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Imperator Furiosa

Pasta dulce de Amanda
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I​
En algún momento indeterminado, en un lapso de cuatro años, Evereska.​
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La pareja de guardias, un hombre y una mujer del Pueblo de los Elfos Lunares, se cuadró a sendos lados de la puerta ojival de madera ricamente ornamentada con motivos vegetales. Escoltando la entrada, majestuosamente hieráticos, sus elegantes cuerpos parecían fundirse con el mármol de la pared como si de dos estatuas de alguno de los Antiguos Imperios se tratasen.​

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—Etrielle Arabi'tlarn os aguarda en sus aposentos—anunció con voz cristalina la mujer guardia.

“¿Quién?”, estuvo a punto de preguntar en voz alta Talivia Ha’valen, hasta que cayó en la cuenta de que la persona a quién acudía a visitar había decidido cambiar de nombre tiempo atrás. Ellos no parecieron percatarse de su momentáneo desconcierto, manteniendo la mirada al frente como las criaturas entrenadas en una disciplina milenaria que en realidad eran. Tampoco se inmutaron cuando Talivia Ha’valen se aprovechó del reflejo argénteo de uno de los escudos que portaban para realizar una última comprobación de su aspecto antes de ingresar por la puerta. Había escogido para la ocasión una sencilla túnica plisada de seda verde que ceñía a la cintura con un fajín brocado y recogía su cabello, de naturaleza ingobernable, en múltiples trenzas de las que pendían pequeñas argollas en forma de hojas. Despojada de cualquier rasgo de humanidad, la que venía a configurar casi la mitad de su identidad, no se reconocía en ese espejo distorsionado. Pero tampoco deseaba llamar la atención más de lo necesario en Evereska.

Una agradable brisa serpenteaba libremente por la única estancia que componía la vivienda, excavada en mármol blanco. Era un espacio amplio y diáfano que se abría directamente a la ciudad a través de una gran terraza desde la que se podía contemplar la colina conocida como Cerro de la Campana, sembrada de Hojazules y, a sus pies, un estanque. Con unas panorámicas como aquellas hubiera resultado de mal gusto vestir las paredes con imitaciones de la naturaleza que generosamente se entregaba en Evereska o desviar la atención de los límpidos cielos azules a lujosos y pretenciosos muebles cuyo único propósito fuera el de gritar lo mucho que habían costado. Había un diván bajo en el que reposar, una mesa baja en la que escribir y comer, tres biombos con los que ganar un poco de intimidad y mucha estantería para albergar libros. Talivia Ha’valen sabía que la sociedad élfica tejía sus tradiciones con un hilo mucho más sutil que el de la más sofisticada de las culturas humanas.

De espaldas a ella, asomada al espectáculo que ofrecía la ciudad, una figura femenina aguardaba en pie. Talivia se aproximó en un silencio únicamente roto por el tintineo de los adornos de sus trenzas. Por el trayecto hubo de esquivar algún que otro montón de libros apilados en el suelo. De altura y complexión similares a las suyas, la mujer vestía un amplio blusón blanco metido por unas ceñidas y desgastadas calzas de cuero marrón y mantenía a raya las ondas de sus cabellos dorados en una trenza deshecha. Su atuendo no era lo que cabría esperar de una noble habitante de la más pura de entre las ciudades élficas de Faerûn y, sin embargo, su porte concentraba toda la dignidad del Pueblo Gentil. Emanaba de ella un discreto aroma a tierra mojada y, probablemente, a sangre reseca. Lo más seguro es que ni siquiera hubiera tenido tiempo de asearse.

La mujer se volvió lentamente hacia ella. Cuando las miradas de ambas por fin pudieron cruzarse, Talivia Ha’valen sintió que todo el plano había girado bajo sus pies y que ella, con su túnica verde, era en realidad su propia madre observando a su díscola hija, ataviada como un vulgar mercenario humano.

Habían pasado casi treinta años desde la última vez que se habían visto y el paso del tiempo, más intransigente con unos que con otros, las había colocado a ambas en el mismo hito del camino. Amonia Arabi’tlarn había dejado atrás a una niña y Talivia Ha’valen acababa de recuperar a una madre tal y como la recordaba en su memoria.

—Acababa de regresar de una expedición en Bosque Alto cuando me han anunciado la noticia de tu llegada, ni siquiera he podido acudir a los baños a asearme— se disculpó Amonia en el más exquisito de los idiomas élficos, no sabiendo muy bien cómo romper un silencio de treinta años.

—No os disculpéis, no es necesar…— Talivia sacudió la cabeza, igual de desconcertada. —De todos modos, me han retenido en La Posada a Mitad del Camino durante cuatro decanas y media. He tenido que gestionar los permisos de entrada, enviar formularios por triplicado y…— ni Evereska se libraba de la peor de las plagas conocidas, la burocracia, pensó Talivia. —…y parece que las sorpresas están reñidas con nuestra prosaica vida real ¿hm? Vos fuera de la ciudad y yo peleando con los Ancianos de la Colina. Estas cosas sólo funcionan en las novelas, que ya vendrá la realidad a burlar nuestros perfectos y medidos sueños— Talivia esbozó una sonrisa melancólica.

—Pero, después de todo, nos las hemos arreglado para encontrarnos en mitad de todos estos pequeños infortunios — sonrió ella también —. Normalmente esta clase de gestiones son más rápidas, pero estamos desbordados por los refugiados de Myth Drannor.​

—He percibido bastante crispación en ellos.

—No es fácil adaptarse al ambiente de reclusión de Evereska — respondió Amonia con tacto, mientras contemplaba a su hija medioelfa. Se frotó el mentón, manchado por el barro. — ¿Has encontrado... muchas trabas para entrar…?

Talivia se permitió entonces dejar aflorar en su rostro toda la socarronería que había mantenido controlada desde que cruzara las murallas subterráneas del Hogar Fortificado, acompañada por guardias, levantando la comisura derecha de sus finos labios con una encantadora arrogancia. Tomó entre sus dedos la discreta insignia que se había prendido en la túnica para que Amonia reparara en ella.​

—No todas las que podrían haber sido— se jactó Talivia.

—Hm— asintió lentamente Amonia, comprendiendo al instante no sólo en qué se había convertido su hija sino también en la necesidad de enviar al Noveno Círculo del Infierno cualquier conato de conversación intrascendental para abrazarla fuertemente.

—Aquí es cuando ella le pide a él que deje de hablar y la bese de una maldita vez—murmuró Talivia enterrada en los brazos de su madre, con el cuerpo, tan poco inclinado al contacto físico, todavía tenso.

—Pero esta no es una historia de amor ¿verdad?—replicó Amonia con un retruécano tan propio de la propia Talivia que por un momento le pareció estar hablando consigo misma. No recordaba a su madre tan irónica. O, quizás, simplemente, como tantas otras hijas, siempre le había negado el derecho a serlo.

— No la que los demás esperan, al menos— su voz, ronca por rebeldía, terminó por resquebrajarse. Bajo las capas de tierra mojada, sangre reseca, años y resentimiento, acababa de recordar el aroma de la piel de su madre.
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