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Por la mañana, su voz era aún más grave

Imperator Furiosa

Pasta dulce de Amanda
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"El amor es amistad en llamas"
Jeremy Taylor (1613-1667)

"El amor está compuesto por un alma habitando dos cuerpos"

Aristóteles (384 a.C.-322 a.C.)

"En la cabaña más pequeña hay un rincón para la pareja amante y feliz"
Friedrich Schiller (1759-1805)​
 

Imperator Furiosa

Pasta dulce de Amanda
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Al principio le pareció que las ramas del manzano, empujadas por el viento, se habían aventurado más de lo normal y arañaban los postigos de madera de la ventana. Apenas sí le dio importancia y siguió enfrascada en la lectura de una novela cuyo título y argumento probablemente no recordaría al cabo de un mes. Se había procurado un liviano entretenimiento para acompañar su cura espiritual, libros intrascendentes con los que llenar las horas que no ocupaba en escribir, disfrutar de la naturaleza que circundaba aquella recóndita cabaña en el Bosque de Hojardiente o, simplemente, entregarse a la vida contemplativa. También esperaba, pero templaba este deseo con la realidad de una ausencia.

Mucho tiempo atrás, nunca demasiado en serio, urbanita declarada, le había confesado su hartazgo de la vida en la gran ciudad. Él, nunca demasiado en broma, buscó hasta encontrar un modesto refugio abandonado en una zona boscosa de la frontera norte. Entre idas y venidas, las mismas que habían sido una constante en su historia conjunta de casi treinta años, él pudo substituir los tablones de madera podridos por unos sanos, arreglar la techumbre, colocar nuevas contraventanas, dar una mano de barniz a la fachada, construir una chimenea o cercar el terreno. Cada vez que ella desaparecía para poner orden en su desastrosa vida familiar, él plantaba nuevas semillas en el pequeño huerto. Cada vez que ella le privaba de su rostro y conversación porque se veía envuelta en reuniones de las que dependía no sólo el futuro de la voraz madre adoptiva Amn, sino también de Abeir-Toril, o, incluso, también es posible, de Manolín Puñifles, un chacinero de Amnagua, él llenaba ese hogar de objetos que pensaba le gustarían: un escritorio de roble macizo, una butaca de cuero, un manto de pieles, una vieja mecedora, un montón de novelas intrascendentes y, a poder ser, carentes de romanticismo. La única vez que él desapareció, nadie se había ocupado de la cabaña.

Un mes antes, por fin, le había hecho entrega de las llaves de la cabaña. Ella no se sorprendió pues, para aquel entonces, no sólo habían recorrido un largo camino juntos sino que habían aprendido a desandarlo para situarse justo en el punto en el que debieron encontrarse cuando no eran más que unos adolescentes. Recordaba haberle arrancado un beso furtivo, entre libros, seis años atrás, para inmediatamente después, pedirle tiempo para aprender a expresar su desbordante amor. Y él había esperado pacientemente. También recordaba, en un Verdor no tan lejano, que él había regresado a su vida, cuando ya lo daba por muerto, tras desterrar a un fantasma al que ella no se atrevía a hacer frente. Vio en sus ojos una determinación que le hizo comprender de inmediato que no estaba dispuesto a seguir esperando. Y como ambos habían sido adultos antes de tiempo, aquel Verdor trajo para ellos la ternura de una juventud contenida e inocente, con ella guardándose siempre el rebasar los límites.

En un arrebato tan romántico como estúpido, tan propio de él como impropio de ella, Talivia Ha'valen se había valido del Certamen de Primavera para convertir un poema a concurso en la confesión que llevaba debiéndole desde hacía tantos años. Porque si bien el amor de él había sido estable e incondicional, el de ella, a menudo, parecía construido a base de victorias pírricas y era cobarde y dubitativo. También había en ella algo de su antiguo celo por desafiar los convencionalismos. Nunca se había conformado con la posición de musa, ni buscaba congraciarse con ellas, prefería pintarlas con nuevos colores al paso de su pluma. Se preparó de tal modo que él y sólo él, rodeado de tanta gente, pudiera sentirse depositario de su confesión, rindiendo homenaje al disfraz de mancebo con el que se había dado a conocer a la compañía mercenaria de Los Bastardos Risueños. Un juego de palabras bastante simple transformó a Fermín Savant, pedante y arrogante, en Sernin Le Bête, torpe y bruto. Así se percibía también ella, pues había pasado de la arrogancia de su juventud a la incertidumbre de una madurez en la que la falibilidad era la única infalibilidad. Ella, que tan preocupada había estado por la forma siempre, compuso algo imperfecto y, en cierto modo, ridículo. No quería hablar con las voces de otros poetas, deseaba encontrar su propio lenguaje. No había querido quedarse en la dermis del amor, tan segura como repleta de insulsos lugares comunes, sino practicarse a sí misma una incisión en el pecho y arrancarse el corazón, aún caliente, aún vivo, para depositarlo entre sus manos y que hiciera con él lo que quisiera. Y eso sólo se podía lograr exponiéndose al escarnio, haciendo, una vez más, lo que jamás se hubiera esperado de ella. En ese preciso momento, consagrarse a lo inesperado significaba revelarse como una persona con sensibilidad romántica, medrosa e insegura. Y que todo el mundo lo viera. Y que alguien pudiera señalarla con el dedo. E, incluso, mofarse de ella.

Pero, en un lugar tan podrido como Amn, a un acto de amor le sigue un derramamiento de sangre. Y para cuando Talivia Ha'valen pudo darse cuenta, la Pelofuego había volado a Aguaclara y todo el mundo buscaba un puñal envenenado entre los asistentes. Aprovechó el momento de desconcierto para huir del caos y de su vergüenza y cabalgó noche y día hasta hallar refugio en la que ahora, sí, era su cabaña en el bosque de Hojardiente. Y así lo había estado esperando, como una joven esposa en la noche de bodas, temerosa y expectante, durante tres días. Pero él no había acudido a su llamada.

Así que apenas dio importancia a los golpes en la puerta hasta que aumentaron en intensidad y apremio. La guerra jamás llegaría a ese rincón alejado de la mano de los dioses. Plegó el libro y lo dejó sobre el diván, levantándose. Los tablones de madera crujían bajo el peso de sus pies descalzos y las ascuas de la chimenea caldeaban la estancia con su crepitar . A lo primero pensó, qué tontería, que aquel que llamaba a su puerta bien podría tratarse de un cazador extraviado, de un vendedor de créditos de la Banca Amniana o de un oso educado en etiqueta y protocolo. Pensó en cualquier cosa menos en él, a pesar de que sabía que era él.


Cuando abrió la puerta, los tonos anaranjados del atardecer bañaban su esbelta figura recortada en el umbral. Sulion Suravar se retiró la capucha pardusca de la cabeza, descubriendo su rostro de facciones pulidas y le dedicó una larga mirada acuosa, febril. La mirada más elocuente que nunca jamás nadie le había dirigido. Si en algún momento Talivia Ha'valen consideró que la palabra era necesaria, él se encargó de demostrarle justo lo contrario cuando, con un gruñido, tomó su estrecho rostro entre sus grandes manos, cubriéndoselo para dejar sólo al descubierto los labios, que selló con un beso torpe y urgente, todo dientes y devoción. La arrastró con el ímpetu de su deseo hacia el interior de la cabaña, que él mismo había vestido, para desnudar su amor.

No hubo demasiadas palabras aquella noche. No eran necesarias.
 
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Pasta dulce de Amanda
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Lo último que recogió del montón de ropa desperdigada por el suelo de tablones de madera fue la bota izquierda. Se había ajustado las calzas deprisa y corriendo, a saltos, y anudado la lazada del blusón de seda de cualquier manera. A pesar de que el año se encontraba ya en su ecuador y la luz temprana se filtraba por los postigos con la radiante confianza de finales de primavera, en aquella apartada altitud en la que se encontraba la cabaña todavía hacía frío.

Para calzarse, Talivia Ha'valen tomó asiento en la desvencijada mecedora frente al modesto catre en el que un bulto informe, enredado en una tosca manta de lana, se sacudía regularmente al ritmo de la profunda respiración del sueño. Durante unos instantes, alternó miradas entre las botas que todavía reposaban en su regazo y aquel bulto, sopesando qué hacer a continuación. Estiró su larga pierna derecha para posarla sobre el bulto. Con los largos dedos del pie, igualmente largo, y estrecho, se aferró a un extremo de la manta de lana. Y mientras, dulcemente, su cuerpo se entregaba al crujiente vaivén de la mecedora, su pie nervudo y estilizado como la garra de un ave de presa deslizó con una enervante lentitud la manta a través de los fuertes ángulos y sutiles curvas de aquel fardo que, al ser descubierto, se convirtió en piel, carne, huesos.

La madeja de cabellos ondulantes se enredaban en su todavía sudoroso cuello que se abría en una espalda amplia, bronceada; que se estrechaba en una cintura de danzarín; que se elevaba en el compacto promontorio de sus glúteos, allí dónde la piel, más privada que nunca, palidecía; que se sustentaba en la firmeza de sus piernas, cubiertas por un tímido vello rojizo. El periplo de la vieja manta de lana se detuvo a la altura de sus tobillos. Expuesta al frío de la cabaña, la piel desnuda de Sulion Suravar se erizó, arrancando de sus labios un par de gemidos somnolientos que no fueron suficiente como para sacarlo del trance.

Sentada en la mecedora, aún con el pie sobre la cama, sin calzar, Talivia Ha'valen se entregó al deleite contemplativo de aquel cuerpo masculino, en un sagrado silencio, sublimado por el incienso que era el humo del cigarro que ahora se consumía entre sus labios. Exhausto tras desbordar su amor contenido durante tres décadas, dormía plácidamente. Ni siquiera había llegado a denotar su ausencia cuando ella huyó de su abrazo, aún con su calor en el vientre.

A Sulion Suravar no le importaba dejar constancia de que se trataba de una persona sencilla, de pensamiento transparente y manos limpias. Jamás se le había vendido como lo que no era y, aunque había tardado años en apreciar ese tipo de honestidad, ahora no deseaba otra cosa en las personas. Había estado rodeada de aduladores toda su vida y, aún habiendo manifestado que sabía que lo eran, insistían en seguir faltando a su inteligencia. Él, sin embargo, con su sensibilidad reservada y franca, no siempre complaciente, había conseguido pulsar en más de una ocasión sus complicadas cuerdas emocionales. Quizás pecara de soberbia al afirmar saber lo que le pasaba a Sulion Suravar por la cabeza la noche en que rompieron la última barrera que mediaba entre ellos. Porque apenas habían hablado. Pero no habían dejado de mirarse a los ojos, derramando ambos a través de la mirada los últimos resquicios de un alma compartida que llevaba años filtrándose del uno al otro para recobrar su unidad. Así que Talivia Ha'valen podía intuir que para Sulion Suravar aquello suponía un culmen pero también el principio de todo lo demás.

Pero, ¿qué suponía para ella? Habían crecido juntos, como quién dice. Eran amigos que habían llegado al acuerdo tácito de mantener el amor carnal a distancia para no enturbiar la pureza de su afecto con pasiones arbitrarias. Quizás Talivia pensaba más así que él, a decir verdad. Sulion era naturaleza y permitía que las cosas fueran como tenían que ser. Talivia era arte y se preservaba de la voluptuosidad, colmando su amor en la perfección de las cosas que nunca llegaban a ser. Se había guardado de los falsos profetas del amor durante décadas y se llamaba a sí misma “santa entre las rameras”. No sentía una especial inclinación hacia lo material y, por eso, se burlaba de la zafiedad de los apetitos más primarios, estilizándolos grotescamente para asimilarlos como un divertimento intelectual. Para ella, echar un pulso tanto a lo moral como a lo vulgar, escandalizar a los mojigatos y alentar a los groseros a revolcarse en su propio estiércol suponía un acto trascendente, casi místico. Talivia Ha'valen aspiraba a ser pura luz, una estrella fugaz surcando los cielos en una eterna carcajada. Había sido tal el rechazo de Talivia hacia lo sensual durante tantos años que hubo una época en la que se autoimpuso percibir a Sulion Suravar casi como un hermano. Y, en verdad, en la delicada androginia de ambos cuerpos desnudos, rendidos sobre el jergón, lo parecían, pensamiento que ahora cobraba un matiz prohibido. Avergonzada por haber compartido esa intimidad con alguien a quién había visto crecer, Talivia apartó la mirada de Sulion y la llevó hacia la ventana, a través de cuyos postigos se filtraba la temprana luz de la mañana.

Que ambos hubieran acabado en Amn era puramente circunstancial. Podrían haber terminado en la otra punta de Faerûn, en Narfell, o en Los Páramos Sin Fin, pero siempre juntos. Ella venía huyendo de las consecuencias de una juventud rebelde, y él, empujado por su deseo de cobrarse venganza, había ido tras ella, maldiciendo el suelo por dónde pisara. Les había tomado su tiempo el comprenderse y respetarse mutuamente. Casi treinta años.

Él recordaba perfectamente la primera vez que la había visto, en la ya lejana Aguasfuertes, con apenas nueve años. Ella le sacaba media cabeza de altura y era una niña de oro recogiendo sus cabellos de oro para beber de una fuente herrumbrosa. Talivia, sin embargo, a duras penas conseguía diferenciar a un niño apocado, de orejas de soplillo, de tantos otros niños que ocupaban sus recuerdos. Él había vuelto a por esa niña, una década después, sacándole cabeza y media, convertido en un adolescente audaz y todavía imberbe. Ella, sin embargo, había preferido irse con Everuil de Siempreunidos, audaz, eternamente imberbe, pero con más de doscientos años de experiencia a sus espaldas. Él hubiera sido capaz de estrangular con sus propias manos a Everuil de Siempreunidos, su tío, después de haber jugado con los sentimientos de su venerada y esquiva Talivia. Ella, sin embargo, se había aprovechado de su devoción para, descreída del amor romántico antes de alcanzar la edad adulta, devolver el golpe a todo el género masculino, sin hacer distinciones, ni siquiera con él, sacrificándolo en el altar de su orgullo. Las víctimas inocentes abrían más rápido las puertas de los Nueve Infiernos y, por aquel entonces, Talivia Ha'valen creía que merecía su palco de honor allí. Quedaba constancia de que ella podía llegar a ser verdaderamente retorcida y de que él había demostrado la paciencia y amor suficientes como para ir desenredando una por una todas esas hebras.

No podían ser más diferentes. Con frecuencia, ella gustaba de bromear sobre cómo eran encarnaciones parlantes de un perro y un gato, respectivamente. No podían ser más diferentes y, a pesar de todo, de manera inconsciente, siempre había intuido que sus cuerpos encajaban el uno en el otro sin margen de error, como dos mitades buscándose a través del tiempo y del espacio, y que, al encontrarse, dejaban de ser Talivia Ha'valen y Sulion Suravar, mujer y hombre, para convertirse en un círculo eterno, hermético, perfecto.

Talivia Ha'valen había estado flirteando con la perfección del círculo durante los últimos años, deteniéndose siempre a tiempo para no mancillar su forma más virtuosa, la idea, consumiéndose en esa contención, ardiendo lenta y secretamente. Y ahora que, contemplando el sueño de Sulion Suravar, sabía que las dos mitades habían recuperado su naturaleza única, ¿qué les quedaba? Para él, probablemente, suponía el comienzo de todo lo demás. Pero, para ella, siempre forzando los límites, aunque sin atreverse a rebasarlos ¿qué suponía fundirse en su otra mitad?

Sulion Suravar comenzó a revolverse, intranquilo. Adelantando el delgado brazo derecho sobre la almohada, su hombro voló hacia el vacío que ella había dejado en la cama. Lentamente, todavía en sueños, rodó hacia su ausencia, activando todos los músculos de su cuerpo, anticipando el crespo matorral que velaba su gloriosa masculinidad.

Alertada, ella aplastó el cigarro contra el reposabrazos. La mecedora dejó de crujir. Se puso en pie. Abandonó la cabaña.

Siempre cerraba sus relatos con una huida.
 
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Imperator Furiosa

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Sulion Suravar protestó con un murmullo cuando la traviesa luz del día alcanzó su rostro durmiente. Volvió a protestar cuando supo que aquella no se apartaría, y se revolvió sobre su costado, liberando un resoplido casi placentero cuando sintió que su cuerpo se erizaba, besado por el frío. Con su abrazo buscó el calor en el que se había acogido la noche anterior, sólo para estrechar la intangibilidad de un espectro breve. Entonces, Sulion Suravar abrió los ojos y se supo desnudo y solo, como hacía veintiocho años.

Pero, veintiocho años atrás, sintió una comezón en su vientre que, con el tiempo, identificaría como la tímida mordida del rencor. Ahora, veintiocho años después, la agradable templanza que hubiese compartido Talivia Ha’valen con él trepaba desde ese mismo vientre, hasta atravesar su pecho y colmar todos sus sentidos. Y supo que aquello era amor. El mismo amor que había sido negado, reprimido, contenido, madurado, confesado y, al fin, en una noche, liberado.

Se sorprendió a sí mismo trazando con un largo índice la silueta, allí donde se podía intuir el peso que hubieran imprimido las exiguas curvas de aquella mujer sobre el lecho, donde la sábana todavía conservaba su calor y su aroma a madera. Demoró el rostro allí, empapándose de la esencia que Talivia Ha’valen había dejado atrás, junto a él.

Pronto la vergüenza, esa tierna vergüenza, despertó a Sulion Suravar de su ensueño y evidenció su soledad. Sin rastro de Talivia Ha’valen, todavía podía sentirla rodeando su cuerpo, brotando de él, como un fantasma que permanece tras haber sido arrancada la mitad de un todo. Buscó cubrirse con la manta para proteger del mundo aquella extraña sensación, y se dejó arrastrar por el arrullo de un regato cercano. Había una parte suya del todo inoportuna, que le hacía dudar cuando todos sus sentidos señalaban lo contrario. Sintiéndola todavía con él, no había rastro de Talivia Ha’valen en aquella cabaña que él mismo, con infinito amor y paciencia, había vestido para ella.

Veintiocho años atrás, traicionado, se rindió. Ahora, veintiocho años después, amado, abrió la puerta y salió al exterior, arriesgándose a que la cruel realidad abriera una brecha fatal en aquel remanso de paz.

El Bosque de Hojardiente lo recibió con una fría bofetada de aire en el rostro, abriendo sus pulmones con la fuerza ingobernable de una naturaleza salvaje. Desde lo alto de la colina que dominaba un paisaje pintado en los verdes profundos de los tejos y los fresnos, el primer impulso de Sulion Suravar fue gritar su nombre. Sin embargo, de inmediato fue consciente de lo sacrílego de ese acto. Su voz y su amor suponían un elemento extraño e insignificante en el imperturbable devenir de una arboleda milenaria. ¿Quién iba a contestarle? ¿El zorzal? ¿El ruiseñor? ¿Le devolvería el arroyo su lamento transformado en un eco cristalino? ¿O acaso ella habría estado mansamente dispuesta a acudir a su llamada? Bien sabía que no. Talivia Ha'valen era contundente con sus estados de ánimo y rara vez se hacía de rogar. Si no quería ser encontrada, pondría todo de su parte para que así fuera.

Oteó en lontananza, protegiéndose con la mano de los rayos de sol que nacían en oriente. No divisó ninguna aparición de largos cabellos del color del trigo deslizándose colina abajo. Con la mirada, la buscó en el aire de la mañana, la buscó en el agua del regato e incluso la buscó en los restos de un fuego que ella había prendido dos días atrás, para quemar unos rastrojos. Pero le costó algo más darse cuenta de que Talivia también podía manifestarse en la tierra.

Se acuclilló ante un retazo de hierba tímidamente aplastada por la silueta de un pie largo y estrecho. Parecía la impronta liviana de una ninfa a la huida. Esbozó una sonrisa sutil al imaginarse las gotas de rocío colarse entre los huecos de sus dedos desnudos. Empapó su propia mano en el rocío que ella había pisado y mojó sus labios en él, sin dejar de sonreír. Las huellas rodeaban la cabaña. El cazador encantado no tuvo más que seguir el rastro. Detrás del cobertizo se encontró una solitaria bota marrón a la que no hizo mucho caso porque los cuentos de hadas se le antojaban mediocres en comparación con la sublime grandeza de las montañas que lo circundaban.

La estela de su aroma invadía discretamente el húmedo verdor del rocío con unos ahumados acordes amaderados que insinuaban artificio e introspección. También percibió un residuo animal, almizclado, la magistral fórmula alquímica que emanaba de dos cuerpos entrelazados. Todo esto pudo oler Sulion Suravar en la mañana y fue lo que finalmente evidenció su presencia. La segunda bota se la encontró en el jardín trasero, sobre la tapia que él mismo había levantado piedra por piedra. Un caracol reptaba por ella, empecinado en alcanzar el dobladillo de la caña antes de que pasaran otros treinta años más.

Inclinada sobre unos bulbos de tulipán que él había plantado para ella en otoño, vestía nada más que las calzas y un blusón holgado que, al trasluz, dibujaba la vivaz silueta de sus pequeños senos, meciéndose sobre las flores como cervatillos. Se había recogido el abundante cabello en una pañoleta raída que enmarcaba su aristocrático rostro triangular y hundía sus pies desnudos en la tierra fresca, removiéndola con los dedos con una despreocupación casi infantil. También se había retirado los guantes de cuero. Con la mano derecha acariciaba, ensimismada, el tallo de uno de los tulipanes, coronado por un tierno capullo rojo que aún no quería abrirse. Él nunca la había visto mostrar especial interés por el cuidado de las plantas, y, a decir verdad, por nada que fuera mundano, terrenal, pequeño, frágil o simple. Se había llevado a la boca el pulgar izquierdo, del que roía un pellejito con auténtica devoción. Era muy difícil sorprenderla en un renuncio como ese. Sulion Suravar formaba parte del peculiar grupo de privilegiados que había podido observar en alguna ocasión, siempre de refilón, sus uñas feamente mordisqueadas. Talivia Ha'valen había aprendido a disfrazar una vulgar compulsión con cuero y tabaco. Se avergonzaba de que las inseguridades y debilidades que había conseguido domeñar en casi medio siglo de vida se le escaparan por las traidoras yemas de los dedos.

Tardó algo en percatarse de la presencia de él. O tal vez, simplemente, se demoró en el silencio para que él pudiera contemplarla como era en realidad, una persona a medio hacer, normal y corriente, como tantas otras, que sólo se completaba a través de la mirada de los demás.

Acabó por volver el rostro, salpicado por el barro, con la críptica serenidad de un gato, peleándose aún con el pellejo entre los dientes. De rodillas, anclada en la tierra húmeda, Talivia era tangible, era real. Su espíritu, encerrado en carne, pesaba como pesa la niebla al amanecer.

— Sigo aquí, estúpido.—le dijo, alzando las cejas — ¿Creéis que enrollaros en la manta os va a ahorrar ese resfriado?

Por la mañana, su voz era aún más grave. Ahora ya lo sabía.

Y ella le dedicó una sonrisa que inundó el modesto jardín en una luz dorada. Y, por un momento, fue un ángel, la chiquilla celestial de su memoria, bebiendo agua a orillas del Eternauro.


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Créditos a Star Lorz por dejarme tocar sus partes, que no son pocas, en este relato. Una vez más, gracias por ser mi muso de limón, mi marrón glacé inmanente y mi frixuelo trascendente.
 
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Mac_n_Cheese

Apilador de Muros de Fuego
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1- Pos fale.
2- Bien rechido
3- Chidoso
4- Altamente chido.

Apreciaciones dadas ya, me paso para decir que me gustó el relato, que debería prodigarse más en la prosa, que ole sus narices y que viva usted. Como no puedo ser una persona normal y corriente, le dejo algo bien bonito.

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abisail

Restos de un PJ de Aharadad
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Le que le tenía que decir se lo dije en privado, lo cual no quita para que aquí ante usted y todos me quite el cráneo.
 

Thrall

Otro Cantoscuro
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abisail":1u5c4vks dijo:
Le que le tenía que decir se lo dije en privado, lo cual no quita para que aquí ante usted y todos me quite el cráneo.

ídem! :D
 

Finnereg

Discípulo comegemas
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Me los he vuelto a releer todos seguidos, me encanta como escribes y lo que trasmites haciéndolo. Sigue y no pares de hacerlo nunca. Y compártelos con los seres mundanos como yo, que vivimos a través de las historias. Mil gracias.
 

Star Lorz

Bebedor de Galdrims
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Muchas, muchísimas gracias a ti por haber dado la forma ideal al caldo primigenio de esta historia. Leerla, por partes o del tirón, es una gozada para todos los sentidos. Y con esa banda sonora, todavía más.

Y no es necesario que agradezcas nada a este frixuelo trascendente: siempre es un placer poder seguir todo el proceso, ver como haces fácil lo difícil.

Una vez más...

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Imperator Furiosa

Pasta dulce de Amanda
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Muchas gracias a todos por deteneros a leer esta historia porque no teníais ninguna obligación ni de hacerlo ni de comentar y, lo más importante, porque seguiré sin haceros un descuento en mi trabajo. Así de asquerosa soy yo.

Y ahora es tiempo para las respuestas personalizadas. 'Cause reading is fundamental.


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Mac_n_Cheese":1mhire29 dijo:

¿Un rojo cualquiera de Clinique? Por el amor de un pato, actualícese, Mac n Cheese. Los labios, siempre con Lolita II de KVD.

abisail":1mhire29 dijo:
Le que le tenía que decir se lo dije en privado, lo cual no quita para que aquí ante usted y todos me quite el cráneo.

Es usted como una Matrioska, Abisail.

Thrall":1mhire29 dijo:

E pluribus anus. Para que luego digan que el latín es una lengua muerta, Thrall.

Finnereg":1mhire29 dijo:
Me los he vuelto a releer todos seguidos, me encanta como escribes y lo que trasmites haciéndolo. Sigue y no pares de hacerlo nunca. Y compártelos con los seres mundanos como yo, que vivimos a través de las historias. Mil gracias.

Lo he intentado, pero no me sale. No puedo ser mala con unas palabras tan bonitas. Cien mil gracias a ti, Finnereg.


Star Lorz":1mhire29 dijo:
Y no es necesario que agradezcas nada a este frixuelo trascendente: siempre es un placer poder seguir todo el proceso, ver como haces fácil lo difícil.

No sé si este frixuelo es trascendente o, simplemente, una puta mierda, Star Lorz. Aún así, gracias por el esfuerzo. O no. El esfuerzo está sobrevalorado.
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Tragic girl

</c> de Minikanyas
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Como siempre me dejas sin palabras y con mucha envidia de toda esa sabiduría que gozas :) con ganas de volver y verle la carita a esa parejita xD.
Me ha encantado jefa :wink:
 

Eyla

Receta de Noctis
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Menos mal que las amistades de una compensan mi poca soltura en este foro y mi predisposición genética a no dar con contenido interesante. Chapeau, madame.
 

Imperator Furiosa

Pasta dulce de Amanda
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Menos mal que las amistades de una compensan mi poca soltura en este foro y mi predisposición genética a no dar con contenido interesante. Chapeau, madame.
¡Ay, los posts nigrománticos! Muchas gracias ☺️

Se ha ganado usted una foto sexy de un maduro Toshiro Mifune.

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KAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAANPAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAI!!!​
 
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