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Por amor al arte

Malaventura

Perro de Dan
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Un día cualquiera entre los Harrondel​


«Dicen las leyendas que tocar la Urdimbre es como tocar el cuerpo de la propia Mystra, casi algo sagrado, o por lo menos, cargado de simbolismo».
Cuando era pequeña, le preguntaba a mi padre que ocurría cuando los magos aprendían — ¿No molestamos a la diosa en nuestro aprendizaje?—. Recuerdo aquella conversación y ahora, ¡míralo!, viviendo una de sus peores pesadillas. «La diosa sentirá una pequeña caricia si lo haces bien, y un ligero cosquilleo si fallas en tu aprendizaje pero en cambio tu intención es buena».

Sonreí al recordar sus confortables palabras, sonreí con más ganas al ver su cara de sabueso humillado, con las gafas a punto de arrastrarse hasta la punta más puntiaguda de su nariz, y siendo zarandeado por la pista de baile tras la décima canción —madre no tenía piedad—, decidí que había llegado el momento de rescatarle. Me incorporé, y en ello estaba, la intención es lo que cuenta, ¿no es cierto?, volviendo a aposentar mis posaderas sobre el mullido relleno de aquella silla decorada con guirnaldas de flores mágicamente preservadas —que más bien parecía una tarta de tres pisos—. cuando ví la cara de aquel muchacho sonreirme y a punto de estirar el brazo en clara invitación al baile. Mi padre tendría que salir de allí por su cuenta y mientras, yo seguiría, ilusa y ciertamente ingenua, pensando que podría ser posible hacer reír a la diosa en mi aprendizaje. Quién sabe, quizá fuese cierto.


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Hacía dekhanas que no practicaba de forma seria, quien dice seria se refiere a los estudios abandonados de la Myrdon, o el propio aprendizaje en lo que se llama trabajo de campo junto al señor Bellamy, y aunque volvía a hundir mis ojos en los tomos que vestían las paredes de la biblioteca familiar de la familia Harrondel, —todos menos aquella sección custodiada y a la que todavía no tenía acceso, claramente—. Los misterios de la Dama seguían siendo misterios, y mi ropera comenzaba a despuntar una pátina un tanto peculiar por el desuso. Mientras tanto, ahondaba en otro tipo de misterios sobre plumas en ridículos sombrerillos, tafetanes con vuelo, pañuelos satinados y bailes y más bailes donde toda conversación danzaba entre el sastre de moda en la ciudad, los pastelillos de la nueva cocinera del duque no sé cuantos y los lances de miradas discretas e indiscretas que conllevaban un análisis minucioso sobre el tono, la forma, el atusamiento de bigote del caballero o si las había repetido una o dos veces, todo eso despertaba un monumental despliegue de rubores, cuchicheos y risas en las mesas que me rodeaban. Me sentía inquieta, incómoda, encerrada, como el tucán que había recibido una de mis primas como regalo de compromiso, entre cuatro paredes engalanadas, eso sí, con toda la pompa de los festejos maritorios de una extensa familia acomodada de la ciudad Balduriana. Tener doce primos puede ser una bendición o una maldición, y ahora, para mí, era indiscutiblemente lo segundo. Mi prima Raileen se había casado; evento que me hizo ausentarme de Amn, donde por cierto empezaba a labrarme mi futuro. En esa boda, mi primo Antoine conoció a Lulû y, como si no hubiese más tiempo en nuestra existencia, decidió casarse mes y medio después, y claro, ¿Para qué iba yo a viajar hasta Amn para volver de nuevo en poco tiempo? Estaban los preparativos, el sastre, los arreglos, —¿Para qué volver tan pronto? —la voz de madre repiqueteaba en mi cabeza—. El caso es que, entuerto, entuerto, en aquella boda, ninguno y yo llevaba un año fuera de donde quería estar. ¡Cuanto daría por ver aparecer a la Dama Havalen!, la podía imaginar abriendo la puerta con un pomposo vestido y su cigarro en la mano, dispuesta a recitar algunas tonadillas que sonrojarían a más de la mitad de mi familia, la otra en cambio, correría a hacerle la corte y yo me temo que sin éxito alguno.

—¡Ja! de nuevo Amn.

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La puerta se abrió de par en par para recibir a una mujer que, sin ser la Havalen, iba ataviada con un curioso sombrerillo rematado en una pluma de pavo real bastante deslucida y un violín con un cuervo grabado en su caja. Pese a ser ya una mujer madura, era hermosa, con esa belleza de quien mucho ha vivido. Se acercó con elegancia hacía el escenario y saludó a la orquesta, que había detenido su famosa sonata de “La Sirena del Mar de las Espadas —tema del archiconocido maestro bla, bla, bla, que nunca recuerdo— para consuelo de padre que volvía hacía la mesa, como el resto del público. Con gran rapidez el escenario quedó en penumbra, habían apagado las luces y tan solo los haces de algunas velas que la magia elevaba, iluminaban el rostro de aquella curiosa artista.

—Damas y caballeros, demos una calurosa bienvenida a nuestra afamada violinista de abreviado nombre: A, de la Casa de A —El director de orquesta aprovechó la presentación para acercarse hacía los músicos que se habían situado tras la mujer, en la casi total penumbra que ostentaba el fondo del escenario—.
—Ha sido una suerte que haya podido acompañarnos en este día tan especial.

La mujer deleitó al público con una escueta sonrisa y las finas notas del rasgar del violín como única presentación. La música llenó la sala e hizo acallar los corrillos y cotilleos murmurados en voces no tan bajas como sus propietarios pensaban. Se hizo el silencio y, por primera vez en dekhanas, me descubrí sin querer salir corriendo de la fiesta.


La Dama de la casa de A tocaba una triste balada, todo en ella era lúgubre, atrapante, con un aire funesto que poco a poco iba llevando a su audiencia a una miríada de recuerdos nostálgicos, mayormente tristes. La canción hablaba de difuntos «curioso tema elegido por la barda para amenizar una boda», pensé. Hablaba de nuestro trabajo olvidado hacía los ancestros, hacía aquellos a quienes tanto debemos y el papel que hemos olvidado. Cantaba sobre las tumbas, sobre las manos que en ellas deberían posarse, sobre los narcisos que ya no engalanaban los cementerios, sobre las odas y cantos que ya no se escuchaban frente a las lápidas de nuestros seres queridos. Tenía al público absorto, hechizado con sus notas, yo entre ellos y con muchas preguntas en mi cabeza. No fue extraño que cuando las puertas del salón se abrieron de par en par dejando colarse al viento sibilante que como un danzante apagó e hizo titilar las velas que nos alumbraban, todos diésemos un fuerte grito y nos incorporásemos de nuestros asientos como un resorte. Los vestidos y corsés no ayudaron demasiado a ello y para cuando pude levantarme y valorar la situación, el entuerto, ahora sí, ya estaba en funcionamiento. Al abrirse la puerta, no solo se había colado el viento, tal vez sí un danzante en sombra había aprovechado su furia para entrar sin ser visto ni oído burlando incluso las protecciones mágicas. Unas cuantas damas se encontraban al fondo del salón, otras ayudaban a aquellas que su trampa mortal de vestido las había dejado ancladas a la silla. Algunos hombres también corrían hacía el fondo del salón, algunos se escondían entre bambalinas y en el escenario, un corrillo de mujeres y hombres con las espadas y estoques desenfundados trataban de proteger a la barda que por lo visto y tras no ver ningún guante en el suelo, había sido condenada a un injusto duelo. Se defendía, vaya si se defendía, aquella barda parecía que más había usado el arma que el violín. Solté un chillido vergonzoso cuando ví que —y hablando de violín— el arco de este se transformaba en un elegante estoque; aquella maniobra nos distrajo a todos, sorprendiendo a su asaltante que no vio venir la estocada de la mujer. Cómo en los libros de capa y espada que había leído desde niña casi supe que aquello daría confianza a nuestra heroína y, que tal vez, eso le hiciese bajar la guardía. Por primera vez quería estar equivocada, pero como suele pasar, la razón me es fiel compañera.

La barda esbozó una sonrisa al grupo de espadachines que la rodeaba, dando ligeramente la espalda al atacante que con una rapidez que nunca había visto, insertó su estoque en el corazón de la barda. Me llevé la diestra al cinto buscando mi ropera sin éxito alguno, el lazo que adornaba mi cintura no había dejado lugar ni para una mísera daga, tampoco hizo falta.

Cayó al suelo sin gloria alguna, toda la gracia que pudo haber tenido aquella mujer se desparramaba por la moqueta del salón dorado tiñéndolo de magenta. La jornada había pasado de celebrar una boda, al preámbulo de un funeral inesperado.


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No recuerdo bien lo sucedido a continuación, mi madre me gritaba que cogiese a los pequeños y me los llevase de allí, padre sostenía al asesino de la barda con la ayuda de otro hombre que a su vez le quitaba la capucha con la que ocultaba su rostro. No sé si a la barda le quedaba un último aliento, o el rostro que vio al caer la capucha al suelo, le permitió entre estertores decir unas últimas palabras:

—Si por fin te hallo y nuestro encuentro es en la muerte, he cumplido el propósito de mis días. No hallaré fantasma con tu nombre, ni tumba, ni sepultura, no hallaré un cuerpo corrompido, ni tu alma entregada a la vileza de la no muerte. Si sigues siendo de carne y hueso, he cumplido mi cometido, y sea entonces este último soneto el que componga, ahora sí, mi última canción:

—Tanto mentar y burlar a la muerte que al fin me alcanza.
La última canción por fin ha sido escrita.
¡Qué desdicha y que apropiado!, dar fin al verso funesto en una boda. Sea.

Salía del salón de muerte en dirección a las habitaciones para poner a salvo a los niños, más curiosos estos que asustados; y preguntándome por qué aquel hombre que había asesinado a la barda lloraba cuando esta exhaló su último aliento, como si su corazón también hubiese sido desgarrado en el momento de lanzar la fatal estocada.

Con el paso de los días y la vuelta a los quehaceres diarios puedo decir que, si algo positivo tuvo aquella ceremonia fue el hecho de que ninguno de mis primos pensaba casarse pronto y yo, por fin, me preparo para volver a Amn, pues si algo he aprendido de todo esto es que la vida no se vive entre bambalinas y que, esta misma es tan breve y efímera como el descorrer de sus cortinas. Si algo he aprendido, es que no comprendo demasiado de la vida, mucho menos de la muerte, y poco del arte que maneja los hilos de ambas: Una vida, por amor al arte, bajo la senda de los misterios.
 

Malaventura

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Un día cualquiera en la vida de una Harrondel




Te adularan, te buscaran ofreciendo bagatelas, chucherías aderezadas con la mejor miel; como si fueses una abeja laboriosa a la que aplastar cuando seas demasiado molesta. Si lo haces, si te conviertes en una de las hojas destacables de la ciudad, vendrán a buscarte, querrán que seas su espada. Te ensuciaras las manos, las ropas y por descontado el alma.



—¿Pero acaso no estamos para proteger el arte y del mal arte? —Dejaba salir Jana sus pensamientos en voz alta interrumpiendo a su padre—.



—¿No pretendes ser una caballera, una guardiana?, o piensas que solo tienes el nombre ganado por ser una Harrondel.



—Valiente disparate, padre ¿no me conoces?, no me conoces en absoluto si pones en tu boca esa tontería.



—Caballera entonces, ¿protectora, custodio, guardiana?, el nombre no hace la causa, el ‘de qué, o para qué’, es la pregunta que debes hacerte, ¿de acuerdo? no importa cuantos te busquen, cuanto dinero y poder te ofrezcan, piensa siempre la causa, piensa quién lo pide y para qué lo pide. —Su padre apoyó una pierna en el marco de la ventana, dejando salir a la durmiente ciudad volutas del humo de su pipa, tan volátiles como el hilo que sostenía la entereza de su hija en aquel momento—. Eres noble Jana, tienes un buen corazón cargado del orgullo del principiante. Sigue tu instinto, tus pesquisas si prefieres llamarlo así, pues el destino y los misterios que tanto te gustan ya se encargaran de dificultar en exceso la elección. Se calculadora, valiente, orgullosa, sí, pero sé siempre un alma con corazón y en la medida de lo posible, sé un alma libre.



 
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Malaventura

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Asuntos de los Harrondel

Varios ciclos habían pasado desde que pisase tierras amnianas, cuan ilusa había sido al pensar que la muerte acallaría los deseos de vivir. Qué ingenua había sido al pensar que aquel funeral de muerte impediría que volviese de nuevo al lugar donde quería estar. Cierto es que ninguno de mis primos había vuelto a casarse, presenciar un asesinato en medio de una boda no es algo que se olvide fácilmente. No hallé respuestas al suceso y las pesquisas siguen como polillas revoloteando la luz de mis pensamientos nocturnos, por supuesto que todo intento por mi parte de esclarecer al menos quién había sido aquella artista que sucumbió con una última canción, era sepultado, interrumpido y entorpecido por los custodios de la extensa familia a la que pertenecía.

Todo aquel intento vano que apenas me entregó migajas de su existencia, no impidió que la vida se abriese paso y boda no habría por un tiempo —todavía me quedaban diez primos casaderos— pero en aquel período la familia Harrondel había crecido en número y yo me encontré asistiendo primero a un funeral, después a un nacimiento al que siguió un bautizo y de nuevo, cuando ya pensaba que tenía un pie subido a la carraca que me llevaría surcando la Costa de la espada con la vista en el mar del mismo nombre hasta mi destino, me encontré dando paso a la vida y es que ¿Acaso la Dama jugaba con los entresijos de mi existencia?, ¿acaso no era mayor burla a la muerte que traer la vida con mis propias manos? Burlaría cien duelos al alba, alzaría mi ropera con tal de no tener las manos ahora mismo ahondando en los pudores de Lulú, la ya mujer de mi primo Antoine ¿Qué sabía yo de traer niños al mundo? Otrora me habría vanagloriado de conocer, ¡Ah! El conocimiento, la retórica, la filosofía y el arte, eso sí eran envites en los que podía acomodarme y sin embargo eludía el que fuera, quizá uno de los mayores misterios.

Cogí aire pensando precisamente en la retórica y recité, como una plegaría a las artes dispuestas a acallar los gritos de Lulú, un poema que recordaba bien:

Así es, no volveremos a vagar
Tan tarde en la noche,
Aunque el corazón siga amando
Y la luna conserve el mismo brillo.

Pues la espada gasta su vaina,
Y el alma desgasta el pecho,
Y el corazón debe detenerse a respirar,
Y aún el amor debe descansar.

Aunque la noche fue hecha para amar,
Y demasiado pronto vuelven los días,
Aun así no volveremos a vagar
A la luz de la luna.

Camina bella 1



—¡Por todos los saberes de Oghma!, ¡Qué alguien la haga callar! —Una mezcla de lamentos, gritos de dolor y rabia llegó hasta mí. Alcé la cabeza del supuesto entuerto para mirar como me atravesaban los centelleantes ojos de Lulú. No me lo estaba poniendo nada fácil. Mi primo, Antoine, vio mis intenciones de abandonar a la parturienta allí mismo y empujando mi hombro con esa cercanía familiar que roza entre la autoridad y la imposición, cedí. Después de todo, quizá no fuese el poema adecuado o quizá simplemente debiera guardarlo para mí. Volví a meter las manos en el entuerto y tarareé la única nana que recordaba mientras el tiempo nos ponía a prueba y finalmente cuando el portador del alba alejaba los misterios nocturnos con sus primeros lances, la pequeña criatura decidió venir al mundo y con ella, media familia que por fin llegaba excusándose por la tardanza.

Me dejé caer en la hierba bañada de rocío, con el murmullo de voces a mi alrededor como si de un panal de abejas protegiendo la colmena se tratase, la duermevela había templado mis nervios y sonreí al escuchar a mi primo Antoine discutir con Lulú sobre el nombre de la criatura:

—Se llamará Jana, qué por algo la ha traído al mundo. —prorrumpió mientras cortaban el cordón umbilical de la criatura.
—No pienso llamar a mi hija Jana, es un nombre horrible y tu prima tiene demasiados pájaros en la cabeza ¡Por encima de mi cadáver!
—Artista tenías que ser, te gusta demasiado el drama, querida, ¡Mira! Ahí tumbada te queda poco para llegar a cadáver. — bromeó mi primo haciendo rabiar a su mujer.

Quejidos, lamentos y el arrullo del entendimiento aplacaron por fin a la pareja

—¿Qué te parece Juana?, tiene nombre de reina de otros tiempos y es como yo llamaba a Jana cuando éramos pequeños.

—Juana entonces.

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El viento otoñal traía otras voces a mi testa aquella mañana sobre la carraca, las gaviotas saludaban a los marineros que poco a poco iban alejándonos del puerto, y la letanía del clérigo de Valkur que prometía mar en calma y vientos favorables templaba los ánimos de aquellas mujeres y hombres con los que compartiría mis días hasta arribar y ya sí, en tierras Amnianas. No sabía que entuertos me depararía el futuro, que misterios pondría la dama en mi camino, lo que sí sabía es que por fin dejaba atrás la protección familiar y ni boda, ni bautizo ni funeral me harían volver a la residencia Harrondel sin haber perseguido mis sueños y obtenido por mis propios medios el acceso a los secretos que custodiaba. Una vida, por amor al arte.
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1 Fragmento de poema de Lord Byron: "Camina bella, como la noche".
 

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