Kronos
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La barbarie es el estado natural de la humanidad […] La civilización, en cambio, es artificial, es un capricho de las circunstancias. La barbarie triunfará siempre al final.
— Robert E. Howard, Más allá del Río Negro
Con la caída de las Brumas llega la primavera. Y esta está siendo una primavera inusualmente cálida y tormentosa. Un calor sofocante que trae consigo historias que hablan de mares que se tragan las costas, huracanes que arrancan la carne de los huesos, fuegos salvajes que devoran los bosques con hambre viva y temblores que parten la piedra como si la tierra misma rugiera de puro odio. Estos tormentos nacen de una fuente antigua y despiadada, conocida por los sabios como el Mal Elemental.
Una sombra terrible que cobra fuerzas en la oscuridad, reptando por los bordes de la civilización. Cuatro adláteres implacables y aquellos locos que los siguen convergen ahora como buitres sobre los rincones más salvajes de Amn, atraídos por un magnetismo oscuro que apenas logran comprender. Hurgando en ruinas, buscando saberes prohibidos y arcanos heréticos. Estos fanáticos buscan someter la furia incontrolable de los elementos y desatar un apocalipsis primordial sobre una civilización debilitada por el comercio y la pereza.
Mientras tanto, pudriéndose bajo su propia decadencia, en Athkatla y Murann la discordia y la paranoia echan raíces. Extranjeros de rostros sombríos y miradas febriles acechan en las tabernas y callejones, susurrando profecías sangrientas sobre cómo, muy pronto, el caos traerá todo a su fin. Desesperados y codiciosos, una marea de mercenarios, ladrones y espadas a sueldo procedentes de todas las tierras —y algunas realmente lejanas—se lanzan hacia estas regiones salvajes, buscando hacer fortuna en expediciones casi suicidas patrocinadas por nobles mercaderes que se niegan a aceptar el colapso de sus enormes fuentes comerciales.
Más allá de las altas murallas, en la profundidad de la espesura, los druidas y los espíritus primigenios tiemblan ante una verdad innegable. El Caos Elemental está a las puertas, oculto a los ojos de los necios señores del comercio. Los cuatro dogmas de la devastación —la Llama Eterna, la Ola Aplastante, la Tierra Negra y el Odio Aullante— han despertado. Y no detendrán su marcha hasta invocar a sus terribles Príncipes y desgarrar los cimientos mismos de este mundo.
Una sombra terrible que cobra fuerzas en la oscuridad, reptando por los bordes de la civilización. Cuatro adláteres implacables y aquellos locos que los siguen convergen ahora como buitres sobre los rincones más salvajes de Amn, atraídos por un magnetismo oscuro que apenas logran comprender. Hurgando en ruinas, buscando saberes prohibidos y arcanos heréticos. Estos fanáticos buscan someter la furia incontrolable de los elementos y desatar un apocalipsis primordial sobre una civilización debilitada por el comercio y la pereza.
Mientras tanto, pudriéndose bajo su propia decadencia, en Athkatla y Murann la discordia y la paranoia echan raíces. Extranjeros de rostros sombríos y miradas febriles acechan en las tabernas y callejones, susurrando profecías sangrientas sobre cómo, muy pronto, el caos traerá todo a su fin. Desesperados y codiciosos, una marea de mercenarios, ladrones y espadas a sueldo procedentes de todas las tierras —y algunas realmente lejanas—se lanzan hacia estas regiones salvajes, buscando hacer fortuna en expediciones casi suicidas patrocinadas por nobles mercaderes que se niegan a aceptar el colapso de sus enormes fuentes comerciales.
Más allá de las altas murallas, en la profundidad de la espesura, los druidas y los espíritus primigenios tiemblan ante una verdad innegable. El Caos Elemental está a las puertas, oculto a los ojos de los necios señores del comercio. Los cuatro dogmas de la devastación —la Llama Eterna, la Ola Aplastante, la Tierra Negra y el Odio Aullante— han despertado. Y no detendrán su marcha hasta invocar a sus terribles Príncipes y desgarrar los cimientos mismos de este mundo.
«La luz debe extinguirse, la perfección decaer, el orden disolverse y las mentes fragmentarse.»— Una inscripción que data de la Guerra de la Creación, en una de las pirámides negras de Tharizdun.