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Reflexiones de un Mago Rojo

Teiglin

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Reflexiones: Al final del destino


Obara Alghul, el longevo archimago zhayino, se encontraba en aquel lugar, ese que le había visto nacer como hombre, y caer en las cadenas de la esclavitud para regresar siendo un secuaz y siervo de los zulkirs, ya todos los que le vieron nacer habían muerto, inclusto entre los que le vieron nacer a las tinieblas, esos también habían desaparecido, todos y cada uno de ellos, desde Agreas o la temida Ireth Cantoscuro, y la Casa Argéntea, la vieja archimaga de la Torre Negra de Emnekhul, el leal Dahavryel, todos aquellos a los que había servido, aconsejado desde las sombras, en su mente aun albergaba todas esas historias y como había trascendido en cada una de ellas sin que nadie recordara su nombre, leyendas para algunos, sobre las guerras inmortales, Perbidius, Valadar, las incursiones en la oscuridad, la lucha contra los campeones de Minsorran, y luego, la Mano de Oro. Tantas historias que habían conducido a una criatura insignificante, un mortal sin nombre a ser ahora alguien cuyo pasado nadie realmente podría conocer. Y todos había caído, incluso la fe que le acompañó toda su vida, el Trono de Huesos estaba ahora vacío.


Envuelto en su pesada túnica carmesí, rememoraba todas esas historias, acariciado por el aire fresco de la tarde mientras observaba el horizonte, donde el sol descendía lentamente, tiñendo el cielo de tonos rojizos, como un eco del color que adornaba sus poderosas vestiduras. En el silencio, su mente divagaba, absorta en pensamientos sobre el destino y el futuro. Su futuro.

He caminado este sendero por más tiempo del que puedo recordar, se dijo a sí mismo, sintiendo el peso de los siglos sobre sus hombros. Había guiado, salvado y condenado a muchos otros, pero ahora, el tiempo parecía ser un susurro lejano. Sabía que su fin estaba cerca, más cercano de lo que las estrellas pudieran predecir. Los años habían erosionado su cuerpo, pero no su espíritu, eso jamás. Sin embargo, incluso los magos más grandes debían enfrentar la verdad inevitable.

El futuro no me pertenece ya, no así, murmuró Obara, sus ojos observando más allá del horizonte, hacia un lugar donde su magia no alcanzaba. Había visto el futuro en sus visiones: nuevos reyes, nuevas guerras, nuevos héroes y villanos, pero él no sería parte de ese ciclo. El momento ha llegado, el Trono está vacío. Terminaron las eras de la servidumbre, es el momento de alcanzarles o de tener un final digno.

Sus dedos, ágiles y precisos, temblaron ligeramente al rozar su viejo báculo de hueso. Ya no se trataba de poder ni de gloria; esos días habían pasado. Ahora, lo único que quedaba era el final, y el final debía ser memorable, pues podría ser el inicio de una nueva era, podría ocupar el Trono y ser uno con la Urdimbre, con el Poder, con la Esencia, eternamente.

Obara cerró los ojos por un momento, evocando las palabras de su viejo sortilegio y se arrojó al vacío, y en la caída, sintió el peso de su decisión mientras su túnica se agitaba al aire en el descenso de la Torre hacia el pavimento, esa sensación, a la cual se sometió y sintió terminó con la ejecución de conjuro, permitiéndole caer lentamente al suelo. Los que lo vieron, pudieron escuchar su risa, y por primera vez en décadas, sus ojos irradiaban determinación.

Todo sería suyo.



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Obara Alghul y el Don del Coral​


En la soledad de su cámara en penumbra, Obara Alghul observaba su reflejo en un espejo encantado, un artefacto antiguo de Thay cuyas runas refulgían con un tenue brillo azulado. Lo que devolvía su imagen no era el rostro marcado por las décadas de estudio, el castigo de su tiempo en Emnekhul bajo la Maldición y las luchas que había llegado a aceptar como símbolo de su autoridad y sabiduría, sino una versión rejuvenecida, firme y resplandeciente, con una vitalidad que no había sentido desde hacía más de un siglo. La magia del Gran Sultán del Coral, Ajhuu yn Nassher, había hecho lo que ni los rituales ni los hechizos de prolongación thayinos podían: le había otorgado la juventud... y con ella, la inmortalidad.

Por primera vez en décadas, Obara experimentó algo cercano a la vulnerabilidad. No era el peso de la muerte o la decadencia física lo que lo asustaba, sino la expansión infinita del tiempo ante él. La eternidad no era un regalo, sino un desafío, un lienzo interminable que podría tanto consagrarlo como arruinarlo. "¿Qué es la ambición, si no un fuego que consume? ¿Y qué haré ahora que nunca se extinguirá?", murmuró en voz baja, sus palabras flotando en la soledad de la sala.

La inmortalidad no era una condición común en Thay; incluso entre los Zulkirs, sólo Szass Tam y algunos pocos elegidos habían alcanzado tal estatus, y su elección de la no-muerte era un recordatorio de los costos de prolongar la existencia por medios tradicionales. Pero esto... esto era diferente. El Gran Sultán había obrado un milagro del que pocos mortales podían presumir, y ninguno, excepto Obara, había recibido jamás. Con cada respiro, sentía el poder vibrando en su ser renovado, una corriente mágica que fluía sin esfuerzo y sin límites por su cuerpo.

Y, sin embargo, este don traía consigo un peso inesperado. ¿Qué haría con este nuevo tiempo? Sus ambiciones, hasta ahora, habían estado moldeadas por la necesidad de trascender su inevitable mortalidad, por la urgencia de construir un legado. Ahora que el tiempo ya no era una barrera, ¿podría redirigir su propósito hacia algo mayor, más trascendental?

Obara se apartó del espejo y caminó hasta una ventana que daba al mar de las espadas. Las olas del océano brillaban bajo la luz de la luna, y por un momento, las comparó con la inmensidad de su propio futuro. "La juventud me pertenece otra vez, y el tiempo, también. No más barreras, no más cadenas. Pero el destino... el destino sigue siendo mío para moldear."

Mientras las palabras resonaban en su mente, Obara supo que la inmortalidad no era simplemente un cambio físico o un estado eterno; era un reto. Los juegos de poder de Thay serían diferentes ahora, sus rivales mirarían su nuevo estado con envidia y temor, pero también con desconfianza. Tendría que aprender a ser más que un mortal, más que un Mago Rojo. Tendría que convertirse en una fuerza inmortal que moldeara el mundo, no simplemente en alguien que lo habitara.

De algún modo, sabía que la inmortalidad no era el final de su viaje, sino el inicio de un destino completamente nuevo.
Y en ese destino, debía decidir si sería un dios entre hombres, o simplemente un nombre eterno, perdido entre las sombras del tiempo.

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El Clan Alghul
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La renovada juventud ha traído claridad a mis objetivos. He comprendido que el tiempo que se extiende ante mí no solo debe ser llenado con poder, sino con un legado perdurable. En la Costa de la Espada, el nombre Alghul debe convertirse en sinónimo de influencia y dominio, un baluarte que me proteja de las intrigas de los Zulkirs y un trampolín hacia los Ocho. La eternidad no se escribe únicamente con logros individuales, sino con la fortaleza de un linaje que perpetúe mi visión.

Jathar Alghul, mi primer aprendiz, ya se mueve en las sombras, extendiendo la influencia del nombre Alghul en la Costa de la Espada. Su crecimiento ha sido más rápido de lo que jamás imaginé. En Amn, mis aprendices más prometedores, Vraska y Urghala, empiezan a forjar sus propios caminos. Cada uno de ellos es una semilla de mi ambición, destinados a convertirse en pilares de mi legado.


- Entradas del Diario Personal de Obara Alghul -
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Jathar Alghul: Ya no es un aprendiz, sino un maestro en su propio derecho. Su habilidad para manipular las artes oscuras y su capacidad para someter voluntades son testimonio de su grandeza. A través de Jathar, mi influencia se extiende, y mi legado toma forma tangible.

Vraska, la tiefling de piel azul, continúa impresionándome. Su destreza en la manipulación mental ha avanzado, pero su impaciencia podría ser su perdición. La paciencia es tan vital como el poder en Thay, y ella debe aprender esto antes de que su ambición la consuma.

Urghala muestra un dominio elemental prometedor. Su potencial es vasto, aunque todavía necesita refinar su control. Su determinación es una cualidad invaluable, y con la dirección adecuada, se convertirá en una fuerza imparable en la senda hacia el poder.

Calanthia: Su mente afilada y su capacidad para navegar las intrigas la convierten en un activo formidable. Su fuerza radica en su capacidad para planear y ejecutar con precisión fría, una cualidad esencial para la supervivencia en el juego mortal de Thay.

Xarann; el drow, es la personificación de mis convicciones. Su ambición y habilidad lo han elevado a ser un agente principal en mi red, demostrando una y otra vez que su alcance no tiene límites. Él es el modelo de lo que el Clan Alghul debe ser: astuto, implacable y triunfante.

Pauriert de Bane: Este aspirante a Filo de Thay posee la bendición del Tirano y un potencial inmenso. Con el temple adecuado, se convertirá en el comandante que liderará el Enclave hacia un futuro bajo el estandarte del Clan Alghul. Su capacidad como guerrero y su devoción metódica lo hacen indispensable para mis planes.

Agentes como Tharnak Blackthrone y Talmuz Khan son cruciales. Tharnak, con su red de acólitos, ha asegurado su propio lugar en la eternidad al servicio de mi causa. Talmuz, por su parte, es una fuente insustituible de información, vital para la estrategia de expansión.


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El Clan Alghul se erigirá como la casa thayina predominante en Amn. Esa es mi visión y mi ambición. Con la eternidad a mi alcance, el Enclave será mío, no solo por ahora, sino para siempre.
 
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Vraska Alghul​


Era fácil cerrar los ojos y mirar atrás, ver cómo esa pequeña tiefling inocente de piel azul era llevada por el soldado hasta él, verla cruzar por primera vez el umbral del Enclave de Thay en Amn. El tiempo había sido inmisericorde; en este breve pero intenso lapso de algo más de un año, algunos de sus aliados habían muerto, le habían traicionado, pues tal es la naturaleza humana, y había obtenido mucho más de lo que hubiera imaginado. Los planes avanzaban inexorables, esa siempre había sido la mayor virtud que poseía, su capacidad de adaptación. Sabía que era el poder más temible y su herramienta más cercana.

Nunca olvidaría el momento en que fue aceptado por primera vez por el vampiro Agreas, Lamashtu, Hetepheres y Mehnet, cuando era conocido como el 'Sin Carne', carente de vida pero pleno en esencia. La Casa de Alabastro y el sueño de Agreas siempre ocuparon un lugar en su mente, y aunque ahora su ambición iba mucho más lejos, supo, en ese preciso instante, que sin una familia, sin un clan, no lo conseguiría.

Por eso, la formación del Clan Alghul era imperativa. Nombrado ya Jathar Alghul en Murann, tocaba el siguiente paso, y curiosamente, era esa inocente chica, toda una caja de sorpresas. El destino caprichoso siempre la colocó a la sombra del thayino y de Thay, y fue dominada por la Ley de la Soberanía y por el mismo destino. ¿Pero qué es el destino sino una extensión del caos? ¿Y qué es el caos sino una telaraña con infinitos patrones? Saber gobernar el caos, decidir qué patrón tomar en el hilo y forzar el destino.

Con todo eso en mente, llevó a Vraska hasta Imnescar. Hasta aquel lugar en el que debía conocer algunos secretos que se ocultan a la vista, y así, caminaron por parajes olvidados y se adentraron en el bosque al abrigo de la magia de ocultación, con un silencio solo roto por sus susurros. Maestro y aprendiz culebreaban por los caminos hasta que finalmente encontraron el acceso a la grieta, y el hedor nauseabundo a no muerte llenó las fosas nasales de ambos.


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En ese lugar, hablaron sobre las artes oscuras, sobre viejos poderes y leyendas, y fue allí mismo donde el Mago Rojo se lo dijo; en adelante, ya no estaría sola. Ella era ahora Vraska Alghul, su destino, ligado a Thay y a él para siempre, su nueva familia y clan, su nuevo destino, y el fuego que la guiaría una vez terminase de zanjar su pasado. La venganza alentaría su nuevo nombre, y como Vraska Alghul se alzaría, terrible. Así lo había trazado Obara, era el destino que había decidido para ella. Y ella, ignorante de toda la vileza de la mente del archimago, no pudo sino cobijarse en él, encontrando en el calor de un abrazo, el engaño de un vacío ahora restaurado.

Ese calor fue recibido por Obara, que, por un muy breve espacio de tiempo, le confortó.

Y tan rápido como ese sentimiento intentó abrirse camino, una tormenta helada lo expulsó de su interior.

—Los muertos caminan despacio, pero... viajan deprisa... ¿verdad, Agreas? —murmuró, su voz un susurro que se desvanecía en la noche.
 
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El final del Mago Rojo, Khazark y Muerte.

La carta de Zalethra Velthorian, la Khazark, le había dejado desconcertado. Sabía que este momento llegaría, tarde o temprano, pero afrontarlo era otra cosa. En todos sus años de servicio, siempre había sido tratado primero con desprecio, luego con indiferencia, y finalmente con el recelo de aquellos que temían lo que no comprendían. El Enclave de Thay en Athkatla se había anquilosado, sus líderes satisfechos con un dominio estancado, sin aspiraciones. La ambición y el desafío, el filo mismo de la Ley de la Soberanía, habían permanecido dormidos desde la era de Zhayloth y Alysse Markov. Desde entonces, la desidia y la corrupción se habían infiltrado en la esencia de Thay como un cáncer, expandiendo sus tentáculos en la sombra.

Pero él no era un mero observador de la decadencia. Había tejido una red de poder, paciente y sigilosa, y ahora, los frutos de su esfuerzo comenzaban a madurar. La inmortalidad, antaño un anhelo lejano, ya no le era esquiva. Sus ambiciones habían evolucionado: no le bastaba con alcanzar el estado de archiliche. No. Él gobernaría. Aspiraría a ser uno de los Ocho. Y para ello, debía empezar por someter Athkatla.

Durante años, había extendido la influencia del clan Alghul por toda la Costa de la Espada. Sus agentes estaban incrustados en los lugares de poder e influencia, moviendo los hilos de las sociedades secretas, manipulando los círculos de autoridad. Él era la voz de Thay en Amn, y sabía que, tarde o temprano, su nombre resonaría por encima de cualquier otro. Pero con el poder venían los enemigos. Y era sólo cuestión de tiempo antes de que las dagas ocultas en la sombra volaran contra él.

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Con estos pensamientos en mente, se presentó ante Zalethra Velthorian, la Magíster y Khazark. Pero ya no estaba solo. No dependía de aliados ajenos al Enclave. Ahora contaba con sus acólitos: la formidable Vraska, el astuto Xarann, la letal espada de Bane, Pauriert, el maestro conjurador Ekandor y la joven aprendiz Lariat. Más allá de la reunión, en las sombras, aguardaban Calanthia, Esseir, Talmuz y Tharnak, listos para intervenir si la traición se manifestaba.

Tras las cortesías de rigor y la inevitable demostración de poder, la misión fue revelada: debían explorar las ruinas Shoon bajo Athkatla.

Reunieron un equipo reforzado con asesinos de las sombras del Enclave, aunque ni Vraska ni Obara confiaban en ellos. Sólo un insensato lo haría. Así descendieron a las catacumbas antiguas, donde los jeroglíficos del antiguo emperador Shoon narraban historias de dominio y sangre. La presencia del Shadowfell impregnaba las ruinas, y las sombras parecían alargarse y susurrar a su paso.

Avanzaron. Y avanzaron. Hasta que lo encontraron.

El ser de las tinieblas se reveló con una habilidad formidable. Su poder era inmenso, pero también conocía sus límites. En lugar de enfrentarlos en un combate mortal, optó por retirarse, desvaneciéndose en la oscuridad antes del enfrentamiento definitivo. La misión, al menos para los acólitos de Obara, se había cumplido.

Pero no así para los asesinos.

Cuando llegó el momento, cumplieron su verdadero mandato. Dagas relampaguearon en la penumbra. Obara apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que el acero encontrara carne. Vraska cayó sin un sonido, su cuerpo desmadejado en el suelo, mientras un charco de sangre se expandía bajo ella.

La ira rugió en su interior. La magia cobró vida.

Y en el caos de la traición, de algún modo, lograron revertir la situación. Pero el verdadero juego apenas comenzaba.
 

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El Duelo Carmesí: La Caída de Zalethra Velthorian​

La Sala del Trono del Enclave Thayino de Athkatla no había conocido un silencio semejante en décadas a pesar de los numerosos testigos del evento. La luz de los braseros carmesíes proyectaba sombras alargadas sobre los muros de piedra negra, danzando con cada brisa arcana que cargaba el aire con la inconfundible tensión de la magia contenida. En el centro, sobre un círculo de runas llameantes, se alzaban dos figuras: Obara Alghul, el retador, y Zalethra Velthorian, la Khazark, la indiscutida soberana del Enclave.

Zalethra vestía una túnica de seda escarlata con bordados en oro que representaban la serpiente de Thay enroscada alrededor de un cráneo. Su mirada era la de una depredadora, brillante de furia y desdén. Había gobernado demasiado tiempo. Había tejido demasiadas intrigas. Creyó, en su arrogancia, que nadie osaría desafiarla y vivir para contarlo.

Pero Obara Alghul no era "nadie".

El duelo comenzó con un susurro. Un leve movimiento de la mano de Zalethra bastó para desatar una ráfaga de energía negra que se alzó como un enjambre de espectros, zumbando en el aire antes de precipitarse sobre su enemigo. Magia de muerte, una afrenta directa a la esencia de la vida. Obara sonrió con desdén y respondió con un simple giro de muñeca. Un muro de llamas azules brotó a su alrededor, devorando la sombra en un alarido de desesperación.

La Khazark rugió y extendió las manos. Del suelo brotaron tentáculos de sombra, cada uno con garras como cuchillas, que se lanzaron contra Obara en un frenesí de hambre mágica. Pero el mago rojo ya se había movido. Un instante antes de que los tentáculos lo alcanzaran, se desvaneció, dejando solo un residuo de fuego carmesí.

Nuevamente los conjuros chocaron en el aire, rasgando la realidad misma. Zalethra alzó una mano enguantada de negro y trazó un círculo en el aire con su dedo, su voz reverberando con palabras de poder prohibidas. Un orbe de pura entropía, una esfera de oscuridad voraz que devoraba la luz misma, se precipitó hacia Obara. Pero él, con un afortunado giro de su báculo de huesodragón, tejió una barrera translúcida de fuego y sangre. Cuando la esfera impactó, estalló en un vórtice de sombras y llamas, proyectando ondas de energía en todas direcciones.

Obara no se detuvo. Elevó ambas manos y el salón tembló a pesar de todas sus protecciones. Una lluvia de dagas ionizadas descendió desde el techo abovedado, cada hoja vibrando con una letalidad imbuida en el cambio de naturaleza del archimago. Zalethra se giró con un siseo y, con un movimiento violento de su brazo, abrió un portal en el aire, desvaneciéndose un instante antes de ser atravesada por las armas místicas. Reapareció tras Obara, sus dedos brillando con el pálido resplandor de la magia nigromántica. Pero él ya lo sabía. Con un solo chasquido, su silueta se descompuso en un millar de brasas y volvió a materializarse a unos pasos de distancia. Zalethra lanzó una maldición, su paciencia desvaneciéndose.

''No puedes huir del destino, Zalethra'' - pensó Obara, y sonrió, extendiendo su báculo. La runa en su extremo parpadeó, y el aire se volvió denso con la promesa de un último hechizo.

Zalethra apretó los dientes y reunió todo su poder. Un huracán de sombras y llamas azules cargadas de magia de muerte giró en torno a ambos magos, el clímax de la batalla alcanzando su cenit. Pero solo uno podía salir con vida. La máscara que ocultaba su verdadera naturaleza comenzaba a deshacerse, el liche que una vez fue la humana Zalethra comenzaba a perder su esencia sacudido por el torrente de energía mágica que de algún modo, Obara lograba enviarle, dominándola por completo.

- ¡PODER ILIMITADO! - Fué el último grito desesperado de la khazark mientras su cuerpo se convertía en huesos, y su calavera se mostraba amenazadora, su magia final brotó de ella y a través de ella. Entonces él, respondió.
- Vre’thual. - susurró - El aire vibró, y de sus manos surgió un torrente de fuego negro eléctrico, antinatural, que cayó sobre Zalethra como un cometa infernal. El hechizo atravesó sus protecciones como si fuesen de papel, destrozando sus encantamientos con una furia despiadada. Zalethra gritó, pero su voz se ahogó en el rugido de su propia carne consumiéndose.


En su último acto de desafío, trató de contraatacar. Sus manos, ennegrecidas por la llama maldita, se alzaron temblorosas. Murmuró un conjuro de dispersión, buscando apagar la marea arcana que la devoraba.

- "No puedes matarme de una manera que importe, Obara..."

Con un simple gesto, cerró su puño en el aire. Y la Khazark se hizo cenizas ante todos.

El silencio que siguió fue absoluto. Solo quedaron brasas humeantes y el aroma a muerte quemada. Mientras muchos de los Magos Rojos presentes se apresuraban en abandonar la sala, el Clan Alghul dominó la Torre por completo. Entonces, Obara ascendió lentamente las escaleras hacia el trono, su túnica ondeando con la brisa caliente del desastre. Sus ojos recorrieron la Sala del Trono, sin un solo titubeo, sin una sola palabra más, caminó hasta el trono vacío conjurando el que sería en adelante su asiento mientras Vraska le colocaba la capa de la destruida liche, que regresaría.

Y entonces, con una voz firme y clara, Obara Alghul habló:


- Abrid las puertas. Que todos en Athkatla sepan que el Enclave tiene un nuevo Khazark.​

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Offtopic :
Gracias DM Ofnir y a todos por el acompañamiento, la increíble escena y la más increíble batalla de dados con la mayor suerte posible que he tenido.
 
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Una invitación Inusual

Con un destello cegador y el zumbido sibilante de la disrupción mágica, el portal los escupió en el corazón de Halarah, la joya radiante de Halruaa. La brisa perfumada de los jardines flotantes les acarició el rostro mientras las cúpulas cristalinas y las torres encantadas resplandecían bajo el sol. La urdimbre misma vibraba en el aire, como si la ciudad no fuese un cúmulo de piedra y hechicería, sino un susurro de magia pura, tejida con siglos de arrogancia.

Obara Alghul frunció el ceño. Apreciaba la grandiosidad, sí, pero sentía en cada fibra de su ser el estigma de un poder que no requería sacrificios, que se obtenía sin el rigor de la sangre ni la voluntad inquebrantable. Vraska, dejó escapar un resoplido desdeñoso; podía sentir las capas y capas de conjuros de protección, pero le parecían un candado puesto por magos temerosos de su propia debilidad. Kaelithse maravilló notando el pulso constante de la magia halruana en el aire. "Tienen demasiada fe en su urdimbre", pensó Alghul. "Nunca han probado la disciplina de la verdadera entrega al Arte"

Shazzar de Tyraturos fue el único que sonrió, aunque su sonrisa era la de un zorro que contempla un gallinero. "Oh, pero es hermoso, ¿no lo creen?", dijo con una reverencia burlona. "Casi hace que uno olvide que su magia es un engaño indulgente".

La ciudad los recibió con los ojos entrecerrados de los magos halruanos, tan altivos como los tejados encantados sobre los que flotaban sus guardianes. Pero los viajeros de Thay no se inmutaron. Habían llegado a Halarah no para admirar… sino para recordarles a estos hechiceros de la urdimbre que la verdadera magia, la que se exige y no se otorga, siempre prevalece sobre cualquier senda arcana.



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Los viajeros avanzaron por el zoco mercantil de Halarah, donde los caminos de piedra blanca se extendían bajo toldos de seda encantada que protegían a mercaderes y compradores del sol. El aire estaba saturado de olores: especias exóticas, incienso flotando en volutas perezosas, el aroma dulzón de frutas recién cortadas y el sutil matiz metálico de objetos imbuidos con magia. A su alrededor, los mercaderes ofrecían desde artefactos encantados hasta manuscritos arcanos y vestimentas imbuidas con protección mística. Autómatas de bronce recorrían los puestos, portando mercancías o sirviendo como custodios silenciosos.

El grupo cruzó el bullicioso mercado hasta llegar al Cruce de los Portales, una vasta plaza pavimentada con mosaicos de símbolos arcanos, donde múltiples portales flotaban enmarcados por arcos de piedra y filigrana mágica. La luz de la urdimbre palpitaba en cada estructura, con brillos fluctuantes que indicaban destinos diversos. Allí los aguardaba un hombre de túnica azul profundo, con bordados de plata que evocaban constelaciones en movimiento. Su rostro mostraba la serenidad de la experiencia y la mirada afilada de quien había visto muchas eras transcurrir. Era uno de los Ancianos de Halarah y Consejero Mágico del Rey Mago.

El anciano los saludó con cortesía medida y, sin perder tiempo en palabras innecesarias, los guió fuera del cruce y les mostró la miríada de portales que parecían emular la propia Sigil, allí, les señaló el que debían seguir hasta el Paseo Marítimo de Halarah.

En la explanada junto al puerto, donde el océano se extendía en una franja azul resplandeciente, les habían dispuesto un campamento. Carpas de tela gruesa se alzaban con soportes de ébano y detalles de filigrana, resguardadas con conjuros de privacidad. Criados con túnicas discretas aguardaban a su llegada, listos para atender sus necesidades. Desde allí, contemplarían las aguas y el horizonte hasta el día del evento al que habían sido convocados.

Offtopic :
Agradecimientos a DM Kapillo por la genial e interesante ambientación para arcanistas
 

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Una invitación Inusual II: La Disyunción Sombría de Alghul​

Las arenas de Halarah ardían con un calor seco bajo la bóveda estrellada. No había viento esa noche, solo el susurro del poder acumulándose en el aire, una tensión invisible que vibraba entre las piedras antiguas de la ciudad. Obara Alghul y su séquito avanzaron hacia el círculo ritual, donde el Rey Mago aguardaba en su trono de ónice negro, flanqueado por los eruditos de la Arcanum Schola en la grada y los enigmáticos guardianes del Gran Kholstar además de miembros del Consejo de Ancianos del Rey.

Los thayinos no se inclinaron. No era la costumbre de los Magos Rojos rendir pleitesía a nadie, ni siquiera a un Rey Mago. En su lugar, Obara levantó una mano enguantada y la pirámide negra flotó hasta posarse en el centro de la arena ritual. Su superficie parecía beberse la luz de las antorchas, un fragmento de sombra traído a la realidad.
Este es nuestro regalo, declaró, su voz firme, resonando en la quietud. Vraska Alghul, Kaelith y Shazzar tomaron sus posiciones, alineándose con los círculos concéntricos tallados en la arena, cada uno marcado con runas traídas desde el Enclave de Thay, el legado que Ephraim dejó en su Torre.

El Rey Mago inclinó levemente la cabeza, su capucha oscura ocultando cualquier emoción. Los eruditos de la Arcanum Schola observaban con cautela, mientras el Gran Kholstar—el maestro de los secretos arcanos—permanecía en silencio.

El ritual comenzó.

Kaelith susurró las primeras palabras, activando las líneas de energía que serpentearon en espirales de luz escarlata a lo largo de los círculos concéntricos. La pirámide tembló y un eco grave resonó en el aire, como si algo distante respondiera.

Shazzar elevó ambas manos y desató el primer conjuro de erradicación, un estallido de energía urdímbica que fracturó la atadura del Shadowfell. La arena tembló bajo los pies de los presentes, y durante un momento, el velo de la realidad pareció distorsionarse.
Vraska Alghul giró en su lugar, su túnica ondeando mientras conjuraba un sello de restricción en el aire, anclando el poder dentro del círculo. Obara entonces alzó su bastón y entonó la última invocación que fue secundada por todos en el Circulo:


"De las Sombras nacemos,
por las Sombras nos alzamos,
y en su abrazo nos desvanecemos…
o nos rebelamos."

​
La pirámide crujió y estalló en un destello oscuro. Un viento gélido se alzó en la arena, llevando consigo la última huella del Shadowfell. Donde antes había estado la pirámide, ahora solo quedaban cenizas negras. Un grito sordo a lo lejos, en alguna parte y la promesa de una ejecución letal ante todos los presentes.

El ritual había sido un éxito.

El Rey Mago exhaló suavemente, como si la tensión que rodeaba la ciudad desde hacía tiempo hubiera sido disuelta en un instante. Los eruditos de la Arcanum Schola intercambiaron miradas, algunos con admiración, otros con un temor apenas disimulado.

Obara avanzó un paso y con un gesto de su mano hizo levitar un objeto forjado en Thay: un arma encantada, tallada en metal negro y rubíes, creada para erradicar cualquier vestigio de corrupción negrama.

Un presente para vos, Rey Mago. Un arma contra aquello que acecha desde las sombras.


Dos palmadas fue todo el reconocimiento público que recibieron por parte de la autoridad.
No se pronunciaron más palabras. Lo necesario ya se había dicho.


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​
Hacia Candelero; la ciudad del saber.

Los vientos de Halruaa aún susurraban con electricidad cuando Obara Alghul puso pie de nuevo en las márgenes de Athkatla. Sus túnicas escarlatas, marcadas con el polvo arcano del sur, se agitaban con dignidad solemne mientras observaba desde lo alto del puerto aéreo cómo los obreros thayinos terminaban de ensamblar las velas del barco volador. Tras las arenas del desierto de Halruaa quedaba el presente, y el futuro.

M'weru y su séquito permanecerían en el Enclave hasta el día de la Prueba, hasta entonces Vraska encabezaba la caza del último aspirante a Khazark, el necio de Asperio cuyo destino destino estaba cerca de ser revelado.

Todo se sucedía a una velocidad vertiginosa, pero Obara sabía desde los tiempos de Emnekhul que los muertos caminan despacio, pero viajan deprisa. Y con todo esto en mente, tras contactar con el viejo maestro Silamen de Rocagris se encaminaron hacia Candelero. Por suerte su contacto le permitía no tener que pagar las elevadísimas cuantías que eran exigidas, aunque no saldría indemne el tesoro del Enclave. El clan Alghul había crecido, y el orgullo era complejo de ocultar, si todo seguía como transcurría no habría en Amn y fuera de ella ningún grupo capaz de someter a tan nutrido grupo de magos y archimagos que actuaban todos como un sólo puño; Vraska tenía un don natural para ganarse a los demás, Shazzar, Kaelith y Amon Saj serían pronto un poder temible, si es que no lo eran ya, juntos, desde luego, eran temibles.


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Cada uno de ellos tenía su propia motivación, como eruditos, para extraer el saber proporcionado en la enorme sala, el lugar era mucho más grande de lo que pudiera parecer dese el exterior, casi les había tomado un día atravesar el patio central junto a las torres hasta llegar a una gran nave repleta de libros hasta donde alcanzaba la vista. Y allí, se desplegaron ... validaron viejos conocimientos y nuevos, y buscaron a través del tiempo y la historia sobre los fragmentos de estrella, el misticismo de la historia pasada, Myth Llarahst, Velharn, Selune en Amn, Mystra, licántropos, y entre todo eso, la madre de la locura y los terrores primigenios. Cada punto se unía en una madeja de hilo que conformaba una vieja leyenda que nos tocaba hasta nuestros días, pasado y presente estaban en armonía, la conjunción seguramente había acentuado todo esto. La información era demasiada, había que ordenarla. Y moverse, más rápido que ningún otro. Thay debía prevalecer y usar todo el conocimiento para imponer su doctrina, su mandato y su control.
 

Teiglin

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La Maldición de las Estrellas

No recordaba cuánto tiempo llevaba allí, mirándose a sí mismo sin verse, atrapado en ese juego cruel de reflejos. El espejo no devolvía su imagen, sino la de algo que alguna vez fue. Sus ojos, fríos y hundidos, eran pozos vacíos donde el alma se había ahogado hacía ya demasiado. Su rostro había cambiado: los surcos del tiempo lo marcaban con una vejez irrelevante, una máscara sobre un cadáver que aún caminaba.

Aquel cuerpo era vigoroso, preciso, obediente. Pero él sabía lo que el espejo no decía: ya no era un hombre. Nunca lo fue del todo. Incluso antes de su transformación en necropolita, su humanidad le había resultado un traje incómodo, siempre a punto de romperse. Quizá por eso ocupaba ahora el trono del Khazark en el Enclave Thayino de Athkatla: un puesto de poder para quien ya no era nadie.

El destino, siempre caprichoso, le había otorgado títulos, seguidores, enemigos… y ninguno de ellos importaba. No amaba Thay, aunque la conocía mejor que muchos de sus fanáticos. No le importaba la política, aunque dominaba el arte de manipularla. Todo era un teatro de sombras, piezas de un ajedrez inmortal. Él no quería el trono: quería lo que se escondía más allá del telón de los dioses.

Un día, pensaba, sería más que un Khazark. Sería como Cyric, como Mystra, como Kelemvor en la Era de los Trastornos. Uno con la Urdimbre. Una idea convertida en fuerza. Un nombre que no pudiera ser pronunciado sin estremecer los planos. Pero aún no. Aún era tiempo de preparación.

Se apartó del espejo y caminó hacia el trono. Los documentos sobre la mesa temblaban levemente por las ondas mágicas que vibraban bajo la piedra. El Enclave era fuerte, pero él sabía que el poder jamás es eterno. El apego era debilidad. Solo quien sabe caminar sobre el caos puede pisar la eternidad.

Y el caos lo esperaba.

Bajo el Enclave, la cámara ritual ya estaba dispuesta. Los círculos mágicos tallados en obsidiana brillaban tenuemente, conectados por líneas de polvo estelar y sangre seca. El resultado de dekhanas de investigación y preparación. En el centro, los fragmentos estelares resplandecían en un silencio expectante, rodeados por los restos de antiguos artefactos recogidos tras la caída de Kazad Gromdal, la ciudad flotante que se desplomó como un cadáver en los valles de Nashkell.

Anillos resquebrajados, cadenas oxidadas, amuletos huecos, brazaletes y pendientes que una vez fueron símbolo de poder y ahora serían su recipiente. Ningún hechizo de tal magnitud podría sostenerse sin huesos que una vez ardieron con magia. Y no con cualquier magia, sino con la que una vez habitó en vida entre los arcanos de Myth Llahrast.

Uno a uno, los discípulos llegaron. Kaelith, Shazzar, Dorian, Khamûl. Y, por último, Vraska Alghul, la heredera de su sombra.

Todo estaba dispuesto.


El ritual debía comenzar.
El alma separada y el poder de los fragmentos serían reclamación de Thay.
Y lo imposible… sería ahora posible.


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Gracias @DM Faith por la trama, aquí el broche final.
 
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El Retorno de los Dragones

Todo había cambiado desde que saliera de su primer encuentro con Iryklathagra. Y es que todo cambia en un instante. Así es la vida: puro caos, como la magia en su estado más puro antes de ser hilada, tejida, confeccionada para convertirse en algo maravilloso... o aterrador.

En un momento, había alcanzado la cúspide del poder arcano en Amn. Su nombre sería recordado por siempre en la historia de la Capital de la Moneda y más allá. Aunque su propia historia no le importaba en absoluto al archimago, pues lo único relevante era lo que uno podía extraer de ella para seguir avanzando sobre los cadáveres y las historias propias de quienes quedaban atrás, ya fuera en vida o en la muerte.

Era la primera vez que enfrentaba un conflicto de tales dimensiones, lo cual le daría una experiencia única, tanto como gobernante como arcano. El Consejo del Trueno sería rememorado, aunque solo la victoria les otorgaría un recuerdo digno en el Cómputo de los Valles. La derrota, en cambio, los sumiría en el olvido y en el ostracismo reservado a los perdedores.

Eran muchos los misterios aún ocultos.

¿Quiénes eran realmente los invasores?
¿Quién atacó Kazad Gomdal y Gambiton?
¿Bálagos, tal vez?
¿Soportarían Athkatla y Colmillos Afilados la furia de Bálagos y la Sierpe Dorada de Ansalon?

En cualquier caso, todo estaba por verse. La guerra era caprichosa, y como dijo un sabio: es fácil comenzar una guerra; todos saben cómo empieza, pero nadie sabe cuándo ni cómo terminará.

Las cartas eran enviadas a todos los rincones de la nación amniana, y algunas iban más lejos. Al este, Thay debía ser informado de la debilidad de Amn y de la oportunidad única de someter la región a la conquista carmesí. Esa región podría convertirse, al fin, en la palanca que los llevaría más allá del mar, hacia las tierras de Maztica, donde Obara se alzaría como un dios-hombre, inmortal y eterno. Ese era su sino, antes de ascender a las Esferas.

Pero antes de todo eso, la victoria debía bendecirles.

Todos los arcanos, incluidos los de la Arcanum Schola, estaban bajo su control. El tablero estaba dispuesto, y la partida había comenzado hacía ya tiempo.

El día había llegado.



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Teiglin

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La Batalla del Río Alandor

El viaje fue rápido mientras sobrevolaba el camino del río en forma de dragón azul, atravesando la zona sur del Alandor. Tras él, acudiría Iryklathraga junto a todo el ejército desplazado desde Athkatla.


Ya allí estaban ubicadas las defensas, capitaneadas por Eclipse, de los Ladrones de las Sombras, seguida por sus sombras: Ámbar y Olvido, cuya relación había avanzado al compás de los acontecimientos de toda la campaña. Junto a las tropas asignadas se encontraban Vraska Alghul, Dorian Alghul y Khamul Alghul, magos de su círculo y máxima confianza, además de la recién designada Arizima, la enloquecida nigromante cuya relación tenía raíces en la época dorada de Emnekhul.


Para acelerar el viaje, deshizo la transformación y se teleportó al lugar. Los magos rojos y encapuchados a sus órdenes habían asignado una pequeña zona para usarla en estos menesteres, pues campos antimagia recorrían la zona para evitar cualquier infiltración arcana del enemigo.


Los muretes circunstanciales se habían establecido en diagonal y paralelos al río Alandor; las máquinas de guerra, cubiertas tras ellos, y los operarios con sus relevos. El Ejército de la Tormenta, en esta ocasión formado por distintos grupos que hasta no hacía mucho se miraban con recelo y se apuñalaban por la espalda en cuanto podían, parecía una máquina engrasada y bien dirigida: un único puño. Tal vez por miedo, tal vez por abnegación. Victoria o muerte. La alternativa de esperar que la rendición no acabase en una masacre de indefensos motivaba igualmente a los que aún tenían dudas. Pero ya no había más tiempo. La neblina se extendía por la zona, y las primeras bolas de fuego comenzaron a cruzar el río. La defensa iniciaba.


Desde la retaguardia del grupo de contacto y avanzada, el archimago se alzaba sobre el suelo, levitando varios metros y envuelto en protecciones para evitar ser reconocido o sentido por el enemigo. Desde allí, comenzó a ver cómo las barcazas, algunas envueltas en ilusiones, avanzaban en gran número.


Algo iba mal, pensó el Khazark de Thay. La corriente era favorable y permitía que las barcazas cruzaran ignorando la resistencia natural. Con una señal, varios caballeros acorazados de Thay le acompañaron hacia el frente de batalla. Clavaron en el suelo los enormes escudos pavés y se aprestaron a protegerle mientras el arcano alzaba sus manos y se concentraba. Y de pronto, los sintió... La batalla se tornó lenta y el mundo que le rodeaba se transformó en centenares de miles de pequeños hilos. Podía ver la magia, sentirla. Los druidas controlaban el flujo de la marea, y una vez los localizó, alzó sus brazos y entonó las palabras del conjuro, emulándolos. Solo que él venía preparado, envuelto con el poder del Círculo de Thay: desató la contraparte.


El duelo fue feroz. Al menos cinco druidas luchaban por romper la intromisión de Obara, que buscaba destrozar su conjuro y devolver la marea a la orilla de los invasores.


En la distancia podían ver la velocidad a la que el arcano agitaba los brazos y movía los dedos de forma sobrenatural, totalmente concentrado en ganar la disputa.
Uno de los caballeros de Thay que le protegía salió despedido, partido en dos, al igual que el escudo, tras caer sobre él una enorme roca ígnea. El otro caballero no lo pensó dos veces: sujetó los restos del escudo de su compañero caído y se expuso, entregando su vida para proteger la de su Khazark.


El duelo arcano no duró mucho más. Con rabia, Obara se retiró. Sabía que devolver el conjuro sería imposible, pero no cortar el acceso al mismo a los druidas enemigos. Y eso hizo. La magia de los enemigos fue quebrada y la corriente del río volvió a su transcurrir habitual.


Las muertes y la devastación se sucedieron implacables. El derroche arcano fue grandioso, al igual que la imponente victoria en la batalla , no en la guerra. Y a veces, a veces no es un pecado dejarse arrastrar por los placeres del poder.
El campo, regado de muerte, era un último obsequio a lunáticos, elfos, druidas y enanos... volverían a ver a sus amigos, aunque... en esta ocasión, la muerte les sería devuelta.



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Teiglin

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La Batalla de Crimmor; el General Puñomaza

El archimago se había posicionado para la batalla lejos de su sombra, Vraska, que se encontraba con Arizima junto al resto del ejército en el portón y las murallas. Junto a él estaban los Discípulos Khamul y Dorian, y como testigo arcana de Athkatla, la enigmática Katia, aprendiz del Senescal. También se hallaba allí el lancero de la tormenta, Morris, junto a Eclipse de las Sombras. Parte de la vanguardia principal les escoltaba. La destrucción se cernía por doquier; en los cielos, Bálagos guerreaba contra Iryklathraga. La victoria no era segura, pero la muerte mancillaba los hilos de la Urdimbre en todas partes. La ira de los dioses no se haría esperar, y pronto lo sabrían.

Descendió como un vendaval acorazado a la plaza, y no tardaron en secundarle sus hombres: la división de la Nube y sus aliados, selunitas, enanos y elfos. El general Puñomaza avanzó tras lanzar su proclama, seguido por el grito enardecido de sus tropas y de las nuestras. Pero nada los había preparado para lo que sucedería después. Tras la batalla, el archimago Khazark sería conocido como Obara Alghul, el Cronomante. Pues, una vez más, el tiempo se detuvo por su voluntad, al unirse a las hebras del Tejido. Sin pronunciar palabra, se conectó a la Urdimbre y el tiempo se hizo lento para todos a su alrededor, excepto para él. Echó un último vistazo a Eclipse mientras sostenía el artificio mortal que este le había entregado, y voló a gran velocidad hacia las inmediaciones de Puñomaza, arrojando la esfera. Apenas tuvo tiempo de regresar al grupo cuando el tiempo volvió a enlazarse con la realidad. Nadie pudo verlo, pero todos lo sintieron. La enorme implosión fue contenida parcialmente por el general enemigo, pero lo dejó gravemente herido. No así a sus escoltas y hombres, que fueron despedazados por la magia contenida en el artefacto prohibido.

Y antes de que pudiera reaccionar, acero, sombra y poder se descargaron sin piedad sobre él. El general no tardó en caer desmadejado al suelo. La victoria estaba próxima… pero, como dije al principio, la ira de los dioses no se hizo esperar. La voz de Yelmo retumbó en las mentes y corazones de los presentes. Pudieron sentir su furia y su poder, y cómo este envolvía a Puñomaza, alzándolo de nuevo como una fracción del poder de la deidad Vigilante.

Lo que sucedió a continuación fue una demostración del poder divino y de la voluntad de los hombres frente a él. Lo que parecía una victoria absoluta se convirtió en una masacre. Puñomaza, envuelto en las protecciones y el poder de su deidad, actuaba como varios hombres a la vez, conjurando y golpeando. Los convocados infernales se lanzaban sobre él, y el Lancero de la Tormenta no tardó en caer, despedazado por un golpe letal del mandoble bendecido del general. Eclipse quedó solo enfrentándolo, con la máxima velocidad que el umbra poseía: un mortal frente al poder de un dios. Y resistió.

La magia se descargó sin piedad, y con cada golpe, las protecciones de Puñomaza aumentaban, envolviendo en jaulas de fuerza o destrozando a los convocados, mientras sostenía el duelo contra el Ladrón de Sombras. Finalmente, Eclipse quedó sometido. Sin espadas, los arcanos retrocedieron. El tiempo se detuvo en no pocas ocasiones, logrando así valiosos segundos de paz entre el caos.

El Khazark usó su magia sin medida, afectando a veces a los pocos soldados aliados que aún quedaban con vida. Nada parecía capaz de derrumbar las defensas del general enemigo, que, aunque malherido, se mostraba invulnerable. La desesperación crecía en su interior. Pensó en el conjuro: la Evasión de Elminster lo salvaría, pero la humillación de usarlo superaba su propia desesperación. Entonces lanzó una última conflagración disyuntiva que evaporó defensas, envolviendo tanto al general como a Katia, sobre quien se cernía un último mandoble contra su última defensa. La vaina ácida se disolvía junto con el resto de protecciones, al igual que las del campeón yelmita. Pero todo terminó. Las últimas hebras del poder de Katia afectaron al general… y este cayó, derrumbado.

Y así, todo terminó. Aunque no hubo vítores ni celebraciones. Al menos, no mientras colgaban en el último muro que quedaba en pie los restos del general, y le arrebataban sus armas y artefactos sagrados.

Así nace la leyenda de Obara Alghul el Cronomante; de Katia Jaula de Espinas; de Eclipse Sombraveloz, y del resto de héroes y campeones que destrozaron al invasor divino.

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Offtopic :
Agradecimientos a todos los participantes en particular al Consejo de la Tormenta y las horas que hemos invertido, y a DM Faker por la paciencia y dedicación, DM Rallito, Dm Ofnir y Kronos como maestro de ceremonias y organizador.
 

Teiglin

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El Encargo de M'weru

Obara Alghul permanecía en su habitación. Nada en ella era ostentoso, aunque sus tesoros más preciados y peligrosos reposaban allí, custodiados por capas de protecciones arcanas imposibles de discernir a simple vista.

La mañana había sido larga en la sala de audiencias de la Torre Carmesí. Había recibido dignatarios, peticionarios y emisarios tanto del Enclave como del exterior. Ahora, mientras caminaba en círculos sobre las alfombras de intrincado diseño thayino, sus ojos reposaban en una misiva abierta sobre la cama: el sello de la Zulkir M'weru estaba roto. El contenido era una molestia, una que había postergado demasiado tiempo. No podía permitirse sacrificar la diplomacia con la Zulkir por orgullo… o por tedio.

Sabía que el viaje a Thay era inevitable. Pronto, toda la Casa Alghul sería presentada oficialmente ante la nobleza mágica. Ya eran poder absoluto en Amn —y en Athkatla en particular—, pero Thay no ignoraba su ascenso. El poder creciente del Enclave había llamado la atención de los zulkirs, y los emisarios no dejaban de llegar, junto a nuevos soldados y aspirantes a integrarse al régimen rojo que Obara gobernaba con mano precisa.

Un golpe suave en la puerta interrumpió sus pensamientos.

—Mi señor, lo he encontrado tal como ordenó —dijo Khamûl, líder del Círculo de Adivinación—. Se oculta en los Dientecillos, entre Caravasar y Murann, al oeste de los Ojos de Kossuth. Lo rodean fuertes protecciones que no he podido penetrar. ¿Desea que mande llamar a Vraska?

Un simple asentimiento del Khazark fue suficiente. Khamûl se retiró, su voz luego se oyó en el pasillo conversando con Shazzar, el secretario personal de Obara, su reflejo más cercano en ambición y astucia.

Vraska llegó poco después, escoltada por Maelkor y Akryos, que se despidieron de ella con marcialidad. El silencio entre ella y su señor lo decía todo. Su relación trascendía lo formal. Era casi la de un padre y una hija, aunque aquella hija se había transformado más allá del recuerdo: ya no era la joven que Obara salvó del caos. Era una entidad nueva. Fría. Letal. Implacable. Era su Voz, su Voluntad encarnada.

Ambos cruzaron la Torre Carmesí. En el salón principal, Dorian y Arizima trabajaban en el mantenimiento de un gólem de carne, mientras los esclavos limpiaban los restos que los nigromantes dejaban a su paso. Afuera, en el bazar, vieron a Druulxamilesh dirigiendo la expansión de los laboratorios y ensamblando las partes del próximo gólem que pronto despertaría.

Al llegar al umbral del Enclave, ambos magos se disolvieron en un haz de luz carmesí y reaparecieron al sur de Caravasar, cerca de una torre abandonada. No cruzaron palabra. Sabían qué debía hacerse.

Esto era asunto del Khazark. Vraska se encargaría de cualquier intrusión, pero el duelo era personal. Solo ella conocía esa faceta de Obara: que a veces, tomaba la venganza como un arte íntimo… y jamás ante testigos.

Envueltos en magia de ocultación, llegaron hasta el lugar señalado por Khamûl. Y allí estaba.

Gruxk’amal.

La bestia de Minauros, un engendro invocado por la Zulkir y que ahora escapaba a todo control, comenzó a incorporarse. Un coloso de fuego y garras negras. Al alzarse, el suelo tembló, y un círculo infernal de llamas los envolvió.

Obara ya había tejido sus defensas. Sus ropajes brillaban con glifos vivos, y el aire a su alrededor crujía con energía contenida. No hubo palabras. No las habría.

Ambos eran pozos de maldad y poder cuasi ilimitado. Ambos habían matado antes y enfrentado duelos similares, pero para uno de los dos, sería el último.

Pero solo uno abandonaría esa colina.


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Offtopic :
Agradecimientos a @DM Kapillo por dejarme usar a M'weru, escrito y ambientado por mis buenos compañeros y magos rojos, inspirado por la imagen que el polémico Dhraxx tuvo a bien crear.
 

Teiglin

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El Retorno al Valle Carmesí


El aire de Thay olía a hierro viejo y a ceniza, mezclado con los olores de la devastación que crea la Urdimbre desatada, cómo únicamente los Magos Rojos son capaces de controlar.

Obara Alghul avanzaba lentamente por los riscos que descendían hacia Eltabbar, la Ciudad de los Mil Velos, capital y herida abierta del imperio thayino. Cada paso hacía crujir la tierra, reseca por la acción del fuego magico y la ambición de los siervos de los dragones. Los estandartes rotos aún colgaban de las torres derruidas, ondeando con desgana bajo un cielo color cobre. El sol, moribundo entre brumas de humo, teñía la piel del archimago con tonos de un crepúsculo perpetuo.


El dragón había pasado.
La guerra había pasado.
Y la devastación dejó su huella.


Cerró los ojos un instante. El viento traía murmullos, y creyó reconocer entre ellos las voces de los que alguna vez caminaron a su lado: “Khazark de Athkatla... Cronomante de Thay...” Los títulos eran ecos huecos, meras coronas de polvo. Lo único que importaba era la sensación de vacío que crecía dentro de él. Y en verdad, eran sus propios pensamientos y dudas tras tener que verse obligado a abandonar su bastión en la Costa de la Espada.

El trono está vacío

A su alrededor, los magos reconstruían el círculo exterior de las murallas. Sus túnicas rojas parecían pétalos de sangre sobre el gris del desastre. Cada conjuro lanzado dejaba un rastro de luz blanca que se desvanecía en el aire, como si la magia misma estuviera exhausta.
Al frente, sobre un promontorio ennegrecido por la guerra, esperaba M’weru, Zulkir de la Evocación. Su presencia era un presagio en sí misma: bella y terrible, una verdadera thayina que había aprendido a sostener el equilibrio entre destrucción y creación.


Llegas tarde, Alghul. -Su voz era firme, sin reproche, pero con la gravedad de quien mide cada palabra como una sentencia.-
He llegado cuando debía-respondió él
¿Y lo que queda de Thay te parece digno de tu espera?
La ruina también enseña. Es el único maestro que no miente. Y mi posición me obliga, pero ahora estoy aquí, como os prometí.



M’weru lo observó con ojos que ya no eran humanos. Había algo en ella, quizá una comprensión que trascendía los límites de la vida, que hizo que el archimago se sintiera pequeño. Por primera vez desde hacía más de un siglo.

El Circulo espera tu presencia, Obara. Thazalhar sangra, y los enclaves del sur se disgregan. Si no restauramos la paz, los dragones volverán.

El mago asintió con lentitud.

La paz es una ilusión, M’weru. Pero puedo formar parte de ella por un tiempo.

El silencio se tendió entre ambos, y el aire pareció espesarse. Las torres quemadas se alzaban como costillas de un gigante muerto, y en la distancia, los relámpagos iluminaban los restos del Trono de Huesos.

Obara pensó en su Enclave de Thayino Athkatla, en Vraska, en Dorian, en Shazzar, Khamul o la joven Leyna o Maelkor, incluso en el dracónido Druulxakmilesh, en los nombres que aún cargaban su estirpe, la Casa de Alghul, y un estremecimiento recorrió su alma inmortal. Todo lo que había construido allí dependía del equilibrio que debía restaurar aquí.


Si Thay cae, mi legado se deshará como un hilo en la tormenta.

La Zulkir caminó unos pasos hasta quedar frente a él.

Tu poder pertenece a Thay, no a tus sombras en el oeste, no lo olvidéis.

Obara inclinó la cabeza, sabía que todos los que desean perseverar, deben servir, siempre fue su primera enseñanza, aprende a servir. Desde el horizonte, un murmullo sordo estremeció el suelo: el rumor de algo que despertaba en los abismos bajo Eltabbar. Tal vez no todos los dragones habían caído. Tal vez uno, el más antiguo, soñaba aún bajo la piedra.

El mago rojo observó el crepúsculo y pensó en su destino.
¿Podía un hombre cambiar su propia profecía?
¿O estaba condenado a cumplirla, incluso al intentar negarla?

Cuando la noche cayó sobre Thay, el Khazark de Athkatla encendió su báculo y siguió a M’weru hacia el corazón del Valle Carmesí, donde la urdimbre aún lloraba por los muertos, el Valle de los Muertos ahora, sembrado por decenas de miles de esclavos de los ejércitos de Thay, de magos y aprendices, bajo otra alfombra de los cuerpos de los enemigos.


Y en el eco de esa noche, una sola frase resonó en su mente mientras observaba a M'weru:

“La guerra es una oportunidad que la Casa de Alghul aprovechará para someteros”



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​
Días más tarde, mientras el viento de Thay soplaba con un sonido hueco como si cruzara las gargantas de los muertos.

Obara Alghul dormía poco desde su regreso. Las noches en Eltabbar eran una sucesión de luces rojas que danzaban en el horizonte, reflejos de los hornos mágicos que aún ardían bajo la ciudad. Pero no era el fuego lo que lo mantenía despierto, sino aquello que lo visitaba cuando cerraba los ojos.


En su sueño, el Trono de la Torre Carmesí de Athkatla aparecía intacto.

No en ruinas, no bajo el polvo del tiempo, sino erguido en una vasta llanura blanca, bajo un cielo donde las estrellas giraban al revés. Las costillas que lo formaban parecían respirar, y del asiento emanaba una voz sin boca, sin género, sin edad.

Despertaba siempre del mismo modo: con el pecho pesado y el eco de una risa lejana que no sabía si era suya o del trono.

Se incorporó lentamente, encendiendo un candelabro con un leve movimiento de la mano. La llama danzó, reflejándose en los muros de piedra negra de su aposento. Allí, sobre una mesa de obsidiana, reposaban sus recuerdos: un fragmento de coral azul, un trozo del espejo thayino donde antaño vio su rostro rejuvenecer, y un pergamino sin letras que no había dejado de intentar descifrar desde hacía meses. Le gustaba rodearse de recuerdos materiales que le recordaran porqué era Obara Alghul, y cómo debía comportarse este.


Los muertos caminan despacio, pero viajan deprisa.

Recordaba esa frase. La había dicho Ireth Cantoscuro, hacía más de un siglo.
Se preguntó si ella también veía el Trono vacío en sus sueños antes de morir.

Salió al balcón. La ciudad dormía, envuelta en la bruma roja de los glifos protectores.
La magia de Thay olía a tierra quemada y a sangre.

Miró al este. En la distancia, como un punto invisible, imaginó su Enclave de Athkatla. Visualizó las torres carmesíes, el bullicio del bazar, la risa velada de Vraska. Y por primera vez en siglos, sintió miedo. No por perder el poder, sino por comprender lo que había sacrificado para conservarlo.


Una corriente fría rozó su cuello, y una voz habló detrás de él:

No todos los fantasmas vienen del pasado. Algunos vienen del futuro, Obara Alghul.

Obara no se volvió. Sabía quién era. M’weru.
La Zulkir entró sin permiso, sus pasos deslizándose como un conjuro no pronunciado.
¿Cuánto tiempo llevas vigilándome? preguntó él. El suficiente para saber que no duermes. Y que sueñas cuando no deberías hacerlo.

Obara giró lentamente. Sus ojos, cansados, la buscaron.

El Trono me llama.
A todos nos llama. respondió ella. Pero pocos saben como escucharlo.

M’weru avanzó hasta el balcón, posando su mano sobre la baranda.
Lo que escuchas no es locura. Es la urdimbre misma intentando recordarte quién fuiste antes de ser inmortal.
—Entonces la urdimbre está equivocada susurró Obara. Ya no soy ese hombre.

Un silencio pesado los envolvió. Solo el ulular del viento acompañaba el roce del fuego lejano.

El mago cerró los ojos. En su mente, el Trono volvió a brillar.

Por un instante, vio algo nuevo: un símbolo grabado en el respaldo ,un círculo incompleto rodeado de tres estrellas rotas. Lo reconoció. Era el mismo emblema que había encontrado tiempo atrás, en los manuscritos de Myth Lharast tras la batalla de Kazad Gromdal. ¿Porqué regresaba ahora a su mente, a sus sueños?



Cuando abrió los ojos, M’weru ya no estaba. Solo quedaba el recuerdo de su voz, disolviéndose en el aire

Obara permaneció inmóvil mucho tiempo, observando el amanecer teñido de rojo.
Pensó en la frase. Pensó en las estrellas rotas.
Y en el reflejo del fuego sobre la piedra, creyó ver el rostro de una figura antigua, idéntica al suyo, sentada en el Trono.

Por primera vez en todos sus años, se preguntó si seguía siendo él quien miraba…
¿O si era el Trono el que soñaba con ser Obara Alghul?
 
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Partida y Regreso

Athkatla no recibió su regreso con campanas ni festejos.

El puerto estaba lleno, como siempre: grúas chirriantes, mercaderes discutiendo precios, marineros descargando especias del sur y maderas de Tethyr. Pero cuando la nave apareció entre la bruma del atardecer, algo se tensó en el aire. No era un barco grande ni ostentoso; su casco oscuro mostraba cicatrices de viajes largos, y sus velas, teñidas de rojo apagado, no portaban estandarte alguno.

Aun así, los estibadores dejaron de hablar.
Las gaviotas se dispersaron.
Y un silencio extraño se abrió paso entre el rumor del mar.

La nave atracó sin ceremonia. La pasarela descendió con un golpe seco de madera contra piedra, y entonces él apareció.

Obara Alghul puso pie en el muelle de Athkatla tras un año de ausencia.

No hubo escolta visible. No hubo proclamaciones. Solo el golpe rítmico de su báculo contra los tablones húmedos y la sensación ,difícil de explicar, imposible de ignorar, de que el tiempo había ajustado su paso para recibirlo. Vestía túnicas carmesíes sin adornos, gastadas por el polvo de caminos lejanos y por cenizas que no pertenecían a Amn. Su porte era el mismo que recordaban quienes habían sobrevivido a la Guerra de los Dragones.

Nada en él parecía distinto.

Solo los atentos advirtieron el cambio.

Bajo el cuello alto de la túnica, nuevas líneas oscuras se insinuaban en su piel: tatuajes thayinos, más numerosos, más antiguos más poderosos. Marcas de servicio. Marcas de deuda. Marcas de haber caminado por el Valle Carmesí de Thay y el Erial de la Muerte y regresar tras ello.

El rumor llegó al Enclave antes que el propio Obara.

En las casas de cambio del puerto se habló de una nave sin bandera. En los templos, algunos acólitos afirmaron que los conjuros matinales habían tardado un latido más en responder. Y en los salones del Consejo de Athkatla, la ciudad que durante el colapso incluso gobernó y defendió, quien sabe lo que dijeron.

Para cuando Obara Alghul abandonó el muelle y se internó en la ciudad, Athkatla ya sabía que había vuelto, aunque nadie pudiera decir cómo lo sabía.

Caminó por calles que conocía mejor que muchos de los que las habitaban: el olor del metal caliente en el Distrito del Puente, el murmullo constante de monedas en el de las Gemas, la falsa piedad perfumada del Distrito del Templo. Algunos lo reconocieron. Otros solo sintieron el impulso de apartarse, de bajar la voz, de no interponerse en su camino.

No por miedo, por instinto.

Los guardias no lo detuvieron. Nadie se lo ordenó, pero tampoco hizo falta. Uno de ellos juraría más tarde que, al cruzarse sus miradas, comprendió que aquel hombre no tenía prisa… porque el tiempo nunca se le escapaba.

Las puertas del Enclave Thayino se abrieron antes de que Obara alzara la mano.

La Torre Carmesí lo recibió como recibe la piedra a la lluvia: sin emoción, pero con memoria. En el vestíbulo, Vraska lo aguardaba. Su capa oscura caía como una sombra disciplinada, y sus ojos —duros, atentos— se suavizaron apenas un instante al verlo.

—Has regresado —dijo.

—Nunca me fui del todo —respondió él.

No hubo más palabras. No eran necesarias.

Mientras ascendían por los corredores, la vida del Enclave se reanudó a su alrededor: aprendices que fingían no mirar, magos que inclinaban la cabeza con respeto medido, sirvientes que se apartaban con rapidez silenciosa.

Todo estaba en su sitio otra vez.

Aquella noche, Obara permaneció solo.

Desde el balcón alto de la Torre Carmesí contempló Athkatla extendiéndose hasta el río Alandor, viva y codiciosa, iluminada por mil fuegos distintos. Thay no tenía luces así. En Thay, la magia brillaba incluso cuando el mundo moría. Aquí, en cambio, todo parecía prosperar… incluso la mentira.

Apoyó las manos en la baranda de piedra. El aire marino aún se aferraba a sus ropajes, mezclado con un rastro de ceniza vieja que ningún viento lograba arrancar del todo.

Había servido a M’weru durante un año. No como discípulo ni como vasallo, sino como ancla. Había sostenido pactos imposibles, cerrado grietas que no debían haberse abierto y observado cómo incluso los Magos Rojos temían aquello que habían despertado durante la Guerra de los Dragones. Thay seguía en pie, sí… pero como un gigante herido que solo camina porque alguien le recuerda cómo hacerlo.

Athkatla no lo sabía.
Athkatla nunca sabía esas cosas.

Aquí la guerra se libraba con contratos, cuchillos ocultos y palabras dichas a tiempo. Y ese juego lo disfrutaba.

Obara Alghul había regresado.
El Enclave estaba entero.
La Casa Alghul seguía en pie.


Y eso bastaba… por el momento.

Porque en Athkatla, como en Thay, el poder no se anuncia con gritos sino con susurros disfrazados con mentiras y medias verdades.


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