nadril
Orco del Desolado
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- 1/11/08
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Redención
Hace algún tiempo, durante el asentamiento del Nodo en la Aldea del Oso Azul, las noticias de mis acciones no debieron pasar desapercibidas para algunos. Sin yo saberlo era objeto de un constante seguimiento y, al parecer, alguien se había percatado de mi continuo buen hacer y que los errores del pasado eran eso, errores graves cometidos por una mente joven.
Un emisario, un mensaje, un destino.
En el mercada de Minsor fui informado del requerimiento de mi presencia a no más tardar ante el Consejo de los 6, en la sala de audiencias.
Evidentemente era toda una sorpresa, tan inesperada como extraña. ¿Qué querrían de mi en esta ocasión? ¿A qué aciago destino habría de enfrentarme ahora? Mientras estas y otras muchas preguntas tomaban forma en mi mente el emisario me hizo entrega de un pergamino lacrado, probablemente el salvoconducto que habría de abrirme las puertas, una vez más, de la ciudad.
A toda prisa preparé a Nephirae, pues sólo se me concedía media dekhana para presentarme ante el Consejo y el viaje hasta la Ciudad de la Moneda se antojaba largo y peligroso. A todo galope fuimos recorriendo el camino el largo camino, pasando control tras control gracias al salvoconducto, llegando finalmente hasta nuestro destino sanos y salvos. A las puertas de la ciudad me aguardaba mi viejo amigo Aldaris. Él fue el encargado de escoltarme por las calles durante un camino que resultó más apacible de lo que esperaba, aunque mis temores no dejaban de agobiarme durante el tránsito, mirando tras cada esquina, esperando allí algún pelotón de la Guardia o un regimiento de Encapuchados dispuesto a otorgarme un rápido final. Sin embargo nada de ello ocurrió, llegamos hasta la sala del Consejo sin mayor dilación donde, para mi sorpresa, aguardaban numerosos miembros de la Orden así como de la Guardia. Todos ellos dispuestos a ejercer de testigos para aquello que me aguardase.
Al frente de todos, presidiendo la sesión, Lady Bylanna, Sir Preston y Lady Rosamoon, todos ellos portando sus mejores galas para la reunión. Curiosamente el gesto de los miembros de la Guardia denotaba cierto desagrado ante el evento, mientras que los Ordenados se mantenían con un gesto neutro y sereno.
Tras las presentaciones y formalismos de rigor tuvo lugar el pertinente juramento inquebrantable de pronunciar únicamente la verdad tras los muros de la sala de audiencias. Y así habría de ser, pues nada que no se supiera ya tendría sentido pronunciar.
Por lo visto tan inusitada reunión se producía al amparo de la petición personal de Lord Preston y Lady Rosamoon quiénes, en virtud de lo acontecido en los últimos meses, se mostraban partidarios de “concederme” una oportunidad de redención frente a los habitantes de Athkatla, y de Amn, entendiendo que todos, tanto presentes como ausente, han cometido errores más o menos graves en cualquier momento de su existencia. Por tanto se me ofrecía la posibilidad de explicar, una vez más, y con todo lujo de detalles, tanto lo ocurrido en los días oscuros como las motivaciones que llevaron a ello.
De buen grado accedí a contar la verdad, mostrando ante todo, mi pesar por aquellos que perdieron la vida durante el suceso, pues no era ése el objetivo perseguido. Tras sufrir injusto cautiverio, y torturas que incluyeron la amputación de uno de mis brazos, en el Sanatorio, a manos de los encapuchados, brazo sanado posteriormente por los habitantes del pueblo gentil, no podía permanecer impasible ante el aciago destino que aguardaba a otro de los míos, por lo que...pensé en crear una distracción, un ardid que mantuviera alejados a los encapuchados del citado Sanatorio. Con tal ánimo, pensé que, transformando temporalmente, por medio de una ilusión, a los habitantes de la ciudad, ganaría el tiempo suficiente para sacarlo de allí. Jamás pensé que acabaría en una matanza de la guardia hacia sus compatriotas. Sé que estuvo mal... pero el dolor recién sufrido era superior a cualquier concepción del bien o el mal. No podía soportar tal injusta tortura para....mi hermano...o para nadie.
Lord Preston no pudo evitar mostrar su disconformidad con todo lo sucedido, revelando que en un primer momento era partidario de mi ejecución en el cumplimiento riguroso de la ley. Sin embargo entendía que el tiempo cambia a la gente por lo que...
En esos instantes Lady Bylanna tomó la palabra para seguir el discurso iniciado por Lord Preston, comunicándome la decisión de otorgarme una gracia, la oportunidad de redimir los pecados e injusticias cometidas.
Por lo tanto, podré acudir a Athkatla, siempre que sea para ayudar...siempre que busque con mis acciones...ayudar al prójimo desinteresadamente. También se me conminó a ayudar, tanto en el Hospicio y la Escuela, como en el Templo de Ilmater y la gente que sufre en la ciudad. A colaborar con la verdad, siempre. Con la guardia y los miembros de la Orden. Y a no volver a ocultar mi rostro, ni mágica ni materialmente...una vez traspase los limites de Athkatla, mostrándome siempre como Nadril de Theroaster.
Como era requerido, me giré hacia los presentes e hice el oportuno juramento sobre lo acordado. Concretamente dirigí mi mirada hacia Aldaris, mi viejo amigo, y ante él primero y los demás miembros de la Orden después juré cumplir con aquello que se otorgaba de buen grado.
Evidentemente, y sin faltar a su habitual hacer, la Guardia, encabezada por el degradado sargento Markus, presentó cuantas quejas y pataletas estuvieron guardándose en su viperina lengua, todas ellas cortadas de un solo golpe por la Magistrada, quien despidió a todos los presentes, haciéndome aguardar hasta el final para darme algunos consejos a solas.
Finalmente partí de la Ciudad, una vez más, pero ésta con la intención voluntaria de no volver a pisarla salvo por necesidad o requerimiento, con el propósito firme de no traicionar la confianza depositada en mi.
Hace algún tiempo, durante el asentamiento del Nodo en la Aldea del Oso Azul, las noticias de mis acciones no debieron pasar desapercibidas para algunos. Sin yo saberlo era objeto de un constante seguimiento y, al parecer, alguien se había percatado de mi continuo buen hacer y que los errores del pasado eran eso, errores graves cometidos por una mente joven.
Un emisario, un mensaje, un destino.
En el mercada de Minsor fui informado del requerimiento de mi presencia a no más tardar ante el Consejo de los 6, en la sala de audiencias.
Evidentemente era toda una sorpresa, tan inesperada como extraña. ¿Qué querrían de mi en esta ocasión? ¿A qué aciago destino habría de enfrentarme ahora? Mientras estas y otras muchas preguntas tomaban forma en mi mente el emisario me hizo entrega de un pergamino lacrado, probablemente el salvoconducto que habría de abrirme las puertas, una vez más, de la ciudad.
A toda prisa preparé a Nephirae, pues sólo se me concedía media dekhana para presentarme ante el Consejo y el viaje hasta la Ciudad de la Moneda se antojaba largo y peligroso. A todo galope fuimos recorriendo el camino el largo camino, pasando control tras control gracias al salvoconducto, llegando finalmente hasta nuestro destino sanos y salvos. A las puertas de la ciudad me aguardaba mi viejo amigo Aldaris. Él fue el encargado de escoltarme por las calles durante un camino que resultó más apacible de lo que esperaba, aunque mis temores no dejaban de agobiarme durante el tránsito, mirando tras cada esquina, esperando allí algún pelotón de la Guardia o un regimiento de Encapuchados dispuesto a otorgarme un rápido final. Sin embargo nada de ello ocurrió, llegamos hasta la sala del Consejo sin mayor dilación donde, para mi sorpresa, aguardaban numerosos miembros de la Orden así como de la Guardia. Todos ellos dispuestos a ejercer de testigos para aquello que me aguardase.
Al frente de todos, presidiendo la sesión, Lady Bylanna, Sir Preston y Lady Rosamoon, todos ellos portando sus mejores galas para la reunión. Curiosamente el gesto de los miembros de la Guardia denotaba cierto desagrado ante el evento, mientras que los Ordenados se mantenían con un gesto neutro y sereno.
Tras las presentaciones y formalismos de rigor tuvo lugar el pertinente juramento inquebrantable de pronunciar únicamente la verdad tras los muros de la sala de audiencias. Y así habría de ser, pues nada que no se supiera ya tendría sentido pronunciar.
Por lo visto tan inusitada reunión se producía al amparo de la petición personal de Lord Preston y Lady Rosamoon quiénes, en virtud de lo acontecido en los últimos meses, se mostraban partidarios de “concederme” una oportunidad de redención frente a los habitantes de Athkatla, y de Amn, entendiendo que todos, tanto presentes como ausente, han cometido errores más o menos graves en cualquier momento de su existencia. Por tanto se me ofrecía la posibilidad de explicar, una vez más, y con todo lujo de detalles, tanto lo ocurrido en los días oscuros como las motivaciones que llevaron a ello.
De buen grado accedí a contar la verdad, mostrando ante todo, mi pesar por aquellos que perdieron la vida durante el suceso, pues no era ése el objetivo perseguido. Tras sufrir injusto cautiverio, y torturas que incluyeron la amputación de uno de mis brazos, en el Sanatorio, a manos de los encapuchados, brazo sanado posteriormente por los habitantes del pueblo gentil, no podía permanecer impasible ante el aciago destino que aguardaba a otro de los míos, por lo que...pensé en crear una distracción, un ardid que mantuviera alejados a los encapuchados del citado Sanatorio. Con tal ánimo, pensé que, transformando temporalmente, por medio de una ilusión, a los habitantes de la ciudad, ganaría el tiempo suficiente para sacarlo de allí. Jamás pensé que acabaría en una matanza de la guardia hacia sus compatriotas. Sé que estuvo mal... pero el dolor recién sufrido era superior a cualquier concepción del bien o el mal. No podía soportar tal injusta tortura para....mi hermano...o para nadie.
Lord Preston no pudo evitar mostrar su disconformidad con todo lo sucedido, revelando que en un primer momento era partidario de mi ejecución en el cumplimiento riguroso de la ley. Sin embargo entendía que el tiempo cambia a la gente por lo que...
En esos instantes Lady Bylanna tomó la palabra para seguir el discurso iniciado por Lord Preston, comunicándome la decisión de otorgarme una gracia, la oportunidad de redimir los pecados e injusticias cometidas.
Por lo tanto, podré acudir a Athkatla, siempre que sea para ayudar...siempre que busque con mis acciones...ayudar al prójimo desinteresadamente. También se me conminó a ayudar, tanto en el Hospicio y la Escuela, como en el Templo de Ilmater y la gente que sufre en la ciudad. A colaborar con la verdad, siempre. Con la guardia y los miembros de la Orden. Y a no volver a ocultar mi rostro, ni mágica ni materialmente...una vez traspase los limites de Athkatla, mostrándome siempre como Nadril de Theroaster.
Como era requerido, me giré hacia los presentes e hice el oportuno juramento sobre lo acordado. Concretamente dirigí mi mirada hacia Aldaris, mi viejo amigo, y ante él primero y los demás miembros de la Orden después juré cumplir con aquello que se otorgaba de buen grado.
Evidentemente, y sin faltar a su habitual hacer, la Guardia, encabezada por el degradado sargento Markus, presentó cuantas quejas y pataletas estuvieron guardándose en su viperina lengua, todas ellas cortadas de un solo golpe por la Magistrada, quien despidió a todos los presentes, haciéndome aguardar hasta el final para darme algunos consejos a solas.
Finalmente partí de la Ciudad, una vez más, pero ésta con la intención voluntaria de no volver a pisarla salvo por necesidad o requerimiento, con el propósito firme de no traicionar la confianza depositada en mi.