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Relatos de un anciano

Barabas

Enano con acento ruso
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22/5/26
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(I) CAMINO

Barabas estaba sentado bajo el alero de la posada de Los Llanos, observando el ir y venir del pueblo. Los habitantes de Athkatla pasaban de un lado a otro ocupados en sus quehaceres mientras él apuraba una cerveza que hacía ya un buen rato que había dejado de estar fría.

La capitana del cabello verde cruzó la plaza con el rostro serio, absorta en sus pensamientos. En el campamento, el hombre de pelo blanco, líder de los Thalvarne, conversaba animadamente con el arquero al que todos llamaban "Tres Piernas". Por el camino del norte apareció la mujer de piel púrpura y cuernos, acompañada de aquel monje que parecía cambiar de ropa cada pocos días; ambos cargaban pesadas bolsas, sin duda fruto de alguna expedición. La segunda de las Shade, hermana de la sacerdotisa, paseaba con expresión meditabunda. Los dos pequeños hin, el herrero y la carpintera, recorrían la plaza buscando con evidente desesperación al caravanero, mientras el Hombre Oso, capaz de adoptar casi cualquier forma, discutía con la dracónida roja por el precio de unos brazales. La Dama Caballero del Guantelete lo observaba todo con la espalda apoyada en una columna.

Barabas esbozó una leve sonrisa. Había llegado a Los Llanos como un desconocido y, sin darse cuenta, aquellas caras, y muchas otras, se habían convertido en parte de su día a día. Le caía bien aquella gente.

No le temía a la muerte. Había visto morir a familia, amigos, compañeros y enemigos. Se había librado de ella más veces de las que parecía posible, y siempre había aceptado que alguien como él está obligado a convivir con ella. Últimamente, no obstante, pensaba no en la muerte, sino en lo que viene después.

A medida que notaba su agrio aliento en la nuca le venía más a la cabeza un nombre: Shaundakul, el que era conocido como el Jinete del Viento.

Nunca había sido muy devoto, pero había oído ese nombre muchas veces. En la boca de exploradores, druidas, caravaneros, viajantes y ermitaños ocultos en cerros perdidos. Y, de alguna manera, sentía que llevaba una vida honrando al dios sin ser demasiado consciente de ello.

Por eso había decidido emprender el viaje. Caminaría hacia el sur, sin más compañía que la de su escueto petate, su viejo arco y su fiel amigo Zula.

No pretendía obtener una revelación, ni descubrir un templo oculto, ni presenciar milagros ni señales místicas en el vuelo del halcón o la huella del corzo. Lo único que quería era caminar, dormir al raso, ayudar donde pudiera y pensar en su vida. En su pasado, en su presente y en su futuro, y sobre todo reflexionar sobre el Jinete. Volvería a Los Llanos, pero el viento diría cuándo.

Terminó la cerveza, apoyó la jarra en la mesa y se levantó con un crujido de las rodillas y un brillo animado en sus ojos marrón claro.

Se llevó dos dedos a la boca y silbó. Zula abrió los ojos, se desperezó y salió de la sombra de un arbusto para dirigirse a donde estaba su amigo.

Barabas se echó el petate a la espalda; pesaba poco. Se colocó el arco en el hombro con gesto natural. Miró al cielo, sonrió y echó a andar, con Zula siguiéndolo de cerca.

Sin destino, solo camino.

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Barabas

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(II) EL PICO DE LAS NUBES​


La idea había parecido sencilla cuando Barabas clavó el anuncio en la posada de Los Llanos.


Subir al Pico de las Nubes, contemplar Amn desde el techo del mundo y, a ser posible, regresar para contarlo.


Cinco fueron los que hicieron cumbre.


Aldric avanzó cubierto por su brillante armadura, en principio poco apropiada para escalar una montaña, pero bastante útil cuando las cosas se torcieron. Mithtyl caminó con el semblante cubierto y su habitual carácter reservado, desapareciendo y apareciendo cuando era necesario. Kastan demostró un tremendo ardor en la batalla, especialmente cuando atacaron los gigantes, y se enfrentó a ellos con una sonrisa en la boca. Y Liam... Liam tenía esa envidiable costumbre de hincar sus dagas donde más daño hacían, manchando de rojo la blanca nieve virgen.
Nyx emprendió la marcha con el grupo, pero tuvo que descolgarse requerida por asuntos mucho más importantes que acompañar a cinco necios a la cima de una montaña.
Barabas caminaba con ellos.

¿Y Zula?
Zula decidió que aquello era mucha cuesta y que no había ninguna necesidad, y se quedó abajo esperando al grupo, tumbado a la sombra de un abeto.


La subida resultó bastante más difícil de lo que Barabas había imaginado. El Pico de las Nubes parecía empeñado en recordarles que alcanzar su cima no consistía simplemente en caminar hacia arriba.


Primero fueron los kobolds alados. Después llegaron los ogros y los ettins. Y cuando el frío comenzó a colarse bajo las capas y cada paso costaba un poco más que el anterior, aparecieron los gigantes de hielo.


Hubo momentos en los que Barabas pensó que quizá había sido una mala idea, pero siguieron subiendo.


Cuando finalmente alcanzaron la cima, la noche todavía cubría buena parte de Amn. Estaban cansados, doloridos y ateridos de frío. Durante unos instantes ninguno dijo demasiado, ni falta que hizo.


Poco a poco, el horizonte comenzó a teñirse de naranja. Desde allí arriba las montañas parecían pequeñas, los bosques interminables y los caminos apenas finas líneas perdiéndose en la lejanía.


Barabas contempló en silencio cómo salía el sol. Miró a sus compañeros y esbozó una sonrisa. Después rebuscó en su petate y sacó lo que quedaba de su bocadillo.


Al monte se iba con bocata. Y a la cima del mundo, también.

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Barabas

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(III) LA MARCA DE MALAR

Barabas encontró la nota entre sus pertenencias al caer la tarde. No sabía quién la había dejado allí ni cuándo, aunque el pedazo de piel sobre el que estaba escrita daba algunas pistas sobre su autor. Las letras, irregulares y oscuras, habían sido trazadas con sangre.

“La Bestia observa, anciano... Reúnete en aquel lugar donde fuiste cazado en luna llena, a medianoche, tú solo.
Solo los fuertes son merecedores de la atención de El que Acecha.”


Barabas supo quién lo esperaba.

La primera vez que lo había visto fue en una cueva de la costa. De la oscuridad había surgido una criatura que todavía aparecía de vez en cuando en sus pesadillas: un hombre lobo blanco como la nieve y grande como una montaña, con intensos ojos ambarinos. Contra todo pronóstico, Barabas había conseguido salir de aquella cueva con vida.

Pensó entonces que no volvería a verlo, pero se equivocaba.

Tiempo después, mientras cazaba en lo profundo del bosque, volvió a encontrarse aquellos ojos de color ámbar. La criatura había regresado y Barabas había vuelto a convertirse en su presa. También aquella vez consiguió sobrevivir.

El tercer encuentro tuvo lugar en la espesura del bosque de Alandor, mientras restreaba a un grupo de trasgos. Aquella vez apareció con otra forma, pero Barabas reconoció sus ojos. De entre los árboles surgió un lobo blanco de un tamaño descomunal, y por tercera vez el viejo consiguió escapar.

No comprendía por qué aquella criatura lo perseguía, y tampoco tenía demasiadas ganas de descubrirlo, pero tres encuentros eran demasiados para ser casuales, y aquella nota dejaba claro que habría un cuarto.

Esta vez no pensaba esperar a que el lobo lo encontrase, y a medianoche llegó al lugar indicado en la nota, con Zula caminando junto a él.

Una figura aguardaba junto al agua, acompañada por un enorme lobo. Parecía un hombre, aunque había algo en él que hacía difícil considerarlo como tal. Era pálido, ancho y musculoso. Cicatrices y tatuajes trazados con sangre seca recorrían su torso desnudo y de su cuello colgaban huesos y trofeos de antiguas cacerías. Bajo la capucha brillaron aquellos ojos ambarinos.

—¿Cuál es tu nombre, lobo blanco? —dijo Barabas—. Siempre supe que no eras un ser corriente, pero no esperaba que pudieras hablar, mucho menos escribir. ¿Por qué me das caza?

La respuesta llegó con una voz grave, áspera, en la que todavía se intuía la presencia de la bestia.

—Caminas por tierra salvaje sin miedo, humano, y por ello fuiste seleccionado como una presa fuerte. Las emociones fuertes oprimen a la razón, pero tú supiste sobreponerte. Por tres veces, sobreviviste.

El hombre-animal le habló de la Gran Cacería y de la Bestia que Acecha. De cómo algunos eran elegidos como presas y perseguidos para demostrar su fuerza frente al acechador.

—Sirvo a la Bestia que Acecha, a Malar —continuó el desconocido—. Soy uno de sus bendecidos y cazadores supremos.

Barabas había oído hablar de Malar muchas veces, alrededor de hogueras y en boca de hombres del bosque. También conocía suficientes historias sobre sus seguidores como para saber que recibir su atención rara vez terminaba bien.

El cazador supremo habló de la fuerza y de la lucha eterna entre perseguidor y presa. Barabas había sido cazado y seguía allí.

Entonces el servidor de Malar le pidió que se acercara, y el explorador avanzó. El ser levantó una garra y la apuntó al rostro del viejo.

Barabas vio acercarse aquella uña gruesa y afilada y sintió cómo recorría su mejilla, abriendo la carne y dejando salir la sangre, que descendió por su rostro. El viejo no se movió.

—Ahora llevas la marca de la Bestia —dijo el licántropo—. Has sobrevivido a la Gran Cacería y esta reconoce tu valor. Eres fuerte, anciano, y esta marca es prueba de ello.

Barabas se llevó una mano a la mejilla y observó la sangre en sus dedos. A continuación, el lobo-hombre le entregó un colgante con un enorme colmillo y, envuelto en cuero, un arco largo, antiguo, decorado con runas tribales y pequeños huesos.

—¿Significa esto que dejarás de perseguirme?

—Eres libre de la Gran Cacería. Pero recuerda, anciano: si interfieres con ella, volverás a ser presa.

Barabas asintió lentamente y observó a la figura desaparecer en las sombras.

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