con screens.
 
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XI. El viaje (I)

Durante aquellos tiempos tormentosos, cuando el Santuario no era aún más que una obra en curso y una esperanza apenas sostenida por buenas intenciones, fe y obstinación, Gwenaëlle no dejó de pensar en qué hacer con aquellas gentes que no encontraban ya refugio en las ciudades. La bruma golpeaba con dolorosa indiferencia las calles y sumía a los ciudadanos en una apatía descorazonadora. Y los gobernantes, aquellos mismos que tanto se afanaron en señalar el supuesto egoísmo de quienes lo dieron todo por el país durante la Guerra contra la Oscuridad, se habían olvidado una vez más, con pasmosa facilidad, de aquellos cuyo nombre invocaban al hablar de protección, cuidado y deber.

Los habían dejado, sencilla y miserablemente, a su suerte.

Esto era Amn, al fin y al cabo. Si la desgracia no tenía interés económico, no era noticia.

Pero eso no significaba que aquellas gentes no existiesen. Tan solo que habían sido reducidas a una categoría más cómoda para el burgo: la de lo ignorado por resultarles inútil.

Y aunque algunos podrían ver en sus actos un sentimentalismo tardío, o una forma de expiar culpas recientes, la opinión ajena jamás fue el principio rector que guiaba sus pasos. No obraba para ser comprendida ni perdonada. Convirtió, simplemente, la intención en acto: y durante decanas, diligente e incansablemente, reunió a los suyos y a quienes todavía le dirigían la palabra, indiferentes a la política amniana y a sus pequeñas mezquindades. A quienes no se movían por el qué dirán, sino por la obstinada convicción de hacer lo correcto, aunque resultase molesto para algunos, costoso o impopular.

Centraron entonces sus esfuerzos en los barrios bajos de la Moneda. Recorrieron los arrabales y el puerto, dirigiendo su voz a los desposeídos, a los que ya no podían elegir dónde pasar la noche, o que, de hacerlo bajo techo, debían aceptar para ello tutelas corruptoras o favores de precio infame.

Gwenaëlle no prometió más de lo que podía ofrecer. Les prometió una vida digna, apartada de las inclemencias de una ciudad profundamente indiferente a su padecimiento. Y recorrer juntos un sendero: uno que, aunque no estuviese exento de riesgo, seguía siendo preferible a la única alternativa que les ofrecía Athkatla. Que no molestasen. Que no hiciesen nada y esperasen a que la bruma pudriese sus mentes.

Y algunos escucharon.

No fue una comitiva enorme. Cerca de cincuenta personas decidieron confiar en sus palabras y tomaron refugio primero en la Capilla de la Rosa de Plata, abandonando los arrabales de la Ciudad de la Moneda. Allí comenzaron los preparativos para la caravana que, junto a una escolta de aventureros, sagaces druidas, devotos ordenados, Hijas de la Luna y otras almas buenas, habría de dirigirse hacia un destino que, por entonces, empezaba ya a ser sinónimo de esperanza:
Náshkel.

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XII. El viaje (II)

Sus amigos habían acudido al llamamiento.

Y eran más de los que pensaba.

Valerosos aliados de toda condición: exaltados y humildes, siniestros y luminosos. Gwenaëlle no se detuvo a sopesar blasones, credos ni reputaciones; eligió, sencillamente, confiar en quienes habían ofrecido una mano tendida en aquel momento de necesidad. En quienes habían decidido creer que lo que se disponían a hacer en aquellos días era, pese a todo, lo correcto.

No obstante, Gwenaëlle no era una ilusa. No del todo.

Aunque quería creer que la inmensa mayoría había respondido al llamamiento por motivos nobles, no dudaba de que también habría quienes se hubiesen dejado atraer únicamente por la promesa de una suma cuantiosa. Pero ¿acaso importaba, si ponían sus filos al servicio de aquella gente?

De un modo u otro, se reunió un grupo numeroso para acompañar la caravana. Cuatro carruajes repletos de personas, escoltados por Caballeros de la Luna, miembros de la Orden del Guantelete, guerreros de los Reghed, representantes del Enclave Esmeralda, aventureros del Gremio, mercenarios de la Alianza del Baluarte, anacoretas locales y muchas otras almas bien dispuestas.

Sir Baldrak, Sir Talkir y la dama Seraphyra. Sével. El joven Hermes, Mernalyn y Sariel. Zyon, Madeleine, Zahal, Evelyn, Liam y Kraven. Radix, Halgar y el señor Alex. Kharmin y Zentakord. Y muchos más.

De cincuenta, la comitiva acrecentó hasta formar ochenta almas.

¿Pero serían suficientes para la empresa que se proponían acometer?

Tan sólo las estrellas podrían saberlo.

La caravana partió en una buena mañana, sin previo aviso, avanzando con lentitud y pesadez junto al contorno del río Alandor. Bordeaban el bosque, cuidándose mucho de internarse en él, pues hacerlo habría sido exponerse a un peligro innecesario. Una capa de bruma cubría la floresta, densa y muda, amenazando con tragarse en su miasma a cualquiera que se aventurase demasiado cerca de sus lindes.
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El primer día fue relativamente apacible. El viaje se desarrolló a buen ritmo, dentro de lo posible, y los ánimos se mantuvieron altos.

Pero aquella ligereza no fue más que una esperanza incapaz de sostenerse ante el juicio del tiempo.

No tardaron en comprender que aquel viaje no sería una simple travesía de escolta, sino una suerte de vía dolorosa tendida sobre el barro, la escarcha y la incertidumbre. Tras la primera noche, la caravana sufrió varios ataques lanzados por grupos de trasgos y osgos que recorrían los márgenes del camino, movidos por esa agudeza feroz que tan solo proporciona el hambre atroz. La bruma había imposibilitado a muchas de estas tribus y grupos de encontrar alimento fácilmente, y dado que ya no circulaban muchas caravanas, ellos eran un blanco fácil y evidente

Estas agresiones obligaron a la comitiva a mantener una vigilancia constante, a dormir mal y a avanzar con la sensación de que la violencia aguardaba siempre, apenas a unos pasos, más allá del borde del sendero.

Aun así, siguieron adelante.

Creyeron haber encontrado cierta tregua una noche, cuando el campamento fue dispuesto con prudencia y las fogatas parecieron mantener a raya la oscuridad. Pero fue entonces cuando uno de aquellos grupos logró aproximarse lo suficiente. Irrumpieron en la linde del campamento con violencia ciega y, antes de que los centinelas pudiesen dar la alarma de forma efectiva, todo se descompuso en una cacofonía de gritos, madera astillada, caballos encabritados y cuerpos cayendo sobre la hierba sucia.

Aquella noche murieron varios refugiados.

Algunos pudieron ser devueltos a la vida gracias al Poder. Sin embargo, ni siquiera la obstinación de negarse a admitir aquella pérdida como definitiva bastó para remediarlo todo. Hubo siete almas que se les escaparon de entre los dedos, siete nombres que no pudieron retener, siete vacíos que desde entonces pesaron sobre el corazón de la Oráculo.

Gwenaëlle veló por ellos cuanto pudo, aun en mitad de la premura, aun mientras la caravana debía rehacerse y continuar. Rezó por sus almas con voz baja y exhausta, con el rostro pálido por la vigilia y el abatimiento. Y aunque nadie la oyó formular queja alguna, la herida de aquel primer precio quedó abierta dentro de ella. Había prometido un camino difícil. No un camino limpio. Pero haber pronunciado aquellas palabras no mitigaba la culpa. No aliviaba el peso de haber pedido a otros que lo recorriesen.

Fue así como, malheridos y más callados de lo que habían partido, alcanzaron por fin las afueras de Crimmor, donde pudieron detenerse para recobrar el aliento.

Pero, tras cuatro días de marcha, apenas habían cubierto un tercio del trayecto.​
 
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XIII. El viaje (III)

Sobrevivir aquella noche le resultó mucho más duro de lo que pensaba.

Los muertos no podían quedarse en el camino. Algunos sugirieron enterrarlos en el monte sin más; otros, juiciosamente, dijeron que lo prudente sería cremar sus restos. Gwenaëlle se negó a atender ambas opciones. Insistió en que aquellas gentes se merecían un entierro digno; un lugar final de reposo donde sus familiares, en aquellos casos en los que aún la tuviesen, pudiesen acudir a prestar sus respetos. Otros sencillamente carecían de lazos; la mayoría eran gentes de las calles del arrabal de Athkatla. Ya el mero hecho de que alguien se preocupase de lo que quedaba de ellos era, desgraciadamente, insólito.

Cada uno de ellos pesó como una losa en su conciencia. Cada vida perdida era la constatación de que, por mucho que pretendiese, sus ideales podrían impulsar sus actos hasta cierto punto; pero la realidad cruel se imponía ante cualquier aspiración noble. Algunos la estimaban poderosa, pero ella sabía bien que el Poder tenía sus límites y que ella los había explorado en la medida que sus capacidades lo permitían.

Al despuntar el alba empezaron a despertar a las gentes y sirvieron desayunos. Gwenaëlle recorrió los rostros de caballeros, centinelas y refugiados; en muchos de ellos se apreciaba un visible abatimiento. En otros, aún había cierta ilusión, una creencia en que seguramente podrían sobreponerse a las inclemencias del viaje y que lo peor había pasado ya.

Y quizás esa pena que sentía se reflejaba transparentemente en su rostro, puesto que de pronto, una mano amiga, una que pretendía brindarle consuelo.

Miró hacia atrás. Vio rostros amigos.

Zyon y Liam.

- Eh, Gwen. ¿Cómo estás?

- B-bien.


Mintió. Y por lo visto, no lo hizo muy bien, porque Zyon alzó las cejas. Liam se quedó mirándola fijamente con un gesto ceñudo.

- ¿Estás segura? Te vi antes… pareciste estar llorando.

- Lo estoy. No os preocupéis.

- No tienes pinta.

Zyon se llevó las manos a una bolsita y de la misma sacó un poco de hierba y un papel. Con una destreza inusitada, en un par de gestos se lió un cilindro perfecto.

- Hay cosas que no tienen solución, Gwen. Aquí todos los que se han unido al camino lo sabían. Conocían los riesgos. No tiene sentido que te atormentes por ello.

- Todos saben que ahora mismo el sendero es peligroso. Y aún así aceptaron correr el riesgo
– añadió Liam, asintiendo.

Pero saberlo no era lo mismo que vivirlo. No era lo mismo que morir por ello.

- Os pediré un favor. No lo comentéis hasta el final del viaje. Cuando lleguemos… les honraremos debidamente.

- ¿Estás segura de que nos los tenemos que llevar? Vosotras mandáis, pero yo los quemaría.

- Estoy segura.


Ambos asintieron tras mirarse por unos instantes. Después regresaron con el resto al campamento, dedicándose a varias labores. En poco tiempo, todo el mundo había comido algo y empezaron a desmontar las tiendas. Las mantas fueron sacudidas y las brasas apagadas. Se hicieron los arreglos posibles a los carros. Los heridos recibieron agua, vendas nuevas y palabras de ánimo que sonaban más firmes de lo que muchos se sentían. Los caballos resoplaban bajo el frío de la mañana, impacientes, mientras los carros crujieron al ser cargados de nuevo.

Gwenaëlle se quedó con la vista perdida en el horizonte, viendo como los rayos de sol teñían el cielo, primero rasgándolo de naranja, y poco a poco, dando paso a un azul metálico, casi gris, que imponía en el paisaje una monocromía inquietante. La bruma seguía allí, tendida entre los árboles y las hondonadas, como si la noche no hubiese terminado del todo.

Habían pasado un día y una noche recogiendo provisiones y preparándose para continuar el viaje, a las afueras de Crimmor. Aún quedaban dos tercios de ruta que recorrer; y para ello, decidió preparar ciertas contingencias. Ahora les acompañaría Asterion Selenikas. Había repasado múltiples conjuros de protección. Glifos, custodias, barreras.

Lo que había ocurrido aquella fatídica noche no volvería a ocurrir. No podría permitirse cargar con más lápidas en su conciencia.

Cuando al fin dieron la orden de partir, la caravana avanzó despacio. En un extraño silencio. Gwenaëlle acompañó a los refugiados dentro de uno de los carruajes en vez de unirse a los centinelas, decidiendo descansar durante el día. Estimó que su labor sería más beneficiosa para los refugiados durante las vigilias nocturnas. Pálida, ojerosa, le costó conciliar el sueño.

Y durante ese día, no pudo soñar.​
 
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XIV. El viaje (IV)

En las siguientes jornadas, Gwenaëlle dormía durante el día y vigilaba por la noche.

Había decidido ser la guardiana singular de entre los más vulnerables de entre los refugiados, hasta llegar a pun un punto en el que empezó a causarles hastío. Varios de entre los viajeros se quejaban del excesivo celo de la Oráculo, empeñada en custodiar las tiendas con múltiples guardas mágicas, alarmas y todo tipo de estratagemas místicas, todas ellas diseñadas para hacer de cualquier paso en falso un estrépito. Llegó, quizás, a un punto que rozaba lo ridículo; ni tan siquiera un alfiler podía caerse fuera de lugar sin que dicha calamidad desatase una contingencia, un glifo protector, o una custodia.

Algunos empezaron a evitarla.

- ¡Que no quiero ir ahí!

- ¿Pero cómo vamos a dormir en un espacio tan pequeño…?


Su última ocurrencia, el “cubo de piedra”, era una muralla cúbica en la que podía albergar quizás a una decena de personas. La levantaba cada noche, moldeando piedra y barro, y allí insistía en que se guareciesen los heridos, enfermos y los niños. El primer día, aún sacudidos por el miedo tras el ataque de los osgos, asumieron la molestia sin problema. Al tercero, las protestas fueron en aumento.

El caso es que pese a todo, los siguientes días discurrieron sin apenas incidentes. Algún ataque de ogros hambrientos, una bestia ígnea. Nada que la comitiva no pudiese afrontar con soltura y esfuerzo.

Y así fue como la caravana se internó hacia la Carretera Mordida, alejándose de Crimmor e internándose en el brumoso Norte. Con cada día que pasaba, iban dejando pedanías atrás, pequeñas posadas y asentamientos casi desiertos.

La comida era escasa en la zona. Aquello también reducía la frecuencia de los ataques, pues el bandidaje, aunque agudizado por el hambre, se veía entumecido por ella con el paso del tiempo. Incluso la violencia necesitaba fuerzas para sostenerse.

No fue hasta una tarde gris cuando la caravana se detuvo de pronto.

Gwenaëlle abrió los ojos, confundida. Asomó la cabeza por la ventana del carruaje y vio que el sol aún languidecía en el horizonte, perezoso y enfermo tras el velo de la bruma. No era de noche todavía, pero el día parecía haber desistido.

A su alrededor se erigían una veintena de casas rodeadas por una empalizada baja. Las calles estaban desiertas. Algunos lugareños se asomaban desde las ventanas para observar la comitiva visitante. No parecían esperar a nadie de paso, y en sus rostros demacrados y ojerosos se advertía el peso que imponía la bruma.

Eran pocos. Treinta almas, quizá menos. Un puñado de familias atrapadas entre el hambre, el miedo y el camino ya dejado de transitar. Un hombre, que se presentó como el aguacil del pueblo, salió a recibirlos con una cortesía distante. Explicó que hacía decanas que apenas pasaban caravanas por allí. Que los mercaderes evitaban la ruta.

Había mucho silencio en el pueblo. Ningún ruido de animal.

Gwenaëlle reparó en ello, aunque al principio no supo por qué aquello le incomodaba.

La caravana no podía permitirse demasiadas demoras, pero los refugiados estaban agotados. Algunos llevaban días durmiendo mal; otros, directamente, no dormían. Unos tantos tuvieron que compartir carruaje con los fallecidos, con el consiguiente desgaste físico y emocional. La posibilidad de pasar unas horas bajo techo, aunque fuese en una posada pobre y medio vacía, se recibió como un regalo. Hubo quienes lloraron al ver un hogar encendido. Otros se dejaron caer en los bancos sin quitarse siquiera las botas.

Gwen dudó.

Algo en aquel lugar la inquietaba. Tal vez el silencio. Tal vez la forma en que los aldeanos miraban los carruajes con una fijeza difícil de nombrar El olor que salía de algunas chimeneas era demasiado denso y correoso; casi se podía masticar. Algo extraño en un lugar donde decían que no quedaba casi nada que cocinar.

Pero estaba cansada. Más cansada de lo que quería admitir.

Acompañó a los refugiados a la posada local, acompañada de Evelyn, Alexander y Sariel. Los caballeros de la Luna y el resto de la comitiva prefirió quedarse junto a los carruajes. La Oráculo dispuso un par de alarmas discretas junto a la puerta y se sentó junto a una pared, convencida de que podría al fin descansar los pies tras comer en caliente bajo cuatro paredes y un techo.

Varias horas pasaron mientras cenaban. Gwenaëlle se permitió charlar de forma distendida con Evelyn. Hablaron de relaciones, de expectativas, de vida en familia. Sariel la miraba de vez en cuando con una media sonrisa, divertida.

Hasta que… olió el humo. Y oyó golpes en las ventanas.

Después oyó a alguien chillar que la puerta estaba atrancada desde fuera. Oyó los gritos de Zyon y de Liam pidiendo auxilio.

Y entonces todo encajó con una claridad terrible.

La posada ardía.

El fuego trepó por las paredes con avidez. Los refugiados se levantaron convulsos, entre tosidos, empujones y llantos. Algunos no entendían qué era lo que ocurría; otros se precipitaban hacia las ventanas. Gwenaëlle se incorporó de golpe.

Recordó de pronto que Asterion Selenikas estaba apostado en la entrada. Dio la orden mental al constructo:

“Asterion Selenikas. Nueva directiva. Abre la puerta, empleando fuerza destructiva si es necesario”.

- ¡Al suelo! ¡Cubridles la boca! – dijo a sus compañeros.

De pronto, varios golpes secos, arremetidos con la fuerza de un ariete, sonaron huecos en la puerta. Tras dos, tres, quizás cuatro, la madera crujió y cedió violentamente. Mientras tanto, varias personas comenzaron a bajar de la planta superior. Al principio parecían sombras en el rabillo de sus ojos.

Sombras flacas, armadas con hoces, cuchillos de cocina, azadas y viejos espetones ennegrecidos. Algunos sonreían de forma maquiavélica. Otros se abalanzaron con miradas teñidas por la vergüenza, conscientes de la vileza de los actos que realizaban, pero incapaces de refrenar sus pulsiones. Sus caras se iluminaban a intervalos con el fulgor del fuego, mostrando ojos hundidos, bocas abiertas, dientes sucios.

Ya no hacía falta fingir. Los habitantes de la pedanía no eran anfitriones.

Eran cazadores. Y su gente era su presa.

La comitiva reaccionó con violencia desesperada. Los caballeros cerraron filas como pudieron en mitad del caos. Los aventureros arrastraron a los refugiados fuera de la posada. Gwenaëlle apenas distinguía voces concretas entre el estruendo; tan solo un mar de cuerpos que se desparramaba en la calle principal, humo, manos que la buscaban y manos que intentaban retenerla.

Uno de los carruajes ardía. Ella lo reconoció. Era el que portaba los muertos.

Las llamas habían prendido en la lona y se extendían hacia la madera seca. Varios aldeanos habían roto los cierres y rebuscaban en su interior con una ansiedad animal.

Los cuerpos que habían transportado con tanto cuidado y celo, aquellos a quienes se había negado a abandonar en el camino… habían desaparecido. Los aldeanos los habían sacado a rastras. Algunos los arrastraban hacia los callejones laterales. Otros peleaban por ellos.

Gwenaëlle se quedó inmóvil, atónita por el espanto de aquella escena. Por el horror. Había visto cosas en la guerra, pero esto era… infinitamente peor.

Mientras tanto, una figura surgió de entre la humareda y se abalanzó sobre ella. Era un hombre de mediana edad, o quizás lo había sido antes de que el hambre le vaciase el rostro. Gwen intentó apartarlo con el bastón, pero la otra se aferró a su manga con una fuerza imposible y hundió los dientes en su brazo.

- ¡AAAGH! – Gwenaëlle chilló de forma desesperada, intentando zafarse sin éxito. El aldeano tiró hacia atrás con la boca ensangrentada, llevándose un trozo de carne, y durante un instante espantoso ambos se miraron. El caníbal masticaba. Gwen temblaba. No había odio en aquellos ojos hundidos. Tampoco locura completa.

Solo hambre.

Liam se abrió paso entre la muchedumbre y abatió al caníbal antes de que volviese a lanzarse sobre ella. Gwenaëlle ni siquiera vio caer el cuerpo. El peliblanco la agarró por los hombros y la arrastró hacia la línea de retirada. Ella seguía mirando el hueco sangrante de su brazo, incapaz de conciliar aquella visión con la realidad.

La había mordido.

Una persona. Un hombre.

No era un monstruo sin rostro.

Afortunadamente, pudieron evacuar a los refugiados de aquel infierno. Apagaron el fuego de los carros, aunque perdieron suministros, mantas, una parte del carruaje y tuvieron que dejar los cadáveres atrás. La pedanía quedó envuelta en llamas, gritos y bruma, alejándose en el horizonte a medida que emprendieron la marcha a toda prisa.

Nadie propuso detenerse hasta el amanecer.

Durante horas, Gwenaëlle no habló. Permitió que le vendasen el brazo tras limpiar la herida.

Pero no se permitió calmarse. Aquella noche no pudo dormir.

Esa noche, cuando la caravana volvió a detenerse, levantó de nuevo el cubo de piedra. Más grande. Más tosco. Más cerrado. Pero ahora, nadie protestó. Los niños entraron en silencio. Los heridos también. Incluso los adultos que antes la habían mirado con fastidio, aceptaron aquella prisión improvisada como una necesidad. La realidad del peligro del sendero se hizo más patente que nunca para todos. E incluso podían albergar forma humana.

Gwenaëlle se sentó fuera, con la espalda contra la piedra húmeda, el brazo palpitante y los ojos fijos en la bruma.

No durmió. ¿Cómo podía hacerlo?

Cada vez que cerraba los párpados, veía la boca de aquel hombre. Oía los gritos desesperados de la muchedumbre. Recordó el fuego, y por unos momentos, también recordó… otras llamas. Unas llamas eléctricas, con olor a ozono, y el crujido de cuerpos carbonizados cayendo de la muralla de Athkatla.

Cuando el alba empezó a insinuarse, Gwenaëlle seguía despierta. Sus ojos picaban, secos. Su hombro aún le dolía con una herida fantasma, aunque ya hubiese sanado.​
 

Skotos

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XV. El viaje (V)

Era una mañana soleada en Argluna. La luz penetraba por los ventanales de la hacienda, tiñendo el estudio con un sudario de plata. Se oía el cantar de los pájaros y el suave ulular del viento de primavera, domesticado por los muros altos, los setos bien recortados y las puertas siempre cerradas.

gwen1.pngRodeada de libros, pasaba una página tras otra.

Las palabras eran largas y enrevesadas. Pensó que quizás al contenido le faltaban algunos dibujos que amenizasen la lectura. Pero el olor de la tinta vieja y del pergamino amarillento compensaba aquella aridez. Recorría con la punta del dedo cada párrafo, deteniéndose cada dos o tres palabras para repasarlas en su mente.

No debía distraerse. No debía suspirar demasiado alto. No debía mover las piernas bajo la mesa, ni apoyar la mejilla en la palma de la mano, ni mirar por la ventana más de lo estrictamente necesario.

Sabía que más allá de la hacienda existían torres brillantes, plazas musicales, jardines donde los gentiles hablaban con esa gracia que ella jamás había conseguido imitar. Sabía que había todo un mundo allí afuera. Pero todo aquello le llegaba filtrado, domesticado, convertido en noticia. En lección, en relato contado con tinta y pulso de otros. Su mundo verdadero era más pequeño: el estudio, la sala de música, la galería del ala norte, el jardín interior, el oratorio familiar y el largo corredor donde los pasos de su madre sonaban siempre antes de que su figura apareciese.

Lady Elbereth no necesitaba alzar la voz para imponerse.

Bastaba con que entrase en una habitación para que el aire en la sala se notase más denso. Más pesado. Tenía una manera de corregir que no era cruel, pero igualmente la incomodaba: a veces bastaba con un dedo posado sobre una línea mal pronunciada, o una pausa después de una respuesta formulada con torpeza. O una mirada que se torcía ligeramente, desdeñosa, cuando confundía una declinación élfica o trababa los gestos de un encantamiento sencillo.

La disciplina, decía su madre, era el único remedio contra una naturaleza débil. La compostura, el único refugio de quienes no habían nacido con talento suficiente.

Había intentado ser buena. Buena hija, buena estudiante, buena muchacha.

Pero sentía que toda expectativa que aspiraba a cumplir era una promesa incumplida consigo misma.

Gwenaëlle recordaba la textura del papel con una nitidez imposible; recordaba una mancha de tinta en el margen, el polvo suspendido en el aire, el peso demasiado grande de una silla diseñada para adultos, el roce de las medias contra sus rodillas huesudas. También recordaba la sensación de estar perdiéndose algo, aunque no supiese el qué. Más allá del ventanal, la primavera se abría con una indiferencia luminosa, llena de pájaros, flores y voces lejanas. Dentro, en cambio, el mundo permanecía quieto. Ordenado. Correcto. Enclaustrado en una belleza impecable que no dejaba sitio para respirar.


- Gwen.

La voz era distante.

No pertenecía a la habitación.

Gwenaëlle frunció el ceño y siguió leyendo. Las letras, sin embargo, empezaron a moverse sobre la página. Primero lentamente, como si fuesen insectos diminutos atrapados bajo la piel del pergamino. Luego se movieron más. Más violentamente. Las líneas se quebraron, se superpusieron unas sobre otras. Las palabras dejaron de tener sentido. Intentó fijarlas con el dedo, pero la tinta se deshizo bajo su piel y se extendió en manchas oscuras. El olor del pergamino viejo cambió. Ya no era polvo, ni biblioteca, ni aceite de lámpara. Era humedad, sudor, humanidad.


- Gwen.

Esta vez la voz sonó más cerca.

Alzó la vista. Junto a la puerta, creyó ver una silueta alta, severa, recortada contra la luz del pasillo. No era su madre, aunque algo en su postura le perteneciese. Tampoco era Sariel, aunque durante un instante mezcló ambas figuras de forma indisociable. Ambas le inspiraban autoridad, respeto, una promesa de aprobación.

Gwenaëlle quiso disculparse con ella. No sabía por qué, pero quiso hacerlo.
Quizás no leer lo suficientemente rápido.
Quizás por no haberse aprendido todos los ríos aún.

Por no ser lo suficientemente valiente.
Por no haber nacido “bien”.
Por no haber poder salvar a todos.

Otra vez.
gwen2.png
La figura sonrió. Pero su sonrisa no era una sonrisa. Era una hilera de dientes, como los de un tiburón. Eran fauces.

La habitación se llenó con un olor a azufre y ozono. La piel de su nuca se erizó, encrespándose, como si aire se hubiese llenado con una incómoda sensación de tensión estática.

La luz de Argluna, antes limpia y plateada, empezó a apagarse. Los pájaros dejaron de cantar. El viento primaveral se convirtió en un aullido y el silencio se quebró con una promesa de tormenta. La página bajo su mano se humedeció. La madera noble del escritorio se combó, agrietada por una intemperie imposible. La silla desapareció bajo sus pies. El dedo con el que seguía las palabras ya no reposaba sobre un libro, sino sobre una manta áspera, manchada y fría.

Sintió un sobresalto, provocado por unas ruedas que la zozobraron.

Abrió los ojos de golpe.

No estaba en Argluna.

Durante unos instantes no supo dónde se encontraba. El vaivén de la marcha le revolvía el estómago y el aire encerrado se entremezclaba con el olor a sudor y miedo contenido. La luz entraba por las rendijas de la lona, mortecina. Estaba rodeada de personas encogidas bajo mantas: niños demasiado débiles para llorar, ancianos con los ojos hundidos, mujeres y hombres que apretaban sus dientes, temerosos siquiera de exhalar el más mínimo aliento durante la marcha.

Gwenaëlle tardó en recordar que se había permitido dormir unas horas. El dolor de su cuello, el ardor del mordisco, era aún un recuerdo reciente.

Se incorporó despacio, con la boca seca y la espalda dolorida. Alguien le había puesto una manta sobre los hombros; no recordaba quién. Se frotó los ojos, intentando expulsar los restos del sueño, pero la sensación de encierro permaneció. Sólo había cambiado de forma. La hacienda de Argluna había sido amplia, bella, perfumada y silenciosa; aquel carruaje era estrecho, sucio y oscilante. Pero en ambos lugares se respiraba la misma certeza: la de estar encerrada en una vida decidida por fuerzas demasiado grandes. Antes habían sido las normas de su madre, la vigilancia de los tutores, las expectativas de un linaje roto. Ahora eran la bruma, el hambre, la muerte y la responsabilidad feroz de no dejar caer a quienes caminaban junto a ella.


- ¿Durante cuánto tiempo he dormido?

Una mujer sentada frente a ella, con rostro amarillento y mejillas hundidas, la miró sin responder. Tenía un niño sobre el regazo. La mujer le acariciaba el pelo con una lentitud mecánica, más un reflejo que una muestra de cariño.

- No mucho, señora - dijo al fin un anciano, envuelto en una manta raída - Pero se la veía agotada.

Gwenaëlle asintió. Fuera, la caravana avanzaba con torpeza. Las ruedas se hundían en el aguanieve y volvían a levantarse con crujidos quejumbrosos. Cada tanto, se oían instrucciones y órdenes, el chasquido de unas riendas, el resoplido extenuado de las bestias.

Nadie cantaba. Nadie bromeaba. Incluso las conversaciones se habían reducido a murmullos breves, clandestinos. Entonces lo entendió. La quietud sepulcral lo delataba; la manera en que todos miraban las bolsas, los odres, las mantas ajenas ajenos. Por la forma en que algunas bocas se movían sin pronunciar palabra. Sus rostros se mostraban amarillentos, hepáticos.

El hambre había empezado a vencerlos.

Se llevó una mano al zurrón. Quedaba algo de pan duro, protegido con un paño. También unas tiras de carne seca reservadas para los heridos. Muy poco. Demasiado poco. El gesto, mínimo, bastó para atraer varias miradas. Algunas fueron compungidas. Otras, no. La mujer del niño apartó los ojos enseguida. El anciano se humedeció los labios. En el fondo del carro, un hombre delgado hasta parecer de cera levantó la cabeza con una lentitud inquietante. Gwenaëlle lo reconoció vagamente. Uno de los refugiados recogidos en las afueras de Athkatla. Había perdido a alguien durante el ataque de la noche anterior; una hermana, quizá una esposa, quizá ambas cosas, porque los nombres y los duelos empezaban a confundirse en una sola masa dolorosa.

- Hay que racionarlo - susurró alguien.

- Ya se está racionando - respondió otro, con resentimiento.

- Entonces hay que racionarlo mejor.

- ¿Mejor? ¿Qué significa mejor? ¿Que coman los niños y los viejos no? ¿Que coman los que puedan andar y que los demás se queden atrás?


El murmullo creció dentro del carruaje. No llegó a ser una discusión abierta; algo más insidioso. Fue más bien una corriente subterránea de cálculo. Quién pesaba demasiado. Quién no podría caminar si se rompía una rueda. Quién había recibido más sopa la noche anterior. Quién fingía estar más enfermo. Quién tenía escondida una corteza de pan. Quién era útil. Quién ya no lo era. Esa era la aritmética del hambre, y a Gwen le pareció más obscena que cualquier blasfemia.

Otras dos presencias que acompañaban a Gwenaëlle en el carruaje la miraron. Un enano con expresión bonachona y una elfa que se mantenía serena, tranquila, mayestática. El señor Kharram. Lindaella, la vidente. Ambos observaban y no habían sentido la necesidad de intervenir. Al menos, hasta ahora. Fue Kharram quien tomó la iniciativa: palmeó el hombro del hombre huraño y le dijo en una voz grave, cargada de energía positiva.

- Nadie se va a quedar atrás, amigo. Ten calma, ¿eh? ¡Más hambre se pasó en la guerra, JA!
Gwenaëlle asintió.

- No se preocupen. Nadie se va a quedar atrás.


Su voz sonó más débil de lo que habría deseado.

- No podéis saberlo - dijo el hombre del fondo con una insistencia dolorosa.

Gwen bajó la mirada. No se sintió con fuerzas para discutir. Prefirió centrar su atención en tareas más útiles.

- Dadme los odres. Revisaremos lo que queda. Hablaré con los guías. Quizá podamos desviarnos hacia un arroyo, una granja abandonada, cualquier lugar donde encontrar algo.

- Algo. Tal vez. “Selûne proveerá”. Iba así, ¿no?

Gwenaëlle trató de ignorar la burla.

- No os pediré que tengáis fe en lo que os digo. Pero sí os pido que aguantéis un poco más.

- ¿Y si no puedo? -preguntó la mujer del niño.

- Entonces aguantaré yo con vos.

Repartieron lo poco que quedaba. Gwen partió el pan en fragmentos mínimos: uno para el niño, otro para la mujer, otro para el anciano, otro para el hombre febril. Cada pedazo parecía una ofensa por su pequeñez. Todos miraban sus dedos. Las migas. La bolsa. La porción del otro.

- Tomadlo - dijo, tendiendo un trozo al hombre.

- No quiero vuestra caridad.

- No es caridad. Es comida.

Él la miró con pupilas demasiado dilatadas. Su vista pasó del pan a sus dedos, y de sus dedos a su rostro, como si ya no distinguiera del todo entre la ofrenda y quien la ofrecía.

- Comida - repitió.

Gwen le tendió el pan.

Él no lo cogió.

Durante un instante, nadie se movió.

Cuando se quiso dar cuenta, ya se había abalanzado.

gwen3.pngGwen apenas tuvo tiempo de retroceder. El carruaje dio una sacudida, perdió el equilibrio y cayó de lado contra los bancos. Notó unas manos aferrándose a su muñeca. Sintió el aliento caliente del hombre sobre la piel. Alguien gritó. Kharram intentó empujarlo. Otro intentó levantarse y golpeó el techo de lona. El pan cayó entre ambos, olvidado durante un segundo interminable, hasta que varias miradas descendieron hacia él con un espanto que no era sólo miedo.

Vio sus dientes refulgir al contraluz, amarillentos, podridos.

Después sintió el mordisco.

El dolor subió por el brazo con una violencia blanca, cegadora, y la arrancó de toda dignidad. Gritó con todas sus fuerzas, consciente de que el escándalo prevendría mayor daño. Y porque necesitaba hacerlo. No…. no podía más.

El carruaje se llenó de caos.

Liam apareció desde fuera, o quizá ya estaba cerca; Gwen no supo distinguirlo. Un brazo rodeó el cuello del hombre y lo arrancó de cuajo. Zyon maldijo, siguiendo los pazos del peliblanco. La mujer del niño chilló. Alguien volcó un odre. Varias manos se lanzaron hacia el pan durante la confusión antes de que la vergüenza pudiera detenerlas.

Gwenaëlle se miró la mano. Durante unos segundos no comprendió lo que veía.

Faltaba un dedo.

La ausencia roja palpitaba entre sangre y carne abierta. Su mente volvió absurdamente al sueño: a la página, al índice siguiendo las palabras, al rostro lleno de fauces de su madre. Así no, Gwenaëlle. Con firmeza. Con limpieza.

No debía gritar. Pero gritó otra vez. El hombre, sujeto contra el suelo por Liam, lloraba con la boca manchada.

- ¡Lo siento! ¡Lo siento, lo siento!

- No mires - dijo Zyon, inclinándose sobre ella - Gwen, no mires.

Pero ella miraba.

Lindaella le envolvió la herida con un paño. Intentó detener el sangrado, pero sin querer, apretó demasiado fuerte. Gwen se dobló sobre sí misma, temblando. Había cerrado tajos peores en otros cuerpos, pero aquel era suyo. Era su carne. Su sangre. Su dolor. Su pérdida absurda, pequeña y enorme al mismo tiempo.

Entonces el niño empezó a llorar. Y fue ahí cuando comprendió que no debía dejarse llevar por el pánico, aunque se sintiese indefensa y patética. Su moralidad, su brújula interna, era todo cuanto les separaba de los asesinos y las bestias.

Y se maldijo por ello. Por lo que dijo a continuación.

- No lo matéis.

- Gwen…

- No lo matéis.


El hombre dejó de forcejear, incapaz de sobreponerse a los mercenarios.

- Te ha arrancado un dedo - dijo Zyon.

- Lo sé. Atadlo, simplemente. Separadlo de los demás. Que alguien lo vigile. Pero no le matéis.

- Este tío es un peligro, Gwen. Si lo dejamos vivo..

- Precisamente por eso
- añadió - Si empezamos a decidir que los desesperados merecen morir por desesperarse, entonces este viaje no habrá tenido sentido. Responderá por sus actos en Náshkel.

Nadie respondió. Nadie quiso llevarle la contraria.

Fuera, la caravana se había detenido. La noticia corrió de un carro a otro. Hubo horror, compasión, asco. Cuando lograron contener la hemorragia, Gwen levantó la vista. Los refugiados guardaban silencio. El hombre atado permanecía encogido en un rincón, con el rostro oculto entre las rodillas.

Quiso decir algo para calmarles. Pero no se le ocurrió nada. Una oración. Una promesa. Un consuelo.

No encontró palabra alguna que sirviese para esta situación. Ninguna lección lapidaria. Sólo vergüenza.

Así que hizo lo único que pudo.

Con la mano sana, recogió del suelo el pedazo de pan manchado de polvo. Lo partió torpemente en dos. Uno se lo dio al niño. El otro lo dejó junto al hombre atado.

Y después, con rostro pálido y ojos brillantes, denotando una fiebre incipiente, pidió que la caravana siguiese avanzando.

La silueta de Náshkel se dejaba entrever en la lejanía, difuminada por la bruma.​
 
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Skotos

El cansino de los Siervos de Hueso
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XVI. La sombra en el Norte

Su mano sanó. Sin embargo, tardó días en dejar de doler.

La herida cerró mucho antes que el recuerdo; la memoria, sin embargo, no mostraba hacia ella tanta docilidad. Como un espectro, siguió regresando a sus pensamientos en instantes absurdos: cuando cogía un cuchillo, doblaba una sábana o pasaba una página de su grimorio. Cerraba y abría su puño en esos instantes, un reflejo que continuaría teniendo en las decanas venideras.

Intentó no pensar. Domó su pensamiento con tareas, con trabajo. La mente ocupada se alejaba de aquellos rostros babeantes, de cuencas hundidas, que, en su locura o desesperación, se abalanzaron sobre ella en aquellos días tormentosos. No tendría en cuenta sus actos como vileza, sino por lo que eran: necesidad descarnada, retorcida por una magia oscura que permeaba toda la región.

No todos habían regresado, es cierto. Pero la inmensa mayoría sí. Y los que sí lo habían conseguido, estaban al fin a salvo de la bruma.

El Santuario abrió sus puertas y pronto se convirtió en un hogar para aquellas gentes.

En las primeras noches, el edificio pareció menos un refugio y más una casa improvisada para todos aquellos que habían olvidado cómo se dormía bajo techo sin sobresaltarse al menor crujido. Las literas estaban repletas. Algunos estaban enfermos y requerían cuidados; otros, al sentir su mente progresivamente despejarse de la influencia de la bruma, comenzaron a mostrar más emoción que una sensación de vacío.
image (1).png

Los recién llegados tuvieron dificultades para adaptarse. Algunos desconfiaban de la comida. Otros escondían los mendrugos bajo la ropa por miedo a que desapareciesen. Algunos niños lloraban si alguien cerraba una puerta. Un anciano se quedaba mirando la ventana durante horas, inexpresivo, como si aún no pudiese creer donde estaba. Como si todo lo vivido hubiese sido un mal sueño.

Un puñado se marchó al poco tiempo, incapaz de soportar la quietud del amparo.

No podía culparles. No todos aceptaban lo que había sucedido en la travesía. Y no todos tenían el corazón para rehacer sus vidas. Algunos aún se movían por pulsiones autodestructivas y pronto, quizás, retomarían un sendero del que era difícil salir sin voluntad.

La mayoría, no obstante, se quedó.

--
Las homilías no eran obligatorias.

Por la mañana se repartía sopa de verduras, pan, queso, y todo cuanto podía reunirse sin provocar resentimientos entre los propios vecinos de Náshkel. Al mediodía, Gwen recibía a quienes necesitaban escribir cartas, buscar parientes, registrar nombres de desaparecidos o simplemente decir en voz alta aquello que no habían podido decir en el camino. Por la tarde, ayudaba a limpiar heridas, a rezar por los muertos y a escuchar a los vivos. Por la noche, cuando el frío se pegaba a las ventanas, encendieron una lámpara de plata ante el altar y ofreció palabras de consuelo a quienes pretendieron escuchar.

Muchos se iban a dormir antes de que empezasen; pero un puñado sí se quedó a oír lo que tenía que decir. Primero fueron unos cinco; la mayoría, mujeres. En las siguientes noches, eran más. La rutina era sencilla: al caer el sol, tras la cena, Gwenaëlle se reunía en el salón y proponía a los congregados que dirigiesen sus plegarias a Selûne, buscando en su amparo, en su mirada argéntea, que la luz de la luna penetrase la bruma y los librase de aquellas noches de oscuridad.

No prometió una cura para todos sus males. No podía hacerlo.

No les prometió salvación. Prometíó una mano siempre tendida.

- Mientras haya una luz encendida en nuestros hogares, nadie tendrá que temer la oscuridad. Recordad; no hay noche que mil años dure. No hay que entregarse a la desesperanza. Estáis vivos: nadie os podrá arrebatar eso. Ni vuestra dignidad.

Porque vosotros, también importáis a este mundo. Importáis a Selûne.


Recordaron a los que no pudieron terminar el viaje. Y a quienes no quisieron hacerlo. Cada noche, al caer el sol, poco a poco se fue creando un hábito que se fue materializando en una rutina espiritual, una que dio sosiego y una cierta paz a gente que, hasta ahora, había vivido atormentada y a merced de los males del mundo.
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Una congregación.

Pero no todo gesto era propicio para manos piadosas. Había otro tipo de tareas que hacer, igualmente importantes.

Gwenaëlle acompañó con frecuencia a las patrullas de los Caballeros de la Luna en sus inspecciones rutinarias de los caminos cercanos. Bendijo amuletos y agua bendita. Se aseguró de que las embarazadas estuviesen bien atendidas y que los niños fuesen alimentados en primer lugar. Pidió marcar con símbolos estelares varias señales de la calle que guiaban hacia el Santuario, para que los recién llegados supiesen a donde acudir en caso de necesidad. Ofreció consejos a los voluntarios y les instó a que no caminasen solos cuando la bruma descendía por las laderas.

Y aprendió a distinguir el cansancio de los guardias que habían visto demasiado del simple fastidio de quienes no querían otra boca que alimentar. Porque la tensión en la región no dejaba de aumentar.

Las desapariciones en la bruma se hicieron más frecuentes. Las noticias sobre extravíos se fueron extendiendo. Primero, la de un leñador. Luego, de un par de muchachos que se perdieron buscando una mula. Un extraño suceso en una mina. Luego, una partida de aventureros en Púrskul, entre los cuales habían muchos nombres conocidos.

Cuando Gwenaëlle escuchó aquello, sintió una punzada en el corazón.

Cada nombre perdido en la bruma parecía añadirse a una letanía que empezaba a no tener fin. Rezó por ellos aquella misma noche. Las homilías, que trataban de ofrecer consuelo a los refugiados, adquirieron en ocasiones un tono melancólico del que no se sentía capaz de desprenderse.

---

En los días siguientes comenzaron a llegar más caravanas.

Al principio eran grupos pequeños. Tres familias en un carro, dos hermanas con un burro flaco y un matrimonio anciano que había caminado desde las cercanías de Crimmor, escoltados por una partida de aventureros. Luego vinieron columnas más largas, precedidas por rumores de que en el Norte había comida, techo y una mujer de la Luna que acogía a quien quiera que fuese y no hacía demasiadas preguntas.

Eso último no era del todo cierto.

Gwen siempre hacía preguntas. Quiénes eran. De dónde venían. A quién habían perdido. Si alguno había enfermado durante el camino. Si habían visto señales de la bruma, de bandidos, de licántropos, de muertos caminando entre los árboles. No lo hacía movida por la desconfianza: preguntaba porque debía proteger a Náshkel tanto como a quienes llegaban a pedir amparo.

Pero aun así, siempre abría la puerta.

Y cada vez que lo hacía, el Santuario se llenaba un poco más.

Los días se volvieron cada vez animados. Los pasillos olían a caldo. Las voces se multiplicaron. Hubo discusiones por mantas, por sitio junto al fuego, por turnos de comida. Hubo llantos en la noche. Las homilías empezaron a llenarse; ya no solo eran algunas mujeres. También venían hombres jóvenes, mayores, niños.

Al principio los rostros eran grises e inexpresivos, consumidos por el dolor de la bruma y desesperanza. Pero poco a poco, con cada día que pasaba, algunos fueron cambiando. La tristeza y el dolor dieron paso al duelo, y tras este, brotaron algunas sonrisas. Las de los niños eran más fáciles de verse, pero poco a poco, también la apreció en pequeños gestos. Las disputas poco a poco amainaron. La convivencia se fue haciendo más sencilla gracias al orden y a la rutina impuesta.

Gwenaëlle empezó a conocerlos por sus nombres.

--

El caballero llamó a la puerta. En la Luz del Norte, Gwenaëlle estaba reunida con un grupo de aventureros que apenas se había dado a conocer, pero que contaba entre sus miembros a individuos que empezaban a hacerse un hueco en su corazón. Las Cuerdas del Destino. Sin embargo, estas reuniones para ella no eran cuestión de sentimentalismo: eran frecuentes. Se sentía en la obligación de buscar a cuantas gentes pudiese para atender las necesidades de la comunidad, y eso incluía un trato frecuente con compañías mercenarias y aventureras, siempre dispuestas a trabajar por una causa que estimasen merecedora de su tiempo.

Esta reunión, que pensaba la Oráculo iba a ser como muchas otras, se vió interrumpida por la irrupción de un caballero de la Luna. No podía esperar.

- Mis señoras. Una caravana ha sido atacada en el camino, hacia el sur.

El murmullo de la sala se apagó.

Gwen dejó la tablilla sobre la mesa. Fue Sariel quien preguntó, cruzándose de brazos.

- ¿Cuántos?

El guardia tragó saliva.

- No lo sabemos. Se trata una caravana escoltada por un grupo de aventureros del Gremio. Traen a mucha gente; nos han reportado una cuarentena. Hay muchos interesados en pedir amparo aquí. Debieron llegar hace cuatro días.

Debieron. No lo llegaron a hacer.

Se cubrió con el manto, tomó el bastón y salió antes de que la prudencia pudiese formular objeciones suficientes.

- Sería prudente llevar dos carretas con provisiones. Cargad mantas, agua, vendas y dos lámparas de aceite.

- Así lo haremos, Oráculo.

El grupo partió; un pequeño contingente conformado por no más de diez personas. Sariel y sus caballeros de confianza, ella, y las Cuerdas del Destino: Lindaella, Cassandra, Velatha y Alexander. Siguieron la ruta inversa que debía hacer aquella caravana, internándose en la Carretera Mordida. El Camino de la Luna aún no era transitable, pero le quedaba muy poco.
image (2).png

Encontraron los restos de la caravana antes de ver a los supervivientes.

El camino estaba marcado por ruedas torcidas, manchas oscuras sobre la nieve sucia y cajas reventadas a golpes. Había un caballo muerto junto a la cuneta, rígido, con los ojos abiertos en un espanto perpetuo. Una de las carretas había ardido hasta quedar reducida a costillas negras de madera. En torno a ella, la bruma se movía despacio, baja y espesa, tiñiendo el paisaje con un tinte ocre y enfermo.

Los supervivientes se habían agrupado junto a un desnivel del terreno. Parecían ser el número reportado por el caballero; quizás algunos menos. Los aventureros formaban un cordel, interponiéndose entre los civiles y el peligro.

Algunos estaban heridos. Otros, peor.

Cuando llegaron, la bruma se levantó y escupió horrores no-muertos. Espectros y fantasmas. Por fortuna, ellas contaban con el poder de Selûne de su lado y sus artes arcanas, por lo que pudieron purgar a las apariciones sin mucha dificultad.

Y como si la mismísima bruma hubiese asumido el desafío, esta se arremolinó para crear otra forma humanoide. Una forma colosal, cadavérica, putrefacta, que blandía un hacha roma que se había fundido a su brazo derecho, convirtiéndose casi en una extensión de su cuerpo.

Gwenaëlle reconoció lo que era. Los había visto una vez antes, en Montecráneos, durante una patrulla acompañada del Baluarte.

Era un alzado que en vida había sido un Reghed, pero entre los trozos de carne asomaban marcas y tatuajes que indicaban su estatus. Un exiliado. Formaba parte de un grupo de renegados que habían traicionado a los suyos, y habían llevado ese odio hasta la tumba.

Era uno contra una docena, y aún así, no fue sentido como un combate injusto. Pues el engendro renegado tenía la fuerza de una veintena de hombres, y siempre golpeaba con voluntad de matar. Por más que fuese herido, el vigor impío que lo animaba le permitía continuar luchando. Pareció ignorar todo espadazo, toda estocada. De sus heridas manaba sangre negra y putrefacta, espesa como el alquitrán.

Tardó en caer. Pero debía hacerlo. Rendirse implicaba morir; y a la merced de la bruma, ni tan siquiera la muerte era un consuelo deseable.

Lucharon durante lo que creyeron ser una eternidad. Pero vencieron.

Y pudieron poner a esa gente a salvo.

---

El camino de retorno fue más sencillo. La bruma amainó y les ofreció una pequeña tregua.

Mientras tanto, Gwenaëlle revisó a los caminantes. Preguntó nombres. Vendó sus heridas. Les ofreció odres de agua. Sus palabras fueron pocas y sus oídos, pacientes. Escuchó los fragmentos de sus relatos. Narraron su tormento: como vieron sombras entre los árboles, gritos, espectros bailando en la bruma, una figura enorme que quizá no era humana. Algunos fueron arrastrados hacia la niebla. Algunos salieron corriendo sin mirar atrás y nada de supo de ellos desde entonces.
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No juzgó a nadie. No tenía derecho a hacerlo.

Cuando regresaron a Náshkel, ya había anochecido.

El portón principal de la ciudad ya estaba cerrado. Algunos centinelas permanecían en sus posiciones, vigilantes, con gesto hosco y cansado. Se asomaron al oír las ruedas de los carruajes acercarse. La llegada de nuevas carretas ya no provocaba la misma esperanza que al principio. Ahora traía una pregunta que se pronunciaba con creciente pesadez. La generosidad del Norte tenía un límite.

¿Cuántos más?

Los guardias se adelantaron para ayudar a bajar a los heridos, pero no todos se movieron con la misma decisión. Uno de ellos, un hombre joven con barba mal recortada y ojeras profundas, miró hacia el portón cerrado y luego hacia la fila de refugiados.

- Señora Gwenaëlle. Se lo hemos dicho ya.

Ella se volvió para mirar al joven guardia.

- No hay sitio - dijo él, en voz baja. - No como antes.

- Haremos sitio.

- No es sólo eso… Mire…

Otro guardia, más veterano, apretó la mandíbula y se acercó a ellos.

- Las reservas están bajando. La gente de la villa empieza a preguntar cuánto durará esto. Si siguen llegando caravanas, no podremos alimentar a todos. Ni proteger a todos. Y si entre ellos viene alguien enfermo, o algo peor…
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Gwenaëlle entonces miró a los refugiados. Llevaban mantas empapadas por haberse expuesto al aguanieve. Sus labios se habían vuelto azules y muchos portaban una mirada perdida. Vio a una mujer sosteniendo una caja pequeña contra el pecho como si dentro llevase a toda su familia. Había un muchacho con sangre seca en el pelo que no soltaba la manga de su hermano menor. Pero vio a los guardias, también: eran hombres cansados, asustados. Y habían sido obligados a poner una frontera donde ella sólo quería ver una entrada.

Pero tenían razón. Aquello no era desconfianza. Era diligencia.

- Está bien. Registradlos. Separad a los heridos. Que nadie entre armado. Quien tenga fiebre, mordeduras extrañas o síntomas de bruma, irán con los caballeros. Pediremos más mantas a quienes puedan cederlas. Y enviad aviso al alcalde. Esta noche dormirán bajo techo.

El guardia joven bajó la mirada.

- ¿Y mañana? ¿Se irán?

Gwenaëlle no respondió enseguida. Pero él ya sabía lo que ella iba a decir.

- Mañana lo veremos. Pero haremos sitio. Se lo prometo.

Los guardias parecieron conformarse, aunque no todos parecían plenamente convencidos. Los refugiados empezaron a avanzar lentamente hacia el portón. Algunos daban las gracias. Otros ni siquiera parecían comprender dónde estaban. Gwenaëlle permaneció junto al control, recibiéndolos uno por uno.

Entonces lo vio.

Era un hombre calishita, quizás de mediana edad, aunque el cansancio deformaba las edades y las volvía inciertas. Llevaba un turbante oscuro, manchado con polvo del camino, y una barba cuidada con una precisión extraña en medio de tanta ruina. Sus ropas estaban gastadas, pero no eran andrajosas. Caminaba despacio, sin empujar, sin suplicar, mostrándose increíblemente sereno pese a la situación. Cuando llegó ante ella, inclinó la cabeza.

- Que la luna recompense vuestra bondad, señora.

Su acento era suave. Su mirada, también.

Y sin embargo algo en como lo dijo, hizo que a Gwenaëlle se le pusiesen los pelos de punta.

No sabía como explicarlo. Era una incomodidad repentina, fina como una aguja bajo la piel. La sensación absurda de que algo no iba bien. O de que aquel hombre no estaba buscando amparo, sino otra cosa. Algo más sombrío. Nefario.

Gwen sostuvo su mirada un instante más de lo necesario.

Él no apartó los ojos en ningún momento. Parecía acostumbrado al escrutinio.

Luego tosió, se llevó una mano al pecho y el cansancio volvió a dibujarse en su rostro con tanta naturalidad que Gwen sintió vergüenza de sí misma.

Estaban todos rotos. Todos extraños. Todos cargaban silencios, secretos, pérdidas. ¿En qué momento la prudencia empezaba a parecerse demasiado a la sospecha? ¿En qué momento una corazonada dejaba de ser guía y se convertía en injusticia?

- ¿Portáis armas? - preguntó Cassandra, quien hacía las labores de registro.

El hombre sonrió sin mostrar los dientes. Le tendió dos dagas que llevaba ocultas bajo las telas de su ropa.

- Soy mercader, señora. Tengo que llevar algo encima por si acaso. Pero tome, tome. Respeto las costumbres del lugar.

Se hizo a un lado. Cassandra confiscó las dagas, como hizo con cualquier objeto extraño que portasen los civiles. Apenas nadie llevaba filos encima. Excepto este hombre, el del turbante. Las dagas parecían ser, además, de extraordinaria calidad.

Lo cual lo hacía aún más sospechoso.

- Entrad. Pedid agua al fondo. Luego os tomarán el nombre - dijo finalmente Gwenaëlle.

El hombre volvió a inclinar la cabeza.

- Sois muy amable.
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Pasó junto a ella y desapareció entre los demás.

Gwenaëlle permaneció unos segundos inmóvil, con la mano vendada cerrándose sobre el bastón. La bruma descendía por las calles de Náshkel, lenta, silenciosa. Desde el interior del Santuario llegaban voces, llantos, risas, el ruido de bancos arrastrados para hacer espacio a quienes acababan de perderlo todo.

Una lámpara de plata ardía junto a la puerta. Su llama quedó encendida durante toda la noche.​
 

Skotos

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XVII. La Sombra en el Norte (II)

No podía quitárselo de cabeza.

La daga yacía sobre el paño blanco. Ligeramente curva, formando una media luna. Se la había entregado Cassandra, tras habérsela requisado al extraño refugiado con turbante, el cual decía no ser más que un humilde mercader de Calimshán que buscaba refugio en el Norte.

El hombre contrastaba con el resto de los refugiados. Su barba cuidada pese a un viaje que probablemente le tomó más de una decana. Sus modales exquisitos, impecables. Su calma. La inusitada calma con la que expresaba, pese a haber sido atacado por los espectros de la bruma momentos antes.

Gwenaëlle siguió contemplando la daga pensativa, de pie, en la penumbra de la estancia de su domicilio en Náshkel. Afuera, la Ciudad Inclinada seguía con su actividad diaria, aunque esta se respiraba adormilada y aletargada. Las ruedas de los carros se movían despacio y los lugareños hablaban en voz baja, abatidos. La llegada de una nueva comitiva de refugiados, atraída por la promesa del Santuario, había traído consigo ciertas sospechas entre los lugareños que las Hijas de la Luna tuvieron que acallar.

La mayor parte no eran más que eso: desdichados. Gentes arrancadas de sus casas y empujadas hacia el Norte con la esperanza tenue de encontrar un techo, un plato caliente o, cuando menos, una puerta que no se les cerrase en la cara. Algunos arrastraban dolencias del espíritu que habían hecho mella en sus ánimos, y se les había prometido que aquí encontrarían remedio a sus males.

Y, sin embargo, ella no podía quitarse a ese hombre de la cabeza.

No había dicho nada impropio. No había opuesto resistencia al cacheo. No había alzado la voz. No había ofrecido, siquiera, un motivo claro para la desconfianza. Pero algo en él, algo en su mirada, había producido en Gwenaëlle un profundo desasosiego. No era una certeza plena, sin embargo. Pero tenía una corazonada de que si no se asegurase sobre sus intenciones, algo grave podría ocurrir.

Se sentía culpable por pensar así. Odiaba desconfiar de quien llegaba pidiendo refugio.

Pero tenía que hacerlo. Las consecuencias de no ser diligente podrían ser desastrosas. ¿Acaso no lo fueron los guardias? ¿Por qué ella se iba a considerar mejor que ellos?

Preparó entonces el altar que usaba para sus rezos nocturnos. Colocó un telar blanco sobre el mismo, cubriéndolo. Encendió el incienso. Dispuso la ofrenda conforme al rito: una piedra lunar. Limpió dos veces la superficie de plata donde la ceniza habría de caer. Luego se arrodilló, recogió el aliento y cerró los ojos.

Primero, empleó su Poder en un rito que había empleado numerosas veces: uno por el cual había obtenido el título de Oráculo. Dejó que la chispa divina recorriese su ser mientras entregó sus pensamientos al rito.
Pensó en el hombre.
Pensó en Náshkel.
Pensó en las puertas del Santuario abiertas a los exhaustos.
Pensó en el precio monstruoso de equivocarse en cualquiera de los dos sentidos
.


Concentró su mente, apartando pensamientos difusos y banales, dejando que el olor del incienso la embriagase. Entró en una especie de trance. La Adivinación requería una pregunta precisa, un pensamiento a través del cual la Urdimbre resonaría de vuelta hacia su alma, como si lanzase una pequeña piedra en un estanque. Lo que le fuese revelado sería lo que interpretase de esas reverberaciones.

Y al fin, dejó que la pregunta se materializase en su mente.
Selûne… ¿conviene al bien de Náshkel y del Santuario permitir que este refugiado de Calimshan, así como el mordido por el vampiro, permanezcan libre de vigilancia durante las próximas siete noches?

Las llamas de la velas empezaron a oscilar. El aire pareció volverse más espeso mientras la magia obró su efecto. Gwenaëlle mantuvo la cabeza gacha, con sus manos entrelazadas en una postura de rezo. Dejó que la magia la recorriese y que la respuesta, cuando esta llegó, descendiese sobre su espíritu como un pensamiento ordenado en palabras que no eran suyas:​

Aquel que pierda de vista al elegido del Loco…
verá su sombra infiltrarse en el que ha resistido guerras y protegido Náshkel por generaciones.
Allí buscará una reliquia…
y en ella, las respuestas que ansía…
para que una noche eterna cubra el Norte.

Gwenaëlle abrió los ojos despacio.

Tendría que reflexionar sobre qué hacer con esta revelación. Muchas veces el significado no llegaba de forma inmediata, sino que se desvelaba como una epifanía.

Pero esa consulta a lo divino no era el fin de su cometido. También debía asegurarse de poder extender su vista más allá. Necesitaba poder ver.

Bajó su vista hacia la daga.

Era suya. Había reposado contra su cuerpo. Había compartido su calor, su viaje, su costumbre.

Bastaría.

Gwenaëlle se incorporó, algo rígida. Sintió un temblor en sus manos, forzándose a cerrar los puños para recobrar dominio sobre ellas. Siempre le ocurría igual en momentos de tensión. El miedo a obrar jamás la había abandonado del todo cuando debía actuar; simplemente había aprendido a disimularlo bien cuando alguien la obseravaba. Pero en esos momentos de completa soledad, sus reflejos inconsciente a veces la traicionaban.

Respiró hondo.

Recogió la daga con un paño limpio y la colocó junto al cuenco consagrado, relleno con agua bendita. Después trazó el círculo de bendición y comenzó la larga preparación del Escudriñamiento.

Esta vez no pidió consejo.

Pidió visión.

Obrar un Escudriñamiento con el Poder era distinto a cuando se usaba con el Arte. Todo aquello que requería la chispa de lo divino exigía devoción y, paradójicamente, certidumbre. No importaban tanto las palabras, sino la convicción con la que se pronunciaban. Importaba más la capacidad de imponer la claridad mental ante la realidad, dejando que su vista se extendiese más allá de los confines de su carne y empezase a fluir hacia la Urdimbre. Cada palabra pronunciada reclamó una rectitud absoluta de pensamiento. Cada gesto exigía serenidad.

A medida que el conjuro avanzaba, la estancia se fue vaciando de todo lo superfluo. Tan sólo quedó el resplandor tenue de las velas, el olor del incienso aún suspendido y la daga, convertida ya no en simple arma incautada, sino en puente.

Cuando el conjuro terminó de asentarse, el aire ante ella adquirió esa cualidad extraña, sutil e inconfundible propia de los ritos adivinatorios. Sintió una extraña corriente inexistente, la sensación de haber dejado abierta una ventana imposible. De que el mundo había abierto una rendija hacia los confines de un espacio que le estaba normalmente vedado a los mortales.

Contempló en silencio aquello que el poder divino le permitía alcanzar, con la espalda recta pese al cansancio y los dedos crispados sobre el borde de la mesa. No pronunció palabra. No apartó los ojos. Y cuanto vio u oyó al otro lado del sensor quedó encerrado únicamente en su expresión. Contempló diversos escenarios con gesto serio, atento, sin permitirse opinar ni flaquear.

Cuando al fin dejó caer el hechizo, las aguas del cuenco volvieron a ser agua, el aire volvió a ser aire, y la cámara recobró su humilde condición de cuarto de oración.

Gwenaëlle se llevó una mano al pecho, agarrando su collar de plata con fuerza. Dejó que sus dedos lo recorriesen, recordando mentalmente la forma del símbolo de Selûne. Este gesto la reconfortó.

No estaba espiando por capricho. Ni por morbo. Ni siquiera por mero celo protector. Lo hacía porque había aprendido, demasiado tarde y demasiadas veces, que los lugares de amparo atraían tanto a los necesitados como a quienes sabían aprovecharse de la misericordia ajena. El Santuario, en aquellos días, era muchas cosas a la vez: refugio, hospital, depósito de víveres, promesa, símbolo. Justamente por ello, también era vulnerable.

Y finalmente, pudo ver:​
La imagen se formó en su mente, ligeramente distorsionada, como si contemplase la escena a través de una lente empañada por la suciedad.

Reconoció al hombre del turbante en el interior de una habitación modesta de la Luz del Norte. Las paredes estaban desnudas; el mobiliario era escaso. La estancia apenas recibía la luz de una única vela, cuya llama proyectaba sombras largas sobre los muros. Sombras que, por momentos, parecían agitarse con voluntad propia.

El hombre estaba arrodillado, postrado ante un pequeño altar improvisado. No parecía haber mostrado verdadero interés por el Santuario. Su mente y su espíritu estaban volcados por completo en aquella plegaria silenciosa, dirigida a una mesa baja de madera que probablemente él mismo había dispuesto poco antes: telas oscuras, símbolos trazados con mano descuidada… y un medallón que, bajo la tenue luz de la vela, revelaba ahora aquello que antes había escapado tanto al cacheo de los guardias como a las propias manos de Gwenaëlle.

Una calavera envuelta en un sol negro llameante.


cyric-12.png

Odiaba desconfiar. Odiaba tener este tipo de presentimientos. Pero sus peores sospechas se habían confirmado.

Offtopic :
Repost de un relato interno, pero que ahora se puede hacer público para dar contexto a la continuidad de esta saga.
 
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